Soliloquios #27

Soliloquios 27
Los límites de un Dios ilimitado
En este artículo os comparto los tres soliloquios que he publicado en Evangélico Digital sobre este tema tan interesante. Al tenerlos juntos se puede estudiar mejor. Que el Señor te revele sus límites para enamorarte más de Jesús.

Los límites de un Dios ilimitado (1) 

Quiero hablar en algunos soliloquios sobre cómo es Dios. Y os confieso que siento que apenas lo estoy conociendo. Él es inabarcable; excede a todo conocimiento; Dios es un misterio que se revela poco a poco y que durante toda la eternidad iremos conociendo. Para nosotros es difícil: somos seres unipersonales; el Creador es trino, tres personas en uno. Somos seres mortales, finitos, a los que Dios ha dado inmortalidad; pero Él es eterno, infinito. Sin embargo, “esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3). Cuando conocemos a Dios algo pasa; nos enamoramos de Él y su luz disipa nuestras tinieblas. 

Dice en Job 11:7, “¿Descubrirás tú las profundidades de Dios? ¿Descubrirás los límites del Todopoderoso?”. Evidentemente, la respuesta es ‘no’. No podemos descubrir las profundidades de un Dios inconmensurable, inescrutable; un Dios que no somos capaces de abarcar, de comprender, de aprehender. Es imposible, para nosotros, el descubrir los límites del Todopoderoso, porque Él es ilimitado. Entonces, este es un buen punto de partida: reconocer que en parte conocemos; que ahora vemos como en un espejo y un día lo veremos cara a cara. “Porque ahora vemos por un espejo, veladamente, pero entonces veremos cara a cara; ahora conozco en parte, pero entonces conoceré plenamente, como he sido conocido” (1 Corintios 13:12).  

Hoy estaba hablando con mi esposa, Vanessa, acerca de inquietudes; preguntas sobre la eternidad, sobre cómo serán algunas cosas allí. Por ejemplo, qué hará el Señor con personas que nunca han oído claramente el Evangelio y mueren; y estábamos preguntándonos por todo esto de la salvación, de la vida eterna; y, de repente, hemos dicho: “¡Eso, Fernando, ya lo sabe!”. Fernando es mi suegro y el que fue mi pastor. Para él, estas cuestiones ya no son un misterio, porque los que han fallecido y están con el Señor ya saben muchas verdades sobre las que ahora especulamos. Y nos consoló el hecho de que no nos falta tanto; nos falta solo un poquito (hablando relativamente del tiempo) para que algunas cosas que ahora vemos como por espejo las veamos cara a cara; para que conozcamos como hemos sido conocidos.  

Yo creo que partir con la humildad de que todos estamos descubriendo a Dios, y quitarnos el calzado de los pies ante un Dios santo, es un buen comienzo a la hora de acercarnos a Él. Pero, por otra parte, es muy importante que sepamos que hay algunos límites que tiene un Dios ilimitado. ¿Un Dios ilimitado tiene límites? Claro que sí. Y aproximarnos a los límites de Dios es fundamental para conocer mejor al Señor.  

Los límites de Dios tienen que ver con dos aspectos. Primero, con su propio carácter. Su forma de ser limita su actuar. Él es omnipotente y puede hacer todas las cosas, pero hay muchas cosas que Él no hace por su naturaleza o su carácter; por cómo es Él. Esto hace que un Dios ilimitado se limite a sí mismo. En segundo lugar, Él ha establecido unos principios, unas leyes, que Él mismo no viola, porque si lo hiciese dejaría de ser justo o dejaría de ser un Dios eterno, constante en sus principios. Al contradecirse a sí mismo ya no sería un Dios de principios y de verdad.  

Entonces, en los límites que Dios se ha puesto a sí mismo, descubrimos cómo es Él y los principios o leyes que rigen la historia de su Creación, es decir, la relación de Dios con su Creación.  

Ahora, no pretendo, ni mucho menos, tocar en profundidad estos temas, porque son sumamente trascendentales. Vamos a analizar, de forma sencilla, siete límites; siete cosas que Dios no puede hacer, aunque es ilimitado y todopoderoso. Esta semana serán dos límites de nuestro gran Dios ilimitado. 

 

Primer límite: Dios no puede mentir. 

Dios no puede mentir. El padre de la mentira es el Diablo y, cuando él miente, de su propia naturaleza está haciéndolo (Juan 8:44). Pero Dios es el Padre de la verdad. Él es la verdad y no puede mentir. Por lo tanto, Él no llamará a lo bueno malo y a lo malo bueno (Isaías 5:20). Él no puede entrar en una especie de relativismo y cambiar de acuerdo a las modas. Hoy estamos en un tiempo en el que todo parece variable y que cambia dependiendo de culturas, ambientes, momentos, estados de ánimo... El colmo es que hay gente que dice que su identidad sexual es líquida, y que hay una etapa de su vida en la que pueden sentirse hombre, mientras que en otra mujer. Si no tenemos claro lo que somos ¿podremos ver con claridad el resto de los asuntos importantes de la vida? 

El contraste es que Dios es la Roca Eterna (Isaías 26:4). Un Fiel Refugio. Él es y será el gran Yo soy. Siempre será el mismo; en Él no hay sombra de variedad (Santiago 1:17). Y por eso, por su naturaleza inmutable, ha dejado verdades como absolutos. Imagina que tuviésemos un Dios que nos ama hoy y nos odia mañana; que le da la espalda a la Tierra hoy y mañana la quiere bendecir. Diríamos: “A ver cómo amanece Dios”. Pero no. Podemos tener la seguridad de que Dios no cambia. 

En relación con esto leemos en Números 23:19“Dios no es hombre, por lo tanto, no miente. Él no es humano, por lo tanto, no cambia de parecer. ¿Acaso alguna vez habló sin actuar? ¿Alguna vez prometió sin cumplir?”. Si Él promete y no cumple, estaría fallando a su palabra. Sin embargo, Él cumple sus promesas.  

