Cuento: Coronas para cuarenta

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Esta historia pasa por mi mente con toda nitidez, como un recuerdo a la vez de pena y gloria. Os lo trasladaré tal y como lo veo, y sea de nuevo motivo de vergüenza a los hombres, entre los que me cuento; de envidia a los ángeles, que en aquellos días nos sirvieron; y de aliento a valientes, que luchan por Cristo en estos tiempos.


Mi nombre es Sempronio. Fui soldado de profesión y de devoción cristiano. Nunca adoré a los ídolos ni me avergoncé de mi cuna evangélica. Mis padres y abuelos antes que yo sufrieron constante lucha, hasta que el emperador Constantino y su homólogo, Licinio, firmaron edicto favorable a los cristianos. Eso trajo años de tranquilidad en el vasto imperio romano, tanto a occidente como a oriente. Parecía que el odio y la persecución darían paso a una época dorada, de bonanza para la cristiandad. Muchos discípulos pasamos a enrolarnos en el ejército (fue un pensamiento que se extendió entre muchos jóvenes) y podíamos declarar nuestra fe sin temor al castigo.

Cuando destinaron a mi compañía a defender las tierras del Asia Menor, me alegré por poder ver mundo y vivir en primera persona aventuras que otros nos habían transmitido por verbo o escritura. Primero salió la Legión XV conocida como Apollinaris, y al poco la nuestra, Legión XII, Fulminata, siguió sus pasos.

Todo fue bien por algunos años, hasta que el ambicioso Licinio se hizo con todo el territorio de oriente. Lo que se había planteado, desde los círculos más cercanos al emperador, como una defensa del cristianismo frente al paganismo que representaba Maximino Daia, acabó convirtiéndose en una trampa hipócrita. Muerto Daia, y aliado Licinio con Constantino por lazo familiar, pudo mostrar su verdadera cara. ¿Quién le impediría ahora acabar con los incómodos seguidores de Jesús que abundaban entre sus ejércitos, los cientos de soldados que no doblaríamos rodilla ante los ídolos del emperador? Y la primera ola de persecución se dirigió hacia nosotros.

Me gustaría decir que yo fui uno de los valientes. De los que no se avergonzaron ni sintieron temor ante las torturas y muertes que rápidamente se extendieron entre los cristianos del Asia Menor. Pero no fue así. Guardé silencio. Oculté mi fe. Pasé inadvertido como un pagano más, apartándome de los que antes habían sido mis hermanos. Me sentía el más ruin, cobarde y traicionero de todos los hombres. Pero el miedo me atenazaba. Mi fe resultó chica, y sólo un deseo de salvarme y pasar cuanto antes aquella pesadilla gobernaba mi voluntad. <<¿Dónde está tu amor a Cristo Sempronio? ¿Dónde tus oraciones y ofrendas votivas?>>. Luché con esas preguntas y otras peores por cinco meses que se me hicieron eternos. Hasta que la amenaza llegó también a la región de Armenia y a la ciudad de Sebaste donde estábamos operando.

El gobernador nos anunció que si renunciábamos a Cristo tendríamos recompensas. Mas por el contrario, mostrarnos contumaces acarrearía las más dolorosas torturas y la muerte. En ese momento sentí cómo el cielo caía sobre mí; una presión indescriptible. Se me nubló el entendimiento, las rodillas me flaquearon y un sudor frío apareció de súbito por todo mi cuerpo. Sin embargo, cuarenta compañeros míos dijeron a toda prisa que no negarían a su Señor Jesucristo por nada del mundo.

A partir de ahí todo se precipitó. La ira estalló contra ellos como un ejemplo para los otros cristianos, soldados y civiles, que acallábamos nuestra fe. Golpearon sus rostros, pero ellos ni se quejaron, era como si hubiesen aguardado con ansias que llegase aquel día. Su determinación y firmeza causaban una impresión insoslayable en todos los legionarios: ¿Qué podría significar una tortura para aquellos curtidos combatientes? ¿La espada? ¿El fuego? ¿Los golpes? ¿El hambre? A todo eso estaban hechos y no les haría renegar de su fe.

Pasaron la noche en calabozo y al atardecer del siguiente día nos informaron del trance infernal que se les había preparado: aterimiento. Debían pasar la noche descalzos y desnudos sobre una lagunilla cercana, que se congelaba todos los años. Era invierno y aquella noche el frío armenio se dejaba sentir con toda su fuerza. Soplaba aquel viento del Cáucaso que helaba hasta los cabellos.

