Cuento: AHYOKA

AHYOKA
Ahyoka es un cuento al que le tengo mucho cariño. Nació en un momento en el que estábamos moviéndonos de país: de España a Bolivia, para ser misioneros allí. Por eso en Ahyoka se aborda el sentimiento de desarraigo y la capacidad de prosperar en un nuevo lugar. Espero que su lectura te resulte tan deliciosa como fue para mí el escribirlo. 


AHYOKA

AHYOKA 1. LA SIEMBRA.

Es necesario que os cuente un poco de mi historia ahora que la veo con la perspectiva de los años y de la bondad recibida.

Mi nombre es Ahyoka. Crecí en un bosque de Cantabria rodeada de robles, pinos y abetos. Mis padres, dos pinos centenarios, me adoptaron desde el primer día en el que me sembraron junto a ellos, cuando no era más que una pequeña semilla de secuoya traída del centro de Europa. Fue en el año 1.904, del contar de los humanos. Mis padres escucharon la conversación que mantenía la extraña pareja de amantes de la naturaleza cuando me plantaban en tan inusual lugar.

–Cuando crezca, con el paso de los siglos, será la reina del bosque –decía el más experto a su ayudante–. Así como la ves, una semilla tan pequeña, sin embargo, acuérdate de este día Luisillo, porque puede llegar a medir cuarenta metros y se necesitarán al menos diez hombres para poder abrazar su tronco.

–¿Cómo la llamaremos? –preguntó el joven– Es justo que si va a ser una reina tenga un nombre importante.

–Bueno. Es una secuoya. Su origen se remonta a los Estados Unidos –contestó el botánico como quien reflexiona en voz alta, a la vez que cavaba ya el hueco en el lecho del bosque.

–¿Secuoya sin más podría servir?

–No creo. Es una secuoya, pero debemos darle un nombre con más personalidad –Mis padres tomaron buena nota del resto de la conversación–. ¡La llamaremos Ahyoka! En honor a la hija del indio cheroqui Sequoyah, del que probablemente procede el nombre de los gigantescos árboles.

–Ahyoka… Me gusta –afirmó el discípulo suspirando–. Suena a princesa. ¿Qué significa?

–“La que trae alegría”, en lengua cheroqui. Y bueno… En un sentido fue una princesa, ya que Ahyoka se convirtió en la primera india que aprendió a hablar la lengua cheroqui.

–¿Y eso, don Ángel? ¿Por qué la primera? –quiso saber Luisillo, que ya cubría la semilla con tierra húmeda.

–Sencillo. Su padre, Sequoyah, inventó el idioma cheroqui. Pero, tras doce años de trabajo que le tomó confeccionarlo, nadie de su pueblo creyó que pudiera ser útil para algo. Así que, el indio no se dio por vencido, enseñó la lengua a su amada hija Ahyoka y ambos pudieron demostrar que era una gran herramienta. Así fue como se convirtió en el idioma oficial de los cheroquis.

–Ahyoka, nuestra secuoya solitaria –susurró el ayudante meditabundo–. ¡Ella también será única en este bosque!

–Toda una reina –concluyó el maestro jardinero mientras abandonaban el lugar de la siembra.

Esta fue la razón de por qué mis padres no se atrevieron a llamarme de otra manera, y en cuanto crecí lo suficiente me contaron la historia de mi nacimiento.

–Hija tú, como la princesa cheroqui, tienes un destino especial –me solía recordar mamá.

–Crecerás, mi querida Ahyoka, y en tu sombra abrigarás al bosque muchos siglos después de que nosotros hayamos partido –aseguraba mi buen padre.

Lo que yo no sabía era que precisamente mi singularidad, es decir, el tamaño descomunal que me diferenciaba de las otras especies y nuestra longevidad (podemos vivir varios miles de años) sería la causa de mis luchas y complejos.

Muchas veces me sentí extraña entre las otras especies. Adoptada por árboles amorosos, pero muy diferentes a mí. Ajena a ese bosque de pinos, abetos y robles.

A pesar de estar rodeada por mis padres y hermanos mayores, relativamente pronto (según las edades de nosotras las secuoyas), sobrepasé en altura a todos mis vecinos y a mi propia familia, y era objeto de burlas abiertas o de constantes miradas indiscretas. “Larguirucha”, “estirada”, “extranjera”, “creída” o “mastodonte” … Los árboles jóvenes decían por envidia o placer lo que sus padres, a veces, callaban por educación. Sin embargo, mi familia siempre me animaba y acercaba sus ramas a las mías en aquellos días grises.

–Estás destinada para algo grande, Ahyoka. No te avergüences por ser diferente –musitaba tranquilo papá.

–Tú ni caso, hija. Si estás aquí es porque así lo quiso el Cielo, mi arbolito –Era la fe de mamá.

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2. LA PRIMERA VISITA.

El tiempo fue pasando, y crecía más y más, mientras veía a todos lentamente envejecer. Yo iba sumando anillos a mi tronco, ramas a mis ramas y metros a mis raíces, siempre aprendiendo de mis padres, y arropada por mis hermanos-pinos más cercanos. Hasta que papá y mamá poco a poco se secaron; y las nieves del invierno de un fatídico año los quebraron. Fue durísimo para mí verlos partir así (como ellos confesaban a menudo), a los Jardines Eternos.

Entendí que mi naturaleza era diferente a la de mis hermanos, cuando decenas de años más tarde ellos también me dejaron. Con razón nos apodaban siempreverdes. Y allí quedé, en una ladera del bosque cántabro, desnuda de alma y corteza.

Sin mi familia alrededor, el verano era más verano y el invierno cortaba al venir silbando con esos vientos atlánticos que antaño no me afectaban, pero que ahora me hacían sentir solitaria y desdichada.

Hasta que un día, un inesperado y otoñal día del siglo veintiuno, en mi ciento veinticinco cumpleaños, recibí la visita de un gran águila, el más grande que jamás hubiera visto, que se posó cerca de mi tronco, en una de las ramas centrales, para hablar de esta manera conmigo:

–¿Cómo estás, querida Ahyoka? ¿Qué tal te encuentras en este tu aniversario?

–Me gustaría decir feliz, respetable ave, pero faltaría a la verdad –le respondí–. Me siento sola, y con pocas ganas de soportar otro invierno.

El gran águila bajó su cabeza unos segundos, como si estuviera analizando mis palabras, y después lentamente subió el pico, me miró y me dijo:

–No pasarás el invierno aquí, Ahyoka. Vas a ser trasplantada –declaró solemnemente.

–¡Trasplantada! ¡Eso es imposible! –contesté con un nudo en el tronco y sin dar crédito al anuncio.

–Escucha joven Ahyoka. La Fuente de los Tres Cantos no ha resistido el temblor de la pasada semana, y Comillas busca un gran árbol para coronar su plaza. Te escogerán a ti, simpática secuoya. Y tú debes servir a los comillanos.

Y, dicho esto, alzo el vuelo tan súbitamente como había llegado, dejándome ramidifusa y ansiosa. Sería una broma malvada, pensé. Pero ese águila parecía todo menos burlona. ¿Sería cierto el anuncio? Muy pronto descubriría que sí.

Con gran maquinaria y mano experta me desarraigaron y trasplantaron a la plaza central de Comillas. El alcalde, promotor de la idea, hizo una gran fiesta en mi honor a la que acudió todo el pueblo. Además, medios regionales y nacionales se dieron cita, no solo por lo pintoresco del acto, sino también por la polémica que suscitó.

