Soliloquios #11

¡Confía!

VERSIÓN CORTA

¿En qué confiar en días como estos? Los datos oficiales del coronavirus no son fieles. Los grandes medios de comunicación están en entredicho, y pobres de los que se fíen de ellos con candidez. Los políticos nos dejan desesperanzados. Y el sentido común, que cabe esperar de sociedades maduras, es sustituido por actitudes borreguiles ya que somos tan fácilmente manipulables y tan olvidadizos… Uno ya no sabe en qué confiar.

¿La economía mundial? ¿Los Estados? ¿Los derechos humanos? Pues la economía se hunde. Los derechos humanos no son iguales para todos: si eres un bebé de cuatro meses en el vientre de tu mamá, no los tienes; si vives en un país subdesarrollado o bajo dictadura, no los tienes. Los estados democráticos se tambalean como ebrios y buscan asideros para no caer...


¡Ay de ti si confías en el hombre! O si solo confías en el hombre como tu todo… Confía en el Señor y no te apoyes ni en tu propio entendimiento ni en tu propia fuerza, porque somos demasiado débiles como para merecer nuestra ciega confianza (Proverbios 3: 5).


¿Crees que el Señor puede gritar? ¿Hablar con fuerte voz o, para ser más bíblicos, con “voz de estruendo”? (Ezequiel 10:5 y Apocalipsis 1:15). Yo creo que sí. No solo lo creo como una suposición. Lo veo en la Escritura y lo he comprobado en mi propia experiencia. El Señor a veces me ha tenido que gritar para que yo le pueda escuchar.

¿Qué cuándo me ha gritado? Sobre todo, en dos situaciones: o porque me he alejado de Él y entonces me tiene que hablar con voz fuerte; o porque hay mucho ruido a mi alrededor y en mi alma, y me grita para llamar mi atención y para que oiga con prioridad su voz, por encima de cualquier otro sonido.

Hoy quiero gritarte (de parte del Señor): ¡CONFÍA! No hagas otra cosa sino confiar. Y después de confiar en el Señor, sigue confiando.

Teresa de Jesús (s. XVI) nos dice, en verso:

Nada te turbe,
Nada te espante,
Todo se pasa,
Dios no se muda...

Confianza y fe viva
mantenga el alma,
que quien cree y espera
Todo lo alcanza...

Creo que Dios ha dejado una capacidad innata en el hombre de confiar. Todos necesitamos confiar en algo o en alguien. Lo que pasa es que lo hacemos sin meditar en que estamos ejercitando una clase de fe en algún área de la vida. 

Por ejemplo, los científicos confían en las leyes de la ciencia y en la posibilidad de ampliar el campo del saber por medio del estudio. Ellos confían en sus matemáticas, física, razón o ingenio. Otro ejemplo: cuando te subes a un avión y confías. Confías en el avión; en los ingenieros que lo diseñaron y construyeron; en la compañía que le da mantenimiento; y en los pilotos que lo conducen. Al casarnos decidimos confiar nuestro corazón y el resto de nuestra existencia a una persona de la que nos hemos enamorado. Estamos tan llenos de fe (a veces sin saberlo) que confiamos en los informes meteorológicos y nos preparamos para un día de lluvia o sol al encarar la siguiente jornada.

La decisión más importante de nuestra vida es depositar esa capacidad de confiar en Jesucristo; una persona real, que vino a salvarnos, que resucitó al tercer día y que está vivo.  No es cualquier hombre. No es uno más de la historia de la Humanidad. Confiar en Él no es como dar tu voto a tal o cual partido político; o como confiar en una empresa para invertir en ella; o comprar una marca de coche porque confías en su calidad. Todo eso es arriesgado porque involucra muchos factores humanos, y el hombre es voluble. En cambio, confiar en Jesús es poner tu presente y futuro en las manos más poderosas, bondadosas y sabias del Universo. Él es la Roca de los Siglos, en quien no hay mudanza ni sombra de variedad (Deuteronomio 32:4 y Santiago 1:17).