Cuando afirmamos que Dios nos puede mentir, entonces, siempre vamos a encontrar la verdad en Él, la luz de todas las cosas. Si nos preguntamos sobre cualquier tema, en Él está la luz. El Señor no vende su verdad; Él no queda bien con nadie. No falta a su palabra. Le dice al hombre la verdad, y la verdad nos hace libres (Juan 8:32). Nos enfrenta a nuestra verdad, a nuestra condición, y a partir de esa verdad él puede ayudarnos. Dios se convierte en un espejo donde siempre encontramos verdad. En Él no hay mentira. Y tenemos su libro, la Biblia, que es el libro de la verdad.  

Si queremos un Dios políticamente correcto, que cambia de parecer, que queda bien con todos, debemos inventarnos a ese dios y ponerle algún nombre. No es Jesucristo. No es el Dios de la Biblia. Él es verdad. Eso sí, verdad con amor. Con misericordia y verdad corrige al pecador (Proverbios 16:6). Pero la verdad es un límite en su proceder y en su forma de relacionarse con el hombre. Y también debe ser un límite para cada uno de nosotros. 

 

Segundo límite: Dios no puede forzar la voluntad del hombre o decidir por el hombre. 

Un límite que es muy importante. Es un principio de Dios; una ley. Hemos hablado de que Dios es verdad. Este es su carácter. Aquí, en cambio, se nos revela un principio que Dios estableció. Esta ley está basada, por ejemplo, en el Salmo 115:16. “Los cielos son los cielos del Señor. Pero la tierra la ha dado a los hijos de los hombres”. ¿Qué quiere decir eso? Que Dios le ha dado autoridad al hombre en la Tierra, y que hay cosas que Él no va a hacer por los hombres.  

Pensad un momento conmigo. Hay un sinvergüenza que está abusando de un niño. Si yo fuera Dios lo fulminaría al instante. Si yo fuera Dios mandaría a un ángel que acabaría con ese criminal al instante, porque es terrible lo que está haciendo. Pero Dios es justo. Si Dios lo hace así y detiene ese acto de maldad, impidiendo el sufrimiento de este niño, ¿por qué, entonces, no impide que Paco, que está en la barra del bar, y se está emborrachando, y que va a llegar a casa y va a maltratar a María, por qué no impide el sufrimiento en el caso de Paco igualmente? Se me ocurre que Paco, de repente, tenga asco por el alcohol; o que le fulmine un rayo. Y seguimos... Entonces, si actúa así a favor del niño y lo hace a favor de esta familia, impidiendo que Paco beba, ¿por qué no manda un ángel que se ponga delante de los terroristas que van a estrellar su furgón contra un grupo de personas en Francia? Y, en adelante, Dios lo hace en un caso y en otro caso... Por esta regla, de no hacer acepción de personas, ya lo tendría que seguir haciendo en todos los incidentes trágicos; debe impedir el sufrimiento en el mundo, para todos los hombres. De manera que, lo que Dios está logrando, realmente, es limitar la voluntad del hombre. Impedir que el hombre sea libre y decida por sí mismo. El hombre, por lo tanto, sería una especie de marioneta o de esclavo en manos de Dios. Quizás, tengo libertad para algunas cosas, pero en cualquier momento, si voy a hacer algo incorrecto, que me daña a mí o a otros, el Señor me lo prohibiría. Yo ya no sería completamente libre ni plenamente responsable de mi propia vida. Podría pensar: “Voy a ir con mi coche a 150 Km/h, porque si tengo un accidente Dios va a mandar un ángel que me salvará o va a hacer algo para salvar a otros de mi exceso de velocidad”. Pero lo que Dios dice es: “No, no... Para un momento, Juan Carlos. Yo tengo que establecer unos principios. Por cómo Yo soy... Y por respetar la voluntad del hombre. Tengo que establecer unos principios”, dice Dios. “Los Cielos son míos. La tierra se la he dado a los hijos de los hombres. Vosotros decidís qué vais a hacer con vuestra libertad; cómo usaréis vuestra voluntad... Debéis tomar, cada uno, responsabilidad”. 

Ahora bien, eso no implica que Dios no obra. Claro que obra. Por ejemplo, Él constantemente llama a los hombres a actuar con sabiduría. Cada día ayuda a las personas que sufren. Constantemente intenta que su creación más amada, los seres humanos, se vuelva a Él.  

Todo el mal de la Humanidad comenzó, precisamente, porque respetó la voluntad del hombre, pues cuando creó al hombre y a la mujer puso un árbol y les dijo que si en algún momento querían romper la relación con Él solo tenían que comer del árbol. Además, lo colocó en el centro de Edén, junto al árbol de la vida. ¿Qué era eso? Le estaba diciendo al hombre: “A pesar de que Yo te he hecho sin pecado, perfecto, si lo deseas puedes escoger pecar”.  

Es lo que la Biblia llama, en 2ª Tesalonicenses 2:7, “el misterio de la iniquidad”. ¿Cómo puede ser que, en un cielo perfecto, en uno de los ángeles más preciosos y más sabios, la iniquidad fue hallada? Lucifer corrompió su sabiduría. Y si Dios sabía que Lucifer se iba a revelar, ¿por qué no hizo que desapareciera Lucifer, sin dejar rastro? Además, dado que es omnipotente, hubiese podido borrar de la memoria de los otros ángeles lo de la existencia de Luzbel; así, el problemita de Lucifer hubiese quedado como un error en el sistema, que se elimina, y nunca hubiésemos sabido nada más del asunto. 

No fue así. Dios tiene límites en su proceder. Más bien, les dio libertad a todos los ángeles; y dejó que Lucifer murmurara y pusiese duda en los ángeles, para que decidieran si querían rebelarse o querían seguir siendo fieles. El misterio de la iniquidad: Dios no detuvo el pecado. Por el contrario, en esto del pecado mostró el colmo de su amor, de su misericordia, el colmo de su paciencia y bondad. Esto que parece para mal, lo usa para darse a conocer como Salvador y Dios de amor. Preparó a Jesús como el redentor y lo entregó para sanar la fractura ocasionada por el pecado. 