Ciertamente, grupos de ecologistas protestaron por el traslado y argumentaban que era peligroso para mí vivir en ese lugar.

El caso es que fui erigida como un gran monumento en lugar de la fuente. Iba a ser representativa de la Cantabria Verde, y el orgullo de una Comillas que atraería a más turistas para fotografiarse junto a la gran secuoya.

A pesar de mi juventud para entonces ya medía treinta y siete metros y pesaba más de mil quinientas toneladas. De manera que el transportarme y plantarme con éxito fue, según decían, una proeza de la ingeniería moderna. En esta publicidad también hubo intereses económicos y políticos. Pero nada de eso me interesaba. Simplemente yo no quería estar allí. No entendía bien el propósito de mi vida ni el porqué de aquel cambio. El águila no me dio ninguna explicación.

Echaba de menos a mi familia. Y la ladera. Y mi bosque antes odiado, pero que era el hogar que me había visto crecer y, después de todo, lo que más sentido de seguridad me proporcionaba.

Pasaron los días de invierno; y las lluvias de primavera; y las fiestas del verano. Todo un año. Hasta que llegó de nuevo el otoño. Pero yo estaba enferma. Mis hojas palidecieron; mis ramas se debilitaron (me pesaban tanto); y las raíces, que habían bebido alegremente del subsuelo, ahora yacían apáticas tomando lo mínimo para subsistir. La tristeza había embargado mi alma.

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AHYOKA

3. LA SEGUNDA VISITA.

Así fue como llegué a la jornada de mi cumpleaños. El día pasó muy lentamente. El hecho de que fuese mi cumpleaños y de estar tan sola me sumió en una amarga melancolía. Sin embargo, cuando ya era de noche y me había quedado dormida el gran águila, de nuevo, me visitó.

–¿Por qué estás así Ahyoka? –dijo lo suficientemente fuerte como para despertarme.

–¡Gran Águila! ¡Eres tú! ¡Desde hace un año te estoy esperando!

–Pues aquí me tienes, joven secuoya. He venido a felicitarte y a preguntarte si has perdido la visión.

–¿La visión? ¡No! ¡Claro que no! ¿Por qué lo dudas?

–Ahyoka, ya no ves –El tono era cercano, aunque un reproche entristecido asomaba tras sus palabras–. No ves a los niños jugando a tu alrededor. No ves a los jóvenes que intentan treparte cuando se distrae el guardia de la plaza. Tampoco ves a los enamorados en el banco, a tu sombra. Ni los que se retratan junto a ti o te rodean con sus brazos. Ya no sientes, Ahyoka. No sientes la belleza de esta plaza que se alegra de tenerte. No sientes la energía que se renueva en los ancianos cuando te contemplan. Ni oyes los cantos que inspiras en los artistas ni las aves que trinan en tus ramas ni las risas de los muchachos.

Cada palabra del gran águila me traspasaba el corazón. Era verdad. Estaba muerta. Todo eso había acontecido delante de mí, pero yo solo respondí con indiferencia. No sabía qué contestar, de manera que guardé silencio y esperé a que el águila volviera a alzar el vuelo. Pero no se fue. Siguió allí, conmigo, y me advirtió:

–Ahyoka, si sigues así corre peligro tu vida y no cumplirás tu misión.

–¿Mi misión? ¿Qué misión?

–La de servir a estas gentes, querida secuoya.

–¿Y cómo se supone que debo hacerlo? ¿Qué se espera de mí? –protesté neciamente.

–¡Solo vive! ¡Sé tú misma! El Creador te ha hecho grande, bella… ¡Para bendición! Sé parte de Comillas, Ahyoka, y verás como este lugar también se hace parte de ti.

Y con esta sentencia, el misterioso visitante, desplegó sus enormes alas y partió. Allí quedé, congelada. No pude dormir en toda la noche. Daba vueltas y vueltas a las palabras del águila. ¿Ser de bendición? ¿Ser parte de aquel lugar?

No os diré que fue fácil. La verdad es que me costó acostumbrarme, pero hice el esfuerzo por recuperar mi vitalidad y me aferré a aquella tierra como árbol que enfrenta un ciclón.

Encontré sus aguas diferentes y, sin embargo, ricas. Besé los rayos del Sol o, más bien, les permití acariciarme. Alcé mis miles de hojas hacia un cielo a veces azul y a menudo nublado, con la misma disciplina de aquel guardia de la plaza que llegó a serme tan cercano.

Y así fue como comencé a ver a los niños jugando a mi alrededor. A los jóvenes que intentaban treparme. A los enamorados en el banco, a mi sombra. Y los que se retrataban junto a mí y me rodeaban con sus brazos… Y a sentir. A sentir la belleza de la plaza que se alegraba de tenerme. Y la energía que se renovaba en los ancianos cuando me contemplaban… Y a oír. Oír los cantos de los artistas, y las aves trinando, y las risas de los muchachos…

Me convertí en una secuoya comillana, y Comillas fue parte de mí, como lo había sido el bosque, o mis padres y hermanos.

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AHYOKA

4. LA TERCERA VISITA.

Pasaron algo más de doscientos años, rápidamente a mi parecer, y al paso normal en la vida de los humanos. Me dediqué a hacer todo lo que el gran águila me mandó. Vivir. Ser yo misma. Intentar ser de bendición.

Serví lo mejor que pude a varias generaciones de comillanos y a cientos de miles de visitantes. Llegué a la vida adulta de una secuoya, y cuando pensaba que me arrugaría hasta desaparecer en aquella plaza cántabra, llegó el otoño, y con el otoño mi aniversario número trescientos veintinueve. Entonces, al amanecer de ese hermoso día, tuve la tercera visita de mi misterioso mensajero el águila.

–¡Buenos días Ahyoka! ¡Feliz cumpleaños!

–¡Águila! ¡Ha pasado mucho tiempo!

–No tanto para ti y para mí como para ellos –Al decir esto abrió ambas alas y giró el pico, dando a entender que se refería a los seres humanos–. ¿Cómo has estado, amiga secuoya?

–Bastante bien, creo yo. Es duro ver a una generación envejecer y pasar a la eternidad. Pero siempre encuentro consuelo en nuevos rostros que se acercan a disfrutar mi sombra, o en algún que otro artista que busca en la plaza su inspiración. Pienso que he aprendido a ser parte de este lugar y que Comillas ya es, en algún sentido, algo mío también.

–¡Has hecho un gran trabajo Ahyoka! El Creador te quiere recompensar –y como ya era habitual en ella sus últimas palabras las gritó desde el aire, antes de echar a volar–. ¡No temas por lo que vas a sufrir!

Volví a quedar perpleja o, mejor dicho, intrigada. “Lo que vas a sufrir”. Eso no sonaba nada bien. Cada visita del ave real había supuesto un cambio importante en mi vida, y en aquella ocasión no sería nada diferente.

A los pocos meses comenzaron las protestas a mi alrededor. Defensores de la histórica secuoya de Comillas (como me llamaban) plantaban carteles y lazos rojos en la plaza con la intención de frenar la iniciativa del nuevo alcalde.

