Soliloquios #4

¡Confía!

¿Crees que el Señor puede gritar? ¿Hablar con fuerte voz? O para ser más bíblicos con “voz de estruendo” (Ezequiel 10:5 y Apocalipsis 1:15). Yo creo que sí. No solo lo creo como una suposición. Lo veo en la Escritura y lo he comprobado en mi propia experiencia. El Señor a veces me ha tenido que gritar para que yo le pueda escuchar.

¿Qué cuándo me ha gritado? Sobre todo, en dos situaciones: o porque me he alejado de Él y entonces me tiene que hablar con voz fuerte; o porque hay mucho ruido a mi alrededor y en mi alma, y me grita para llamar mi atención y para que oiga con prioridad su voz, por encima de cualquier otro sonido.

Estaba yo empezando mi tiempo de oración y el Espíritu Santo me grita, “¡Confía!”. Me habló muy fuerte y por eso lo escribo entre exclamaciones. Y por segunda vez: “¡confía!”. ¿Qué hice entonces? Abrí mi Biblia y comencé a buscar promesas relacionadas con confiar en el Señor. Esto fue muy reconfortante.

Hoy quiero gritarte (de parte del Señor): ¡CONFÍA! No hagas otra cosa sino confiar. Y después de confiar en el Señor, sigue confiando.

Creo que Dios ha dejado una capacidad innata en el hombre de confiar. Todos necesitamos confiar en algo o en alguien. Lo que pasa es que lo hacemos sin meditar en que estamos ejercitando una clase de fe en algún área de la vida. Por ejemplo, los científicos confían en las leyes de la ciencia y en la posibilidad de ampliar el campo del saber por medio del estudio. Ellos confían en sus matemáticas, física, razón o ingenio. Y muchos de esos científicos no ven ningún inconveniente o incompatibilidad en extender su confianza a Dios, quien es el autor de las leyes de la ciencia y el fin último de todo el saber. Otro ejemplo: cuando te subes a un avión y confías. Confías en el avión; en los ingenieros que lo diseñaron y construyeron; en la compañía que le da mantenimiento; y en los pilotos que lo conducen. Al casarnos decidimos confiar nuestro corazón y el resto de nuestra existencia a una persona de la que nos hemos enamorado. Estamos tan llenos de fe (a veces sin saberlo) que confiamos en los informes meteorológicos y nos preparamos para un día de lluvia o sol al encarar la siguiente jornada.

La decisión más importante de nuestra vida es depositar esa capacidad de confiar en Jesucristo; una persona real, que vino a salvarnos, que resucitó al tercer día y que está vivo. Jesús es Dios: todopoderoso, fiel, lleno de amor, bueno, sabio, Padre compasivo, salvador, sanador y vencedor. No es cualquier hombre. No es uno más de la historia de la Humanidad. Confiar en Él no es como dar tu voto a tal o cual partido político; o confiar en una empresa para invertir en ella; o comprar una marca de coche porque confías en su calidad. Todo eso es arriesgado porque involucra muchos factores humanos, y el hombre es voluble. En cambio, confiar en Jesús es poner tu presente y futuro en las manos más poderosas, bondadosas y sabias del Universo. Él es la Roca de los Siglos, en quien no hay mudanza ni sombra de variedad (Deuteronomio 32:4 y Santiago 1:17).

Otra vez te lo diré: Confía. ¡Confía en Jesús! ¡Confía en tu Padre Celestial! Confiemos en el Espíritu Santo, nuestro ayudador.

Teresa de Jesús (s. XVI) nos dice, en verso:

Nada te turbe,
Nada te espante,
Todo se pasa,
Dios no se muda...

Confianza y fe viva
mantenga el alma,
que quien cree y espera
Todo lo alcanza...

Al final del soliloquio te comparto el poema completo, que no tiene desperdicio. Son nueve estrofas más.

