Cuento: Herman Backer II

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Efectivamente Herman Backer fue enviado como el nuevo misionero de la Misión Internacional “Vida Para Todas las Naciones” en la obra del África Central. Junto al curtido siervo de Dios, George Atley, debía llevar las buenas nuevas de salvación a las tribus hostiles del interior de la selva.


La empresa de ambos misioneros probaría su valor y fortaleza desde el primer momento. Llegar a las proximidades de las tribus africanas, en aquel recóndito lugar del mundo, entrañaba tantos peligros que fácilmente podrían haber muerto en el intento. Además, sobrevivir en un medio tan extraño durante más de dos años, superando enfermedades, alimentos indigestos, ataques de fieras y trampas que los mismos nativos colocaban para cazar, era todo un milagro que cada día agradecían al Cielo. Sólo el amor de Dios por aquellas gentes les daba el poder de resistir esas y otras inconveniencias.

Sin embargo su labor había dado pasos importantes en los últimos meses. Tras ser aceptados por la tribu más próxima al campamento, pudieron aprender la lengua, y empezaron a comunicar el Evangelio a los nativos, asistidos por la gracia divina. Esta y otra tribu amiga (que ocupaba un territorio relativamente cerca) recibieron el novedoso mensaje con sumo interés y agrado. A los tres años y cuatro meses de establecerse, la misión del África Central a las tribus del interior de la selva comenzaba a cosechar numerosos frutos.

El reto que George y Herman más temían se acercaba. Con guías de las comunidades entre las que habían convivido, y dominando mínimamente un dialecto indígena, podrían llegar a una de las tribus más hostiles, que poblaba una zona situada a varias millas de camino selvático, más allá del que llamaban “Gran Río”.

Este nuevo avance no podría ser acometido como los anteriores: ambos compañeros juntos. Tendrían que separarse y confiar en el Espíritu Santo más que nunca como su ayudador, señor y amigo. Decidieron que Backer quedaría con los nativos y cuidaría de la obra ya establecida. Mientras que George Atley (guiado por unos pocos indígenas hasta la zona del nuevo clan) tomaría el contacto con las gentes de aquella tribu, conocidas por su carácter agresivo y su pericia para la guerra.

Le dejaron sólo, en un lugar resguardado. Acompañado únicamente por su desgastada Biblia, unas pocas provisiones, agua y el Winchester que rara vez había utilizado, pero que combatiría a cualquier fiera que le pudiera atacar. George pasó la noche orando… apenas durmió. Sabía que se lo jugaba todo en el primer encuentro. ¿Cómo reaccionarían ante alguien de tez diferente, ropa extraña y torpe hablar?

Filipenses 1: 20 resonaba en su interior: <<Que Cristo sea glorificado o por vida o por muerte>>. Y aquella larga noche entendió, mejor que nunca, que a Pablo no le preocupaba lo que le sucediera a él. Pues el martirio también serviría para impulsar la Causa de Cristo y que su Palabra de Vida llegara donde aún no era conocido.

A la mañana siguiente el veterano misionero inglés avanzó como un auténtico héroe de la fe. Sabía que poco importaba que él no encontrara el asentamiento. Ellos le encontrarían a él. Y así fue, tras cuarenta minutos de caminata, una flecha pasó junto a su cara hincándose en un árbol cercano. Era tan sólo la advertencia con la que lo recibían. Casi por instinto asió con firmeza su rifle. Diez balas aguardaban el simple gesto de un dedo.

Dos indígenas aparecieron repentinamente apuntándole con sus primitivas pero letales armas. Y entonces llegó el gran momento de elegir entre desvirtuar la obra de la misión en aquella zona o no defenderse… y ponerse a merced de aquellos “salvajes”.

Cuando su cuerpo fue encontrado sin vida en la orilla del “Gran Río” fronterizo, era evidente que George había decidido esto último. Cerca de él estaba el Winchester, cargado con sus diez balas. Dio su vida en el servicio de Cristo.

Lo que sucedió dejó una huella en el corazón de los habitantes de la selva. ¡Estos misioneros estaban dispuestos a darlo todo para hablarles de un Dios de amor, quien a su vez había entregado a su Hijo para salvarles! ¡Aunque estaban armados con instrumentos poderosos, preferían no defenderse! <<Ciertamente son hombres de paz>> - se decían.

El cuerpo de George fue arrojado fuera de los dominios de aquella tribu como un mensaje de rechazo y amenaza a aquellas nuevas gentes que se habían atrevido a pasar el “Gran Río”. Pero Herman Backer, y el resto de misioneros que siguieron llegando,tenían esa clase de espíritu irreductible, del que George Atley hizo gala… y no en vano.


Fue este carácter de paz la llave que abrió los más difíciles corazones en el África Central.

Juan Carlos Parra

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