Soliloquios #19

 

El Maestro de Oración

El Maestro de Oración

“La escasez de oración es la característica de una época de apostasía y de una iglesia apóstata. Cada vez que hay poca oración en el púlpito o en la congregación, la bancarrota espiritual es inminente e inevitable”. ¿Quién escribió esta demoledora sentencia? Fue E. M. Bounds.
Edward McKendree Bounds (1835-1913) dedicó su vida a la oración. De los once libros que escribió, nueve los centró en este tema. Leonard Ravenhill (1907-1994) se tomó la molestia de sintetizar los nueve libros sobre la vida de oración escritos por Bounds, y el Grupo Nelson, en 2008, publicó esa monografía, que hace honor a su nombre: ‘Un tesoro de oración’.

Resumir todo el pensamiento de E. M. Bounds es muy complicado, pues cada frase de sus escritos es una joya. Para acometer la selección, otro apasionado de la presencia de Dios, Ravenhill, dedicó unos buenos meses a repasar la obra del ministro norteamericano y a reunir las mejores joyas en ese tesoro de oración. Cuando lees el librillo, de apenas 142 páginas, el deseo de ir a los pies del Señor y conocerlo más íntimamente se aviva con tal intensidad que la vida de cualquier ministro o creyente puede experimentar un antes y un después.

Se denomina reducción en el argot gastronómico al proceso de concentración o espesamiento de un caldo o una salsa mediante evaporación o ebullición. Mi soliloquio de esta semana es una suerte de reducción de los escritos de Bounds, ya que Ravenhill destiló a menos de ciento cincuenta páginas todo el legado de E. M., y yo he sometido al calor de la meditación y la oración ese tesoro, dejando unas pocas líneas que tratan lo siguientes temas: la influencia de la oración y su necesidad en el mundo; la escuela de la oración y el oficio de orar; el problema de la falta de oración; la oración y la predicación; y la oración como requisito de la unción.

Antes de dejarte con Bounds permíteme añadir una frase de Francis Chan, de su libro ‘Cartas a la iglesia’: “Si la oración no es vital para tu iglesia, entonces tu iglesia no es vital”. Creo que somos más necesarios que nunca en el mundo... Somos vitales, pero lo somos con el manto de oración cubriendo todo lo que hacemos y a cada hijo de Dios. Solo así.


EXTRAÍDO DE ‘UN TESORO DE ORACIÓN’:

1- Sobre la influencia de la oración y su necesidad en el mundo:

Dios modela el mundo a través de la oración. Las oraciones no mueren nunca. Los labios que las pronuncian pueden cerrarse con la muerte, pero las oraciones viven delante de Dios. Las oraciones sobreviven a aquellos que las han pronunciado; sobreviven a las generaciones, a las épocas, al mundo.

Las oraciones de los santos son el depósito de capital en el cielo con el cual Cristo lleva a cabo su gran obra en la tierra. Cuando las oraciones son más numerosas y más eficientes, la tierra se transforma y se revoluciona y el plan de Dios cobra forma.

Cuando la casa de Dios en la tierra es una casa de oración, entonces la casa de Dios en el cielo está ocupada y activa participando en sus planes y desplazamientos, y superará a los ejércitos mundanos.

Un espíritu intenso de oración se transforma en un agente mucho más destacado en su pequeña esfera de influencia. Si todos los discípulos tuvieran el máximo esfuerzo de oración perseverante, estaríamos a las puertas de una revolución en el mundo.

Dejamos pasar las horas y el progreso del reino de nuestro Señor depende de la oración, resulta triste pensar que dedicamos tan poco tiempo, la descuidamos perjudicando no sólo nuestra propia vida espiritual, sino demorando y perjudicando la causa del Señor. Hacemos todo menos orar. En una congregación cincuenta contribuyen con dinero, mientras una sola alma se encierra con Dios y lucha por la liberación del mundo ateo. Cuando la Iglesia de Dios en verdadera fe clame, tendrá lugar una verdadera revolución.

Adoniram Judson fue un hombre que tuvo éxito, que difundió a Cristo en el mundo como pocos lo han hecho. Él dijo, en lo referente a la oración: “Arregla tus asuntos de modo que puedas dedicar libremente dos o tres horas diarias, a la verdadera oración secreta y a la comunión con Dios”. “Haz todos los sacrificios necesarios para mantenerlo”.

2- Sobre la escuela de la oración y el oficio de orar:

Graduarse en la escuela de la oración es haberse diplomado en todo el curso de la vida cristiana. Los primeros y los últimos peldaños de la vida de santificación están coronados por la oración. Es un oficio de por vida.

Una escuela que enseñara a los ministros a orar como Dios quiere que oremos, beneficiaría más a la verdadera piedad, la verdadera adoración y la verdadera predicación que todas las escuelas teológicas.

Debemos aprender de nuevo el valor de la oración, entrar otra vez en la escuela de la oración. Aferrar con mano de hierro las mejores horas del día para Dios y la oración. ¿Quién ora como lo hizo Jacob, hasta ser coronado? ¿Quién ora como oró Elías, hasta desatar las fuerzas de la naturaleza? ¿Quién ora como oró Jesucristo?

3- Sobre el mal de este tiempo: la falta de oración:

La oración está pasada de moda, y el mayor benefactor que podría tener esta época es aquel hombre que lograse que los predicadores y la Iglesia volviesen a orar.

