I. Oulu
Aunque esta historia involucra a varias generaciones, no debes preocuparte, no es muy larga. Y a pesar de que su escenario es la fría Finlandia, pronto te darás cuenta de que tiene mucho que ver con cualquier rincón de la tierra mínimamente desarrollado en lo que llevamos de siglo.
Nuestros protagonistas vivían en Oulu. En Oulu ya casi nadie pagaba con monedas. Los autobuses mandaban alertas a los smartphones para avisar de su llegada a la parada. Y, aunque no lo creas, las farolas subían de intensidad al detectar el movimiento de un viandante o de una bicicleta. Como muchas ciudades modernas del norte de Europa, tenía puertas de casas que reconocían las caras de sus dueños; en los colegios, los niños aprendían con tabletas en lugar de libros de texto; y en el aeropuerto, un cartel iluminado anunciaba: “Bienvenidos al futuro que ya es presente”.
Eero y Helmi Rautavaara eran gente perfectamente normal. Él trabajaba en el control de calidad de una empresa que fabricaba baterías. Ella solo trabajaba quince horas a la semana como fisioterapeuta. El matrimonio tenía dos hijos. Väinö, de cuatro años, y una bebé recién nacida a la que llamaron Aino. El nombre fue idea de Helmi. Se inspiró en un poema –El Kalevala–, en el que Aino es una muchacha que se niega a casarse con un anciano y prefiere hundirse en el agua antes que ser la esposa de un hombre que podría ser su abuelo.
–Es un nombre muy triste, Helmi –protestó Eero.
–Es el nombre de una mujer que supo decir “no” –contestó Helmi como toda respuesta.
Ninguno de los dos se imaginaba lo acertado que llegaría a ser el nombre para la pequeña Aino.
II. Aino
Y Aino cumplió dos años y medio. Y con esa edad llegaron los primeros síntomas.
Primero la piel: franjas rojas aquí y allá —como quemada en un radiador—. Eso sí, desaparecían en unas horas. En invierno llegaron las fiebres. De golpe se plantaba en cuarenta grados, sin motivo aparente. Pero al día siguiente, volvía a una temperatura normal. Lo que más preocupó a Helmi y Eero fueron los desmayos: el primero en la cocina, cuando Aino se quedó mirando al vacío unos segundos, se le aflojaron las piernecitas y cayó.
Estuvieron saliendo y entrando del hospital durante catorce meses. Descartaron la dermatitis como explicación de las lesiones de la piel. Descartaron también cualquier alergia conocida. Y la epilepsia. Y los trastornos metabólicos raros o una enfermedad autoinmune sin nombre. La angustia los estaba consumiendo. A Aino le analizaron todo lo que se podía analizar, y todo salía limpio. ¿Qué le pasaba a su preciosa hija?
Quien empezó a sospechar algo distinto fue Tuula Salo, una neuróloga de Kajaani. Aquella mujer menuda y taciturna, que escribía a mano en una libreta de mercadillo, los citó una tarde de noviembre y les hizo una extraña petición.
—Sé que les puede sonar extraño, pero por probar no perdemos nada. Dejemos a Aino dos semanas en casa de algún familiar o amigo que no tenga aparatos. Es complicado en Finlandia... sin embargo, busquen esa persona. Nada de aparatos con batería; nada electrónico que se pueda enchufar. Ni teléfonos, ni tabletas, ni relojes inteligentes. Cero pantallas...
Eero abrió los ojos al máximo.
—¿Cree que mi hija es alérgica a lo eléctrico?
—No afirmo nada, aún no —contestó Tuula con sus gafas de presbicia al borde de la nariz y las cejas arqueadas para mirar a los ojos del matrimonio—. Solo probemos; no perdemos nada.