En el Edén vemos de nuevo el misterio de la iniquidad, ya que el hombre caminaba con Dios, paseaba con Dios; un hombre y una mujer que eran amigos de Dios; sin embargo, se dejaron engañar por una serpiente. Y Dios lo sabía. Pero Dios les deja la puerta abierta, como diciendo, “si en algún momento quieres comer de ese árbol y tomar otro camino, ahí tienes el árbol”. Tal es el amor que Dios le ha dado al hombre que Él se limitó a sí mismo y no hizo un ser que solamente puede ser bueno, siempre bueno, y que no tiene otra opción. Hizo un hombre y mujer capaces de decidir, de ser libres, de elegir si querían ir por el buen camino o por el mal camino. 

Igual sucedió con Caín. En el momento en el que iba a matar a su hermano, el Señor no apareció para detener su mano. Simplemente, le advirtió de que el pecado estaba a la puerta y lo codiciaba. “Tú debes dominarlo” (Génesis 4:7). Es como si le hubiese dicho: “Yo no puedo tomar la decisión por ti... Tú tienes que ver qué haces con el pecado”. Y, tristemente, se produjo el primer homicidio en la tierra. En ese caso fratricidio.  

Entonces, Dios, en lugar de impedir, como nosotros pensamos, el sufrimiento, lo que hace es llamar a los hombres a que se reconcilien, para que ya no haya muerte ni abusos de niños ni más injusticia. Él nos va a ayudar a escoger el bien, pero nunca tomará la decisión por nosotros. 

Salmo 115:16: “Los cielos son los cielos del Señor. Pero la tierra la ha dado a los hijos de los hombres”. Así que, Dios respeta las decisiones de los gobiernos y las decisiones de las familias y de cada uno de nosotros. Si explotan o no explotan esa bomba. Si quieren entrar o no quieren entrar en guerra. Si acaban divorciándose o van a luchar por su matrimonio... Por supuesto, hay ángeles que están ayudándonos. Y Dios siempre se ocupa en sanar a personas que han sido dañadas, y desea vendar las heridas del sufrimiento. 

Estamos ante un quebradero de cabeza para muchos. ¿Por qué Dios permite el sufrimiento? Pero las implicaciones de la respuesta son profundas. ¿Y si impidiera el sufrimiento? ¿Querríamos un mundo donde no hay opción de hacer otra cosa que no sea el bien? Entonces diríamos que Dios es un tirano y que, realmente, no somos libres. 

La próxima semana seguiré con otros límites de un Dios ilimitado. 


Los límites de un Dios ilimitado (2) 

La semana pasada abríamos una miniserie de tres soliloquios hablando de los límites de un Dios ilimitado. Dice en Job 11:7, “¿Descubrirás tú las profundidades de Dios? ¿Descubrirás los límites del Todopoderoso?”. A pesar de que la respuesta es sencillamente ‘no’, no es posible comprender a un Dios infinito ni descubrir sus límites, pues es ilimitado, sin embargo, estarás de acuerdo conmigo en que conocer al Creador es la experiencia más formidable para cualquier ser humano. Nada se puede igualar a la riqueza de conocerle. Eso es lo que quiere que entendamos cuando Jeremías profetizó: “Así dice el Señor: No se gloríe el sabio de su sabiduría, ni se gloríe el poderoso de su poder, ni el rico se gloríe de su riqueza; mas el que se gloríe, gloríese de esto: de que me entiende y me conoce, pues yo soy el Señor que hago misericordia, derecho y justicia en la tierra, porque en estas cosas me complazco —declara el Señor” (Jeremías 9:23-24). 

En esta ocasión vamos a tratar dos límites de Dios, es decir, dos cosas que por su esencia (su forma de ser o su carácter) y por sus principios eternos, Él no puede hacer. 

Tercer límite: Dios no puede dejar de ser fiel. 

“¡Oh, aleluya! Menos mal”, diríamos cada uno de nosotros, “Dios no puede dejar de ser fiel”. 2 Timoteo 2:13: “Si somos infieles, él permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo”. 

¿Por qué, a pesar de que somos infieles, Él permanece fiel? Porque Él no puede negarse a sí mismo. Él no es un Dios reactivo, esto es, que reacciona de acuerdo a cómo yo me levanto ese día. “Hoy, Juan Carlos, no me ama y yo estoy enfadado con él y ya no le voy a amar”. Nada de eso; al contrario: “Hoy Juan Carlos no me ama como yo merezco ser amado y, por lo tanto, necesita que yo lo ame más”Cuando somos infieles, Él no deja de ser fiel.  

Esto es tan importante para la humanidad. Si no fuera así, cuando el hombre y la mujer pecaron, en un principio, el Señor podría haber dicho: “Ahí os quedáis, seres humanos... Apañaos como podáis”. Sin embargo, ellos fueron infieles, pero Dios siguió siendo fiel con todos nosotros, los seres humanos, y ya tenía un plan para resolver todo este problema, que es el pecado. ¡Qué importante es que Dios es fiel, porque Él hace salir el sol sobre buenos y malos, llover sobre justos e injustos! (Mateo 5:45).  

Hoy venía conduciendo por un camino bordeado de monte y llovía; parece que oía a los bosques reír de contentos. Pensé: "Esta lluvia, que tanto necesitamos en Murcia, es fidelidad de Dios”. Muchos hombres nse dan cuenta; no alaban al Señor; no le dan gracias. Mas Él sigue haciendo el bien. Cuántas veces, por ejemplo, aquí en España, es común que alguna gente espete “me cago en...” (en el de arriba). Así blasfeman niños, jóvenes, adultos y ancianos. Quizás, personas de escasa educación, pero muchas familias lo han incorporado a su vocabulario. Y ¿habrá una blasfemia más horrible? A pesar de todo, Dios no se deja provocar, porque sabe que los hombres estamos tan, tan, tan ciegos; somos tan brutos... Y, aunque seamos infieles, Él permanece fiel.  

