Cuento: Las dos islas
Hubo una vez un reino formado por dos grandes islas llamadas Isla Esmeralda e Isla Dormida. Se alzaban la una junto a la otra; Esmeralda más al oriente y Dormida al occidente; y a algo menos de una legua de separación de la tierra continental, distancia que nadie se atrevía a cruzar si no lo hacía en un buen barco, pues las corrientes marítimas eran traicioneras y las aguas rebosaban de tiburones hambrientos.
A pesar de aquella barrera natural, el reino fue conocido por el nombre de Islas Pacíficas, y su rey, Anselmo, había honrado el sobrenombre del país con su carácter sereno y apacible. Esmeralda y Dormida, denominación oficial de la nación, gozaba de buena relación con los reinos vecinos, y no se registraba una guerra desde que los cronistas hicieron su trabajo. Por tal motivo, Anselmo jamás se planteó si debía fortificar sus castillos: ni el de verano, en la isla oriental, ni el de invierno, en la occidental.
Los ciudadanos del reino fueron entrenados para el trabajo, no para la guerra. Sabían de fruta, verdura, ganado, pesca y comercio marítimo, no de espadas, asaltos o pólvora. Sus barcos transportaban telas, vinos, salazones, frutas exóticas o minerales a todos los rincones de la península cercana. Los productos de Esmeralda y Dormida eran apreciados, pero todavía más su gente: amables, hospitalarios, laboriosos y alegres. En cualquier puerto continental, un isleño de las Pacíficas era bien recibido.
Quizás por eso, por las riquezas de su tierra y mar, tesoro débilmente custodiado, un rey malvado de más allá de la cordillera norte puso sus ojos en las islas y las codició como quien ve un cofre de oro reluciente. Una mañana gris y ventosa, sus navíos de guerra aparecieron en el horizonte. Primero arribaron a la costa de Isla Dormida, más tarde a las orillas de Isla Esmeralda, y sin previo aviso estalló la guerra.
El rey Anselmo, con los dos príncipes —Recio, el mayor, y Lucio, el menor—, se vieron obligados a enviar mensajes desesperados a las naciones amigas pidiendo auxilio militar. A su vez, llamaron a todos los hombres mayores de edad para librar un combate en el que se sentían inferiores, pues nunca habían empuñado un arma.
La guerra fue larga y sangrienta. Tan profunda como arado que se hinca en tierra y tan cruel como lo suelen ser las guerras. Finalmente, pudieron conservar el dominio de las islas gracias a la alianza de las Pacíficas con los reinos peninsulares. Los invasores, reducidos a la mitad y humillados, regresaron a su tierra sedientos de venganza. Pero el coste de mantener la independencia fue altísimo: los castillos quedaron en ruinas, hundidos bajo la lluvia de proyectiles que lanzaban las negras catapultas enemigas; murieron muchos hombres, entre ellos el propio rey Anselmo; y los que sobrevivieron portaron heridas perennes, que jamás cicatrizaron del todo, al menos en el alma.
Dos islas que antes eran un hervidero de comercio, prosperidad y fiesta ahora quedaban reducidas a montones de escombro, dolor y hambre.
El bueno de Anselmo había dejado un extraño testamento para el día en que faltase. En lugar de heredar su corona el hijo mayor —es decir, Recio—, estipulaba que cada parte fuese un reino, y que Lucio también gobernase su propia nación, Isla Esmeralda; a la par que su hermano asumía el trono de Isla Dormida. Los consejeros juzgaron de providencial la última voluntad del rey, ya que lo último que necesitaba el pueblo era una lucha fratricida por el poder, y bajo la mirada atenta de aquellos sabios y la protección no desinteresada de las naciones benefactoras, Recio y Lucio dividieron la nación en dos: cada una con economía, política, rey y ciudadanos propios; aunque entrañablemente unidas por su historia y su sangre.
Entonces comenzaron las diferencias entre las dos islas: misma lengua, vestimenta, moneda y tradición, pero con formas dispares de gobernar. Los dos hermanos entendieron el mundo desde ángulos opuestos y decidieron escalar el monte del duelo y de la pobreza cada uno a su manera. Recio miró sus heridas de combate y pensó: «Nunca más... Levantaré muros infranqueables y cerraré mis puertas». Lucio, quien había perdido un brazo en la batalla, se dijo: «A pesar de todo, necesitamos aliados en los que seguir confiando. Sin ellos, hoy estaríamos muertos o subyugados».