Afortunadamente, la abuela Sirkka era de esas personas poco amigas de las tecnologías, quien vivía en un pueblo de la región de Kainuu con su teléfono colgado en el recibidor y un televisor tipo mueble que solo servía para ver noticias. La abuela alojó a Aino y a Helmi y guardó su audífono en un cajón de la mesita de noche.
—¡Mamá, lo necesitas! —le dijo Helmi.
—Son solo dos semanas, cariño —sentenció.
Cinco días después, Aino amaneció limpia en su piel. Fue la primera vez en un año. A los once días, cayeron en la cuenta de que había dormido de un tirón cada noche en la casa de la abuela Sirkka. Cuando Eero fue a recoger a madre e hija, la pequeña salió corriendo a recibir a su padre, con botas desabrochadas y brazos abiertos. Helmi se escondió tras la puerta para llorar sin que nadie la viera.
El diagnóstico no fue firme inmediatamente. Tardaron ocho meses en ponerle nombre: síndrome de Kajaani, pues Kajaani era la ciudad donde se había identificado el primer caso.
—Es una enfermedad nueva —afirmó la doctora Tuula Salo—, rarísima y, quizás hereditaria... El organismo de Aino reacciona ante ciertos compuestos que están dentro de la mayoría de los dispositivos modernos.
La prensa, que se hizo eco enseguida de la noticia, bautizó la enfermedad como “alergia al litio”. Y los médicos, en reuniones informales, que no ante los micrófonos, adoptaron el término, porque no encontraban otro mejor.
No había tratamiento, por el momento. La única recomendación fue “evitar la exposición”.
—¿Para siempre? —preguntó Helmi con la angustia dibujada en el rostro.
—Por ahora, debo decir que sí —concedió Tuula.
—¿Y si aparece una cura? —repuso Eero.
La doctora Salo descansó libreta y bolígrafo sobre la mesa, suspiró y dijo casi en un susurro:
—Ustedes tendrán que decidir qué hacer con esa cura, si aparece. Pero hoy lo importante es que piensen en qué clase de casa van a preparar para el regreso de Aino.
III. Una casa que se apaga
La casa de los Rautavaara se había apagado antes de que los doctores lo prescribieran. Los cargadores se guardaron en el garaje en una caja. Regalaron altavoces inteligentes, la televisión ultrafina fue para la hermana de Eero, y los smartphones se quedaron en sus respectivos trabajos, sustituidos por un terminal analógico en cada planta de la casa.
Väinö tenía ocho años y no entendía del todo lo que estaba pasando.
—Entonces, yo no puedo tener nunca nada porque ella siempre va a estar mala.
—Puedes tenerlo fuera —dijo su padre con tristeza—. En casa de Timo, en el colegio, donde los tíos...
—Pero en mi casa no —repitió Väinö.
Eero respiró profundamente.
—En nuestra casa, hijo, no.
El niño dio media vuelta, entró a la habitación, dio un portazo y aquel portazo siguió haciendo ruido durante quince años.
Tampoco fue fácil para los padres. Lo llevaron con resignación. ¿Qué otro remedio les quedaba? Eero salía al porche con el abrigo a contestar los correos del trabajo. Helmi tuvo que buscar libros de recetas, porque se había acostumbrado a seguir instrucciones en su tableta. ¿Marcar de memoria números de teléfono? No sabían ni el de sus padres. Compraron un despertador en una tienda de antigüedades, y un mapa de carreteras y un cuaderno con imán para fijarlo a la nevera y apuntar lo que había que comprar en el súper.
Pero la casa se llenó de vida. Las tardes se volvieron más largas. El aburrimiento, que al principio parecía una espesa niebla, dio paso al tablero de ajedrez, a las cartas, a un rompecabezas de dos mil piezas y a paseos junto al río.
Y los libros. Sobre todo, los libros.