Mi superior me puso, junto con otros compañeros, a custodiarlos para que no escaparan. Pero todos sabíamos que no lo intentarían. Para ellos, morir de aquella forma sería un honor y una entrada gloriosa a la presencia de Jesucristo. La única alternativa que urdieron, como la más tentadora en medio de aquel suplicio, fue la de abrir las puertas de las termas que frente a ellos escupirían vapor. Además colocaron en su interior comida y vino, para hacer más apetecible el cambio.

Aquellos cuarenta soldados corrían sobre el hielo, olvidando las cuchilladas del frío y los miles de bocados del cierzo del norte; soñando con las mercedes eternas que les aguardaban tras aquel tormento; y de vez en cuando rugían con gritos de ánimo que aún hoy parezco escuchar con estremecimiento: “¡No desmayéis soldados de Cristo!” “¡Cuarenta coronas nos aguardan en la Gloria!” “¡No escuchéis las voces del diablo!- pues desde la orilla les invitaban al calor de las termas y a una mesa reconstituyente- “¡Sólo una noche de dolor pero una recompensa eterna a cambio!” Y hasta en ocasiones se reían, se abrazaban o cantaban himnos que hacían que yo me desmoronara y llorara como un niño.

Llegada la tercera vigilia los soldados que desde la tierra velábamos tuvimos que ser relevados, a pesar de ir vestidos y de estar más resguardados. Sentíamos las extremidades dormidas o un temblor incontrolable, cuanto no un dolor incesante por todo el cuerpo. ¡Qué estarían ellos soportando, es difícil de imaginar!

Yo no quise cambiar el turno. Al menos contemplaría a aquellos héroes de la fe y los acompañaría en su tránsito al Padre. Pero poco a poco una pregunta se hacía más fuerte en mi interior: << ¿Por qué quedarme con la vida terrenal y perder la que Cristo a ellos les va a dar? ¿No dijo el Señor que “quien quiera ganar su vida la perderá, pero el que la pierda por él, ese la hallará”?>>.

Acercándose la cuarta vigilia el espectáculo era de lo más asolador: cuarenta cuerpos que apenas se mantenían en pie y que estaban abrazados para así darse calor. Cuando alguno se desvanecía, los otros lo tomaban en peso para que no se congelara tumbado en el hielo. Y si se notaban bajo el sueño fatal de la congelación, cantaban u oraban fuerte, echando el poco aliento que les quedaba. Más tarde un bulto salió del montón y con paso maltrecho se dirigió al refugio apóstata, al que no pudo entrar sin negar a Jesús. Era un joven cuya fe sucumbió, aunque los compañeros le gritaban que regresara, que ya quedaba poco, que eran cuarenta las coronas que les esperaban. Nada de eso oyó.

Fue entonces cuando le pedí perdón a Dios de todo corazón, y que se dignara llenar a un pobre cobarde como yo de su Santo Poder. Supe que mi oración llegó al cielo porque en aquel instante un peso se quitó de mi espalda, un peso de muerte. Y sentí como nunca antes el calor del Espíritu y la cercanía del amor divino. Me desvestí a toda prisa, y arrojé mis armas a la par que gritaba: “¡Yo también soy de Cristo! ¡Sólo le adoraré a Él! ¡Que muera yo con mis hermanos! ¡Que sea mi suerte la de estos soldados!” Corrí al medio de la lagunilla y al llegar pedí perdón a los valientes. A penas me dejaron decir nada pues me besaban, me abrazaban y me envolvieron colocándome en la mitad del grupo. Allí, en aquella tumba de gélido cristal, Dios nos permitió entonar el más bello canto que jamás había escuchado: << ¡Señor Jesús, cuarenta luchadores te dan a ti la Gloria! ¡Señor Jesús, tienes para cuarenta coronas de victoria!>>.

Y así fue como unas cuantas horas después fuimos recibidos aquí, entre esta grande nube de testigos, donde nos aguardaba el Señor mismo, con recompensa para todos, y también para mí, el más vil y débil de ellos. El último en llegar fue Melitón, el benjamín de los cuarenta, y el único que llegó vivo al amanecer. El santo regocijo con el que fue acogido era digno del más alto cristiano, pues, todos presenciamos cómo no negó al Señor; y en lugar de curas fue arrojado a la hoguera con nuestros cuerpos inermes.

Os aseguro que ser parte de esta ilustre compañía es, de todas, la mejor eternidad que cualquiera pueda desear. Por eso: “¡Ánimo cristianos! ¡Todavía hay muchas coronas que aguardan a los valientes que las conquistarán!”

“…Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida”. Apocalipsis 2:10.

BASADO EN LA HISTORIA VERÍDICA DE LOS 40 MÁRTIRES DE SEBASTE.

Juan Carlos Parra

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