Cuento: Lugar maldito

Cuento Lugar Maldito

Cuento: Lugar maldito


-Te digo que no deberíamos ir a ese lugar.

-Mujer... Solo se trata de hacer algunas tomas, y de aprovechar lo apropiado que es para el documental. Además, vamos por la tarde... 

-¿Y si se nos hace de noche allí?

-Eso no va a pasar, cariño. Y mi hermano dice que las mejores horas para grabar son al atardecer... Tranquila. 

Así calmaba John a Minerva mientras se terminaban de arreglar para ir a una nueva sesión de grabaciones. Recogían material audiovisual para un reportaje que se titularía, Adivinación, brujería y espiritismo. Prácticas prohibidas en la Biblia. Su cadena de televisión había tenido un incremento considerable de audiencias desde que incorporaron la realización de aquellos minidocumentales en los que daban respuesta a preguntas interesantes basándose en la Biblia y con una buena manufactura en imagen, sonido y documentación. El último sobre el Shemá y la historia de Israel los había llevado a tierras bíblicas. En el reportaje se explicaba cómo la idolatría de la nación hebrea desembocó en ruina. En cambio, su fidelidad a Dios, amándolo y adorándolo solo a Él, colocó a Israel como cabeza de naciones.

Ahora se hallaban en la región sur de Francia, zonas que en otra época tuvieron fama de sufrir una gran actividad oscura. En concreto, la ciudad de Liché presumía de leyendas protagonizadas por brujas, adivinos y servidores del mal. Precisamente allí la Inquisición se tuvo que emplear a fondo para limpiar la comarca de esa sombra infernal. No obstante, se sabía que aún quedaban grupos secretos de espiritistas, además de nostálgicos que hacían turismo esotérico para reconectar con antiguos poderes. El lugar más visitado era el castillo del marqués Claude Aruspierre, quien fuese en el siglo XI dueño de la mayor parte de la región y con reputación bien contrastada de nigromante. El marqués siniestro acabó condenado a la hoguera junto a su mujer y dos sirvientes. Los mástiles que recordaban las piras inquisitoriales, situados en el patio interior de la fortaleza, todavía helaban la sangre de los visitantes. 

John y Minerva salieron de su habitación a las seis de la tarde y recogieron a Henry en el vestíbulo del hotel. Se dirigieron al vehículo de alquiler en el que harían el pequeño desplazamiento de una hora hasta el castillo Aruspierre.

-¡El día es ideal para la grabación! -dijo Henri emocionado, ya que había estado leyendo en los folletos turísticos sobre las actividades oscuras del marqués y sentía que viajaban al lugar más representativo de Francia, en lo que respecta a todo aquello que prohibía la Escritura- ¡Liché fue una especie de capital diabólica en la Edad Media! El tal Claude Aruspierre era nieto de nigromantes, y si os cuento lo que se rumoreaba en toda Francia sobre sus prácticas de adivinación se os pondrían los pelos de punta. 

-Yo prefiero no saberlo -confesó Minerva con un nudo en el estómago-. Si fuese por mí, tomaríamos imágenes de recursos pagadas y no estaríamos aquí. 

-El éxito de estos videos es grabar en los emplazamientos donde tuvo lugar la historia -dijo su esposo-, y transportar a la audiencia a otros países y épocas. 

-Ya... Pero yo creo que hay lugares malditos, John. Y este, sin duda, es uno de ellos. 

-Bueno, Minerva -la intentó calmar Henry-, grabamos unas cuantas tomas y en una hora estamos regresando al hotel. 

Minerva suspiró, perdiendo sus pensamientos en la campiña francesa. Conocía de sobra a su cuñado y lo apasionado que se volvía cuando ponía el ojo en el visor de la cámara. Una hora podía convertirse en cuatro. 

-Es una suerte que los franceses nos abran el castillo así, en exclusividad... Los lunes es su día de descanso -apuntó John. 

-¡Nada de suerte! ¡Bendición de Dios! ¡Y el enchufe de Patrice! -exclamó Henry entre risas. Conducía nervioso como el niño a quien llevan por primera vez a un parque de atracciones. 

-Os aseguro que cuando Patrice se acordó de mí, después de tantos años -confesó Minerva- y me contestó tan rápido, me quedé extrañada. 

-¿Por lo del amigo en el ayuntamiento? -preguntó Henry. 

-Por eso y, simplemente, el que me recordase -dijo la periodista-. Apenas nos relacionamos en el seminario. Pero en el último correo me dijo que llevásemos cuidado... 

-Ya nos lo has contado cinco veces: dos en el avión; dos en el hotel; y ahora de nuevo -bromeó el esposo, quien iba sentado al lado de su hermano. 