¿En qué confiar en días como estos? Los datos oficiales del coronavirus no son fieles. Los grandes medios de comunicación están en entredicho, y pobres de los que se fíen de ellos con candidez. Los políticos nos dejan desesperanzados. Y el sentido común, que cabe esperar de sociedades maduras, es sustituido por actitudes borreguiles ya que somos tan fácilmente manipulables y tan olvidadizos… Uno ya no sabe en qué confiar. ¿La economía mundial? ¿Los Estados? ¿Los derechos humanos? Pues la economía se hunde. Los derechos humanos no son iguales para todos: si eres un bebé de cuatro meses en el vientre de tu mamá, no los tienes; si vives en un país subdesarrollado o bajo dictadura, no los tienes. Los estados democráticos se tambalean como ebrios y buscan asideros para no caer. ¡Ay de ti si confías en el hombre! O si solo confías en el hombre como tu todo… Confía en el Señor y no te apoyes ni en tu propio entendimiento ni en tu propia fuerza, porque somos demasiado débiles como para merecer nuestra ciega confianza (Proverbios 3: 5).

Muy bien, Juan Carlos… yo ya he puesto mi confianza en Jesús, pero en esta crisis sanitaria, económica, familiar (y democrática, añadirán mentes críticas) me siento con gran inseguridad. A todos nos pasa… Por eso necesitamos fortalecer nuestra confianza y ahí es donde entra la bendita Palabra de Dios.

En las próximas líneas te recordaré algunos versículos que son combustible para nuestra fe. Los voy a englobar en dos categorías: por una parte, historias bíblicas en las que aprendemos confianza; y, en segundo lugar, promesas maravillosas que son un ánimo para seguir creyendo al Señor y esperando en Él. ¿Te animas a alimentar tu espíritu con este manjar?

TRES HISTORIAS DE CONFIANZA:

1) Josafat y el pueblo de Judá: enfrentaban a una coalición de tres reinos y se declararon impotentes para poder vencer. Cuando buscan al Señor reciben la instrucción de que no peleen en esa batalla, sino que salgan con alabanzas y vean cómo Dios mismo se encarga de derrotar a los enemigos. Yo me pongo en el lugar de Josafat y de los líderes y tiemblo. Si nos equivocamos en guiar al pueblo será una masacre y una vergüenza. Pero Josafat anima al pueblo con esta mítica frase: “Oídme, Judá y habitantes de Jerusalén, confiad en el Señor vuestro Dios, y estaréis seguros. Confiad en sus profetas y triunfaréis”. 2 Crónicas 20:20.

¿Resultado? La victoria es una de las más sorprendentes de la Biblia: mientras ellos alababan el Señor hizo que los tres ejércitos pelearan entre ellos y se derrotaron solitos. Los hebreos solo tuvieron que recoger el botín.

2) Una de mis favoritas: la invasión de Senaquerib. El poderoso rey Asirio rodeó la ciudad de Jerusalén y los dejó sitiados muchos días. Amenazó al rey Ezequías con estas palabras: “Así dice Senaquerib, rey de Asiria, ¿En qué estáis confiando para que permanezcáis bajo sitio en Jerusalén?”. “Así dice el rey: Que no os engañe Ezequías, porque él no os podrá librar; ni que Ezequías os haga confiar en el Señor, diciendo: Ciertamente el Señor nos librará, y esta ciudad no será entregada en manos del rey de Asiria”. 2 Crónicas 32:10 e Isaías 36:14-15. Merece la pena leer la historia completa porque es portentoso. Ezequías, con el profeta Isaías llevan al Señor el desafío del rey Senaquerib y Jehová les dijo que confiaran, que Él se encargaría del asunto.
De Peter Paul Rubens - The Yorck Project (2002)