Solo los líderes que oran pueden tener seguidores que oran. Apóstoles que oran producirán santos que oran. Un púlpito de oración obtendrá una congregación que ora. Necesitamos con desesperación alguien que inste a los santos a orar.

Somos una generación de creyentes que no ora. Los creyentes que no oran son como una banda de mendigos que no tienen ni fervor ni la belleza ni el poder de los santos. Será el más grande de los reformadores y de los apósteles aquel que induzca a la Iglesia a orar.

La escasez de oración es la característica de una época de apostasía y de una iglesia apóstata. Cada vez que hay poca oración en el púlpito o en la congregación, la bancarrota espiritual es inminente e inevitable.

Lo que más le interesa a Satanás es que la hierba crezca en el camino que conduce a nuestra cámara de oración. Un aposento cerrado implica exceso de trabajo religioso.

Nuestras devociones no se miden con el reloj. Pero el tiempo es esencial. La capacidad de esperar y continuar insistiendo... Los devocionales breves son la ruina de la piedad profunda.

Lo que la iglesia necesita hoy no son más y mejores recursos, nuevas organizaciones o métodos mejores y nuevos, sino hombres poderosos en oración. El Espíritu Santo no fluye a través de los métodos, sino de los hombres. No viene a las instituciones sino a los hombres. No unge planes sino hombres — hombres de oración.

Pocos cristianos tienen una ligera idea de lo que es el poder de la oración; y menos todavía los que tienen una experiencia de ese poder. La Iglesia parece casi ignorar el poder que Dios ha puesto en sus manos; este cheque en blanco sobre los infinitos recursos del poder y la sabiduría de Dios rara vez se usa, si es que se usa, y nunca se llega a la medida máxima que honraría a Dios

Una época que carezca de oración tendrá escasos modelos de poder divino.

4- Sobre la oración y la predicación:

Charles Haddon Spurgeon escribió: “Cierto predicador, cuyos sermones producían muchas conversiones, recibió una revelación de Dios haciéndole saber que no eran sus sermones ni todo su trabajo lo que traía resultados, sino las oraciones de un hermano analfabeto, que se sentaba en los escalones del púlpito, suplicando por el éxito de los sermones. Lo mismo puede llegar a ocurrir con nosotros el día que se manifiesten todas las cosas. No es extraño que, después de trabajar fuerte y agobiantemente, todo el honor pertenezca a otro constructor cuyas oraciones eran de oro, plata y piedras preciosas, mientras nuestros sermones sin oración no eran más que paja y rastrojo”.

Todo predicador que no haga de la oración un factor poderoso en su propia vida y ministerio es débil en la obra de Dios y carece de poder para difundir la causa de Dios al mundo.

En la vida del predicador, en su estudio, en su púlpito, la oración debe ser una fuerza destacada que todo lo impregne. No debe ser un simple barniz. A él se le da la posibilidad de estar con su Señor “toda la noche en oración”. Predicador mire a su Señor: “levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, allí oraba.” La oficina del predicador debiera ser una recámara, un Betel, un altar, una visión, una escalera por la que todo pensamiento pudiera subir al cielo antes de salir a los hombres; que cada parte del sermón fuera aromatizado por el aire del cielo y conformado seriamente ante la presencia de Dios.

Mediante la oración, el predicador debe lograr colocar a Dios en el sermón. Debe movilizar a Dios hacia la gente antes de movilizar a la gente hacia Dios. Debe haber tenido audiencia y acceso a Dios antes de poder tener acceso a la gente. Un camino abierto hacia Dios es la mejor garantía de tener el camino abierto a la gente.

Los hombres que son más poderosos ante Dios, en sus oraciones, son los más poderosos en el púlpito ante los hombres.

Un corazón preparado es mucho mejor que un sermón preparado. Hemos cultivado un gusto viciado en la congregación y hemos fomentado la exigencia de talento en lugar de la gracia, de elocuencia en lugar de la piedad, de la retórica en lugar de la revelación, de reputación y brillo en lugar de la santidad. Por ello hemos perdido el poder de la predicación, la mordaz convicción de pecado, la autoridad sobre las conciencias y las vidas, que siempre resulta de una predicación genuina.

5- Sobre la oración, requisito de la unción:

El predicador que ha perdido la unción ha perdido el arte de la predicación. Por la unción la verdad de Dios resulta poderosa, interesante, mueve y atrae, edifica, convierte y salva. Hasta la verdad de Dios, pronunciada sin esta unción, es luz muerta. Spurgeon dice: “El que predica reconoce su presencia y el que escucha advierte su ausencia. El misterio de la unción espiritual: La conocemos, pero no podemos decirles a otros qué es. La unción no es algo que puede fabricarse, y sus falsificaciones valen menos que nada. La unción no tiene precio, y es totalmente necesaria si pretendemos edificar creyentes y traer pecadores a Cristo”.

Oración, mucha oración, es el precio de la predicación ungida; oración, mucha oración, es la única condición para conservar esta unción. La unción, igual que el maná que se pretendía guardar, cría gusanos. La unción no es el don del genio. Es el don de Dios, la señal para sus propios mensajeros. Es la marca real dada a los elegidos, a los leales y valientes que han buscado el honor de esta unción a través de muchas horas de oración.

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Espero que las conclusiones a las que llegó Bounds, junto con otros muchos siervos de Dios, te convenzan, como a mí, de que Dios nos está llamando al secreto con voz de trompeta. A todos sus seguidores y, especialmente, a sus ministros.

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