Otra vez te lo diré: Confía. ¡Confía en Jesús! ¡Confía en tu Padre Celestial! Confiemos en el Espíritu Santo, nuestro ayudador.

Muy bien, Juan Carlos… yo ya he puesto mi confianza en Jesús, pero en esta crisis sanitaria, económica, familiar y democrática me siento con gran inseguridad. 

A todos nos pasa… Por eso necesitamos fortalecer nuestra confianza y ahí es donde entra la bendita Palabra de Dios.

La Escritura está llena de historias bíblicas en las que aprendemos confianza, y promesas maravillosas que son un ánimo para seguir creyendo al Señor y esperando en Él. Es el combustible para nuestra fe.

Una historia de confianza: La invasión de Senaquerib. 

El poderoso rey Asirio rodeó la ciudad de Jerusalén y los dejó sitiados muchos días. Amenazó al rey Ezequías con estas palabras: “Así dice Senaquerib, rey de Asiria, ¿En qué estáis confiando para que permanezcáis bajo sitio en Jerusalén?”. “Así dice el rey: Que no os engañe Ezequías, porque él no os podrá librar; ni que Ezequías os haga confiar en el Señor, diciendo: Ciertamente el Señor nos librará, y esta ciudad no será entregada en manos del rey de Asiria”. 2 Crónicas 32:10 e Isaías 36:14-15. Merece la pena leer la historia completa porque es portentoso. 

Ezequías, con el profeta Isaías llevan al Señor el desafío del rey Senaquerib y Yahweh les dijo que confiaran, que Él se encargaría del asunto.
Pintura de la derrota de Senaquerib
De Peter Paul Rubens - The Yorck Project (2002)
Resultado: El Señor le profetiza a Senaquerib, por medio del profeta Isaías, su caída: “¿A quién has injuriado y blasfemado? ¿Y contra quién has alzado la voz y levantado con altivez tus ojos? ¡Contra el Santo de Israel! Por mano de tus siervos has injuriado al Señor…” Isaías 37:23-24. 

Entonces, el Señor se indignó y actuó, los ejércitos no tuvieron que pelear; como Rubens pintó magistralmente, fueron los ángeles mismos los que vencieron (Isaías 37:36-38).  

Lord Byron describió esta escena así: “Bajaron los asirios como al redil el lobo: brillaban sus cohortes con el oro y la púrpura; sus lanzas fulguraban como en el mar luceros, como en tu onda azul, Galilea escondida… Pues voló entre las ráfagas el Ángel de la Muerte y tocó con su aliento, pasando, al enemigo: los ojos del durmiente fríos, yertos, quedaron, palpitó el corazón, quedó inmóvil ya siempre… Y las viudas de Asur con gran voz se lamentan y el templo de Baal ve quebrarse sus ídolos, y el poder del Gentil, que no abatió la espada, al mirarle el Señor se fundió como nieve” (La destrucción de Senaquerib, de Lord Byron).

¿Pueden ver los hombres y los demonios que tú y yo estamos llenos de confianza en Dios? Ese testimonio es más necesario que nunca en estos días, y brillará como un faro para muchos corazones que están buscando seguridad presente y eterna.

Termino este soliloquio con tres promesas que a mí me consolaron y fortalecieron cuando el Señor me gritó: “¡CONFÍA!”

…porque Él mismo ha dicho: Nunca te dejare ni te desamparare, de manera que decimos confiadamente:
El Señor es el que me ayuda; no temeré.
¿Qué podrá hacerme el hombre?
Hebreos 13:5-6

Al de firme propósito guardarás en perfecta paz,
porque en ti confía.
Confiad en el Señor para siempre,
porque en Dios el Señor, tenemos una Roca eterna.
Isaías 26:3-4.

Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz.
En el mundo tenéis tribulación;
pero confiad, yo he vencido al mundo.
Juan 16:33

Añado a mi selección nueve referencias más, por si queréis abundar en la palabra “¡Confía!”: Salmo 62:8; Jeremías 17:5-8; Salmo 125:1; Proverbios 28:1; Salmo 28:7; Isaías 12:2; Proverbios 16:20; Salmo 22:4-5; Salmo 20:7-8.

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