Soliloquios #23

Soliloquios 23

Hormigas pensando a Dios

José Antonio Ramírez Lozano (Badajoz, 1950), no es un cristiano al uso ni se aviene a una corrección teológica o doctrinal. Es, simplemente, un magnífico poeta, a menudo irreverente y algo sacrílego, pero que sale del armario de la lírica sensiblera, alimentada por el dolor o la tragedia, para jugar con el lenguaje y mezclar narrativa, ingenio y emoción. Uno de los poetas contemporáneos más premiados de España, que nos deja, de su poemario A cara de perro (2017), un texto que me hace pensar hoy, con vosotros, en mi soliloquio:

Las hormigas –ya lo dijo Bugnión-
disponen de un cerebro tan pequeño
que no logran pensar
más que las cosas mínimas.
Por ejemplo:
Para pensar un pan se necesitan
cuarenta y dos hormigas cuando menos.

Para pensar la imagen de una vaca
se necesita todo un hormiguero.
Esa es la razón por la que viven juntas
devotas de su entrega laboriosa.
Déjenme entonces que les cuente
que las hormigas de Sevilla, un día,
se propusieron el difícil
reto, tan sacrílego, de imaginar a Dios.

Y probaron primero con la pizca
de hostia consagrada que queda en la patena.
Pero no. Sus migajas
no sumaban la idea que buscaban de Él
y desistieron cautas, por sacrílegas.
Para eso tuvieron, convencidas,
que convocar a todas las hormigas de España.

Era cosa de verlas marchar Despeñaperros
abajo y en hilera,
lo mismo que un ejército de negros mirmidones
que volviera del frío.
Esa noche
la catedral se convirtió en un gran
hormiguero sagrado sin que, al cabo,
entreviesen siquiera un atisbo de Dios.

Desde entonces su fe
derivó de repente a un cauto escepticismo.
Y ahora las hormigas
desobedecen
y han dejado
de asistir a las clases de trigonometría.
Y aborrecen de Samaniego, y hasta
consienten la cigarra dentro del hormiguero.
Eso sí, sólo por la Navidad.

Este poema titulado, Hormigas pensando a Dios, es de una clarividencia pasmosa. Me gustaría preguntarle a José A. Ramírez Lozano si el sentido del final de la fábula es que las hormigas se vuelven mejores para él: con su desobediencia, escepticismo y perdiéndole fe a Dios y a la trigonometría; incluso con una mayor solidaridad hacia la cigarra, como alejándose de las lecciones de Félix María Samaniego. Probablemente es lo que el autor quiere comunicarnos: que si dejamos de hacer cosas tan complicadas como pensar a Dios la vida se vuelve más feliz y cercana.

Sin embargo (y con permiso de Ramírez Lozano) me atrevo a tomar su fábula y darle un giro de ciento ochenta grados. Dios es tan grande y tan profundo que querer abarcarlo es tarea imposible. Como esos millones de hormigas queriendo imaginar a Dios. Cuando Pablo tuvo un poco de revelación de la salvación de Dios, y de sus planes con los gentiles y los judíos, no pudo menos que alabar la sabiduría del Creador con esas humildes palabras: “¡Oh, profundidad de las riquezas y de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos! Pues, ¿quién ha conocido la mente del Señor?... (Romanos 11:33-34).

Pablo se queda maravillado ante la sabiduría y generosidad de Dios. Y cae rendido en adoración por sus planes inescrutables. Ahora bien, del esfuerzo de querer conocer a Dios no se ganan desdichas, ni es tarea penosa o infructuosa, siempre y cuando reconozcamos que somos tan pequeños como hormigas queriendo comprender la enormidad del Universo. Pero si tuviésemos más en cuenta al Creador y nos propusiéramos conocer su carácter y corazón, es decir, conocer su revelación perfecta quien es Jesucristo, nuestra vida se vería ensanchada y revolucionada con poderes celestiales.