IV. Aino aprendió la espera
A los ocho años Aino leía con tanta naturalidad como respirar. Los libros eran sus amigos. Nunca le habían hecho daño. La abuela Sirkka acostumbraba a mandarle libros a su nieta, envueltos en papel de estraza y con una nota de cariño dentro. Marjatta, una alta y seria bibliotecaria, de pelo recogido en un moño y gafas colgando de un cordón, le guardaba debajo del mostrador títulos que sabía que le gustarían a su más fiel y pequeña usuaria.
—Este te va a dar un poquito de miedo —le decía muy seria.
—¿Mucho?
—Mucho no, poco —atajaba la funcionaria tras su mostrador.
Al comienzo de su adolescencia, la biblioteca se convirtió en la segunda casa de Aino. Allí hacía los deberes. Allí consultaba diccionarios, enciclopedias y libros de historia. Allí viajaba a nuevos mundos y tiempos, y por primera vez lloró con un amor imposible, narrado en primera persona; y se comió las uñas desentrañando misterios de la mano de Agatha Christie. Su lugar reservado era una mesa al fondo de la sala, junto a la ventana que daba al aparcamiento y donde la señal de wifi llegaba mal y ningún joven quería quedarse.
Con Aino, los profesores tuvieron que aceptar de nuevo la vieja manera de estudiar: leer dos veces; subrayar el texto; hacer un esquema; cerrar el libro y recitar de memoria.
Esa niña rara aprendió también a mirar a los ojos, cuando hablaba con alguien. A escuchar sin consultar compulsivamente un teléfono inteligente o un reloj digital. A analizar los gestos de las personas y saber cuándo callar y cuándo la conversación estaba en su punto más álgido.
A los dieciséis años, aprendió a esperar. Para ella nada era rápido. Si un modelo de bici, un pájaro en su alféizar o un árbol del barrio le parecía interesante, ella tendría que buscar libros o revistas especializados, tomarse la molestia de identificarlos; a menudo, no ser capaz de ponerles nombre. Lo que a otros compañeros de clase les costaba pocos segundos: encontraban las respuestas en sus smartphones o en su computadora, a ella le llevaba media tarde.
En los viajes largos a Kainuu, Aino miraba por la ventanilla cuatro horas seguidas. Al principio se aburría y protestaba. Después dejó de preguntar cuánto quedaba para llegar y acabó dejando volar la imaginación con aquellos paisajes o con las gentes de las gasolineras; inventando historias que protagonizaban las familias de otros automóviles con los que se cruzaban.
No obstante, era muy duro. Ella no iba a cumpleaños donde jugaran en línea a videojuegos de moda. Reía en el recreo con chistes que no acababa de entender por no parecer extraterrestre. La apodaron “la amish” y más de una tarde volvió a casa con los ojos rojos de tanto llorar. ¿Qué cómo se defendía? Aino desarrolló una capacidad poco común a su edad de mirar por encima del hombro y sentirse superior a todos. Todos eran adictos a las pantallas. Todas las chicas eran, a su parecer, tan poco profundas como un charco. Inmaduros. Vulgares. Mediocres.
Cuando Sanni, su única amiga de verdad del colegio, le contaba lo que había visto la noche anterior, escroleando, Aino dejaba su mirada perdida en el vacío, por no demostrar su desprecio a la cara de Sanni, y se decía que ella, en cambio, leía. Se sentía superior a todos. Porque leía. Y porque sabía esperar. Y porque entre espera y espera conocía nombres de pájaros y de árboles, y qué bicicleta le convenía más. Ella no necesitaba todo eso que los demás jóvenes necesitaban. Aunque, en el fondo, en las noches, en el secreto de su corazón adolescente envidiaba a Sanni. Porque Sanni iba a todos los cumpleaños, y entendía los chistes y podía hablar de los vídeos y artistas que causaban furor.
Un sábado de aquel invierno, su madre, Helmi, la encontró en el pasillo, sentada en el suelo, espalda contra la pared y ojos humedecidos. Se sentó a su lado.
—Yo no he elegido esto —dijo la joven enfurruñada.