¿Qué tal en mi relación con Él? Piensa en tu relación con Él. ¡Menos mal que Dios no cambia! y ¡menos mal que Dios cumple sus promesas! Que, aunque yo he sido infiel, Él ha permanecido fiel.  

También, Él se ha revelado como un Dios fiel a Israel. Por ejemplo, en el libro de Oseas, en el que Gomer, la esposa del profeta, era prostituta, y dejó a su marido sin necesidad de hacerlo, para prostituirse, aunque el Señor puso amor incondicional en Oseas para seguir luchando por Gomer y amándola, hasta que ella vuelve con su esposo e hijos, y cambia. Este matrimonio de telenovela representaba a Israel en su infidelidad para con Dios. El Señor dice: “Me dejasteis a mí, vuestro esposo, y os fuiste tras los ídolos, como amantes”. Y Dios siguió siendo fiel con Israel. Es más, Dios tiene todavía promesas que va a cumplirle a la nación de Israel. 

De esta manera, con cada uno de nosotros. Él mismo se limita. ¡Qué sabiduría la de Dios! En lugar de hacer un pacto con nosotros de dos partes y condicional, como un contrato, en el que de acuerdo a cómo actúa su pueblo, entonces, así responde Dios; en vez de relacionarse con ese pacto, Él hace un pacto incondicional. Un pacto en el que, de una parte, está Dios, y a su pueblo lo representa Jesucristo. Jesucristo se convierte en nuestro representante. Y Jesucristo fue fiel. De esta manera, si el hombre, por ejemplo, tiene un mal día, y hace algo que está mal, el Señor no borra su nombre del libro de la vida inmediatamente. Porque Dios no se relaciona con el hombre por circunstancias o por emociones, sino que Él ha hecho promesas y ha interpuesto un pacto. El Señor dice: “Yo voy a ser fiel a ese pacto, porque no me puedo negar a mí mismo”. Y al ser fiel al pacto está siendo fiel con cada uno de nosotros. “Pues tantas como sean las promesas de Dios, en Él -esto es, Cristo Jesús-, todas son sí; por eso también por medio de Él, Amén, para la gloria de Dios por medio de nosotros” (2Corintios 1:20). 

Eso es una seguridad tan grande. Dios no cambia, a la hora de amarnos. Dios es amor. Y, cuando vamos a Él, no cambia. No hay sombra de variación (Santiago 1:17). Cuando vamos a Él sigue siendo un Padre. Por supuesto, que nos disciplina, pero un Padre en el que podemos ver sus brazos abiertos. Sigue siendo fiel, a pesar de nuestros fallos, a pesar de nuestros errores, sigue siendo fiel. 

Cuarto límite: Dios no puede hacerse visible a todos.  

Dios no puede hacerse visible a todos; porque uno podría decir: “Oye, vamos a ver, Dios, ¿por qué no haces algo? En un día importante, en una fiesta mayor. Cuando pase la pandemia, en un día importante, que estemos en los Sanfermines de Pamplona o en los Carnavales de Río de Janeiro... En algún día, en el que haya mucha gente en la calle, abres los cielos y te muestras como a Jacob en la escalera; y muestras tu Cielo y muestras los ángeles y muestra tu Gloria; y le dices, al hombre, ¡Hombre, que yo soy real! ¡Mira, sí que hay una vida más allá de la muerte y hay un Cielo! ¿Por qué no haces eso? Y sería más fácil. Ya no sería por fe, sería por vista. ¿Por qué no te haces visible?”. Alguna vez lo has pensado, ¿verdad? 

Bueno, Dios ha establecido unas leyes. A Él se le llama el Dios “invisible, inmortal, único y sabio” en 1 Timoteo 1:17. En Colosenses también dice algo similar: “… él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación, porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles. Sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades. Todo fue creado por medio de él y para él” (Colosenses 1:15-16). Aquí se le llama, también, el Dios invisible y habla de que hay un Cielo invisible, o sea espiritual, y hay una Tierra que es visible, tangible. 

Entonces, esta es una de las grandes cuestiones para los hombres. ¿Por qué Dios es invisible?  

Primeramente, Dios sí que se hizo visible. Dios se hizo visible en Jesucristo. Dios se hizo hombre. Se hizo carne. El Verbo se encarnó (Juan 1:14). Dios se hizo hombre, como nosotros, y mostró su gloria.  

Y eso de que nadie ha venido del otro lado para decirnos que hay vida más allá de la muerte. Sí, vino uno: Jesús, quien resucitó y volvió al Cielo, del que había venido. 

Encontramos otro pasaje que es clave en esto, Lucas 16:19-31: ‘El rico y Lázaro’. Cuando ya están, uno en el seno de Abraham, Lázaro, y el otro en el Infierno. El seno de Abraham era como el Cielo, antes de que Jesús muriera en la cruz. “Entonces él dando voces”, este es el rico que está en el Infierno, “dijo: Padre Abraham, ten misericordia de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama”. 

Está hablando de una gran necesidad en el Infierno. Ahora bien, Jesús está contando una historia para que comprendamos una realidad espiritual, porque en el Infierno lo que hay son almas o espíritus. Es decir, la sed física no es literal; representa una gran necesidad y un sufrimiento. ¿Cuál fue la respuesta?: “Pero Abraham le dijo: Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males. Pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado. Además de todo esto, una gran sima está puesta entre nosotros”.  

Hay leyes; y una de las leyes es que no se puede pasar del Cielo al Infierno. No hay autopista al Infierno, desde el Cielo. Y tampoco los espíritus de seres humanos pueden venir a la Tierra a traer mensajes, o estar activos, cual almas en pena. No hay tal cosa como que mi abuela, la otra noche, me vino a saludar y me dijo, “Sé bueno, nieto mío... ¡Ah! ¡Por cierto! Hay vida después de la muerte...”. No. En todo caso, puede ser un demonio disfrazado de mi abuela. Entonces, eso son leyes que Dios ha dejado establecidas. Uno se muere y va al Cielo o al Infierno. Y dice “hay una gran sima”; es decir, hay una separación entre nosotros y vosotros, de manera que los que quieran pasar de aquí a vosotros no pueden ni de allá para acá. 

