Soliloquios #54

Criar hijos adolescentes y no morir en el intento

SOLILOQUIOS 

Cómo criar adolescentes sin morir en el intento

Educar adolescentes es como trabajar con un material peligroso, altamente inflamable.


Actualmente, en el momento de escribir este artículo, soy padre de dos adolescentes (quince y diecisiete años) y he criado a dos hijos más que ya son adultos (veintidós y veinte) y seguimos vivos emocional y mentalmente, contra todo pronóstico. 


Más allá de las bromas, sin lamentar víctimas mortales, es inevitable que nuestros hijos pasen por esa turbulenta edad y se hagan mayores, pero una cosa es sobrevivir a un adolescente (o a cuatro en nuestro caso) y otra muy distinta la certeza de que hemos acabado de educar a una buena persona, autónoma, sana y provechosa. Y no que dejamos, por el contrario, un monstruito suelto en el mundo que a la primera de cambio (a modo gremlin) deja de ser un oso amoroso para convertirse en una fuerza destructiva, egoísta e insensible. 


Criar adolescentes es parecido a trabajar con un material peligroso, altamente inflamable, como si la inestabilidad de sus emociones y lo cambiante de su personalidad hace potencialmente explosivo un día de campo, una cena familiar o unas idílicas vacaciones.


Si educar a niños o ser buenos padres y abuelos en etapas más maduras es una empresa de esfuerzo ímprobo, si no nos apoyamos en la gracia de Dios, durante la adolescencia esos retos se multiplican por mil, y hay días en los que caemos rendidos en la cama, con la energía mental, espiritual y emocional exprimida o, peor aún, que no conciliamos el sueño al sentirnos los peores padres del mundo. 


¿Nos habremos excedido al castigarlos, siendo demasiado estrictos? O, todo lo contrario, ¿estamos cediendo a sus demandas y los malcriamos sin darnos cuenta? ¿Nos están engullendo en un agujero negro de ombliguismo y caprichos? ¿O bien necesitan que les invirtamos más y mejor tiempo para ser esa influencia que precisan? Un millón de preguntas para las que no siempre hallamos respuesta y que, salvo los afortunados que tienen a un ángel por hijo, todos los matrimonios (o padres solos) debemos enfrentar en la etapa de la adolescencia. 

Abuelo, abuela, papá, mamá, tutor o educador de un púber cualquiera, me solidarizo contigo y a través de este soliloquio quiero animarte y compartir humildemente algunos consejos que a Vanessa y a mí nos han funcionado con los dos mayores en su adolescencia, y que implementamos ahora con los dos menores, no siempre con los resultados inmediatos que nos gustaría, pero que, al menos, nos dan la seguridad de que caminamos en la buena dirección.

No pretendo cansaros, por eso, seré breve en explicaciones, confiando en que al buen entendedor...


1º No es no, sí es sí, pero reflexionemos antes


No hay peor cosa que el doble ánimo a la hora de conceder permisos o fijar linderos para nuestros hijos adolescentes. Precipitarnos en prohibir o en permitir algo es muy peligroso. 


Tener cuenta de Instagram o de TikTok, ¿sí o no? Que tengan smartphone ya y libremente ¿sí o no? Que vayan a ese viaje del colegio, que salgan o que pernocten con tal o cual amigo, ¿sí o no? Pidamos al Señor mucha sabiduría, después de haber estudiado bien el caso, e incluso busquemos el consejo de algún orientador o padre experto antes de darles el visto bueno para una u otra cosa, porque hay mucho en juego.


Recuerdo cuando nuestra primogénita nos pidió permiso para salir con sus amigas del colegio por el pueblo. Tenía doce años. Eran salidas de pasear, tomar un refresco y quizás celebrar un cumpleaños. Pero supimos inmediatamente que si Rebeca hacía de ese grupo su pandilla la podíamos perder. Hoy serían esas salidas inocuas; mañana otros planes mucho más mundanos; y, en unos años, el novio con el que estrechar lazos lo encontraría fuera del Señor. Nuestro ‘no’ fue doloroso para ella y, francamente, nos echó un pulso durante algunas semanas. Ahora bien, no fue un ‘no’ sin un ‘sí’ posterior. Me explico: le dimos alternativas sanas en un ambiente lleno de luz del Señor y, sin dejar de ser buena compañera de sus amigas del colegio, encontró, sin embargo, un grupo de amigos en la congregación. Nuestra hija ha disfrutado de la adolescencia y juventud en los diez años posteriores al ‘no’, y pronto se va a casar con un hombre que está lleno del amor y del temor de Dios.

Dicha lección nos ayudó a la hora de encauzar a los tres hermanos de Rebeca en los momentos críticos que también han protagonizado; momentos en los que han sido tentados a hacer su grupo de referencia fuera del entorno de la fe.