—No. No lo has elegido —confirmó Helmi.
—Todos los demás pueden hacer todo lo que quieren.
—Sí.
—¿No vas a decir que algún día lo voy a agradecer? —Aino se había girado escrutando la cara de su madre.
—No —dijo Helmi—. Eso yo... no lo sé. Quizá algún día lo agradezcas. O quizás algún día lo odies. Lo más probable es que sean las dos cosas a la vez.
Madre e hija estuvieron calladas sobre la moqueta de aquel pasillo oscuro largo rato.
—¿Y si no encuentran nunca una cura? —rompió el silencio Aino.
—Tocará seguir viviendo, hija —murmuró Helmi.
En verano la llevaban a casa de la abuela. También a Suomussalmi. Cerca de la carretera, en campo abierto, un millar de figuras hechas de palos, heno y ropa vieja, con la cabeza de turba, permanecían como un ejército, con los brazos al viento y todas mirando en la misma dirección. Se llaman Hiljainen kansa. A Väinö le daban repelús. A Aino le apasionaban. Se metía entre ellas y se quedaba allí largo rato, muy quieta, hasta que la llamaban desde el coche. Aino volvía al asiento con el rostro ensombrecido y no decía nada. ¿Cómo decir que ella quería quedarse allí para siempre, convertida en una de aquellas figuras de vida sencilla y con un futuro libre de tormento?
Fue allí, una de tantas tardes, donde la abuela Sirkka le dijo una cosa a Aino que la muchacha no entendió, pero que guardó para siempre en su memoria. Abuela y nieta permanecían sentadas en el capó del auto, mirando al campo.
—Hay familias que conservan costumbres que nadie más entiende —dijo Sirkka.
—¿Cómo qué, abuela?
Sirkka apretó el nudo de su pañuelo bajo la barbilla.
—Eso lo aprenderás cuando seas mayor.
V. Litovax
La cura llegó el año en que Aino cumplió diecisiete.
Unos la llamaron “terapia de desensibilización”. Otros, simplemente Litovax. Así la bautizó el laboratorio. No era exactamente una vacuna, pero la prensa necesitaba palabras sencillas. Una dosis en febrero, y un refuerzo doce meses después, hasta que el organismo aprendía a tolerar lo que antes interpretaba como veneno.
Eero leyó la carta una y otra vez. De pie. En la cocina. Sin disimular las lágrimas. Y llamó gritando a Helmi y a Aino. Väinö ya no vivía con ellos.
La primera dosis fue administrada un jueves. Tuvieron que firmar una hoja de consentimiento, por los posibles efectos adversos, y los despidieron con una tarjeta en la mano que tenía anotada la fecha del refuerzo, un año después. Väinö había ido con sus padres y su hermana a presenciar esa primera inyección y ya en el coche, regresando, antes de que volviera a sus estudios de ingeniería en Tampere, le puso a su hermana un teléfono viejo en las manos y dijo con toda solemnidad:
—Te he puesto música dentro. No se te ocurra devolvérmelo.
—¿Y si me sienta mal?
—Pues a la basura.
Aino lo sostuvo entre sus manos temblando. Esperó sarpullidos en la piel; marcas de quemado; mareo; fiebre. No pasó nada. Entonces, se echó a reír con una risa tan pura y tan musical que contagió a toda la familia.
Los meses siguientes le parecieron los más felices de su vida. Dormía con el teléfono bajo la almohada. Se despertaba y contestaba mensajes de sus amigos. Fue a los cumpleaños. Entendió los chistes. Participó de las conversaciones que antes la desplazaban al rincón de los raros. Descubrió nuevos talentos: echar fotos que tendrían miles de likes o hacer reír con alguna ocurrencia que se atrevía a grabar y subir —no a todo el público, pero sí en mejores amigos—. Un día habló con Sanni hasta las tres de la madrugada. ¡Fue Sanni quién le pidió que le explicara algo de la actualidad que ella no entendía! Escuchó música que ni imaginaba que existía. Aprendió a usar Google Earth y viajó a Lisboa y Nairobi. También viajó al fondo del mar Atlántico viendo un documental en su portátil. Hasta comenzó a hablar con gente del otro extremo de la tierra que había leído libros que ella había leído y que querían comentarlos.