También el apóstol Pablo dijo que el amor de Cristo es imposible de conocer, porque excede a todo conocimiento (Efesios 3:19); aunque oraba para que pudiésemos comprender el amor de Cristo con todos los santos (Efesios 3:18). Y esto no es una contradicción, pues la palabra comprender, en griego Katalambanó, es un verbo que significa también alcanzar, tomar o hallar. O, dicho de otro modo, aunque no lo comprenda todo, eso es imposible, sin embargo, he tenido un encuentro con Jesús. Y su amor me alcanzó y me tomó, de manera que lo poco que conozco del amor de Cristo me ha cambiado la vida.

Volviendo a las simpáticas hormigas españolas, marchando en procesión hacia Sevilla para pensar juntas a Dios. ¿Qué ocurrió después de rendirse y cambiar su expectación por escepticismo? Que abandonaron buenas costumbres y se entregaron a la tiranía de lo simple. Es una ley universal; cuando el necio dice en su corazón "no hay Dios", o, “si lo hay, me es indiferente", entonces el ser humano se degrada y se embrutece. Lo leemos en Salmo 53:1: “El necio ha dicho en su corazón: No hay Dios. Se han corrompido, han cometido injusticias abominables; no hay quien haga el bien”.

Quizás (y con inmensa tristeza lo escribo), la razón por la que hombres brillantes, cual hormigas laboriosas, han cejado en su empeño de buscar a Dios es porque se han acercado a Jesús por el lado de una religiosidad nacional; hostias y catedrales, como en el poema, o himnarios y púlpitos legalistas, en otros países; y no han experimentado el amor de Jesús, que excede a todo conocimiento, pero que vence a todo impedimento.

Para buscadores (confesos o secretos) yo recomendaría otra fábula; en este caso de Josh McDowell:

Imagínese estar contemplando a un campesino arar un campo. Usted advierte que en la próxima vuelta que dé el campesino va a destruir un hormiguero. Puesto que usted es una amante de las hormigas, corre hasta donde se halla el hormiguero para prevenirlas. Primero les avisa a gritos del peligro inminente, pero ellas continúan en su trabajo. A continuación, usted trata con el lenguaje de los signos, y finalmente recurre a cuanto le es posible imaginar, pero nada resulta. ¿Cuál es el mejor modo de comunicarse con ellas? Únicamente por medio de convertirse en una hormiga usted podría comunicarse con ellas de modo que le entendieran. Vemos que con el fin de comunicarse con nosotros a él (Jesucristo) le era imprescindible convertirse en un hombre y así alcanzarnos directamente.

Y yo añado: el colmo del amor de este amigo de las hormigas es que estuvo dispuesto a morir, convertido en hormiga, para salvar al hormiguero.

¿Por qué es posible que millones de hormigas pensemos a Dios y, felizmente, cada uno, personalmente, le conozcamos? Porque el Dios eterno, infinito, insondable e inmortal, se hizo hormiga y vino a comunicarnos sus planes de salvación y de futuro para la Humanidad. Murió en nuestro lugar, y resucitó para demostrarnos que no es una hormiga cualquiera; que no es la criatura, sino el Creador.

Merece la pena intentar hoy conocerle personalmente, darle una oportunidad al Cristo de la Biblia, de los evangelios. El fruto de esa búsqueda será que multitudes de hombres pensando a Dios, llegaremos a ser semejantes a Él, eternamente y por su gracia; y en nuestros días en la Tierra seremos mejores hormigas, capaces de abordar la trigonometría (si es necesario para nuestra ciencia y profesión), capaces de amar a la cigarra y darle cobijo en nuestro hormiguero, sin perder por ello nuestras virtudes y valores, muchas de ellas señaladas por Samaniego.

“...disponen de un cerebro tan pequeño
-dice José A. Ramírez- que no logran pensar
más que las cosas mínimas”.

¡Es hora de ampliar nuestro cerebro!

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