Cuento: La puerta

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Ahí estaban, otra vez frente a frente, la puerta y él. La maldita puerta.

¿Cuánto tiempo llevaba apareciendo por las noches? Desde que cumplió los trece años. Al poco de morir su madre.


No era la puerta de la habitación ni la puerta del armario ni la puerta del baño. Ninguna de esas tres. Aparecía en plena noche. Toc, toc, toc, toc, toc, toc… Traqueteaba y le despertaba. Entonces, aquel brillo azulado. Una luz diferente a la del Sol o a la de las bombillas. Una luz espectral, mortecina, que se colaba por las rendijas entre el marco y la puerta, dejando el rectángulo iluminado. Además, ese olor tan característico de las noches de la puerta: dulzón, muy dulzón, pero con un toque rancio. Y Pad se quedaba en su cama, encogido y en vigilia.

“Eres un cobarde”, pensó mirando de reojo a la puerta. “¡Levántate y ábrela!”. Se incorporó, apoyando la espalda en el cabezal y apretujó las piernas hasta que tocaron su barbilla. La habitación estaba helada, así que sostuvo la manta con tanta fuerza que empezaron a entumecérsele los nudillos. Tenía la cabeza escondida en aquel refugio improvisado y el sueño se le esfumó junto con la saliva, pues sentía la boca seca.

De nuevo vibró:

Toc, toc, toc.
Toc, toc, toc.

Sobresaltado, sin pestañear, contuvo la respiración y asomó la cara para mirar a la puerta. “Parece que me llama”, se dijo. Solo tenía que levantarse y girar el pomo. Cuando fijó su vista en el pomo, perfectamente redondo, se dio cuenta de que con el pestillo en el centro y el efecto de las luces parecía el ojo de un gato. Un escalofrío atravesó su cuerpo. “¿Qué habrá del otro lado?”.

El bate de beisbol estaba de pie e inerte, junto a su cama. Llevaba meses dejándolo allí por las noches. Se imaginó abriendo la puerta y enfrentando lo que hubiese del otro lado con su bate. Pero algo le dijo que difícilmente podría ayudarle.

Toc, toc, toc, toc, toc, toc.

“¿No lo oyen? ¡Nunca la oyen! Al único que molesta es a mí. Me llama. Estoy seguro de que me llama”.

A pesar del miedo y la repulsión, la puerta ejercía un inquietante poder magnético. La noche en que no le despertaba soñaba con ella, y siempre preguntándose: “¿Qué encontraré del otro lado? ¿Será mamá la que está ahí? No puede ser”. Rebajó un poco la presión con la que se aferraba a la manta. Cuando pensaba en su madre el recuerdo le acariciaba el alma. Alzó los ojos al techo, como si quisiera volar a donde ella estaba; la necesitaba tanto. “Pero no puede ser ella. No tras la puerta. Ella me dijo que solo nos veríamos en mis sueños. Y, bueno… cuando yo también muera. La echo mucho de menos”.

No lograba ver el cuadro, aunque sabía que estaba allí, en medio de la densa oscuridad, en la pared de su derecha junto a la puerta de entrada a la habitación, bordado con aquella mano hábil de mamá. Leerlo cada día le reconfortaba; le acercaba a su madre. Era capaz de recitar de memoria la frase: 
Porque no te ha dado Dios un espíritu de cobardía, 
sino de poder, de amor y de dominio propio.

“Pad, eres un cobarde. De manera que ese verso no es para ti. Eres un cobarde. No puedes ni siquiera abrir la maldita puerta”.

No sabía cómo explicarlo, pero la muerte de su madre había acabado con su inocencia. Ahora convivía con una pesada carga: la tristeza, el miedo a olvidarla, el futuro incierto, los abrazos rotos, el vacío... Lo más sencillo era cesar de luchar y, simplemente, dejarse llevar por la vida. Pero no era tan fácil. La añoranza y el sentido de pérdida dieron paso a la rabia. Una rabia incontenible, hambrienta, que se alimentaba de sus recuerdos y no dejaba de crecer. ¿Cómo olvidar la seguridad de su cuidado, las charlas con su madre al final de la jornada o el calor de su regazo? Se le fueron acumulando preguntas sin respuesta. Tantos porqués; tanto silencio y soledad; tanta impotencia y tanta ira. Y una noche, sin previo aviso, apareció la puerta. Era lo mismo casi todos los días desde el último par de años. Papá no entendería lo que le pasaba. Tampoco oía nada. Dormía profundamente. Ahora con su nueva esposa.

Mirando al techo, intentó recordar el rostro de mamá. Se sintió aliviado porque aún la podía imaginar con claridad. No tal y como había muerto. No. Sino como era antes de la enfermedad. “¡Qué guapa!”. Un par de lágrimas se deslizaron a uno y otro lado de la cara y llegaron a sus oídos. Por el día ya no lloraba, pero alguna noche que otra seguía mojando la almohada. Cuando el odio no le servía de escudo y la realidad de su ausencia le mordía ferozmente, entonces se derrumbaba y lloraba.