Versos 27 al 30: “Entonces, le dijo: Te ruego, pues, Padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les testifique, a fin de que no vengan ellos también a este lugar de tormento. Y Abraham le dijo: A Moisés y a los profetas tienen, óiganlos. Él, entonces, dijo: No, padre Abraham, pero si alguno fuere a ellos de entre los muertos, se arrepentirán".  

¡Cuidado! Estas son palabras de Jesús. No está hablando un cuentacuentos o un filósofo. Está hablando Jesús que vino del Cielo. Y nos da luz sobre verdades que debemos entender. Verso 30: “Mas Abraham le dijo: Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán, aunque alguno se levantare de entre los muertos”. 

¿Qué es lo que vemos aquí? Que el ser humano tiene tal problema de incredulidad que, aunque vinieran del otro lado a decirnos que hay un Cielo y un Infierno, aun así, dudaríamos y diríamos que hemos cenado mucho esa noche, o diríamos que son norteamericanos que están haciendo experimentos o extraterrestres disfrazados de espíritus. 

¿Por qué lo sabemos, también? Porque por cuarenta años Israel estuvo viendo al Dios invisible, hecho visible con una nube de día y en una columna de fuego de noche. Mandaba el maná. Les daba agua. No se gastaba el calzado ni la ropa. Dios habló audiblemente en el monte Sinaí, y el monte tembló con su Presencia. Sin embargo, en cuanto Moisés estuvo cuarenta días metido en la nube, precisamente con Dios, se hicieron un becerro de oro y dijeron: “Este es el Señor, que nos sacó de Egipto”. Además, decían a Moisés: ¿Dónde está Dios? Y lo veían todos los días. ¡Cómo es el hombre!  

A pesar de estas leyes que Jesús desvela en la historia del rico y Lázaro, el que estaba hablando en Lucas 16:19-31 había venido del otro lado. Es decir, Abraham no manda a Lázaro a advertir a los hermanos del rico, aunque el Padre del Cielo sí que hizo algo mucho más generoso: Dios se hace hombre y viene Él mismo para advertirnos y llamarnos al arrepentimiento y a volver a nuestro Creador. Él sí que vino del otro lado para decir: “Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Juan 11:25). Y, aun así, muchos de sus contemporáneos no le creyeron. 

Por último, nos mandó a nosotros a predicar el evangelio. “Agradó a Dios salvar al mundo por la locura de la predicación del evangelio” (1 Corintios 1:21). Juan 1:18 dice que nadie lo ha visto jamás, pero que Dios se ha revelado de varias formas: El unigénito del Padre le ha dado a conocer. ¿Quieres ver a Dios? Ve a Jesús. Y la Creación habla del Creador. Romanos 1:20 dice que sus atributos invisibles se han dejado ver claramente a través de lo que ha creadoSin embargo, los hombres se empeñan en decir que “No hay Dios”. Incluso, hemos hecho todo un cuerpo doctrinal desde la ciencia para poder negar que todo lo que vemos y lo que somos viene de un Ser Superior, sabio y amoroso. Para el incrédulo todo procede del tiempo y de la casualidad. Lo cierto es que necesitamos más fe para negar que hay un Dios que para ser creyente en Dios.  

Entonces, Él es invisible, pero se da a conocer en la Biblia; también se da a conocer en la historia de la humanidad; en la historia de Israel; a través de Jesucristo; en su Creación; y con milagros sin fin que Dios hace delante de nosotros, a pesar de que no tengamos ojos para ver. Parece que los hombres nos negásemos a creer. Preferimos ignorar las evidencias de su huella en la Historia y en nuestra propia existencia. 

Pero ¿por qué pienso que Dios ha dejado este principio de no hacerse visible? Porque es un Dios de restauración. 

Piensa esto. El arrepentimiento es que tú vas por un camino y das la vuelta para volver a Dios. ¿Cuál fue el camino que anduvo el hombre en Génesis 3? Fue la desconfianza. El diablo dice: “¿Con que Dios os ha dicho que no comáis de todo? Bien sabe que si coméis serán abiertos vuestros ojos”. Y la mujer pensó: “Esto es algo bueno para alcanzar sabiduría”. Comió y le dio a su marido. Entonces, hubo una desconfianza de la palabra Dios, como que eso, en verdad, sí era bueno para ellos. Como que Dios los estaba privando de algo bueno. Además, no solamente hubo desconfianza. Evidentemente, Dios dijo “No comerás”. Y ellos comieron. Hubo desobediencia. ¿Cuál fue el camino del pecado? Fue desconfianza de Dios y desobediencia. Esa fue la caída del hombre en el origen. Pues Dios ha establecido que la salvación y restauración sea un giro de ciento ochenta grados. Para sanar la herida. El arrepentimiento es exactamente lo inverso. ¿Cómo regresamos? Debemos andar, cada uno de nosotros, el camino de la obediencia y de la confianza. El arrepentimiento es que yo vuelvo a confiar en Dios. Vuelvo a creer en Dios; que Él es bueno; que Él sí que quiere lo mejor para nosotros; que Él es Padre; que Él es la vida; que Él es la sabiduría que yo necesito... Y vuelvo a estar dispuesto a obedecerle.  

Este es el camino que Dios ha señalado para volver a la relación con Él. Él nos abre la relación. Solo nos pide que volvamos, pero que volvamos por ese camino de la fe. El arrepentimiento es la fe; y confesar a Jesucristo como el Señor es la obediencia. 

Al final, dice la Biblia, que todo ojo lo verá (Apocalipsis 1:7). Va a llegar un día, en el regreso de Jesús, en el que todo ojo lo va a ver. Peroahora mismo es un Dios invisible, al que tenemos que ver por la fe (Hebreos 11:27).  