Comprendió, para vergüenza secreta, que había despreciado por orgullo algo que no conocía. Algo maravilloso, mucho más grande de lo que jamás hubiera imaginado.
La casa apagada se encendió de nuevo. Eero ya no tenía que salir al porche con abrigo a contestar correos electrónicos. Compraron una televisión más grande. Helmi volvió a cocinar con su tableta. Y Aino se sintió poderosa ordenándole a un pequeño altavoz que le dijera la hora o le pinchara la música coreana a la que se había aficionado. Al principio lo celebraron. Fue como estar de vacaciones. Luego lo normalizaron y dejaron de notar esa sensación de que necesitaban todas esas comodidades para ser felices.
El rompecabezas de dos mil piezas ahora molestaba en la mesa del comedor y decidieron retirarlo. Los enchufes se llenaron de cargadores y los cargadores de dispositivos. Era una moderna casa finlandesa, con pantallas, conexión a Internet, redes sociales y maratones de series. ¿Quién puede quejarse por algo así?
VI. Una enfermedad que no estaba en ningún informe
Todo a un dedo de distancia.
Ahora Aino tocaba sus pantallas con la misma avidez con que de niña pasaba las páginas de sus libros.
Pero al tercer mes, la que fue enferma crónica que ahora estaba sana, comenzó a leer menos, y no se dio ni cuenta. Los libros seguían en su cuarto. Como siempre, en montones. Varios en su mesita de noche. Varios empezados: uno en la página veinte; otro en la treinta y seis; otro en la once. Ahora, al abrirlos y leer unas líneas, miraba una cosa en su teléfono, luego otra, y cuando levantaba la vista de la pantalla ya era hora de dormir.
Al sexto mes descubrió que podía hacer varias cosas a la vez: estudiar con música; mantener algunas conversaciones abiertas en WhatsApp; y mirar vídeos cortos de tanto en tanto. En realidad, estaba en cuatro sitios presente y en ninguno plenamente.
Llegado el noveno mes, Aino ya no soportaba el silencio. Nunca le había pasado. Lo vino a notar una tarde en la biblioteca, en la mesa del fondo, la de siempre. El silencio de la sala se le hizo insoportable. Después de diecisiete años siendo amiga del silencio, ahora le faltaba el aire. Aino salió corriendo a respirar con el teléfono en la mano.
Pero lo peor fue al año de ponerse la cura, justo antes de la dosis de recordatorio. La joven dormía con su smartphone sobre el pecho —no debajo de la almohada como al principio— y a las dos de la madrugada sacó los hombros fuera del edredón, a pesar del frío, encendió su pantalla en la red social favorita y fue moviendo el dedo compulsivamente hacia arriba, sin buscar nada en concreto, sin disfrutar ya nada, con quemazón en su interior como el que se rasca en la herida que se ha vuelto costra. Justo entonces, Aino empezó a preocuparse.
Al decimoctavo mes, a sus dieciocho años, se dio cuenta de que llevaba todo el tiempo de su nueva vida, libre de la enfermedad, incapaz, sin embargo, de acabar un libro. Ahí la esperaba Los hermanos Karamázov, en la página cincuenta y siete. Y El informe pelícano, en la página veintitrés. Una tarde, por pura rabia, se sentó a leer con el reloj de la cocina delante. A los siete minutos la mano se le fue sola al teléfono, como si fuera un animal que busca agua muerto de sed. Desbloqueó el terminal: no había ningún mensaje; lo bloqueó, lo alejó un poco más y volvió al libro. Tres minutos después, ahí iba su mano de nuevo, a por el maldito teléfono, como si tuviera vida propia.
