Cuento: Herman Baker I

Cuentos, Juan Carlos Parra, Herman Backer, noche nevada,

He querido desarrollar una anécdota del querido Samuel Vila hasta convertirla en un breve cuento. El incidente, basado en un hecho real, tomado de la historia inagotable de las misiones cristianas, tuvo lugar en Estados Unidos, en una estación de frío, lo que hace más intensa la anécdota. Quizás sea una de las entrevistas de trabajo más extravagantes e interesantes que he podido conocer. Pero lo que me llama la atención es cómo el carácter de un hijo de Dios aflora en cualquier momento y en los detalles más insignificantes de la vida. Espero que disfrutéis este cuento de invierno. 


CUENTO: HERMAN BAKER 

 

Eran las tres de la madrugada de una noche de frío invierno. La nevada que había caído dificultó el viaje de Herman Baker hasta las oficinas de la misión internacional ‘Life for All Nations’, pero, milagrosamente, lo había conseguido. Le resultaba tan extraño que lo citaran a esas altas horas de la noche. Sin embargo, Herman deseaba con todo su corazón servir al Señor como misionero y el simple hecho de que le hubieran concedido una entrevista, entre tantos candidatos, lo había llenado de alegría y expectación. 

 

El misionero que finalmente seleccionaran sería enviado a un destino que, a juicio de Baker, era una gran oportunidad, no solo por predicar el evangelio en una zona poco trabajada, sino por hacerlo al lado de uno de los hombres más experimentados en las misiones africanas. Por todo ello no mandarían a cualquiera. Nunca lo hacían y mucho menos en esa ocasión. 

 

La secretaria, que recibió a Herman tras el escritorio, parecía de todo menos acostumbrada a trabajar en un horario tan extraño. Al joven aspirante le hubiera gustado preguntar por el motivo de ser citado a las tres de la madrugada de no haber percibido que el mal genio, hasta ese instante bien disimulado, en cualquier momento podría convertirse en un desdén. Prefirió callar y seguir esperando. 

 

Después de unos minutos sonó el teléfono. La señorita lo contestó, al principio con un frío “¿Sí? ¿Dígame?”. Pero, al segundo, dio un respingo en la silla y en tono servicial prosiguió: 

 

—Buenas noches, Mr. Karrigan… Sí, señor… Muy bien… Entendido… Sin problema, Mr. Karrigan. 

 

Colgó y se dirigió a Herman con más amabilidad que al principio para indicarle que debía pasar al despacho de enfrente y aguardar unos momentos hasta que Mr. Karrigan llegara. “Unos momentos”, se convirtió en una hora.  

 

“La nieve... Seguro que es la nieve”, pensó Herman.  

 

A las dos horas dudaba entre marcharse o simplemente protestar ante la secretaria, pero no hizo nada. Luchó encarnizadamente contra el sueño, entumecido por el frío insoportable de la vieja habitación. El silencio reinaba en la estancia, roto únicamente por el tic-tac del reloj del despacho de Mr. Karrigan. 

 

“Quizás trabajan a estas horas porque en otros países, donde tienen misioneros, es de día y siempre están atentos a cualquier llamada… Pero el teléfono no ha sonado en estas cuatro horas”, se dijo el joven. La espera daba lugar a cábalas de este tipo y a otras aún más absurdas. 

 

Por fin Herman Baker tomó una decisión: no iba a salir de aquel despacho hasta que el presidente de la misión llegara; aunque tuviera que esperar hasta las tres de la madrugada del día siguiente. Y lo cierto es que aquella fue su mejor decisión. 

 

A las 8 de la mañana apareció Mr. Karrigan con una sonrisa y como aquel que empezara su trabajo un miércoles cualquiera. 

 

—¡Buenos días! Vamos a empezar… A ver… Haga, usted, el favor de deletrear su nombre. 

 

B-A-K-E-R contestó el futuro misionero con extrañeza. 

 

—¡Muy Bien! Ahora, vamos a ver sus conocimientos de matemáticas... ¿Cuánto son dos más dos? 

 

Cuatro... —dijo Baker, empezando a dudar de la seriedad de todo aquello. 

 

¡Excelente! respondió el entrevistador ¡Voy a recomendarle a la junta mañana para que sea usted nuestro nuevo misionero! ¡Ha superado la prueba! 

 

Ya se pueden imaginar con la cara de bobo que Herman salió de aquel despacho. Tan ensimismado iba que ni adiós le dijo a la pobre administrativa, quien seguía sentada en su puesto, aunque algo peor maquillada. 

 

El siguiente día, al reunirse la junta para estudiar a los diferentes aspirantes, Mr. Karrigan dijo a sus compañeros: 

 

Creo que no hay ninguno como Herman Baker. 

 

¡Pero, William, es de los menos cualificados, al menos por su currículum! ¿Por qué estás tan seguro? —inquirió uno de los consejeros. 

 

Me explicaré prosiguió Mr. Karrigan en tono tranquilizador—. Hubo algo en su solicitud que me llamó la atención. Mostraba una determinación poco convencional. Decía que estaba convencido de que había nacido para la misión en el África y que se había preparado con esmero por años con esa meta. Pero, como mencionáis, su currículum no era tan brillante como el de otros candidatos. Esa es la razón por la que quise ponerlo a prueba. Ahora estoy convencido de que es nuestro próximo misionero y esta es la base de mi seguridad... Primero, lo probé en su abnegación: le dije que viniera a verme a las tres de la madrugada y dejó la cama caliente para estar ahí; estuvo esperando, a pesar del frío, sin la menor queja. Segundo, se trata de un hombre puntual: llegó a la hora, a pesar de la nieve. Tercero, lo examiné en cuanto a la paciencia: tuvo que esperar cinco horas para verme. Cuarto, puse a prueba también su ira, pues llegué y, sin ninguna explicación por el retraso, empecé la entrevista: no mostró señal alguna de enojo ni hizo preguntas sobre el porqué del incidente. Quinto, mostró también suficiente humildad como para responder a las preguntas que le hice: las habría contestado un niño, y no por ello dejó de responder con toda sencillez... Sin duda alguna, este hombre tiene los requisitos que deseamos en un ministro y merece nuestra confianza para la próxima obra misionera. 

 

Juan Carlos P. Valero 

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