Resultado: El Señor le profetiza a Senaquerib, por medio del profeta Isaías, su caída: “¿A quién has injuriado y blasfemado? ¿Y contra quién has alzado la voz y levantado con altivez tus ojos? ¡Contra el Santo de Israel! Por mano de tus siervos has injuriado al Señor…” Isaías 37:23-24. Entonces, el Señor se indignó y actuó, los ejércitos no tuvieron que pelear; como Rubens pintó magistralmente, fueron los ángeles mismos los que vencieron: “Y salió el ángel del Señor e hirió a ciento ochenta y cinco mil en el campamento de los asirios; cuando los demás se levantaron por la mañana, he aquí, todos eran cadáveres” Isaías 37:36. Y en cuanto a Senaquerib, murió asesinado por sus propios hijos: “Entonces Senaquerib, rey de Asiria, partió y regresó a su tierra, y habitó en Nínive. Y sucedió que mientras él adoraba en la casa de su dios Nisroc, sus hijos Adramelec y Sarezaer lo mataron a espada y huyeron a la tierra de Ararat” Isaías 37:37-38.


Lord Byron describió esta escena así: “Bajaron los asirios como al redil el lobo: brillaban sus cohortes con el oro y la púrpura; sus lanzas fulguraban como en el mar luceros, como en tu onda azul, Galilea escondida… Pues voló entre las ráfagas el Ángel de la Muerte y tocó con su aliento, pasando, al enemigo: los ojos del durmiente fríos, yertos, quedaron, palpitó el corazón, quedó inmóvil ya siempre… Y las viudas de Asur con gran voz se lamentan y el templo de Baal ve quebrarse sus ídolos, y el poder del Gentil, que no abatió la espada, al mirarle el Señor se fundió como nieve” (La destrucción de Senaquerib, de Lord Byron).

3) Daniel y sus compañeros: los unos fueron librados del horno porque confiaron; y Daniel, del foso de leones, por lo mismo. Dos versículos lo confirman:

Daniel 3.28: “Habló Nabucodonosor y dijo: Bendito sea el Dios de Sadrac, Mesac y Abed-nego que ha enviado a su ángel y ha librado a sus siervos que, confiando en Él, desobedecieron la orden del rey y entregaron sus cuerpos antes de servir y adorar a ningún otro dios excepto a su Dios”. Notemos que la fe de los jóvenes es admirada por Nabucodonosor. Porque la confianza es algo que puede verse. El diablo la detecta (tal y como los perros huelen el temor) y los hombres la pueden observar. En los apóstoles también reconocieron esa confianza absoluta en el Señor: “Al ver la confianza de Pedro y de Juan, y dándose cuenta de que eran hombres sin letras y sin preparación, se maravillaban, y reconocían que ellos habían estado con Jesús” Hechos 4:13.

Daniel 6.23: “El rey entonces se alegró mucho y mandó sacar a Daniel del foso. Cuando Daniel fue sacado del foso, no se encontró en él lesión alguna, porque había confiado en su Dios”.

¿Pueden ver los hombres y los demonios que tú y yo estamos llenos de confianza en Dios? Ese testimonio es más necesario que nunca en estos días, y brillará como un faro para muchos corazones que están buscando seguridad presente y eterna.

Termino este soliloquio con las promesas que a mí me consolaron y fortalecieron cuando el Señor me gritó: “¡CONFÍA!”. Después de los versículos hallarás el poema de Teresa de Ávila.

DOCE PROMESAS A LOS QUE CONFÍAN:

Algunos confían en carros, y otros en caballos;
mas nosotros en el nombre del Señor nuestro Dios confiaremos.
Ellos se doblegaron y cayeron;
pero nosotros nos hemos levantado 
y nos mantenemos en pie.
Salmo 20:7-8.

…porque Él mismo ha dicho: Nunca te dejare ni te desamparare,
de manera que decimos confiadamente:
El Señor es el que me ayuda; no temeré.
¿Qué podrá hacerme el hombre?
Hebreos 13:5-6

En ti confiaron nuestros padres;
confiaron, y tú los libraste.
A ti clamaron, y fueron librados;
en ti confiaron, y no fueron decepcionados.
Salmo 22:4-5.