La gota que colmó el vaso fue un sábado, cuando su madre le pidió que la acompañara a donde la abuela Sirkka, que debía llevarla a urgencias, pues se encontraba mal. Aino contestó desde la cama, sin levantar la vista de la pantalla:
—No puedo, mamá. Es que no me da la vida para tantas cosas que tengo que hacer hoy... —La joven calló a mitad de la frase y miró a su madre, como quien despierta de un sueño.
Helmi la miraba en silencio. Triste. Preocupada.
Aino se incorporó, soltó el teléfono y con la vista perdida en el suelo, muerta de vergüenza, pensó con una claridad pavorosa: “Me he curado de una enfermedad y he cogido otra peor, que no viene en ningún informe”.
VII. Los hijos de Recab
La abuela Sirkka murió en enero.
Entre las cosas que le legó a Aino estaba su Biblia. Una Biblia grande, encuadernada en negro, gastada de tanto usarla, pues antes que de Sirkka había sido de la bisabuela. Helmi la dejó en el escritorio de Aino y allí se quedó varias semanas. La muchacha estaba tan abatida que no hacía mucha más que sobrevivir aquellos días. Pero una tarde de kaamos, con la ciudad a oscuras, aunque eran las tres y media, Aino abrió la Biblia justo por el lugar donde marcaba la cinta.
La Biblia se abrió en el capítulo treinta y cinco de Jeremías. Los hijos de Recab, rezaba el título del capítulo. Contaba una historia tan extraña, como para que Aino la tuviera que leer dos veces, hasta asegurarse de haberla comprendido.
Dios mandaba al profeta Jeremías a meter al templo a una familia: los hijos de Recab. Una vez dentro les ponía delante jarras de vino y los invitaba a beber. Ellos se negaban, porque su antepasado Jonadab les había dicho que no bebieran vino ni ellos ni sus hijos, para siempre; que no edificaran casa, ni sembraran, ni plantaran viña. Que llevaban generaciones honrando el mandamiento de Jonadab y no serían ellos quienes ahora lo quebrantarían. Entonces Dios vuelve la mirada hacia la ciudad y, por medio de Jeremías, les dice: “mirad a estos”. A estos se lo dijo un hombre una vez y lo han guardado durante generaciones. A vosotros os lo he dicho yo, madrugando para hablaros, y no me hacéis caso.
Aino cerró la Biblia.
Sin saber el porqué, se acordó del campo de Suomussalmi, el de las mil figuras de pie, y de su abuela sentada junto a ella en el capó del auto diciéndole que hay familias que conservan costumbres que nadie más entiende. Ahora sabía de qué familias hablaba la abuela. Y supo también que ella no tenía ningún Jonadab; pero sí tenía una enfermedad que le mandaba un mensaje cada día. Tras diecisiete años protegida de aquello que los demás llaman libertad, ahora, contando año y medio sana, se sentía esclava.
El refuerzo le tocaba en febrero. Aino cumpliría diecinueve años el veintidós de septiembre, pero no volvería a soplar las velas en aquella condición. Esa misma noche lo dijo en la cena, sin preámbulos:
—No voy a ponerme el refuerzo.
Su padre dejó el tenedor en el plato.
La discusión que siguió fue tan desagradable que prefiero ahorrarte tener que leerla. Baste decir que se pronunciaron palabras en aquella mesa que costó mucho olvidar después. El enfado entre padre e hija duró dos semanas, hasta que Eero sacó las fotos de los informes médicos donde se veía la piel quemada y se las echó a Aino encima de la cama.
—Catorce meses tardamos en saber lo que te pasaba... Tú no te acuerdas; nosotros sí.
—¡Me acuerdo de lo suficiente!