Efectivamente, con el último cambio de gobierno, y ante la escasez de agua de aquella década, decidieron mi traslado de vuelta al bosque. Que ese no era lugar para una secuoya sino en un hábitat apropiado. Que el alcalde que lo hizo, Sebastián Rojas, fue un inconsciente y gastó muchísimo dinero solo con fines electoralistas. Que bebo decenas de litros de agua al día y eso es despilfarrar un bien tan escaso. Esos y otros argumentos acabaron cristalizando en una nueva obra titánica, la de trasplantarme a mi vieja ladera. “Su verdadera casa”, según decían.

Ni las movilizaciones de vecinos ni lo costoso o peligroso del traslado lograron impedir que en la primavera del siguiente año mis raíces fuesen arrancadas del suelo comillano, y que miles de hojas de mis ramas quedasen esparcidas por el largo camino que me llevaba de vuelta a mi antiguo hogar.

En el centro de la plaza, donde antes había descansado por ciento cuarenta años la Fuente de los Tres Caños, y yo, Ahyoka secuoya, doscientos cinco primaveras, colocaron un monumento interactivo, que era lo último en imagen, luz y sonido en el siglo veintitrés. 


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AHYOKA

5. DE NUEVO EN EL BOSQUE.

Me plantaron nuevamente muy cerca del lugar de mi nacimiento. Miré alrededor y pude darme cuenta de que muchas cosas habían cambiado. Yo tampoco era la misma. Además, ya no conocía a ninguno de los árboles que serían mis nuevos vecinos.

Junto a los pinos, robles y abetos, otras especies habían crecido debido a un programa de reforestación que se llevó a cabo años atrás. Castaños, cedros o eucaliptos enriquecían el bosque diseminados aquí y allá. Además, mis recuerdos de la ladera eran siempre al límite norte del bosque, pero con el paso de aquellos dos siglos mi sombra ya no bordeaba el bosque, sino que cubría a otros árboles en medio de la foresta que se había extendido hacia todos los ángulos.

Aunque los árboles cercanos me dieron la bienvenida y se me presentaron yo me limité a guardar silencio como si fuese una secuoya inerte, de piedra.

–Se ve que esta especie no tiene el don del habla –susurraba una castaño próxima.

–¡No seas bruta Mariacastaño! –reconvino don Abelpino–, simplemente ella será muda… Lleva varios días callada. ¡Créeme! He vivido muchos años y aún no he conocido árboles sin el don de comunicarse.

–Yo he escuchado viejas historias sobre un gran árbol, único de su especie en el bosque, que fue adoptado por una familia de pinos. Me lo contó mi abuela –intervino un pino joven, hablando con sigilo–, decía que era un ejemplar altísimo y muy fuerte, pero que después de largos años y de haber quedado huérfano llegaron grandes monstruos de los humanos y fue arrancado de aquí.

–¡No son monstruos, zoquete! Sino la maquinaria de los hombres –aclaró de nuevo don Abelpino–, los mismos chismes que plantaron este gran árbol.

–Pues eso –prosiguió Felixpino, que así se llamaba el pino joven– mi abuela me contó también que se habían llevado a aquel gigantón porque no era natural que estuviese aquí. Vamos… que pertenecía a otras tierras.

Escuché atenta la conversación, pero me negué a explicarles que no era un árbol sino una árbol la protagonista de aquella historia, y más concretamente una secuoya; yo misma, en persona, que volvía a ser plantada en los montes cántabros después de más de dos siglos.

Sin embargo, no hablé porque el cuento de viejas había hecho mella en mi agrietada corteza. “En un sentido tienen razón”, pensé, “yo soy de otras tierras”. “Daría cualquier cosa por conocer a mis parientes de Europa… ¡Mejor aún! A los de Norteamérica. Quizás allí tendría amigos o, al menos, pasaría inadvertida”. Estaba sumergida en profunda tristeza.

La verdad es que echaba mucho de menos a mi familia. Este sentir de vacío se incrementó desde que retorné a la ladera. También, y para sorpresa mía, extrañaba mi vieja plaza de Comillas, pues la había aprendido a amar.

El viento del norte, que antaño me parecía revitalizante, ahora me molestaba. El rocío abundante de la mañana, que tanto eché en falta en Comillas, ahora me entumecía. El posar de las aves o el correteo de los ciervos o conejillos ya no me alegraba. En mi esfuerzo por adaptarme a la vida del pueblo había cambiado y ahora sentía que no era de aquí ni de allá ni de ninguna parte.

Con el discurrir de las semanas y mi silencio autoimpuesto la situación, lejos de ir mejorando, parecía empeorar. Los otros árboles dejaron de hablarme. Los pajarillos no venían a cantar en mis faldas al Sol ni las lechuzas buscaban conversación nocturna. Mis ramas, pobladas por años con millones de hojas, disminuyeron su espesor pues, además de no retoñar las hojas caídas en el viaje, lo que es peor, también otras se iban desprendiendo con cada suspiro de mi alma.

Percibí miradas de preocupación en aquellos seres que antes me admiraban como a una reina de la naturaleza.

–Sufre el mal del castor –dijo sin reparo Mariacastaño.

–¡No hables tan fuerte! –advirtió don Abelpino–, le vas a asustar.

–Yo creo que no nos oye –dijo Felixpino en tono compasivo–. Si es el mal del castor no soportará la llegada de los vientos.

–Pobre gigantón, se está despoblando, sobre todo por este lado, dejándonos ver su tronco. Quizás es muy mayor y no ha soportado el aparatoso trasplante –razonaba don Abelpino, en voz queda.

Y claro que no era vieja. Me quedaba mucha vida por delante. Tampoco era el mal del castor (a pesar de no haber castores en esa zona la enfermedad se había popularizado entre las diferentes especies con ese nombre), es decir, el ataque de un hongo destructivo que mata al árbol por dentro hasta que se va partiendo y queda como leña para los hombres o material de trabajo para los castores.

Lo que me pasaba era una mezcla de tristeza, soledad, apatía, añoranza… Algo que yo no sabía diagnosticar pero que me estaba enfermando más y más.

Cuando llegó el día de mi cumpleaños estuve esperando la visita del gran águila desde el amanecer hasta que me dormí. Pensé, “quizás él me traiga explicaciones o, al menos, esperanzas”. “Dijo que no temiera por lo que iba a sufrir y que el Creador me quería recompensar”, recordé. Mas la prueba se me había vuelto insufrible y la recompensa, para mí, hasta ese momento era simplemente infortunio.

Al amanecer del día siguiente a mi aniversario trescientos treinta desperté tosiendo por el rocío que había caído. Sentía helado el tronco por la zona que se había quedado desnuda. Los tosidos provocaron que más hojas débiles cayeran al lecho del bosque por montones.

Esto hizo que mis vecinos también se despertaran.

–¡Oye, pero si parece que estás vivo! –clamó Felixpino.

–¡Tus hojas me han hecho cosquillas, grandullón! –vociferó Mariacastaño.

–Perdón, disculpad –dije con vergüenza.

–¡Pero si eres una árbol! –don Abelpino sintió una alegría repentina al saberme viva –¡Te creíamos muda o inerte, querida vecina!

–Lo siento, de verdad… Un poco inerte sí que me encuentro –les confesé.

–Pobre… ¿y cómo te llamas? –quiso saber Mariacataño.

–Ahyoka me pusieron mis sembradores y Ahyoka me llamaron mis padres, unos pinos muy ancianos que me adoptaron en esta misma ladera.