“¿Qué haría ella en mi lugar? ¡Ella era muy valiente! Siempre sonreía, aunque los médicos decían que el dolor de su cáncer era de los peores”. Pad repasó en segundos las imágenes de mamá durante los diez meses de enfermedad. Se giró a la izquierda, como un gesto instintivo para sacudirse aquel álbum de fotos tan amargo. “El cáncer la transformó. La encogió hasta apagarla”. Dio vuelta a la derecha y se concentró en el cuadro: “Porque no te ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de… De valentía. Eso es lo que debería poner. El antónimo de cobardía es valentía. Pero no dice eso…dice que te ha dado espíritu de poder, amor y dominio propio”.

Poder. Él se sentía de todo menos poderoso. La marea de recuerdos traía una nueva escena a la orilla: “No eres tú, Pad. Es Dios en ti. Así es como puedes ser fuerte”, le dijo su madre cerca del final. “¿Dios en mí? No sé… Mamá tenía mucha fe”.

Toc, toc, toc.
Toc, toc, toc
Toc, toc.

“Ahí sigue. Y seguirá todo el tiempo, hasta el amanecer. Y mañana otro día de bostezos y de sermones: que me concentre más; que adonde estoy mirando; que vuelva de mi mundo y responda… Pero papá no se ha preguntado por qué tengo ojeras. Y ella mucho menos. Ella ya tiene bastante con hacer de madre de los tres”.

Volvió a incorporarse y miró de frente, a la puerta. Y la puerta le devolvió la mirada. O eso le pareció a él, porque hasta ese momento la luz azulada había decaído y ahora volvía a llenar todo de sombras. Sacando la mano de la manta, tanteó hasta dar con el bate. Salió de la cama por la izquierda y muy lentamente avanzó hacia la puerta. Ella traqueteó con más fuerza unos segundos y luego se quedó vibrando. Era como si alguien del otro lado notase la cercanía de Pad.

El chico se detuvo y tragó con dificultad. Estaba sudando. A pesar del frío, un sudor abundante bañaba su espalda. Levantó el bate en posición de ataque y con mucho cuidado dirigió la mano al pomo redondo. Tocarlo fue una de las cosas más misteriosas que le habían pasado. Simultáneamente le quemó y le hizo cosquillas, de manera que no aguantó el contacto ni dos segundos. Como un rayo volvió a la cama, y se sentó con las piernas flexionadas contra el pecho y el bate a su lado. Ambos bajo la manta. La puerta tembló unos instantes y se detuvo.

Su frente también estaba cubierta de sudor y el corazón le latía al galope. “¡Debo hacer algo yaaa!”, dijo en voz alta. “¡Esta puerta me está volviendo loco! Si fuera valiente como mamá. Ahora sé que ella era valiente”, pensó. “Antes creía que era una cobarde.  ¿Por qué aguantar los gritos de papá o sus mentiras? Papá y mamá se querían, pero el egoísmo de papá no le dejaba ver a la gran mujer que tenía delante. Qué tonto. ¿Por qué no hacía las maletas y nos llevaba con ella a cualquier lugar? ¡Te entiendo mamá! Ya sabías que algo no iba bien en tu cuerpo. ¿Y adonde ibas a ir con nosotros, tan pequeños? ¡Lo hiciste por nosotros! Por amor”. ¿No era este el amor del versículo que tanto martilleaba su mente? Espíritu de poder, amor y dominio propio.

La madre de Pad era una mujer de fe, con la cabeza bien amueblada y respetada por todo el pueblo. Como profesora de historia en secundaria, consiguió una plaza fija en el instituto. No dependía económicamente de su esposo. Podría haberle dado con la puerta en las narices. Pero lo amaba y, una y otra vez, renovaba la esperanza de que las cosas mejorarían. Pad revivió algunas discusiones de sus padres. Esas que escuchaba desde su cuarto, deseando que la tormenta acabase cuanto antes. “Solo la oí gritar un par de veces. Dominio propio. Ella sí que tenía dominio propio. Yo creía que era débil, pero no. Mamá era fuerte”. Otro montón de lágrimas.

“¿Qué harías tú con la puerta, mamá?”, dijo en un susurro. “Seguro que me hubieras contestado con alguno de esos versículos que sabías de memoria”. Sonrió al imaginarlo. “Papá decía que todo eso de la fe y de la Biblia era una pérdida de tiempo; que lo que tenemos que hacer es trabajar, ser buenas personas y no meternos en líos. Aunque, la verdad, creo que el que se ha metido en un lío ha sido él”.

“¿Cuánto faltará para el amanecer?”. Era curioso cómo había noches lentas, muy lentas. Tan lentas como mamá bordando sus cuadros. Y otras, en cambio, pasaban volando. El recuerdo de mamá bordando un nuevo cuadro, mientras que él hacía los deberes del colegio, le llenó de emoción. “Parecía que ella podía pasear por los paisajes que bordaba. Cuando hacía los cuadros se transportaba a esos lugares. Papá los está quitando de las paredes poco a poco. Cree que no me doy cuenta, pero está claro que no le agradan a la sustituta”. Eso era ella para Pad: una sustituta que su padre había metido en casa para compensar sus limitaciones.