Por otra parte, y con esto cierro el punto, es invisible porque estamos en la temporada del Espíritu Santo. Dios se hizo tangible 33 años y 9 meses. Los 9 meses del vientre de María. Cualquiera podía ver la barriguita de María. Pero ahora estamos en el tiempo de lo invisible, del Espíritu, que puede habitar en cada uno de nosotros. El Espíritu se ha hecho paloma, puntualmente (Mateo 3:16). Porque Dios tiene una excepción para cada principio. Y hay un momento en que el Espíritu apareció como lenguas de fuego (Hechos 2:3). Pero para la generalidad el principio es que estamos en el tiempo de la fe, de una relación del Espíritu. Tomás, porque me has tocado, porque has visto, ¿crees? (Juan 20:29). “Jesús le dijo: ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que no vieron, y sin embargo creyeron”. En esta temporada el Señor premia la fe y la confianza. Por la fe comenzamos a ver que Él es.  

Recapitulando, ¿cuántos límites hemos tratado hasta ahora? Cuatro. Dios no puede mentir, el primero. El segundo, Dios no puede forzar la voluntad del hombre o decidir por el hombre. Y en este soliloquio: Dios no puede dejar de ser fiel; y Dios no puede hacerse visible a todos, el cuarto. 

La próxima semana, Dios mediante, abordaremos tres límites más y cerramos esta serie de soliloquios. 


Los límites de un Dios ilimitado (3) 

Hasta ahora, hemos visto cuatro límites de un Dios ilimitado. Que Dios no puede mentir, que Dios no puede forzar la voluntad del hombre o decidir por el hombre, que Dios no puede dejar de ser fiel y que Dios no puede hacerse visible a todos. En este tercer soliloquio de la miniserie, con el que cierro el tema, abordaremos tres límites más y un imposible prohibido que Dios decidió y pudo traspasar. 

Recuerdo un día en el que mi hijo Rubén, a sus trece años, se sentó a mi lado y me dijo: "Oye papá, estoy un poco enfadado con esto de la iglesia... ¿Yo no tengo más remedio que creer en Dios? ¿Ya está...? O sea, yo ya tengo la decisión tomada porque nací en una familia cristiana, soy hijo de pastores, etcétera”. Fue muy sincero para contarme lo que le preocupaba; aquella confusión. Yo le contesté: "No, hijo... Tú puedes decidir qué vas a hacer con tu vida. Es más, tienes que tomar tu propia decisión. Si vas a querer bautizarte o no; si seguir a Cristo o no; y ¿sabes? Dios no te va a forzar jamás, no te va a obligar... Va a respetar lo que tú decidas y Él te seguirá amando y esperando y llamándote al arrepentimiento”. Rubén se quedó pensando unos segundos y dijo: “Así sí... Ahora sí que puedo tener una amistad con Dios, papá, porque sé que Él no me va a forzar; porque eso no sería realmente amor, no sería libre, ¡sería como un esclavo!”. 

Efectivamente, tener claros los límites de este Dios ilimitado ha sido crucial para muchos de nosotros. 

Vamos con los tres últimos. 

 

 límite: Dios no puede dar su gloria a otro 

Dios no puede dar su gloria a otro. Esto lo dice Isaías 42:8: “Yo soy el Señor, ese es mi nombre, mi gloria a otro no daré ni mi alabanza a imágenes talladas”. Y en Isaías 48:11: “Por amor mío, por amor mío lo haré. ¿Porque cómo podría ser profanado mi nombre? Mi gloria, pues, no la daré a otro”.  

Por eso tuvo que expulsar a Satanás, porque Luzbel quiso llevarse la gloria. Pero Dios no puede compartir su gloria con ídolos, con santos, con vírgenes, con otros dioses ni con nadie. “Solo al Señor tu Dios adorarás, y a Él solo servirás” (Deuteronomio 6:13 y Lucas 4:8). Y por eso Dios no puede respaldar un ministerio, persona o actividad donde se le roba la gloria. 

 El Salmos 78:61 nos recuerda aquella ocasión en la que el Señor “entregó al cautiverio su poderío, y su gloria en manos del adversario”. En el momento en el que se le está robando la gloria, Dios muda su gloria. El Dios invencible fue vencido, en el día cuando los hijos de Elí, Ofni y Finees, llevaron el arca a la batalla contra los filisteos y era una guerra con la mentalidad de aquellos pueblos bíblicos: los dioses de los filisteos contra el Dios de Israel. Los sacerdotes llevaban el arca en los hombros, a pesar de que Dios no estaba allí, y Yahweh entregó su poder al cautiverio, pues se dejó derrotar por los filisteos. ¿Por qué? Porque el liderazgo le estaba robando la gloria. Dios mismo se limitó en su poder para vencer y mudó su gloria, representada en el arca. ¿Para qué? Para que respetaran su nombre y su gloria. 

Ahora bien, recuerda cómo Él vindicó su nombre más tarde. Reivindicó la grandeza de Su gloria, porque pusieron el arca en el templo de Dagón, se fueron los filisteos a dormir y cuando volvieron, aquella gigantesca estatua de Dagónestaba postrada ante el arca. Al día siguiente peor aún, apareció con la cabeza y manos cortadas. Después, no sabían qué hacer con el arca, por las plagas de furúnculos y ratones. De manera que decidieron devolver el arca a Israel (1 Samuel 5 y 6), porque estaban tocando algo que no se puede tocar, la gloria de Dios. 

