Cuento: El hermano gozo y los ataques del Diablo

Cuento: El hermano gozo y los ataques del Diablo, dibujo Caleb,
Dibujo de mi hijo Caleb tras leer el cuento
En una ciudad triste y oscura, atestada de gente triste y ocupada, vivía un cristiano muy pero que muy extraño. Era el Hermano Gozo, quien hacía honor a su nombre ya que había aprendido a gozarse en el Señor cualquiera que fuese su situación. Realmente su nombre era Lupo, pero todos le llamaban Gozo pues vivía con una sonrisa en el rostro y transmitía ánimo a cuantos le rodeaban.


El caso es que las noticias sobre las alabanzas y la felicidad de don Lupo llegaron al mismísimo Infiero, al Reino del Diablo, y éste no daba crédito a lo que escuchaba:

— ¡Que en esa ciudad tan triste hay un cristiano al que llaman Gozo! —protestó el Diablo con incredulidad— ¿Cómo es posible? ¿De qué iglesia es? ¿Qué clase de evangelio practica? ¡A ver… que venga mi demonio apuntador inmediatamente! ¿No me dijisteis que en el último censo aparecía el desánimo reinando en todo ese maldito pueblo?

A lo que Demonio Apuntador replicó:

— No, malévola majestad. El tal Lupo, al que llaman Hermano Gozo, se está tomando la cosa muy en serio. Yo ya se lo apuntaba en mi informe del último trimestre. Pasa demasiado tiempo en oración y no se le contagia el desánimo tan fácilmente — y añadió, puntilloso como siempre—. Pero no se me hizo caso en aquel entonces…

— ¡Calla demonio sabelotodo! — le interrumpió el Diablo—. Tú y tus informes… ¡Vayan inmediatamente y ataquen a ese Lupo, no sea que su espíritu se extienda también a otros!

Veloces, como aquellos que controla el pánico, dos demonios volaron desde las mazmorras del mal hasta la casa del Hermano Gozo, llegando justo cuando éste salía hacia el trabajo. El primer enemigo oscuro se convirtió en un súbito malestar que pinchó agudo dolor de cabeza a Lupo. Y al minuto, el segundo demonio, lanzó dardos de preocupación, temor y tristeza a la mente de su víctima. Y allí se quedaron todo el día, persistiendo en su maldad y esperando las rabietas y las quejas del pobre cristiano atormentado.

¡Pero cuán grande fue la sorpresa del Diablo y sus secuaces al contemplar cómo el Hermano Gozo pasó el día en alabanza y gratitud! Una y otra vez cantaba y agradecía; cantaba y agradecía; cantaba y agradecía; y acabó durmiéndose en paz y dulce descanso… Como siempre.

— Tendremos que probar con algo más fuerte— refunfuñó el Diablo—. ¡A por su familia!

Sin pensarlo dos veces una nueva partida de demonios (esta vez más numerosa) cayó desde las mansiones oscuras a la Tierra. Los hijos de Lupo eran el objetivo. Esperaron la oportunidad apropiada y… ¡Zas! Lupito, el primogénito de la casa, se partió la clavícula en un choque con la motocicleta. Tres días más tarde, Agustina su hermana, comenzó una relación malsana con un muchacho que no era de la iglesia.

Nuevamente la decepción de los enemigos fue monumental. No solo Lupo siguió con su habitual gozo, sino que a partir del accidente de su hijo entró en campaña de ayuno e intercesión por sus hijos. Lejos de achicarse se levantó en guerra por su casa usando el arma de la profecía.

— Maligno Rey— comenzó a decir un demonio informante—, el Hermano Gozo no para de proclamar promesas de la Biblia sobre sus hijos.

— ¡Silencio ignorante! ¡Ese libro ni lo pronuncies aquí! — gritó el Diablo saltando de su silla como el que ha sido pinchado por un alfiler—. Con que ahora se cree profeta. ¡Qué más da! ¡Dejadlo que cacaree sus versos! Nada cambia el hecho de que tenemos a sus hijos en asedio.

En ese momento volvió a tomar la palabra Demonio Apuntador:

— Se equivoca gravemente. Su excelencia debe saber que las bendiciones de un padre sobre su linaje se convierten en herencia si proceden de aquel Libro (que no voy a mentar) y si las profetiza con fe el susodicho progenitor. Según observo, en cuestión de días las palabras de don Lupo se tornarán en la realidad que alcanzará a su linaje…

— ¡Quién te ha preguntado nada mentecato, aguafiestas, cenizo! ¡Saquen a este demonio de aquí! — ordenó el Diablo, sin dar crédito a su ayudante.