–¡Ahyoka! ¡Qué nombre más bonito! Yo me llamo Felixpino. Tú debes ser la árbol de la historia que me contó mi abuela.

Asentí tímidamente.

–Abelpino para servirte, madame.

–Yo, Mariacastaño. Un gusto conocerte. ¿De qué especie eres, querida?

–Soy una secuoya. No hay muchas por estas tierras. De hecho, soy la única secuoya de este bosque ­–y aclaré­–. Tengo trescientos treinta años. Ayer los cumplí.

–¡Trescientos treinta! ¡Eres viejísima! ¡Deberías estar quebrada o en el sueño eterno! –se le escapó torpemente a Felixpino, ante la mirada de reproche de sus compañeros, pues, si estaba cerca del sueño eterno (que es el paso previo a la muerte de un viejo árbol), recordármelo así hubiese sido de muy mal gusto.

–Ja, ja, ja, ja –después de mucho tiempo me reí espasmódicamente– ¡No es así con nosotras las secuoyas! Vivimos dos o tres mil años, de manera que, aunque ya soy adulta digamos que acabo de dejar de ser joven.

–¡Guuaaauu! –exclamaron a coro mis tres vecinos.

En ese momento no me pude dar cuenta de que el movimiento de mis ramas al reír no había ocasionado que me despoblara más, como sucedió con la tos. Todo lo contrario, salir de mi aislamiento y conocer de aquella forma accidental a los que acabarían siendo nuevos amigos, me renovó lo suficiente como para no perder más hojas.

–¡Pero hija! ¿Por qué llevas meses en silencio? –quiso saber don Abelpino.

–Pueeees… Es una larga historia…

–¡Nos encantan las historias! –interrumpió Mariacastaño.

–¡Tenemos tiempo de sobra y no pensamos ir a ninguna parte! –añadió Felixpino alegremente, provocando otra nueva sesión de risas.

Hacía tiempo que no tenía un amanecer tan reconfortante, pero no me apetecía hablar mucho. De manera que me limité a explicarles:

–Ya he visto partir a mis padres y hermanos; y a buenos amigos en Comillas. No me estaba dispuesta a llorar la despedida de más seres queridos. Es la condena de las secuoyas. El ser tan longevas.

Hubo un momento de silencio incómodo que fue roto por Mariacastaño.

–¿Te trajeron desde Comillas? ¿Está lejos de aquí?

Hice ánimo para responder porque sabía que eso daría inicio al relato de todo lo vivido hasta entonces, pero al fin contesté:

–No es tan lejos, y al mismo tiempo podría parecer que te llevan al fin del mundo si viajas como yo lo hice.

Era evidente que me había ganado la atención de mis nuevos compañeros y, como cabía esperar, pasé el resto de la semana contándoles mis venturas y desventuras, a la vez que escuchando sus propias historias y las novedades del bosque tras mis dos siglos de ausencia.

Es curioso lo que una buena amistad puede llegar a sanar. En este caso tres amigos: mis dos queridos pinos, que me recordaban entrañablemente a mis hermanos; y aquella sencilla castaño, que no albergaba maldad en su tronco.

Poco a poco, sin yo darme cuenta, mis hojas volvieron a brotar con fuerza y exuberante verdor, y mis raíces penetraron profundo encontrando las ricas venas de agua subterránea de mi vieja ladera, así como los minerales y nutrientes que tanto había echado en falta en el pueblo.

Un día, Mariacastaño cayó en la cuenta de que mi aspecto era muy particular, pues me había crecido nueva falda en todo mi contorno excepto en la parte del tronco que se había despoblado.

–Eso se te queda como cicatriz de guerra, querida mía. ¡Mira! Yo tengo esta marca de aquí por un rayo que me golpeó en una noche de tormenta –me animó mi amiga–. No me quejo. Doy gracias al Creador de que no ardieran mis ramas. Si llega a caer un rayo sin lluvia quizás hubiésemos muerto más de un árbol.

Yo tampoco me quejé. Ya no lo hacía desde hacía un tiempo y lo cierto es que me sentía mucho mejor aceptando que la vida es así: tiene sus notas suaves y las estridentes; sus días amargos y temporadas dulces.

Sin embargo, para los humanos mi nueva apariencia era algo excepcional.

–¡La forma de sus ramas y sus hojas es increíble! –decían.

–¡La naturaleza le ha tejido un vestido hermoso! –clamaban al verme.

–¡Es toda una reina! ¡Fijaos qué falda frondosa!

–¡Ni los modistos parisinos confeccionan algo tan elegante! –Recuerdo que musitaban.

Me apodaron La Reina, y era raro el fin de semana en el que no venían excursionistas a contemplarme y a fotografiarse a mi lado; o quienes pasaban horas pincel en mano intentando retratar nuestra vieja ladera.

Entendí en aquel momento que nuestras marcas y cicatrices, las que nos recuerdan duras batallas o las peores etapas, muchas veces son el ornamento que puede consolar e inspirar a otros.

Don Abelpino, Mariacastaño, Felixpino y los otros árboles que me rodeaban estaban contentísimos con las visitas. Ellos también aparecían en las fotos y lienzos que se hicieron característicos de las guías de viaje cántabras.

Solo un arrugado roble gruñón y un eucalipto que le acompañaba en su amargada existencia, alzaban la voz de tanto en tanto para decir que “esto ya no es lo que era”, que “desde que llegó esta secuoya no hay quien descanse”, que “¿qué se ha creído para llamarse reina?”. Eran quejas y comentarios hirientes a los que yo no hacía caso. Nunca me autodenominé “reina”. Pero es probable que la profecía de mi amado padre se estaba cumpliendo y mi destino finalmente era ser diferente, tal y como él me llamaba: “una princesa del monte cántabro”.

Así comenzó una etapa maravillosa en mi vida, con mucho crecimiento en todo sentido. Hasta mis raíces se extendieron y gané unos metros a lo ancho y alto, para sorpresa de mis vecinos.

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6. LA CUARTA VISITA.

Me gustaría decir que aquí termina el relato. Que pasaron unos años y dormí el sueño eterno. Que mis vivencias tuvieron este final feliz. Pero no es así. Una vez más fui testigo del paso de los lustros y el deterioro de los que tanto amaba fue inevitable.

Primero partió don Abelpino. Después mi querida amiga Mariacastaño. Y, por último, el bueno de Felix me dijo adiós una mañana de verano cuando durmió y nunca más despertó, al menos en mi ladera.

También presencié el rápido deterioro del planeta, junto a la decadencia de los hombres. O debido a la decadencia de los hombres, sería más apropiado decir.

Conforme pasaban las generaciones cada vez menos amantes de la naturaleza venían a visitarnos. Los excursionistas acabaron reduciéndose a ancianos solitarios que llegaban hasta mi sombra y suspiraban con la desilusión dibujada en su rostro.

Además, el aire estaba peligrosamente viciado y cuando llovía, lejos de refrescarnos, el agua nos dejaba la corteza áspera y con una sensación de picor insoportable. Contaminación. Del alma humana y, por supuesto, de la naturaleza. Eso es lo que estaba pasando, indudablemente. Prueba de ello era que el bosque ya no crecía de forma natural. Que ni decir tiene: nadie pensaba en repoblarlo.