—¡No te acuerdas de nada! —Eero intentó serenarse y bajó la voz para seguir su argumento—: ¿Te acuerdas de la biblioteca y de los puzles? Probablemente sí. Pero yo me acuerdo de tenerte convulsionando en los brazos, de camino al hospital.
Väinö llamó desde Tampere y estuvo cuarenta minutos con su hermana al teléfono. Que hiciera más deporte. Que si quería leer más apagara el teléfono por las tardes, como hacía todo el mundo, sin necesidad de convertirse en una enferma voluntaria.
—Väinö, dime una cosa —lo interrumpió ella—. ¿Tú lo haces?
—El qué.
—Apagar el teléfono para leer más.
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
—Aino, eso no tiene nada que ver.
Helmi también habló con su hija. Una noche entró en su cuarto, se sentó a los pies de la cama y le dijo que no iba a intentar convencerla; que solo quería preguntarle una cosa:
—Aino. Si dentro de diez años estás llena de quemaduras, sola, sin poder trabajar en casi nada, mientras a tu alrededor todo el mundo lleva una vida normal... Y te sientes amargada, ¿vas a poder decir que esto lo elegiste tú?
—Sí —respondió rápidamente Aino.
—No me contestes así. Piénsalo un poco, por favor.
Aino se lo pensó unos minutos que parecieron eternos.
—Sí —dijo finalmente—. Porque lo hago para estar limpia. Para ser alguien que puede estar una hora quieta con un libro o en silencio o mirando a los ojos a un amigo, sin la necesidad de desbloquear el teléfono. Eso lo he perdido en dieciocho meses y no quiero seguir viviendo así.
El veintiséis de febrero la joven no fue al hospital.
Solo cinco días después volvieron las franjas rojas. Primero en el antebrazo; luego en el cuello. Y la primera fiebre vino con rabia, como si quisiera cobrarse una deuda pendiente. Su madre abrió la ventana del cuarto para que entrase el frío y le fue cambiando los paños de agua. Pero Helmi nunca le dijo “te lo advertí”, ni nada por el estilo. Solo estuvo con ella, conteniendo lágrimas que hubiesen debilitado la voluntad de Aino.
Eero tardó meses en volver a hablar del asunto. No obstante, cuando lo hizo fue para proponerle a Aino arreglar la casa de la abuela.
VIII. Familia
Un joven apuesto de Oulu, Onni Kivelä, iba a la biblioteca desde los dieciséis años. Solo que, a decir verdad, no iba allí por los libros.
Su padre era alcohólico y en su casa era imposible estudiar. Ese era el primer motivo. Pero también era usuario de la biblioteca por una poderosa razón: una chica que solía sentarse en la mesa del fondo, junto a la ventana que daba al aparcamiento.
Le costó dos años reunir el valor suficiente para sentarse en la mesa de Aino, frente a ella, y estudiar; en silencio primero, con preguntas tontas después y con preguntas más difíciles cuando tuvo la suficiente confianza. Que por qué no usaba teléfono, al principio. Que por qué ahora lo empezaba a usar. Y tras la decisión de la muchacha, de no volver a inyectarse Litovax, que por qué no llevaba teléfono otra vez. Para entonces ya llevaban tres inviernos estudiando juntos y saliendo al patio de la biblioteca a descansar la mente en conversaciones que no sabían cómo parar.
Se casaron en Suomussalmi, a media hora del campo de las figuras, y se instalaron —como no podía ser de otra manera— en la casa de la abuela Sirkka, que era vieja, algo fría, pero que tenía un teléfono analógico colgado en el recibidor.
Por supuesto, Onni no estaba enfermo. Podía usar la tecnología que quisiera; y usaba lo que le hacía falta para el trabajo o para lo doméstico. Eso sí, en el cobertizo.