Pero, como toda ley inexorable del Reino de Dios, la profecía de don Lupo y su guerra acabaron convirtiendo el ataque ponzoñoso del enemigo en lluvias de bendición sobre su familia. El primogénito sanó de su rotura y no quiso saber nada más de motos ni de carreras. Mientras que Agustina sufrió un fracaso amoroso que la llevó directita a los brazos del Salvador para reparar el deprimido corazón; y así fue como afianzó su relación con Cristo. ¡Para colmo el Hermano Gozo seguía lleno de gozo a pesar de las pruebas!

No quiero cansar con el cuento. Diremos que después de un tiempo el Diablo volvió a la carga: injustificadamente Lupo fue echado del trabajo. Pero el Soberano Dios, que hace que todo coopere para bien, movió a Gozo a montar su propio negocio. Éste prosperó y le dio a Lupo más tiempo para servir al Señor y para su familia; además de la posibilidad de adorar con mayores ofrendas. Luego, su esposa, Catalina, sufrió una embolia y el Hermano Gozo la tuvo que cuidar un año entero con ayuda de su suegra. Pero nada; ni una queja; por el contrario; el matrimonio se fortaleció; y el amor de Lupo por Catalina, así como su gozo y paciencia, inspiraron a todos los que conocían a la pareja. Hasta con un ladrón el Diablo atacó al Hermano Gozo. Y solo sirvió para que Lupo confiara menos en todo lo de la Tierra y para tener su corazón en las riquezas del Cielo.

Por fin, un día de final de año, cuando Demonio Apuntador pasaba su informe trimestral al Rey de la Vileza, llegaron las primeras conclusiones de aquella peculiar contienda:

— Muy a pesar mío, Majestad, le debo informar de que la tristeza que reinaba en la ciudad; y que reinaba en la sociedad; y que reinaba en la iglesia…

— ¡Ve al grano apuntador, ve al grano… que me irritas con tus rodeos! — protestó el Diablo a la vez que se ponía en pie, andando con inquietud de un lado a otro de la tétrica sala, como león enjaulado.

— Sí, sí, perdone— prosiguió Apuntador—. Pues bien, la tristeza está en mínimos históricos. Ya no reina en la iglesia de Don Lupo. Y parece que el gozo se ha contagiado como una epidemia. Nuestros ataques han sido completamente infructuosos. Más bien han atizado el fuego de la fe que ardía en Lupo, y…— tragó con dificultad antes de continuar— creo que esto se nos está yendo de las manos.

— ¡¡Aaaaarrrgggg!! — aulló el Diablo— ¿¡Qué me estás contando pájaro de mal agüero!? ¡¡No puede seerrrr!!

Y tanto fue el enfado y la impotencia que el Diablo, montado en cólera, subió como un rayo ante el mismísimo trono de Dios:

— ¡Déjame que lo mate! — exclamó sin saludos ni explicaciones.

— ¿A quién? — quiso saber el Padre, para quien todo aquello era solo una nueva oportunidad de avergonzar al Diablo y demostrar su poder.

— ¡Al hermano Gozo! ¿¡A quién va a ser!? ¡Tú sabes muy bien lo que está pasando!

— Aaahhh… Sí… Lupo… El Hermano Gozo… ¿Y para qué quieres que lo mate?

— ¡Pues para que va a ser! ¡Para acabar con esto… y para que todos se llenen de tristeza!

— Ummm… Entiendo— dijo Dios, y guardó silencio unos segundos para después sentenciar con autoridad—. Pero debes saber, Diablo, que hasta ahora solo has sido una ayuda para mis planes… Y si te hago caso lo volverás a ser, pues en mi Presencia Lupo tendrá su gozo completo. Y su muerte será la semilla para que nazcan cien hermanos gozo más que, como él, te van a plantar batalla. ¡Vuelve por donde has venido y enmudece! Y no esperes, por tu trabajo, ni mérito ni beneficio.

Y así, bien calladito y con el rabo entre las patas, volvió a su casa el Diablo.

Mientras tanto, abajo en la Tierra, prosiguió el hermano Lupo, cantando y agradeciendo; cantando y agradeciendo; cantando y agradeciendo… Corrió con gozo su carrera hasta el día en el que, como todo fiel cristiano, llegó a la meta.



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Juan Carlos Parra

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