Los árboles jóvenes se alzaban enfermos; y los lugares antes adornados con pinos, eucaliptos, abetos o robles ahora quedaban desiertos formando muchos lánguidos claros. El monte parecía la cabeza de un pobre moribundo, plagada de calvas.

En el siglo veinticinco las aguas del subsuelo eran peligrosamente tóxicas y solo aquellos que teníamos raíces más profundas pudimos encontrar venas de agua puras y nutrientes saludables.

Todo apuntaba a que este planeta también estaba cerca del sueño eterno, y me pregunté si yo misma no lo viviría con él.

Pero en la víspera de mi cumpleaños número quinientos treinta y ocho (si no me falla la memoria), y cuando era lo que menos esperaba, recibí la cuarta visita del gran águila. Esta vez llegaba muy cansado. Lo pude percibir por su hablar atenuado y por la forma en la que se movía en mis ramas.

–Buenas tardes, reina Ahyoka.

–¡Gran Águila! ¡Estás vivo! ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez?

–Mucho para ti y para mí. Aún más para los seres humanos. Poco para el contar de este planeta que llega a su fin.

La frase era lapidaria. Pero yo sabía en lo profundo de mi ser que no se trataba de pesimismo infundado. El mundo tal y como lo habíamos conocido en siglos anteriores ya no existía. En su lugar, una tierra mortecina se esforzaba por mantenerse viva, cada vez con más dificultad.

–¿De dónde vienes y por qué has tardado tanto en visitarme? –me animé a preguntarle.

–Mis tiempos son marcados por el Creador, y mi camino consiste en recorrer muchos lugares llevando mensajes a aquellos que los quieren escuchar.

–Como los mensajes que me has traído varias veces, imagino. Todos se han cumplido. Recuerdo lo que me dijiste la última vez. Lo de que iba a sufrir. Y así fue. El trasplante de Comillas a esta ladera me afectó más de lo que hubiese imaginado. Pero luego se dio aquello de que me iban a recompensar y, aunque costó al principio, encontré de nuevo un hogar en el bosque y unos amigos que fueron realmente un regalo muy especial.

El gran águila no dijo nada, pero se acercó a mi tronco un poco más para susurrarme después:

–Esa no era la recompensa a la que el mensaje se refería, Ahyoka. Aunque estar rodeada de amigos y crecer en un lugar asignado es una bendición que no todos pueden disfrutar –explicó cariñosamente el ave, y añadió–. Tu recompensa estaba reservada para este difícil momento, querida amiga.

Francamente, en ese instante me preparé para verle despegar con sus grandes alas como había sucedido en las anteriores ocasiones. Sin embargo, y para mi asombro, metió el pico entre las plumas y se quedó dormido. No me atreví a decir nada. Era como si viniera de un largo viaje y de muchas jornadas sin descanso. Y después de unos minutos yo también me dormí.

El sueño fue reparador para ambos, pero especialmente benefició al gran águila quien me golpeó suavemente con su pico.

–¡Buenos días Ahyoka! ¡Feliz quinientos treinta y ocho aniversario desde el día de tu siembra! –En su saludo se notaba mucha más energía.

Me produjo enorme dicha despertar en compañía tan grata.

–Aaaaaahhhh –bostecé– ¡Buenos días gran águila! ¿Cómo has dormido?

–Me puedes llamar Néhuma, y he dormido como hacía mucho tiempo que no descansaba.

–¡Néhuma! Gracias por seguir aquí. Pensé que al despertar ya te habrías marchado.

–Con tu permiso, he venido para quedarme a reposar aquí contigo.

–¡Menuda sorpresa! ¡Y qué buen regalo de cumpleaños! –exclamé con toda sinceridad– ¡Permiso concedido! Hace mucho que no gozo de una buena conversación.

–De eso precisamente quería hablarte Ahyoka –Me dijo mientras se desperezaba abriendo sus alas majestuosas y moviendo su cuello a un lado y otro, a la par que sus potentes garras le sujetaban a mi rama–. ¿Recuerdas que te anuncié recompensa de parte del Creador? ¿Y que ayer te dije que no era lo que supusiste, aunque esta ladera y tus amigos fueron una bendición sin duda?

Por toda respuesta guardé silencio, como aquel que tiene el alma en vilo y no quiere interrumpir ni siquiera para asentir.

–Pues bien –prosiguió Néhuma–, he venido a estar contigo y a contarte algunas cosas que debes saber y que son parte de tu historia. Déjame dar mi vuelo matutino y al regreso te explicaré de qué se trata.

Y en un parpadeo el gran águila se elevó en el firmamento, saliendo de mi campo de visión y dejándome tan nerviosa que si hubiese podido volar tras ella, de cierto que la habría perseguido para que comenzase su relato en el aire.

Pasaron un par de horas que se hicieron eternas. Imaginé que no solo se trataba de algo de ejercicio, sino que Néhuma habría ido a cazar. Hasta temí que algo malo le hubiese pasado y que ya no volvería. Pero cuando calentaba el Sol de la mañana mi noble huésped se posó en las ramas superiores de mi copa y fue descendiendo hasta el mismo lugar donde había dormido en la noche.

–¡Creí que pasarían otros doscientos años para volver a verte! –saludé con ironía.

–Perdona el retraso hermana secuoya. Pero debía entregar unos mensajes finales temprano esta mañana. Se me alargó la misión más de lo que imaginaba –y suspiró al darme el pronóstico–. El fuego se acerca, amiga Ahyoka.

–¿A qué te refieres con “el fuego se acerca”? –quise indagar pesarosamente.

–Todo tiene un principio y un final, Ahyoka –sentenció con gravedad–. La Tierra está muy seca. Languidece. Los hombres no la han sabido cuidar. Ha llegado el tiempo de los grandes fuegos; y este viejo bosque no será una excepción. Tú perteneces a una última generación de árboles que no dormiréis el sueño eterno.

Todo aquello me parecía tan inquietante que mi tronco y ramas se estremecieron. Néhuma lo notó y me tranquilizó con nuevas esperanzas.

–¡No temas amiga! ¡Sé valiente! Tú ya sabes lo que es ser trasplantada y empezar de nuevo. Los cambios a todos nos asustan un poco, pero acaban siendo para bien. Digamos que, sencillamente, tu viaje a los Jardines Celestiales será un poco más directo. Muy diferente al camino de tus padres, hermanos y amigos. Yo estoy aquí para acompañarte en este último paseo.

Una paz difícil de describir se adueñó de mi alma y (¡locura donde las haya!), una emoción inusitada revitalizó mi sabia de manera que recorrió todo mi ser a la velocidad del relámpago.

–No entiendo muy bien lo que va a suceder… ¡Pero no tengo miedo! Tu presencia en mis ramas me hace muy fuerte. Creo que podría enfrentar la peor tormenta que jamás haya conocido Cantabria y sonreír al mismo tiempo.

Néhuma se rio de forma tan sana que me sentí más viva que nunca.

–¿Pero qué cosas tenías que contarme de mi historia, gran águila? –inquirí después de unos segundos.

–¡Ah, mi pequeña Ahyoka! ¡Cuánto he deseado explicarte algo de los sorprendentes caminos del Creador! –afirmó Néhuma–. Verás… Llevo mensajes a todos los rincones, y mi Señor sabe que mi hogar favorito, donde me gusta reposar, es el ser vivo más grande del Planeta Tierra, el cobijo de las secuoyas, árboles gigantescos y milenarios con los que suelo trabar amistad. Tengo varias residencias así en Europa, pero decidí preparar en Cantabria, en esta humilde ladera, mi último hogar.