 

2º Aprieta, pero no ahogues


Dicen que “Dios aprieta, pero no ahoga”. Seguro que lo podríamos expresar de forma más teológicamente correcta... Pero lo importante son los equilibrios. Amor y disciplina. Firmes y flexibles. ¿Cuándo consolar y cuando reprender? 

Es un arte saber cuándo es el tiempo de apretar en la educación y cuándo hay que aflojar o, en todo caso, apretar en un abrazo de amor que dé a nuestros adolescentes la seguridad que, en esos años tan confusos, se les escapa día sí y día no.


La Biblia lo expresa con precisión meridiana: “Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten” (Colosenses 3:21). 

 

3º Descansa, no son tuyos


Es decir, no son solo nuestros hijos, son primero de Dios. Él es el Padre de mis hijos, los ama más que yo. No voy a hacer dejación de funciones, no obstante, no olvidaré que yo no soy Dios. Él se les tiene que revelar y tocar y atraer con sus cuerdas de amor. 


Yo también fui adolescente y cometí muchos errores y me topé con la gracia de Cristo en mi particular camino a Damasco. ¿Sigue siendo el mismo Redentor hoy, para mis hijos? ¡Sin duda!

Me consuela saber que (y aquí viene algo profundo, para que lo medites más tarde) antes de que existieran Zacarías y Elísabet, ya existía un Juan el Bautista en el plan de Dios, quien debía nacer en un momento preciso de la historia. Y Dios escogió a aquel matrimonio de ancianos para ser sus padres. Esto tiene implicaciones impresionantes. No se cuenta así: Juan Carlos y Vanessa, y nace Rubén. No. Dios tenía un Rubén para nacer, y nos escoge a Vanessa y a mí para ser sus padres. ¿Y qué tiene que ver tal afirmación con este soliloquio? Que el Dios que nos escogió a nosotros para ser los padres de Rubén nos dará lo necesario para educarlo, criarlo en el Señor y amarlo. Y que, por encima de todo, Él es su Padre. Por lo tanto, descanso en su obrar a favor de mis hijos, sin dejar de hacer, evidentemente, la parte que a mí me corresponde. 

 

4º Ayúdales a ayunar de tecnología


La tecnología es un gran aliado o un cruel adversario. Está demostrado que todos necesitamos hacer cada tanto un ayuno de dopamina. Las redes sociales, los vídeos virales, la comunicación instantánea, los juegos virtuales, la vida en la Red... son una droga que engancha a cualquiera, mucho más a un púber que no tiene desarrollada del todo la corteza prefrontal del cerebro y a quien le cuesta decir “ahora paro”, o “ya está bien por hoy”, o “no me va a dominar el teléfono o la computadora”. 


Les debemos ayudar poniéndolos (y poniéndonos también nosotros) en ayuno de tecnología.
Entonces, saquemos los juegos de mesa, abramos libros interesantes y edificantes (el mejor, La Biblia), mirémonos a los ojos, conversemos, hagamos deporte, senderismo, construyamos un puzle o una maqueta...

Un sinfín de actividades que romperán con la maldita tecnoadicción. 


Al principio se quejarán, sin embargo, antes o después nos lo van a agradecer. 


Y, para no cansaros, un último consejo. Parecerá una tontería, pero es el más importante:

 

5º Cuídate 


Cuando tú estás bien, ellos se beneficiarán. Cuando cuidas tu vida devocional, serás un poderoso ejemplo. Si te ven feliz, querrán lo que tú tienes. No es “mi casa y yo serviremos al Señor”. Es “yo y mi casa serviremos al Señor” (Josué 24:15). Yo primero. Porque cuando nosotros estamos fuertes y tenemos una buena amistad con Dios y un matrimonio sólido, seremos un pilar irreemplazable en la vida de nuestros hijos adolescentes. 


Cuidemos nuestro corazón para saber ministrar el corazón de los púber
, que no son ciegos ni tontos, y se dan cuenta de que los consejos que no son vividos primero por el que los da son brindis al sol o deseos de Año Nuevo. Nada más y nada menos que bellos anhelos, sin eficacia para transformarles. 

 

Espero que este artículo te haya alentado en la dura tarea de criar a un adolescente. Merece la pena el desvelo, el trabajo y la inversión, porque, al fin y al cabo, nuestros hijos son el más valioso don que el Señor nos ha puesto a cuidar. 


Seguro que, algún día, nos reiremos de nuestras anécdotas como padres de unos adolescentes que, gracias a la paternidad del cielo y la de la tierra, se han convertido en grandes seres humanos para la gloria de Dios.

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