Entonces, podemos decir, "todo lo puedo en Cristo” y “siempre somos victoriosos” o “tranquilo, que Dios te respalda...”. Pero no. Porque Dios conoce los corazones. Él pesa lo que hay en el corazón. Él sabe si lo que se está haciendo es o no es para su gloria 

Hay ocasiones en las que Dios deja que nos demos el topetazo. Puedes andar confesando versículos aprendidos de memoria; puedes llevar el arca al hombro, como los hijos de Elí; o en un carro nuevo, como cuando David transportó el arca a Jerusalén; y, sin embargo, que el Señor no esté para nada contento con lo que está pasando allí. Jamás te mandó que salieras a esa guerra, sino que era un plan tuyo, y, simplemente, le pediste a Él que lo respaldara. Pero hay un límite: Dios no comparte su gloria. David vio cómo Uza moría, porque no se estaba obrando conforme a su corazón. O Dios permitió que Israel fuese derrotado contra los filisteos, ya que era una batalla para la gloria del hombre y no de Dios (1 Samuel 4). 

 

 límite: Dios no puede hacer injusticia 

Dios no puede hacer acepción de personas. Dios no puede hacer injusticia. Éxodo 34:7 y Números 14:18, dos versículos que dicen lo mismo: “Él, el que guarda misericordia a millares, el que perdona la iniquidad, la transgresión y el pecado, y que no tendrá por inocente al culpable”. Porque Él es amor, pero también verdad. Él es misericordioso, aunque también es un juez. 

Entonces, uno de los límites es que Dios no puede hacer injusticia. ¿Qué quiere decir eso? Que Él no puede llamar al inocente culpable ni al culpable inocente; y el único que fue inocente es Jesucristo, que siendo inocente se hizo culpable por nosotros. El Padre, como Juez, hizo una sentencia al inocente y lo declaró culpable, e hizo que cayera la culpa, la condena, que nosotros merecíamos, porque Jesucristo nos representó y tomó nuestro lugar. Ahora, dado que Dios es justo, si ya pagó Jesús por mí, no me va a hacer pagar a mí de nuevo. Jesús sufrió la separación; yo ya no tengo por qué pasar la eternidad en el Infierno, pues Cristo pagó por mis pecados. Una vez que hubo alguien declarado culpable en mi lugar y que pagó por mi culpa, entonces, puedo ir delante de Dios, con mi Abogado Jesús, y en el nombre de Jesucristo estar en paz con la justicia (Romanos 5:1-2). Y Dios no me va a hacer injusticia. Me declara perdonado o absuelto.  

Pero, de la misma forma, para aquellos hombres que quieran venir delante de Dios para que los declare inocentes por sus buenas obras, Él no puede, porque es un Juez justo. No puede negarse a sí mismo. Si viene alguien aparte de Cristo, al margen de la obra de Cristo y por sus propias obras, el Juez de toda la Tierra tiene que hacer justicia. Por supuesto, nos ama a todos por igual, pero como Él es también juez, entonces dice: “No puedo llamar inocente al culpable; yo soy verdad. Yo soy fiel; pero primero tengo que ser fiel a mí mismo y a mi justicia... Yo soy juez”. Esto es un límite de Dios. 

Somos culpables y la paga del pecado es muerte. Para librarnos de esa condena (o paga) el Señor elaboró todo un plan de salvación y dio a su Hijo. Debemos aceptar esa provisión de paz para con Él y perdón. Lo contrario sería loco y arrogante. 

Ahora, hay algo que a mí me consuela, en esto de que Dios es justicia. En el día del Juicio Final; en el día en el que se decida dónde va a pasar la eternidad cada uno, si en el Cielo o en el Infierno; en el día en que se decidan, también, las recompensas logradas y los grados de castigo (porque va a haber grados de castigo y grados de recompensa, según nos enseña abundantemente la Escritura); en ese día, no habrá injusticia alguna, porque Dios es justo. Es decir, no va a haber nadie que se pare delante de Dios y diga: “Lo que usted está haciendo es una injusticia. Porque a mí jamás me contaron que Jesús había venido a morir para salvarme... Y yo me esforcé y quise ser una buena persona y quise hacer el bien... Y ahora usted me manda al Infierno... Yo no entendí nada de esto, del plan de salvación, del amor de Jesús... Usted me manda al Infierno, pero usted, Señor Dios, ¡usted es injusto!”. Eso nunca va a pasar. Dios, a cada cual, le va a hacer un trato justo. Y quedará muda toda boca. A muchas personas el Señor, les dirá con tristeza: "¿Qué más puedo hacer? Hoy me ves como Juez, pero por mucho tiempo quise ser tu Salvador, quise ser tu abogado. Morí por ti. ¿Qué más puedo hacer? No has aceptado mi regalo de perdón... Entonces, Yo no te estoy haciendo una injusticia. Tú podías haber recibido el regalo. No te costaba nada. Era gratis. Pero a mí me costó todo... Y tú has decidido el camino de la perdición, cuando Yo te atraía todo el tiempo hacia el camino de la vida eterna. Sin embargo, respeté tu elección. No quisiste ser de los escogidos, porque no me quisiste escoger a Mí y mi Camino”. En esto de la vida eterna no va a haber ninguna injusticia. 

Por otra parte, creo que en el Cielo nos vamos a llevar grandes sorpresas. Que algunos, aplicando legalismo, piensan: “No... Ese se va al Infierno. Porque no iba a una iglesia evangélica y no tenía la claridad teológica que nosotros tenemos”. Pero el Señor conoce a los que son suyos (2 Timoteo 2:19).  

Conforme pasa el tiempo mi evangelio se va haciendo más sencillo. ¡De verdad! Ando con más cuidado y procuro hablar con prudencia: “Probablemente es así, pero...”. Pienso que nos vamos a llevar grandes sorpresas en esto de la eternidad. Eso sí, Dios es justo. No hay injusticia en Él. Ese es un límite. 

 

7º límite: Dios no puede acabar aún con el Diablo 

A cualquiera de nosotros nos dan ganas de decirle al Señor: “¡Acaba ya con ese perverso de Satanás!”. O pedirle que termine con la maldad: con los terroristas, con los violadores, con los torturadores, con los embaucadores y engañadores... “Acaba ya con todos los crímenes y maldad, Señor”. Pero aquí hay otro límite de un Dios ilimitado. ¿Cuál es? Que el Señor dice: “Ok. Pero si juzgo ya a Satanás, puesto que soy un Dios justo, tengo que juzgar con él a todos los malos. Y si juzgo a todos los malos es que ha llegado el tiempo del Juicio Final. Y si ya llega el tiempo del Juicio Final, entonces la oportunidad de salvación se acaba para millones de personas” (2 Pedro 3:9).  