Inconscientemente había sujetado el bate con fuerza todo el tiempo. Cuando se dio cuenta, lo dejó junto a la cama como fiel guardián y se acostó, en un nuevo intento de dormir ignorando a la puerta. Sin embargo, ella seguía allí. Impasible. Esperando perversamente a que Pad girase el pomo, para comenzar a cumplir su misión.

“Porque no te ha dado Dios un espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio”, recitó con cansancio el chico. “Y amor… ¡En nadie he encontrado tanto amor! Ni en la abuela, que la pobre lo intenta lo mejor que puede”. Los pensamientos de Pad volaron al día en el que mamá terminó su cuadro.

-¿Te gusta, hijo?
-Sí -Le dije. Más por compromiso que porque me gustase de verdad.
-Ven, Pad. Mira, hijo. El bordado es un caos de este lado, pero si le damos la vuelta se ve bonito.
-Sí, mamá.
-¿Ves? Por aquí todo son nudos e hilos rotos. En cambio, en este lado se puede leer un versículo que es muy importante para nosotros. Fue el que Dios me dio cuando supe que estaba embarazada de ti.
-Sí, mamá -Repetí con prisa. Quería salir a jugar y la historia del versículo ya me la había contado antes. Ella lo notó, por eso terminó con esas palabras que nunca olvidaré:
-Hijo, así es la vida. Hay muchas cosas que nos pasan que parecen feas, y que no tienen sentido. Pero lo que sucede es que no las estamos mirando del lado correcto.

“Mamá, ya estabas enferma y no me lo quisiste decir”, pensó con rabia, secando con la manga su rostro. “Si lo hubiera sabido te hubiese preguntado que cómo podía mirar tu enfermedad del lado correcto. ¿Qué sentido tiene? ¡No hay nada bello en que te hayas muerto!”.

Toc, toc, toc, toc, toc.
Toc, toc, toc, toc.

A Pad aquella rabia le impulsó a levantarse, sin bate ni frío ni miedo. Y, sin pensar en lo que estaba haciendo, corrió a la puerta y volvió a apretar el pomo, listo para girarlo. Ardía. Quemaba dulcemente. La sensación viajó veloz de la mano al cerebro. Fue una descarga de placer que le hizo ignorar el fuego.

En ese preciso instante, un pensamiento golpeó su mente como una flecha: “en este lado se puede leer un versículo que es muy importante para nosotros”. Soltó el pomo. Y otra flecha inesperada: “Fue el que Dios me dio cuando supe que estaba embarazada de ti”. Retrocedió dos pasos. La puerta traqueteó con más energía que antes. Enfadada. Pad la miró y frotó sus manos nervioso. Un hormigueo asqueroso recorrió su columna vertebral. Se sintió sucio, a pesar de que, aparentemente, nada le había manchado.

Buscó el cuadro en la oscuridad. La luz de la puerta no lo alumbraba. El verso permanecía en la sombra, aunque él sabía que estaba allí y lo podía citar de memoria: “Porque no te ha dado Dios un espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio. Poder, amor y dominio propio. Poder, amor y dominio propio”. Repitió en su mente.

“P, de poder. A, de amor. D, de dominio propio.  Pad. De ahí mi nombre tan raro. ¡Me pusiste Pad por este verso!”. Una emoción nueva le zarandeó y le llenó con la seguridad de que nada era casualidad. Lo vio claro: ella había hecho suyo ese versículo. Y fue Dios quien le había dado el amor por su padre y el dominio propio para no dejarse llevar por las emociones. ¿Y el poder? En su cuarto de oración encontraba el poder para enfrentar el azote del cáncer y seguir sonriendo tras cada mala noticia. “Mamá era valiente porque tenía a un gigante detrás de ella”. Retrocedió otro par de pasos.

Entendió que había llegado el momento de decidir. O bien dejarse llevar por ese magnetismo y repetir aquel fugaz toque que, por extraño que parezca, le había gustado. O bien ignorar la puerta y creer que el mismo gigante que había permanecido con su madre estaría también con él.

“Así que ser valiente es tener dominio propio…y amor… y poder… ¡Gracias, mamá! Ya sé lo que tú harías”. Pad se acercó a la puerta rápidamente, extendiendo su mano al pomo con decisión y, aunque volvió a recibir la oleada de calor intenso, el lugar súbitamente cambió: aquel olor dulzón y rancio se debilitaba; la luz azulada parpadeó hasta desaparecer; y una fragancia nueva, como olor a campo regado, impregnó la habitación. Apretaba el pomo firmemente con la izquierda y con la derecha giró el pestillo colocándolo en posición horizontal, mientras que sentenció en voz alta: “Nunca, jamás, abriré la puerta”.

FIN.

El pecado yace a la puerta y te codicia, pero tú debes dominarlo. Génesis 4:7.

¿Por qué no dices con Pad, en voz alta tú también,
“nunca abriré la puerta”? Te animo a hacerlo
.

Juan Carlos Parra

4 comentarios:

  1. Hola, estupendo relato, buena combinación de momentos.
    Me gustaría que en vez de ser un corto cuento fuese una larga novela con otra Puerta ( Jesucristo).

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