Cuando Néhuma dijo esto las hojas me dieron vuelta y me mareé de impresión. Nunca me había sentido una reina, aunque desde pequeña me declaraban tal distinción, hasta ese bendito día en el que mi nuevo amigo me desveló que no venía de visita sino para hacer de mí su morada.

Néhuma prosiguió el relato.

–Ángel Losada Delafuente fue un comillano, biólogo, ecologista y amante de la botánica, que supo interpretar perfectamente el propósito del regalo que le hice a principios del otoño de 1.904. En la noche, mientras dormía, logré dejar sobre su escritorio una pequeña piña procedente del centro de Europa. Al despertar y encontrar la ventana abierta pensó que alguien había podido entrar para robarle. Pero el único cambio que descubrió en la casa fue a ti, querida Ahyoka, en forma de semilla, aguardando paciente sobre la mesa. Don Ángel Losada, a principios del siglo veinte era ya un biólogo que peinaba canas, muy querido en Comillas y defensor de los bosques cántabros. En cuanto descubrió que esa piña era de secuoya viajó con Luisillo, su joven ayudante, a los parajes que tan bien conocía y escogió este lugar para plantarte. Desde entonces frecuentó la ladera en excursiones, solo o acompañado, para comprobar tu buen desarrollo. El resto de la historia ya la conoces.

–¿Entonces me llevaste en tu pico desde el centro de Europa? –pregunté abrumada.

–Más concretamente desde Brwice, Polonia. Aún recuerdo el frío que hacía cuando te recogí. Tus padres biológicos fueron auténticos supervivientes, que soportaban temperaturas de menos de treinta grados.

–¿Soportaban? –quise saber tristemente con la esperanza de que todavía estuvieran vivos.

–Esos bosques desaparecieron, mi pequeña Ahyoka. Las guerras dejan muchas víctimas humanas, y además pérdidas en toda forma de vida de la naturaleza.

Unos segundos de silencio dejaron entrever recuerdos angustiosos que invadían el pensamiento de Néhuma, como una inundación de imágenes turbadoras. De manera que quise sacarle de aquella mirada al pasado con una nueva pregunta.

–¿Y por qué tuve que ser trasplantada a Comillas si mi lugar era este?

Tardó unos instantes más en reaccionar antes de hacer un sonido parecido al aclararse la garganta y entonces contestó.

–Podría decir simplemente que ese era el camino preparado de antemano para ti.

–Como mi destino –le interrumpí.

–Sí. Todos tenemos un deber de servir a los demás como parte de nuestro camino o destino. Pero hay algo más. Algo que ennoblece tu experiencia en Comillas y que no deja de ser una ley natural. Se trata del principio de la siembra y la cosecha.

–¡Don Ángel Losada Delafuente! ¡Él era de Comillas! –adiviné al instante.

–Exacto. Cuando buscaban un árbol para el centro de la plaza era justo y apropiado que fueras tú. Apropiado porque de todo el bosque eres única, amiga Ahyoka. Y de justicia porque don Ángel te sembró generosamente en esta ladera, y al paso de los años sus generaciones te cosecharon.

–¡Solo el Creador puede llevar la cuenta de la ley de siembra y cosecha! –dije asombrada.

–¡Oh, no sabes hasta qué termino de perfección esta ley se cumple en La Tierra incluyendo a los descendientes, tanto en el sentido negativo como en el positivo! –Néhuma hablaba con evidente entusiasmo, y siguió la evocación–. El alcalde, responsable de tu trasplante, don Sebastián Rojas, fue el bisnieto de Luisillo.

–¡Tres generaciones! –conté.

Esta idea resultó ser un gran alivio para mí. ¡Había servido a bisnietos de mis sembradores!

–¿Qué me dices en el caso de don Ángel? –quería aprovechar la ocasión para comprender mejor la utilidad de mis años en Comillas.

–En el caso de la familia de don Ángel una parte importante abandonó Cantabria en la cuarta generación, sin embargo, el tataranieto, Gonzalo Calderón y su esposa Rut pudieron ver tu trasplante a los 79 años y disfrutar tu sombra hasta su muerte. Sin que tú lo supieras, hijos de choznos de Luisillo o don Ángel corretearon a tu vera o se fotografiaron con orgullo frente a tu cerca.

–¿Hijos de choznos? –La cuenta era demasiado extensa para mí.

–¡El chozno es el hijo del tataranieto! –explicó el gran águila entre risas–. Me estoy refiriendo a la quinta y la sexta generación. ¡Y todavía te sorprendería más saber qué secuoyas han nacido a través de tus piñas, y dónde fueron plantadas y la singular historia de cada una de ellas! ¡O cómo vuestra sabia polaca tuvo una ascendencia norteamericana! ¡Secuoyas de gran valor para mí hace muchos siglos atrás!

–Lo que me quieres enseñar es que todo está conectado ¿verdad?

–No solo conectado, querida amiga. De alguna manera fuiste deudora a un comillano que te sembró. Por eso serviste a sus descendientes y a esta tierra cántabra que te vio nacer.

–Si hay una deuda que tengo con alguien, sin duda, es para contigo. Fuiste tú el que me trajiste en tu pico desde Polonia.

En ese momento Néhuma hizo algo maravilloso. Retrocedió con unos pocos saltos ágiles y abriendo sus dos imponentes alas las comenzó a agitar fuerte y acompasadamente.

La brisa que este movimiento generó acarició mi tronco y ramas, dejándome experimentar una mezcla de alegría potente, junto al deseo de las cosas puras de antaño. Brotó la esperanza de que algo divino y superior a lo que hubiese conocido hasta entonces estaba a punto de explotar, como aquellos castillos de fuegos artificiales que tantas veces presencié en las fiestas de Comillas. Mientras el viento de sus alas se hacía más y más fuerte un aluvión de imágenes se sucedieron en cascada. Amaneceres y puestas de Sol. Lluvias finas y vientos cargados de aromas que mecían mis hojas. Las estrellas milagrosamente próximas en las noches de verano. Los abrazos de los niños de Comillas. Las palabras tiernas de mis padres. Cumpleaños en compañía de amigos. Los viajes a lo desconocido en aquellos enormes vehículos. Las visitas de Néhuma. El roce de las ramas de mis hermanos… ¡Toda mi vida, en pocos segundos, envolvió mi atención! 

Cuando el gran águila cesó el movimiento de alas pregunté qué había sido aquello.

–Te he ayudado a repasar tu vida. ¿Te das cuenta, Ahyoka, de lo rica que ha sido tu existencia? Eres lo que eres, no solo por sumar más de cinco siglos en el mundo, sino porque has vivido. ¡Has vivido, amiga secuoya! Con todo lo que eso implica. Con sus luchas y alegrías. Tiempos de soledad y de ricas amistades. Temporadas de cosecha y otras de sequía… ¡Te has convertido en toda una reina! Una morada para mis cansadas plumas y una buena amiga con la que terminar mi trabajo en este planeta.

No sabía qué responder. Estaba sobrepasada por esta magistral lección que daba sentido a todo mi paso por La Tierra. Después de unos instantes logré decir:

–Imagino que esto es el regalo. Quiero decir, tus palabras, tu explicación, lo que me estás enseñando… ¿o de nuevo me equivoco?