Mientras el polvo de la guerra todavía flotaba en el aire, Recio, el hermano mayor, mandó reunir todos los cascotes de Isla Dormida —del castillo, las casas y las torres— y construyó murallas por toda la costa, rodeando la isla. En cambio, Lucio, en Isla Esmeralda, usó los restos de forma completamente diferente. Había aprendido algo en medio de la conflagración: nunca hubiese ganado sin los aliados. Sin aquellos barcos que navegaron desde la península para defenderles, hoy serían islas esclavas. Por eso, con los escombros del conflicto se propuso edificar un puente gigantesco que salvaría la legua de mar entre Isla Esmeralda y la tierra continental.
Pasó el tiempo, juez silencioso que pone cada cosa en su lugar, y las decisiones de los dos reyes no solo construyeron algo material, sino que acabaron edificando una cultura, una realidad y una forma de ser y pensar muy distinta en ambas islas.
Los mercados de Isla Dormida se fueron quedando sin variedad. Un muro puede evitar ciertos peligros, sí, pero también impide la entrada de bendiciones. Lo que antes se conseguía fácilmente —herramientas precisas, telas finas, especias lejanas— ahora solía escasear. Además, las técnicas de cultivo, antaño novedosas, más tarde fueron obsoletas, porque nadie venía a enseñar nada nuevo. Los barcos dejaron de viajar a la isla occidental, y con ellos se marcharon las historias, las canciones, la riqueza de lenguas... Sin que muchos lo notaran, los habitantes de Dormida comenzaron a pensar como su rey: “la única forma de no sufrir es no fiarse de nadie”. Era una lección que pasaba de padres a hijos y de hijos a nietos. El no arriesgarse, el controlar cada paso, el no dar segundas oportunidades ni mostrarse vulnerables.
En Isla Esmeralda, la historia se escribió con otro color. El puente se pudo terminar. Fue una maravilla arquitectónica que tardó décadas en acabarse. El día en que se inauguró, llegaron embajadores y familias enteras desde la península. Hubo música, mercados en las calles, bailes, bodas, risas... La isla se llenó de gente variopinta, hablando con acentos diferentes, compartiendo comidas exóticas y cantando música nunca escuchada. De Isla Dormida no vino nadie: ni el rey Recio ni un solo ciudadano. Pero eso no aguó la fiesta de Lucio.
Los esmeraldinos aprendieron a convivir con lo nuevo, y cada vez que alguien proponía cerrar el puente por miedo al cambio, apego a la tradición o por algún escándalo que hubiese tenido su origen en manos foráneas, el rey, con mucha sabiduría, respondía: «No podemos vivir sin puentes... Aprenderemos a discernir quién cruza y quién no, pero no dejemos de confiar en nuestros aliados y de abrirnos a los demás, aunque sean distintos a nosotros».
Y así, las decisiones estratégicas de los dos reinos hermanos, que lustros atrás fueran una sola nación, se convirtieron en modos antagónicos de vivir. Y esos modos de vivir se perpetuaron en mentalidades que lo afectaban todo: el comercio, la educación, la manera de resolver conflictos en el matrimonio, la forma en que un amigo perdonaba a otro si erraba...
Pasaron los años, hasta que un verano los vientos cambiaron. Las nubes que solían regar las islas en aquella época se quedaron atrapadas en las montañas del continente. Durante meses, el sol brilló sin misericordia. Los ríos se tornaron pequeños hilos de agua. Los manantiales se secaron. La hierba se vistió de amarillo pálido y la tierra de Dormida y Esmeralda se llenó de surcos y grietas, como si en un año hubiese envejecido cien.
En Esmeralda, el rey Lucio reunió a sus consejeros y les dijo: «No podemos soportar esta sequía solos. Nos quedamos sin reservas de agua. Debemos pedir ayuda». Envió mensajes por el puente y las naciones vecinas respondieron. Movilizaron provisiones de emergencia, y agua potable. Compartieron técnicas para optimizar el riego, les hicieron préstamos y no pocos esmeraldinos emigraron a la península. Isla Esmeralda sufrió, sí... Pero no sufrió sola.