-Sin embargo, no he conseguido desanimaros. ¿No os parece preocupante el historial de muertes y accidentes que tiene el castillo? -Minerva agotaba su última oportunidad de frustrar la grabación en la fortaleza Aruspierre- Hagamos unas cuantas tomas desde afuera y rellenamos con imágenes de la región o históricas...

-Creo que en este viaje deberías haberte quedado en casa -Fue toda la respuesta de Henry, llena de cariño y sarcasmo. 

Lo cierto era que los tres hacían un equipo extraordinario. John aportaba la enseñanza bíblica, Minerva la redacción y los datos históricos, mientras que Henry creaba verdaderas obras de arte audiovisuales. ¿El resultado? Documentales condensados, llenos de belleza y enseñanza, que bien merecían el esfuerzo. 

El día declinaba y la luz solar era menor de lo que Henry esperaba, debido a unas nubes oscuras que auguraban lluvia, burlándose de las predicciones meteorológicas. 

Viñedos a un lado y otro del camino de tierra contrastaban con la montaña del castillo, que era todo lo pedregosa y despoblada que prometían las guías turísticas. No había colinas semejante a esa en kilómetros, ya que el terreno de aquella región regalaba postales verdes solo interrumpidas por el suelo urbano, ríos caudalosos o ricos cultivos. Lo tétrico y estéril del entorno del castillo alimentaba las leyendas de que estaban en un paraje maldito. 

Minerva murmuraba entre dientes, ahuyentando sus temores con breves oraciones ante el cuadro espeluznante que divisaban y que se hacía poco a poco más grande. Un castillo casi derruido, de gris granito y madera oscura por algunos ornamentos que sobrevivieron al deterioro de los siglos. El gobierno francés no había restaurado las ruinas, precisamente para mantener aquella imagen fantasmagórica que llamaba la atención de los curiosos y de amantes de lo místico. “El Castillo del Nigromante”, anunciaba un cartel en la falda de la montaña. Y ya en la gran puerta de la muralla: “Fortaleza del marqués Claude Aruspierre, servidor de Belial y enemigo de la Santa Inquisición”. 

Los tres visitantes bajaron del automóvil, Henry cargando sus macutos con las cámaras, trípodes y objetivos, John ayudándolo y Minerva libreta en mano. Un anciano conserje los esperaba en la puerta y, como no hablaba otra cosa que francés, les indicó con gestos que el castillo estaba abierto para ellos y que en un par de horas regresaría, señalando las nueve de la noche en su reloj de pulsera. 

-¡Muchas gracias, amigo! ¡Tranquilo! ¡Cuidaremos bien sus ruinas! -dijo Henry con su humor acostumbrado. 

El viejo los miró con expresión de lástima, se persignó y les indicó que leyeran un letrero a la mano derecha, justo al cruzar el umbral de la puerta. 

-¿Habéis visto cómo se ha persignado? ¡Se me han erizado los pelos! -susurró Minerva. 

-Son costumbres de los lugareños, cariño. No le des más importancia -dijo John acercándose a la placa de mármol en la que se había grabado el mismo mensaje en francés, inglés y castellano. 


“El castillo de los marqueses Aruspierre fue construido entre el 912 y el 1024 después de Cristo. Aunque solo se conservan las ruinas, su planta, profundidad de cimientos y la torre en honor a Marguerite, la marquesa, que es la única que se conserva de las seis que tuvo la fortaleza, nos permiten imaginar la grandeza que exhibía esta imponente edificación. Muévanse únicamente por las áreas habilitadas para el visitante y no traspase las barreras, especialmente si profesa la religión cristiana, a cuyos integrantes el marqués nigromante dirigió sus últimas palabras, antes de morir en la hoguera: Maldigo a los cristianos que pisan esta fortaleza. Que les persigan pesadillas y les devore mi piedra”. 


-¡Yo me vuelvo! -dijo Minerva- ¡Os espero en el citroën! 

-¡Graba la inscripción, Henry! ¡El tipo se murió lanzando maldiciones! -rogó John sin hacer caso a la amenaza de su esposa. 

-¡Esto parece de película de terror! -exclamó Henry mientras ajustaba el objetivo de la cámara- Los postes de la Inquisición me van a servir para un montaje de la muerte del marqués y los otros! ¿Hay cuadros de sus rostros?

-Los hay, los hay... -contestó Minerva de mala gana- La cara del brujo desprendía odio y oscuridad; y la marquesa parecía una niña al lado del marido. Cualquiera diría que era su hija en lugar de su esposa. 

-Eso sospechaban muchos. Otra de sus canalladas -dijo el camarógrafo con su típica voz autómata, de cuando hablaba y grababa al mismo tiempo.