Néhuma no dijo nada. Se acercó más al borde de mi rama, hasta que salió de mi falda elevando el vuelo en círculos cada vez más amplios. Subió unos quinientos metros hasta que se mantuvo planeando con su mirada perdida en el oeste. Unos diez minutos después se dejó caer de regreso a mis ramas.

Absorta en estos movimientos no reparé en el extraño ruido que se percibía débilmente. Ahora puedo decir que era el crepitar del bosque, devorado por las llamas. Y el calor. ¡Cómo llegó el calor! La temperatura del aire cambiaba bruscamente. Nunca había experimentado un viento tan sofocante.

–Ya queda poco, mil fiel Ahyoka.

–¿Poco para qué? –La pregunta era retórica, por no decir tonta. Yo sabía que la destrucción del monte que el gran águila me anunció estaba llegando antes de lo previsto.

–¡Oh, la recompensa! –Néhuma recordó en ese instante mi pregunta–. Tu galardón es un viaje. Una última travesía. Que al igual que en un principio podremos hacer juntos. ¿Querrás acompañarme a los Jardines Eternos?

–¿Es donde están papá y mamá? –me atreví a preguntar.

–¡Y muchos más! ¡Y Abelpino, Mariacastaño, Félix! ¡Y don Ángel Losada, y tus hermanos o Luisillo! Solo que allí los encontrarás con otra apariencia. Si aquí se siembra una secuoya, nacerá una secuoya. En los jardines del Creador se siembra un pino, pero lo que brota es algo sumamente superior.

–La verdad es que pensaba que íbamos a compartir más de una jornada. Me ha sabido a muy poco esta corta amistad.

Después que hice esta confesión, y para mi asombro, Néhuma rio dulcemente y apretó sus garras a mi rama sin llegar a hacerme daño.

–¡Pero Ahyoka! ¡Yo siempre he estado contigo! ¡Desde que te llevé en mi pico cuando no eras más que una semilla! Solo que no siempre te he acompañado con esta forma alada. Ahora bien, te aseguro que nuestra amistad no termina con esta travesía. Por el contrario… ¡no ha hecho más que empezar!

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AHYOKA

7. LA TRAVESÍA A LOS JARDINES. 

Intentaré resumir en pocas palabras lo que para mí fue un viaje larguísimo. Néhuma volvió a levantar el vuelo y ascendió haciéndose cada vez más pequeño, aunque con el brillo del Sol me costaba mantener mi mirada en el gran águila. Por otra parte, cuando me vine a dar cuenta los árboles a mi alrededor ardían de forma furiosa.

Pensé, sinceramente, que ese sería mi final, pero cuando las llamas comenzaron a infligir dolor a mis ramas, Néhuma regresó. Yo ya no miraba al cielo, sino a la amenaza del fuego, así que no puedo explicar en qué momento descendió mi amigo el águila. Lo que sí sé es que con sus grandes alas hizo retroceder las llamas; y que tomó mi copa entre sus garras, firmemente, como el recolector que agarra un matojo y de un tirón desentierra una yuca o una zanahoria, así de fácil me apresó entre sus patas y me arrancó de la ladera de Cantabria.

Pero ¡maravilla divina! ¡Néhuma era ahora mucho más grande! Un ave gigantesca que sin apenas esfuerzo levantó con su vuelo dos mil toneladas, dejando mis raíces desnudas y un gran hueco donde antes había estado yo plantada.

Más abajo quedaba el bosque en un océano de fuego. Y, mientras ascendíamos a velocidad de cohete, La Tierra se fue haciendo cada vez más pequeña y más brillante, hasta que llegó un momento en el que parecíamos estar volando entre un gran Sol arriba y un pequeño sol abajo. ¡Estábamos surcando el firmamento hacia algún punto en el Universo!

Tenía la sensación de que mi gran águila podía llegar a cualquier lugar que se propusiera, no importando la distancia o lo escondido que estuviese el mundo en el que se hallare plantado el jardín del Creador.

Nada que yo pude ver, en mis quinientos treinta y ocho años de secuoya, era digno de comparar con los paisajes espaciales que nos rodeaban en aquel formidable viaje.

Néhuma no decía nada, solo volaba y volaba, con resolución. Y yo, como los niños de Comillas que señalaban boquiabiertos la primera vez que me veían, disfruté de las nebulosas, las estrellas, los agujeros negros, las constelaciones o las galaxias.

Pero, tan eterno se me hizo el viaje, y tan incansable surcaba mundos el gran águila, que en algún momento de la travesía me dormí. Sin duda, el balanceo continuo, la música que llena todo el basto espacio y el constante sonido de las alas al batir, ayudaron a que cayera en un placentero y profundo sueño.

Y desperté aquí. En mi nuevo hogar. En una nueva ladera. Plantada junto al río más bello y caudaloso que nunca hubiese imaginado.

¿Quién me iba a decir a mí (una secuoya de Cantabria, criada por pinos y descendiente de sempervivens polacos) que en los Jardines Eternos sería un árbol frutal?

Cuando desperté me vi rodeada de todo tipo de árboles frondosos, cargados de bellas flores y ricas frutas. Especies de árboles que no llegué a conocer en La Tierra y (ahora que lo medito) dudo de que pudiesen darse en la naturaleza terrenal, ya que ante mis ojos vi que en un mismo árbol convivían flores y frutas sin problema. Y es que los árboles frutales de este jardín damos varios tipos de fruto al año, y exhibimos multitud de clases de flor. Así de extraordinario y sobrenatural es todo aquí.

Desde mi nueva ladera divisé el río que se perdía en el horizonte y que descendía de una gran meseta produciendo unas cataratas tan impresionantes que el salto de aguas generaba un vapor que mantenía húmedo todo a mi alrededor.

¡Tenía plenamente lo que un árbol pudiera desear! Rica tierra, luz renovadora, humedad continua, brisa apacible y un vestido verde plata adornado con frutas rojas y flores amarillas.

Ahora bien, el impacto más grande cuando desperté en el Jardín Celestial fue recibir la visita de mis padres y hermanos, a los que se sumaron don Abelpino, Mariacastaño y Felixpino. ¡Cuán sublime fue mi regocijo al reconocerles en su voz! Digo que les reconocí en su voz porque la apariencia era muy diferente y, tal como me lo advirtiera el gran águila, gozando de una existencia muy superior, pues llegaron caminando cada uno con sus raíces perfectamente acopladas formando tres extremidades que les permitían la movilidad. Don Abelpino, de verde oscuro aderezado con naranja, el fruto, y florecillas azules. Mariacastaño lucía frutas violetas y flores rosas. Félix era otro árbol frutal de verde claro el traje y fruto verde oscuro, con flores del mismo color. Ellos, como mis padres y hermanos, engalanados de una forma mucho más viva y bella que en La Tierra.

–¡Bienvenida Ahyoka, mi amada hija! –celebró papá.

–¡Te estábamos esperando reina del bosque! –dijo mamá exultante.

–¡Qué guapa estás, amiga mía! ¡No te vas a cansar de ese vestido porque en cada cambio de estación renovamos todos el fruto y siempre nos sorprende el Creador con nuevas galas! -dijo Mariacastaño entusiasmada.

–¡Aquí podemos caminar sin cansarnos, Ahyoka! –me informó Felixpino– ¡Y hasta paseamos con el Creador!