El que pone atención a la palabra hallará el bien,
y el que confía en el Señor es bienaventurado.
Proverbios 16:20

Los que confían en el Señor
son como el monte Sion,
que es inconmovible,
que permanece para siempre.
Salmo 125:1

He aquí, Dios es mi salvador,
confiaré y no temeré;
porque mi fortaleza y mi canción es el Señor Dios,
Él ha sido mi salvación.
Isaías 12:2

El Señor es mi fuerza y mi escudo;
en Él confía mi corazón, y soy socorrido;
por tanto, mi corazón se regocija,
y le daré gracias con mi cántico.
Salmo 28:7

El impío huye sin que nadie lo persiga,
mas los justos están confiados como un león.
Proverbios 28:1

Al de firme propósito guardarás en perfecta paz,
porque en ti confía.
Confiad en el Señor para siempre,
porque en Dios el Señor, tenemos una Roca eterna.
Isaías 26:3-4.

Así dice el Señor:
Maldito el hombre que en el hombre confía,
y hace de la carne su fortaleza,
y del Señor se aparta su corazón.
Será como arbusto en el yermo
y no verá el bien cuando venga;
habitará en pedregales en el desierto,
tierra salada y sin habitantes.
Bendito es el hombre que confía en el Señor,
cuya confianza es el Señor.
Será como árbol plantado junto al agua,
que extiende sus raíces junto a la corriente;
no temerá cuando venga el calor,
y sus hojas estarán verdes;
en año de sequía no se angustiará
ni cesará de dar fruto.
Jeremías 17:5-8

Confiad en Él en todo tiempo, oh pueblo;
derramad vuestro corazón delante de Él;
Dios es nuestro refugio.
Salmo 62:8

Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz.
En el mundo tenéis tribulación;
pero confiad, yo he vencido al mundo.
Juan 16:33

Completo mi selección con treinta textos más, por si queréis abundar más en la palabra “¡Confía!”.

Treinta textos bíblicos de confianza: Salmo 9:10; 27:3; 28:7; 31:7; 32:10; 33:21; 37:3,5,7; 56:4,11; 65:5; 84:12; 112:7; 115:9-11; 118:8-9; Proverbios 3:5,26; 11:28; 14:26; 28:25; 29:25; Isaías 30:15; Hechos 14:3, 2 Corintios 1:9; 3:4-5; Filipenses 1:14; 1 Tesalonicenses 2:2; Hebreos 2:13; 3:6; 4:16; 10:19; 10:35; 1 Juan 5:14-15.

POEMA DE TERESA DE JESÚS:

Nada te turbe,
Nada te espante,
Todo se pasa,
Dios no se muda,

La paciencia
Todo lo alcanza;
Quien a Dios tiene
Nada le falta:
Sólo Dios basta.

Eleva el pensamiento,
al cielo sube,
por nada te acongojes,
Nada te turbe.

A Jesucristo sigue
con pecho grande,
y, venga lo que venga,
Nada te espante.

¿Ves la gloria del mundo?
Es gloria vana;
nada tiene de estable,
Todo se pasa.

Aspira a lo celeste,
que siempre dura;
fiel y rico en promesas,
Dios no se muda.

Ámala cual merece
Bondad inmensa;
pero no hay amor fino
Sin la paciencia.

Confianza y fe viva
mantenga el alma,
que quien cree y espera
Todo lo alcanza.

Del infierno acosado
aunque se viere,
burlará sus furores
Quien a Dios tiene.

Vénganle desamparos,
cruces, desgracias;
siendo Dios su tesoro,
Nada le falta.

Id, pues, bienes del mundo;
id, dichas vanas,
aunque todo lo pierda,
Sólo Dios basta.

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