-¡Uf, qué asco! ¡Que locura, entregarse así al mal! -pensó en voz alta John. 

-¡Seguidme, compañeros! ¡Quiero grabarlo todo! -pidió Henry acercándose a los postes que imitaban a los originales de la pira de ejecución- ¡Cómo se las gastaban los inquisidores! ¿Sabéis que el papa Pascual II mandó demoler el castillo? Ordenó que no quedará piedra sobre piedra... 

¿Y por qué queda una torre medio en pie, y paredes y escaleras por todas partes? 

-Por la maldición del marqués nigromante -mascullo Henry-. ¡Oye, se supone que documentarte es tu trabajo! 

-De esta sórdida historia no he querido saber nada... Y peor al tener planeada la visita. Prefiero averiguar lo del marqués trastornado cuando hayamos salido de aquí -dijo Minerva, quien iba en pos de los dos hermanos cual oveja que va al matadero. 

John caminaba junto a Henry como el cadie acompaña al golfista. El camarógrafo, en lugar de palo, blandía su cámara como todo un experto, y el pastor cargaba trípodes, macuto de objetivos, mochila de focos y un portátil a la espalda, convertido en ayudante del maestro. Siempre era a la inversa. El hermano menor seguía al pastor en los retos ministeriales, sobre todo en el trabajo del canal de televisión. Pero cuando Henry grababa, él dirigía los movimientos. Sus planos eran oro en paño. Dios lo había dotado con ese ingenio de los artistas, que hacen fácil lo difícil sin proponérselo. 

-Pues sí -prosiguió Henry con la explicación-. Resulta que la fortaleza se defendía, según decía el folleto de turismo, como si tuviera vida propia. Murieron varios lacayos de los inquisidores y otros se lesionaron gravemente. Llegó un momento en el que no encontraban a alguien que alzara maza o martillo. Todos temían a la maldición del nigromante... Al fin decidieron dejar el castillo así. Y ¡bien por nosotros! ¡Los restos son una maravilla! ¡Yo los prefiero a los castillos bien conservados de otros pueblos! 

-¿Y hay algún otro mito que nos quieras contar? -preguntó Jon con una sonrisa de oreja a oreja, restándole valor a las leyendas de los tratados de turismo de Liché, y así, de paso, rebajando un poco la tensión que embargaba a Minerva, cada vez más nerviosa.

-Subamos esa escalinata. Las vistas deben ser espectaculares -dijo el camarógrafo, sorteando piedras y habitáculos destruidos antes de responder-. Lo otro que me llamó la atención es que dicen que las cámaras subterráneas de la fortaleza eran tan profundas y macabras que comunicaban directamente con los infiernos. Que si a Coré, Datán y Abiram se los tragó vivos el Seol, al marqués y sus compinches se los tragó muertos. Y que el castillo ha seguido con hambre, devorando visitantes cada tanto. 

-¡Cada tanto y cada tonto! -bromeo John- ¡Tontos los que se creen esas majaderías! 

-¡No bromees con estas cosas! -le reprochó Minerva- ¡El mundo espiritual es real! ¡Parece mentira que siendo tú un ministro de Dios, tenga que recordártelo!

-Perdona, mujer. Sé que es real de un lado y del otro. Me refería a esas historias de viejas que aprovechan los pueblos para hacerse famosos -se excusó John dando por zanjada su tragicomedia. 

Subían la escalinata de desgastada piedra, flanqueada con una pared sólida, aunque mellada, a la derecha, y una barandilla de metal a la izquierda. Al final de la escalera, en su diseño original estaría el primer nivel del castillo, con habitaciones y salones más pequeños que los de la planta baja. Ahora, simplemente una estructura metálica con baranda protectora hacía las veces de balcón desde el que los visitantes admiraron la superficie de la fortaleza y su terreno circundante. Además, un plano explicativo, dibujado sobre una plancha de acero, ayudaba a la imaginación, situando el salón comedor, los salones de lectura, las habitaciones de sirvientes, la cocina, las mazmorras, el laboratorio del adivino (así lo llamaron, en un claro eufemismo), o las caballerizas. 

Henri capturó, con su destreza habitual, todo aquel panorama: el plano y las ruinas. De pronto, un rayo, seguido de un trueno imponente, pregonó lluvia torrencial. La negrura del cielo hacía pesada su carga. Pronto desahogaría aquel embarazo. 

-¿Bastante, Henry? ¡Vámonos, por favor! -pidió Minerva- Si no nos pilla la lluvia, lo hará la noche. 

-Vamos, vamos -confirmó el camarógrafo. 