En Dormida, la historia fue otra. Los agricultores se acumulaban en el castillo protestando por la falta de medidas. Las colas frente a los ayuntamientos pidiendo víveres eran cada vez más largas. Los gritos en el mercado se volvieron día a día más ásperos. La gente escondía lo poco que tenía, y se quejaban unos de otros. La pobreza llamó a la hambruna, y el hambre a las enfermedades, que se extendieron como una plaga. Allí seguía el muro: alto, imponente, proyectando la acostumbrada sombra confortablemente fría. Pero dentro de la isla los corazones se resquebrajaban tanto como la tierra seca.
Por fin, el rey Recio —rindiéndose ante la evidencia de que sus políticas habían llevado a la nación al colapso— escribió una carta a su hermano en la que con toda honestidad le pedía auxilio:
«La isla está al límite, Lucio. El pueblo parece exhausto, y yo mismo me confieso desesperado».
«¡Preparad barcos!», ordenó Lucio en cuanto leyó la misiva. «¡Que naveguen cargados con agua, grano, víveres y medicinas; y yo iré en la proa del primer navío!».
La flota de Esmeralda se acercó a Isla Dormida en un atardecer dorado de otoño, cuando las murallas parecían aún más severas, perfiladas contra el cielo rojizo. Las puertas se abrieron e hicieron crujir las cadenas de hierro como si huesos secos chocasen unos contra otros. Aquella gran hoja de roble se movió con un gemido tan largo que hizo imaginar a todos que el muro se quejaba al dar paso a los viajeros. Pero ese día, por el pórtico entraron no solo carros, hombres y provisiones, sino una nueva historia. Llegaba la salvación a un reino que se estaba devorando a sí mismo, agazapado bajo su soñada seguridad.
Los regios hermanos se abrazaron y, horas después, paseando por el tétrico jardín de palacio, sin flores que diesen color a la charla ni plantas que alegrasen la vista, Lucio y Recio mantuvieron esta conversación:
—Todos estos años he vivido escondido tras este muro —confesó el monarca de Isla Dormida—. Pensaba que era mi fuerza, sin darme cuenta de que también era mi cárcel.
—Lo sé... Más de lo que imaginas —respondió tiernamente Lucio—. Quizás por ese motivo no me he atrevido a casarme. Un muro, externo o interno, puede proteger durante un tiempo, pero si nos aísla de todos, también deja fuera la ayuda y el consuelo.
—Creo que va siendo hora, hermano —sugirió Recio—, de que las dos naciones vuelvan a ser una sola. ¿Te parece descabellado, a estas alturas, que Dormida y Esmeralda sean llamadas de nuevo las Islas Pacíficas?
—¡En absoluto, Recio! ¡No solo apruebo tu idea! —exclamó Lucio deteniendo su paso y aferrándose con su única mano al brazo de su hermano—. Creo que, después de todo, muro y puente no son incompatibles si mantenemos las puertas abiertas a nuestros aliados y las defensas preparadas contra nuestros enemigos.
Los monarcas, de melena y barbas encanecidas, se dieron un largo abrazo que inauguraba una nueva era de fortaleza y prosperidad para el reino.
Isla Dormida no se convirtió en un paraíso de la noche a la mañana. Se abrieron puertas en varios puntos de la muralla; puertas que dejaron de ser símbolos de miedo y se transformaron en invitaciones al reencuentro. Isla Esmeralda, por su parte, construyó un nuevo puente, el doble de ancho, hacia su hermana Pacífica. Y con el paso de las generaciones, cuando juglares, ancianos o maestros recordaban la historia de Esmeralda y Dormida, siempre acababan con la misma moraleja:
La esperanza solo florece en el jardín de la confianza. Mientras que el dolor y el resentimiento crecen en el páramo del aislamiento, allí donde no existen puentes, sino solo muros.
¿Y tú? ¿Dónde has estado? ¿En Isla Esmeralda o en Isla Dormida? ¿Usarás el material que te proveen tus experiencias para construir murallas o para edificar puentes? Piénsalo bien.
FIN
Juan Carlos P. Valero

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