Soliloquios #17

 

Soliloquios 17

Distopía, utopía y lo que vendrá

El soliloquio de esta semana es para meditar en los tiempos del fin. ¿Estamos en ellos? ¿Podemos interpretar la crisis del coronavirus y las otras problemáticas mundiales como señales de la pronta venida del Señor? 

Jesús dijo que vendría pronto (Apocalipsis 22:10, 12). Con esas palabras termina el libro de Dios, la Biblia. Pero han pasado dos mil años. También dijo que antes de su venida habrá dolores de parto, como cuando la mujer se prepara para dar a luz (Romanos 8:22) ¿Estamos ante una gran contracción que nos debería hacer reaccionar? Sea cual sea la respuesta a estas preguntas debemos estar preparados para su venida y para los días finales: “Estad siempre preparados y mantened las lámparas encendidas, y sed semejantes a hombres que esperan a su señor que regresa de las bodas, para abrirle tan pronto como llegue y llame” (Lucas 12:35-36).

Según la revelación bíblica, la venida de Jesús y el fin del mundo estará enmarcada entre una especie de distopía (antes) y una mal llamada utopía (después).

Los conceptos de utopía y distopía

Una utopía es un mundo o sociedad ideal, imaginado y prácticamente imposible de ver materializado. Tomás Moro, en su libro homónimo (1 516) describió una isla imaginaria llamada Utopía, donde existía un sistema político, social y legal perfecto. Quevedo trajo la etimología del término (U, no; Topía, lugar) al castellano con la sentencia: No hay tal lugar.

Una distopía es, por el contrario, un mundo imaginado, desastroso, caótico, apocalíptico… 
fruto de los temores del hombre. Todo lo opuesto a una utopía. Casi siempre con escenarios de deshumanización, tiranía o desdicha. En la literatura de ficción, los cómics o el cine se describen sociedades en las que las máquinas acaban dominando a los hombres o la Tierra es devastada por el propio ser humano y hay que buscar la subsistencia en el Espacio.

Hay muchos ejemplos de utopías y distopías. Las utopías del anarquismo, del comunismo, del capitalismo, de la ecología o del movimiento hippie… son de índole social y política. También hay utopías religiosas como el nirvana del budismo o el paraíso del Islam o el cielo de los mormones. De distopía se me ocurren algunas más: V de Vendetta; Alien; Matrix; Divergente, de 
Veronica Roth; Blade Runner; Mad Max; o Fahrenheit 451de Ray Bradbury.

¿Es nuestra fe utópica? ¿Es el paraíso de los cristianos un lugar imaginado e inexistente?

Como cristianos estamos proyectando nuestra esperanza hacia un futuro que suena a utopía. Nuestra fe puede ser tachada de utópica, pero es una fe que un día dejará de ser esperanza y será la realidad eterna.

¿Qué nos espera en el cielo? Jesús lo llamó un paraíso, cuando le dijo al ladrón que moría junto a Él en la cruz, “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43). Un lugar donde no habrá injusticia ni hambre ni maldición: “Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado” (Apocalipsis 21:4). Y donde los grandes enemigos del hombre están vencidos: Satanás; la muerte; el pecado; los que aman el mal; el sistema babilónico… En fin, dice la Escritura que reinaremos con Cristo; seremos como Él; veremos los justos juicios de Dios; estaremos en presencia de los héroes de la fe; conoceremos como hemos sido conocidos… Y sobre todo, estaremos con Jesús, en el gozo del Padre, eternamente, siendo parte de las aventuras de la Creación de Dios, porque la Gran Historia continuará. En ese día diremos: ha merecido la pena seguir al Señor y confiar en su Palabra.

Suena utópico, pero... ¿somos unos pobres ilusos, ingenuos, utópicos?

Todo esto no es fantasía. Es ya una realidad, en parte, para los que mueren en Cristo y será una realidad total algún día. Si utopía, según Quevedo, se puede traducir como ‘no hay tal lugar’, de este paraíso podemos afirmar: ¡Sí existe tal lugar! Los sueños y esperanzas de los hombres, todas sus utopías, pueden verse materializadas si creen en Jesucristo.

Juan lo vio y nos lo cuenta en su Apocalipsis; Pablo también lo vio (2 Corintios 12:4: “fue arrebatado al paraíso, y escuchó palabras inefables que al hombre no se le permite expresar”); lo dice la Biblia, para los que creemos en ella como la verdad de Dios para el ser humano (Apocalipsis 2:7: “Al vencedor le daré a comer del árbol de la vida, que está en el paraíso de Dios”); e, incluso, contamos con el testimonio de personas que han tenido experiencias más allá de la muerte y cuyos testimonios concuerdan.

Jesús resucitó, volvió de la muerte a la vida para asegurarnos, “hay una eternidad”, “hay un Paraíso”; de manera que si morimos con nuestra fe puesta en Cristo vamos con Él a la morada eterna: “En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me voy y os preparo lugar, vendré otra vez y os tomaré a mí mismo, para que donde yo esté, vosotros también estéis” (Juan 14:2-3)

Ahora bien, antes de ese cielo, que algunos juzgan de utópico y que para nosotros es nuestra verdadera patria y hogar, debemos enfrentar los acontecimientos del fin, esos que nos narra la Biblia en diferentes pasajes y que han alimentado la imaginación para crear las distopías más variopintas: 1984, de George Orwell; Un mundo feliz, de Aldous Huxley; o algo más reciente Los juegos del hambre. 

¿Es nuestra fe distópica? ¿Somos conspiranoicos al creer en un final del mundo o la venida de Cristo?