Él fue el primero en ir bajando y andaba a la par que grababa, ya que la vista de la muralla, el patio, los postes de tortura y la campiña francesa, más allá de todo aquello, apetecían al talento de cualquier artista. Un pintor hubiese plantado allí su caballete para plasmar en el lienzo el plano. Un poeta se habría animado a rimar la historia de los marqueses de Liché. Pero Henry, apresurado por su cuñada y bajo amenaza de lluvia, solo podía grabar mientras descendía. 

Entonces, y sin poderse razonar, comprender o probar, como si se tratase de una pesadilla, tropezó y se abalanzó hacia la derecha, sin que la barandilla lograra detener la caída. 

Un suelo deforme, compuesto por grandes piedras, cinco metros más abajo, esperaba al artista cristiano. John y Minerva gritaron, extendiendo sus brazos inútilmente, pues solo apresaron el aire, y vieron como Henry aterrizaba de costado, con un gemido, mezcla de dolor y sorpresa. 

Pero no terminó allí el accidente. Lo que parecía el piso sólido de un ala del castillo, de unos cien metros cuadrados, se convirtió en una boca traicionera que se abrió sin piedad, dejando que el camarógrafo, de metro ochenta y ochenta kilos de puro espanto, en lugar de quedar en el suelo magullado, siguiera cayendo hacia las entrañas de la fortaleza.

Desde su mirador inclinado, el matrimonio no daba crédito a lo que estaba pasando. El cuerpo de Henry bajaba por una fosa, golpeándose con piedras aquí y allá, para acabar estrellándose contra una especie de viga de madera, diez metros más abajo. 

-¡Noooooooo! -gritó Minerva. 

-¡Henryyyyyyy- Lo llamó su hermano- ¡Henryyyyyyy! ¡No te muevas! ¡Vamos a por ti! 

Henry al principio no decía nada, estaba tumbado en una gran piedra que lo retenía de caer a los abismos. 

-E, e, e... ¡Estoy bien! -voceó el camarógrafo aturdido, unos segundos más tarde- ¡Id a buscar ayuda! ¡No creo que pueda escalar hasta arriba! 

-¡No te muevas, hermano! -aconsejó John- ¡No sabemos si ese alero es fuerte o no!

Henry no hizo caso. Se intentaba poner de pie lentamente, cuando Minerva y su esposo contemplaron el resbalón más siniestro y sospechoso que jamás alguien pueda presenciar. Como si una fuerza invisible y vengativa lo empujase, a la par que le ponían la zancadilla. Henry se precipitaba al vacío oscuro e interminable de los intestinos del castillo. 

-¡Nooooooooooooo! -lo oyeron gritar, y su voz se fue perdiendo lentamente en el tiempo, sumergiéndose en la maldición del marqués nigromante.

 

-¡Nooooooooo! -chilló Minerva con fuerza, y sacudiendo piernas y brazos de tal forma que despertó a su marido. 

-¡Minerva! ¡Minerva! ¿Qué te pasa, cariño? 

-¡John! ¡Tu hermano! ¡Tu hermano! ¡Se lo traga la tierra! -Y la periodista comenzó a llorar. 

John encendió la luz de la habitación del hotel y calmó a su esposa con un abrazo. 

-¡Tranquila, vida mía! ¡Tranquila! ¡Era solo una pesadilla! 

-¡John, por el amor de Dios, no vayamos al castillo! ¿Me oyes? ¡Ese lugar está maldito! -dijo Minerva entre lágrimas- ¡Lo sé! ¡Lo he visto! 

-Pero... Pero... Mi hermano balbuceó John. 

-¡Tu hermano nos va a hacer caso! -Se impuso la esposa- ¡Que grabe paisajes, castillos de otros pueblos o compramos imágenes de historia! ¡Lo que quieras! ¡Pero de Liché nos vamos hoy mismo! ¿Me oyes? 

-Te oigo, te oigo... Tranquila -John besó a su mujer. Nunca la había visto tan alterada-. Solo te pido que me expliques... Cuéntame ¿qué has soñado? 

-Enseguida te lo cuento -dijo Minerva incorporándose, apoyada en el cabezal-. Pero ahora, no dejes que me vuelva a dormir. Cantemos un poco. Oremos. Leamos un salmo. Este pueblo está bajo opresión demoníaca. 

-Claro que sí, mi amor. Pero dejamos lo de cantar para cuando amanezca. Es madrugada aún aquí, en Francia -cedió el esposo a la petición de Minerva.

-¿Henry está en su habitación? 

-Claro que sí, mujer. Roncando seguramente. 

-¡Me gustaría abrazarle! ¡Darle un beso! -dijo Minerva llevando sus manos temblorosas a la cabeza- ¡Siento como si hubiese resucitado!

-Más tarde, cariño, más tarde. En el desayuno lo besas... 

 

FIN

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