–Solo que debemos volver al lugar donde hemos sido plantados cada uno, ya que ahí tomamos nuestro alimento y porque al comienzo de cada nuevo día, en el sonar de trompetas, desde allí alabamos y damos gracias por la generosidad recibida –explicaba mamá con el fin de que tomara nota de las pocas instrucciones que hay en estos jardines.

–También, en las trompetas que marcan la nueva jornada hay una llamada a dar fruto –ahora era don Abelpino el que me enseñaba cómo proceder.

–¿Dar fruto? –pregunté torpemente.

–¡Claro hija! –rio papá –¿Para qué crees que somos tan bellos y abundantes en fruta? Es para provisión de los hombres, que disfrutan de la ciudad celestial y vienen hasta aquí a cosecharnos.

Todo me parecía tan maravilloso y embriagador que tomé una buena bocanada de aire y comencé a gritar:

–¡Hurra! ¡Hurra! ¡Grandioso! ¡Espléndido! ¡Fenomenal! ¡Hurra! ¡Hurra! ¡Viva el Creador! ¡Viva el Creador!

Y, sin habérmelo propuesto, salté con mis raíces móviles y me desenterré sin dificultad. Luego corrí rodeando a mis hermanos, abracé con mis ramas esponjosas a mis padres, y reí hasta que no me quedaron fuerzas.

En realidad, todos reímos y danzamos y nos pellizcamos para comprobar que todo esto no era un sueño sino la pura verdad.

–¡Acostúmbrate hija! –dijo mamá entre carcajada y carcajada– Aquí sí que es fácil celebrar. En todos los cambios de cosecha y toque de trompetas solemos hacer fiesta al Creador. No recuerdo ni un solo día de llanto, tristeza o pesar en los Jardines Eternos.

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8. LA QUINTA VISITA.

Pero el colofón de todo fue divisar a Néhuma, con sus grandes alas y su movimiento veloz, sobrevolando las cascadas y acercándose a mi nueva ladera. El tronco me palpitaba de emoción a medida que se hacía más y más grande. Eso sí, con el tamaño habitual y no con el que empleó para trasladarme a los Jardines Celestiales. Toda mi familia y amigos se inclinaron en reverencia ante el águila real.

–¡Queridísima Ahyoka! ¡Qué bella y enérgica estás! Les pedí a algunos de tus seres queridos que te dieran la bienvenida y que te explicaran cómo es la vida aquí –Y posándose sobre una de mis ramas más grandes me susurró–. Pronto te presentaré a tus parientes polacos; a tus ancestros californianos; a don Ángel Losada y a Luisillo; y otros amigos de Comillas que tuviste que despedir en tus años terrenales. ¡Verás cuán diferentes son ellos también aquí!

–¡Estoy deseándolo! –reconocí al instante– ¡Me encanta mi nueva naturaleza! ¿Y yo? ¿También podré pasear con el Creador, querido Néhuma?

–¡Por supuesto! –dijo con ternura– no creo que haya ningún problema… ¡Si has volado con Él, estoy seguro de que aceptará gustoso caminar también contigo!

Esta declaración provocó que toda mi sabia bajara bruscamente a las raíces y de nuevo, al instante, trepase hasta las ramas. ¿He volado con Él?, me dije. ¿Se refiere al Águila gigante que me transportó hasta aquí? ¿Está hablando de sí mismo? Caí sentada sobre mi tronco, como se desprendían las piñas con el viento atlántico, y así descubrí una nueva postura y que mi tronco era flexible.

Mi ilustre compañía estalló en carcajadas una vez más, e incluso Néhuma rio cunado sintió el temblor de la tierra al darme el troncazo.

Todavía estaba yo meditando en las palabras del gran águila cuando este dijo con voz cariñosa y al mismo tiempo cargada de autoridad:

–¡Ahyoka! ¡La que porta la alegría! Darás honra a tu nombre. Hay una nueva misión para ti.

Su hablar era solemne, y alzando el vuelo se mantuvo suspendido en el aire con aquel aleteo que producía una brisa fresca y revitalizante. Así que inmediatamente todos nos paramos sobre nuestras raíces.

–Se te ha asignado un escriba real que vendrá a tu lado después del sonar de trompetas. Debes contarle tu historia Ahyoka, para que lo que has vivido traiga dicha y consuelo a todo el que la lea. Él la redactará fielmente, y yo la haré llegar a muchos corazones sinceros y sedientos como el tuyo.

–¿Corazones sedientos? ¿Aquí? ¿En este lugar de felicidad y paz?

Mi pregunta no era muy apropiada, lo sé, pero no pretendía cuestionar la utilidad de mi historia o los planes del Creador. Simplemente, lo que no entendía era la necesidad que podría tener alguien en este mundo tan maravilloso. ¿Acaso habría lugar para la duda o algún dolor por sanar todavía allí?

–¡Pequeña Ahyoka, mi princesa especial! Yo soy Néhuma, el gran águila mensajera. No solo atravieso galaxias, mundos, o dimensiones naturales y espirituales, visibles e invisibles. También viajo a través del tiempo. El ayer, el hoy o el mañana son lo mismo para mí, simples pasadizos cronológicos de una misma realidad que puedo surcar con el poder y la visión del Creador.

Me sentí tan avergonzada. Vi que comprendía ciertamente muy poco sobre los altos caminos del Gran Águila, y que entendía con muchos límites los designios del Creador para con sus criaturas.

–Tú relatarás lo que has vivido –aclaró Néhuma–, y yo viajaré en el tiempo, al día y al lugar oportuno, para llevar tu historia a otras vidas que estén atravesando momentos duros como los que tú has tenido que enfrentar.

Y así fue cómo terminó la quinta visita de Néhuma. Con la honrosa encomienda de contarte mi pequeña historia, ahora que la veo con la perspectiva de los años y de la bondad recibida.

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AHYOKA

9. PALABRAS DE DESPEDIDA.

Espero que mi testimonio te sirva. Que te ayude a ser más feliz. Pero quiero despedirme con el que ha sido mi mayor descubrimiento. Lo he hecho recientemente, aquí, en los Jardines Eternos:

Mi verdadera recompensa no ha sido el viaje. Mi galardón es mucho más que aquella última travesía hacia mi nuevo hogar. Ahora entiendo, y puedo explicar claramente, que mi mayor bendición es la amistad que he trabado con el gran águila. Su presencia, sus visitas y viajar en su pico o en sus garras (poco importa la forma), son el mejor tesoro que cualquier reina jamás pudiera guardar.

Si Néhuma te hace llegar mi historia, ¡por favor! ¡hazme caso! No te contentes con leerla. Prepara un hogar para él en tus ramas. Deja que anide en tu tronco. Hazle un lugar cerca de tu corazón. No te arrepentirás.

De tu amiga, con cariño, Ahyoka.

P.D. ¡Nos vemos por aquí arriba! Aunque llegues con otra apariencia, seguro que nos reconoceremos.


Juan Carlos Parra


6 comentarios:

  1. Woww!!historias que quedan atesoradas en el corazón

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  2. Mientras lo leía he volado con el águila y he descansado en las ramas de mi amiga. Gracias.

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  3. Qué bonita historia. Realmente tenemos un propósito en cada lugar que Dios nos permite estar, que el Señor nos permita ver y andar en ese propósito para que demos fruto y fruto en abundancia como el quiere que demos. Gracias pastor.

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