Claro que no. Y pienso que es más fácil creer en el final de nuestra civilización, tal y como la conocemos, que en el Paraíso. No solo por lo que la Biblia asegura, sino también por los efectos de la maldad del hombre.

Dos científicos estiman que el colapso de la civilización humana podría llegar dentro de 40 años: consideran que la probabilidad de evitar un "colapso catastrófico" es menor al 10%, "en la estimación más optimista".

Los científicos adelantan el ‘reloj del apocalipsis’: quedan cien segundos para el fin del mundo: los motivos del adelanto son el peligro de una “guerra nuclear y el cambio climático, que se ven agravados por un multiplicador de amenazas, una guerra de información cibernética, que socava la capacidad de respuesta de la sociedad", explica el informe.

Noticias como estas, y otras muchas informaciones similares, nos dan una llamada de atención cada semana en los medios de comunicación, y nos recuerdan que la Humanidad va dando pasos hacia un precipicio y nada tiene la suficiente fuerza como para impedirlo.

El avance de la ciencia, de la inteligencia artificial y sus peligrosos experimentos; las armas nucleares o bacteriológicas; la deforestación; la manipulación de la información y el control de masas (en gran similitud con la sociedad orwelliana de 1984); la mala distribución de recursos en un mundo superpoblado; la contaminación de agua, tierra y aire; la desaparición de límites morales y deontológicos en la investigación o el desarrollo tecnológico; la erosión de las democracias; etc. Estos temas preocupantes no son solamente profecías bíblicas; son el pan nuestro de cada día. Lo que desayunamos, almorzamos y cenamos, en las noticias del mundo. Quizás por ese motivo el 54% de los millennials, nacidos después de 1980, cree que se usarán armas atómicas en la próxima década y la mitad teme que a lo largo de su vida habrá un conflicto de escala global, la Tercera Guerra Mundial, según una encuesta publicada por Cruz Roja Internacional.

Creo que las peores pesadillas distópicas son una especie de intuición profética en el ser humano, un mensaje en su conciencia: sin Dios hacemos de este mundo un infierno.

Llegados a este punto del soliloquio me atrevo a afirmar que los discípulos de Jesús no somos utópicos, somos bíblicos. Tenemos esperanza. Esta vida es una antesala de la morada eterna. Y no somos distópicos, somos críticos; críticos ante la capacidad del ‘hombre sin dios’ de asegurar un buen futuro.

Jesús nos adelanta lo que va a pasar: Lucas 17:22-33. Dice que los días serán semejantes a los de Lot (en Sodoma y Gomorra) y a los de Noé (antes del Diluvio). El mundo se va a acercar más y más a estas dos civilizaciones. Eran sociedades distópicas, de literatura de ficción, aunque muy reales: sin moral, a pesar de estar muy entretenidas; centradas en los bienes o el trabajo, y a la vez en una búsqueda insaciable de placeres; que experimentaron un aumento escalofriante de la crueldad, la perversidad, la incredulidad o la depravación. Así está sucediendo hoy en día y, por lo que dijo el Señor, la maldad se multiplicará de forma exponencial, en corto espacio de tiempo (Mateo 24:12).

Lo importante para nosotros no es tener un máster en escatología sino estar preparados de cara a estos tiempos finales. Jesús nos deja dos claves en este sentido, en el pasaje de Lucas 12:35-44.

1) “Estad siempre preparados y mantened las lámparas encendidas” (Lucas 12:35). El Maestro nos exhorta a velar y a estar alerta. Y lo de tener las lámparas encendidas nos recuerda que debemos buscar la unción del Espíritu Santo, para que haya aceite en nuestra lámpara, como las vírgenes prudentes (Mateo 25:1-13). Solo al vivir cerca del Señor, buscando continuamente su rostro y apegados a la Palabra de Dios, lograremos mantener la lámpara encendida en mitad del frío y de la oscuridad de nuestra generación.

2) “Dichosos aquellos siervos a quienes el señor, al venir, halle velando… Y el Señor dijo: ¿Quién es, pues, el mayordomo fiel y prudente a quien su señor pondrá sobre sus siervos para que a su tiempo les dé sus raciones? Dichoso aquel siervo a quien, cuando su señor venga, lo encuentre haciendo así” (Lucas 12:37, 42-43). La única forma de no dormirnos ni enfriarnos es que esperemos al Señor sirviendo a los demás y dedicados a su obra en la Tierra. De hecho, no es casualidad que Jesús menciona a estas dos familias, la de Noé y la de Lot, al anunciarnos los tiempos del fin. He aquí dos familias que en esos tiempos distópicos plantearon de forma muy diferente su existencia.

¿Qué hizo Noé? Trabajó e involucró a su familia en el proyecto de la salvación. No se dejó arrastrar por los entretenimientos y placeres de su era. Mientras que Lot se desconectó del propósito de Dios (que en ese tiempo giraba en torno a Abraham) y perdió su casa.

La Iglesia nació en una sociedad distópica, en días de Nerón, y así acabará también, con la aparición del Anticristo. Pero ya sabemos lo que debemos hacer: prepararnos para los tiempos finales y aferrarnos a nuestra esperanza, que no será una utopía.

Estoy seguro de que esta pandemia es una gran contracción que nos debe hacer reaccionar, como la mujer que corre al hospital para dar a luz cuando ha roto aguas. Nuestro Señor está a las puertas. Las luchas y temores de este tiempo no son más que dolores de parto.

¿Puede venir el Señor en 2021? Eso anuncia últimamente un rabino, según un código oculto del Antiguo Testamento. Probablemente no; pero, ahora que lo medito con algo de perspectiva, puede que sí... 

Mientras tanto, el Espíritu y la Iglesia dicen, “Ven”. Apocalipsis 22:17.

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