Es como si se juzgara a Al Capone y no incluimos a todos los compinches de Al Capone. Sería un acto injusto. Y Dios (hemos visto) no puede hacer injusticia. Entonces, dice Dios: “Ok. Si juzgamos al cabecilla, que es Satanás, también hay que juzgar a sus demonios. Y también hay que juzgar a todos los hombres que han querido hacer el mal. El tiempo del juicio ha llegado”. Entonces, Dios retarda ese día por misericordia hacia la humanidad. 

En la cruz del Calvario todo el juicio cayó sobre Cristo. Él pagó por los pecados. Fue un gran día del juicio, en el que toda la ira del Padre cayó sobre el Hijo, para que seamos salvos de la ira de Dios al creer en Jesús (Romanos 5:9). Pero hay otro gran día del juicio. El día del Trono Blanco, cuando todos los hombres estén delante del Señor y se abran los libros. Y mientras tanto estamos en un período de gracia y misericordia. Y es como que Dios se limita en eso de juzgar, porque Él hizo que los juicios cayeran sobre su Hijo y está dando a los hombres la oportunidad de la salvación. 

Pongamos un balance. Si el Sabio Dios ve que todo se va a ir al traste debe actuar. Hay momentos en los que Dios interviene, cuando hay un colmo de la maldad, cuando ve que, por ejemplo, un dictador loco va a destruir el mundo antes de tiempo. Como hiciera un buen cirujano, por amor al paciente, tiene que ser drástico con un cáncer feroz. 

Volviendo al tema del juicio de Dios, dice en 2 Pedro 2: 4 y 9: “Porque si Dios no perdonó a los ángeles cuando pecaron, sino que los arrojó al infierno y los entregó a fosos de tinieblas reservados para juicio, el Señor, entonces, sabe rescatar de tentación a los piadosos y reservar a los injustos bajo castigo para el día del juicio”. Sin duda, habrá un día del juicio. Va a haber un tiempo en el que todo va a ser juzgado. 2 Pedro 3:7, “Pero los cielos y la tierra actuales están reservados por su palabra para el fuego, guardados para el día del juicio...”. Habrá un momento en el que la Tierra va a ser recogida; “cielo y tierra pasarán”; y vendrá el juicio ante el gran Trono Blanco (Apocalipsis 20:11-15).  

Entonces, Señor, ¿por qué no acabas ya con tanta maldad en el mundo? Hay un límite de tiempo. Dios se limita para actuar en el día señalado. Pero llegará el momento cuando Él juzgará a todos, y por eso todos tenemos que prepararnos. ¿Y cómo estamos seguros de que en ese juicio no vamos a estar del lado de Al Capone? ¿Cómo estar seguros de que nuestro nombre aparecerá escrito en el Libro de la Vida? Por poner nuestra fe en Jesucristo y confesarle nuestro Señor. 

 

¿Sabes? Hay un límite que Dios sí que traspasó 

El Señor había prohibido a los hombres entregar a su hijo en un sacrificio (Levítico 18:21; 20:2-4). Era considerado una abominación y algo que ni se le pasaba al Señor por la cabeza (Jeremías 32:35). Sin embargo, Él mismo entregó a su Hijo en sacrificio y traspasó el límite del amor de todo padre y madre. Romanos 5:7-8: “Quizás alguien se atreva a morir por el bueno, pero Dios muestra su amor para con nosotros en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”. 

Esto es el colmo, que Dios traspase un límite al dar a su Hijo para salvar a gente como nosotros, que no éramos sus amigos, sino sus enemigos. Es un límite que yo, naturalmente, no puedo traspasar. ¿Dar a alguno de mis hijos por alguien malo? No me deja mi razón, mi lógica y mi amor. Pero Dios, “de tal manera amó al mundo, que dio a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en Él crea tenga vida eterna” ... Este es el límite que sí que traspasó. Por eso su amor es ilimitado. No lo podemos entender, no lo podemos medir. Me encanta cómo es Dios. Estoy enamorado de Jesús. Estoy enamorado de ese Dios que dio a su Hijo por amor.  

Y si hay alguien que me lee hoy y te gustaría comenzar una relación con Él, es tan sencillo como hacer una oración. Un día yo lo hice y todo cambió. Se puso en marcha mi amistad con Dios; iba en una dirección y di la vuelta y comencé un nuevo caminar. ¿Quieres hacer una oración para comenzar una relación con Dios en la que no habrá límites en tu crecimiento y felicidad, pues es por la eternidad? 

Te animo a que hables con Dios usando palabras parecidas a estas: “Señor, te doy las gracias, porque nos has mostrado que, siendo un Dios ilimitado, sin embargo, por amor a nosotros y por amor a tu nombre, has puesto unos límites. Hoy te pido que me perdones por todos mis pecados. Gracias porque en la cruz murió Jesús para mi perdón y salvación. Te doy gracias porque en un mundo tan roto como este sigues sanando heridas, sigues enviando tu palabra para que haya reconciliación contigo y los unos con los otros. Te doy gracias porque Tú eres fiel y no has dejado que el hombre se autodestruya, sino que tiendes la mano para salvarnos. Gracias por entregar a tu Hijo por amor a mí. Reconozco mi necesidad. Quiero poner en Ti mi confianza y comenzar a vivir cerca de Ti. Yo te confieso como mi Señor, te entrego mi vida y te ruego, sálvame, Señor. Haz algo nuevo en mi corazón y en mi vida. Espíritu Santo, ven a vivir en mí y ayúdame a ser bendición para otros. En el nombre de Jesús, amén”. 


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