Cuento: Herman Backer I

Cuentos, Juan Carlos Parra, Herman Backer, noche nevada,

Eran las tres de la madrugada de una noche de frío invierno. La nevada que había caído dificultó que Herman Backer llegara a tiempo a las oficinas de la Misión Internacional “Vida Para Todas las Naciones”, pero milagrosamente lo había conseguido. ¡Le resultaba tan extraño que lo citaran a esas altas horas de la noche! Sin embargo Herman deseaba con todo su corazón servir al Señor como misionero y el simple hecho de que le hubieran concedido una entrevista entre tantos candidatos le había llenado de alegría y emoción.



El misionero que finalmente seleccionaran sería enviado a un destino que le parecía una gran oportunidad, no sólo por predicar el evangelio en una zona poco trabajada, sino por hacerlo al lado de uno de los hombres más experimentados en las misiones. No mandarían a cualquiera. Nunca lo hacían y mucho menos en esta ocasión.

La secretaria que recibió a Herman tras el escritorio parecía de todo menos acostumbrada a trabajar en un horario tan extravagante. La verdad es que el joven aspirante le hubiera preguntado algo de no haber percibido que la molestia, hasta ese instante bien disimulada, en cualquier momento podría convertirse en un desdén o en un amago de enfado. Prefirió callar y esperar.

Después de unos minutos sonó el teléfono. La señorita lo contestó, al principio con un frío <<¿Sí? ¿Dígame?>>. Pero al segundo dio un respingo en la silla y en tono servicial prosiguió:
- << Buenas noches Mr. Karrigan… si señor… muy bien… entendido… sin problema señor>>.
Colgó y se dirigió a Herman con mayor amabilidad que al principio para indicarle que debía pasar al despacho de enfrente y esperar unos momentos hasta que Mr. Karrigan llegara.

“Unos momentos” se convirtió en una hora. <<La nieve, seguro que es la nieve>> pensó Herman. A las dos horas dudaba entre marcharse o simplemente protestar ante la secretaria, pero no hizo nada.

Luchó encarnizadamente contra el sueño y el frío insoportable de la vieja habitación. El silencio reinaba, únicamente roto por el ‘tic-tac’ del reloj del despacho de Mr. Karrigan.

<<Quizás trabajan a estas horas porque en otros países donde tienen misioneros es de día, y siempre están atentos a cualquier llamada… Pero el teléfono no ha sonado en estas cuatro horas>>. La espera daba lugar a cábalas de este tipo y a otras aún más absurdas.

Por fin Herman Backer tomó una decisión: No iba a salir de aquel despacho hasta que el presidente de la Misión llegara; aunque tuviese que esperar hasta las tres de la madrugada del siguiente día. Y lo cierto es que aquella fue su mejor decisión.

A las 8 de la mañana apareció Mr. Karrigan con una sonrisa en su cara y como aquel que empieza cualquier miércoles su trabajo.

- <<Buenos días. Vamos a empezar… A ver… Haga usted el favor de deletrear su nombre.
- <<B-A-C-K-E-R>> contestó el futuro misionero con extrañeza.
- <<Muy Bien. Ahora vamos a ver sus conocimientos de matemáticas. ¿Cuántos son dos más dos?
- <<Cuatro>>.
- <<¡Excelente!- respondió el examinador- Voy a recomendarle a la junta mañana para que sea usted nuestro nuevo misionero. Ha superado la prueba.

Ya se pueden imaginar con la cara de bobo que Herman salió de aquel despacho. Tan ensimismado iba que ni adiós le dijo a la pobre administrativa que seguía allí (aunque algo peor maquillada).

Al día siguiente, al reunirse la junta para estudiar a los diferentes aspirantes, Mr. Karrigan dijo:
- <<Creo que no hay ninguno como Herman Backer>>.
- <<¡Pero William, es de los menos cualificados, al menos por su currículum! ¿Por qué estás tan seguro?>>- Arguyó uno de los consejeros delegados.
- <<Me explicaré- prosiguió Mr. Karrigan en tono tranquilizador- esta es la base de mi seguridad:

1º Le probé en su abnegación. Le dije que viniera a verme a las tres de la madrugada y dejó la cama caliente para estar ahí. Estuvo esperando, a pesar del frío, sin la menor queja.

2º Se trata de un hombre puntual. Llegó a la hora.

3º Le examiné en cuanto a la paciencia. Tuvo que esperar cinco horas para verme.

4º Puse a prueba también su ira, pues, llegué y sin ninguna explicación por el retraso empecé la entrevista. No mostró señal alguna de enojo ni hizo preguntas sobre el por qué del incidente.

5º Mostró también suficiente humildad. Las preguntas que le hice las habría contestado un niño pequeño y no por ello dejó de ceñirse a responderlas con la mayor sencillez.

Sin duda este hombre tiene los requisitos que deseamos en un ministro. Y merece nuestra confianza para la próxima obra misionera.



Juan Carlos Parra

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