La única regla de la casa fue la que puso él: “Aquí dentro, no. Ahí fuera, lo que sea necesario”. Porque a Onni y Aino les nacieron tres hijos —Lumi, Ilmari y Aamu—, todos con el síndrome de Kajaani y a todos los criaron sin tratamiento. Esa filosofía familiar no fue aceptada por los servicios sociales. Les costó una denuncia y un titular en el mayor periódico de Finlandia, el Helsingin Sanomat. Afortunadamente el asunto lo zanjó la doctora Tuula Salo, ya jubilada, pero quien seguía teniendo un gran peso en la comunidad científica y era considerada la mayor experta en la famosa “alergia al litio”. La reputada neuróloga declaró lo que nadie se atrevió a refutar: que a los niños no se les estaba privando de una terapia, sino de una elección. Además, dejó por escrito que los tres pequeños estaban sanos, bien alimentados y “muy despiertos”. Los detractores tuvieron que admitir que evitar la exposición a dispositivos y tecnologías seguía siendo tratamiento.
Pero Aino tenía una norma en mente, que luego quiso poner por escrito, y la firmó y la cumplió también: a los dieciocho años, cada uno decide. Si quiere ponerse el tratamiento, lo llevaremos nosotros mismos a la puerta del hospital, y nadie le reprochará nada.
Y fue Lumi, la mayor, la primera en llegar a esa edad y tener que decidir. Una noche de marzo se sentó frente a sus padres en el salón y les habló.
—Papá, mamá, quiero estudiar Medicina.
—Lo sabemos, Lumi.
—Necesito poder usar un ordenador. Necesito poder entrar a un hospital.
—Por supuesto, hija.
—¿Y no vais a intentar convencerme?
—No.
—¿Ni siquiera decirme los pros y los contras?
—Hija, te hemos enseñado durante dieciocho años —dijo Aino—. Sobre todo, te hemos enseñado a elegir. Ahora debes seguir tu camino.
Lumi recibió el tratamiento en otoño y se fue a estudiar Medicina a la ciudad de Turku. Volvía por Navidad, dejaba el teléfono en el cobertizo y sus padres no hicieron nunca un solo comentario negativo ni un reproche.
Ilmari y Aamu decidieron quedarse en Kainuu y seguir con aquella vida sin pantallas ni dispositivos.
IX. Los recabitas del norte
Te prometí que no sería una historia larga, a pesar de abarcar a varias generaciones, y estoy cumpliendo mi palabra.
El hermano de Onni se mudó a Kainuu todo un año, después de su divorcio. Se instaló en el cobertizo. Más tarde, una mujer de Turku, que tenía un hijo con el síndrome y no encontraba un colegio en la ciudad que quisiera adaptarse para su hijo, se instaló en Kainuu también. Y cuando en una aldea hay tres casas donde nadie mira una pantalla durante la cena, quizás hay un efecto llamada. ¿Nostálgicos? ¿Rebeldes? ¿Antisistema? ¿Adictos confesos? El caso es que más gente quiso unirse a aquellas familias y cenar sin pantallas.
Veinte años después ya no eran tres casas, sino catorce. Todas con teléfonos analógicos, televisiones antiguas y cobertizos para lo otro, lo que no se podía hacer dentro.
En la biblioteca común, anexa a la antigua escuela, se daban cita los jóvenes estudiantes. La vieja estufa permanecía encendida de otoño a primavera. Y los jueves se convirtieron en jueves de juegos. Empezaron con cuatro tableros y acabaron jugando en veinte mesas entre gritos y risas. No podían faltar los cumpleaños: casas repletas de gente sentada en el suelo. Los cafés sin prisa. Paseos, deporte, representaciones teatrales... Y la regla de Onni, que se repetía medio en broma, medio en serio: “Aquí dentro, no. Ahí fuera, lo que sea necesario”.
Lo de “recabitas” fue un mote primero, a modo de insulto. Lo acuñó un periodista de Helsinki que pasó tres días entre ellos buscando fanáticos y, al no encontrarlos, escribió un reportaje crítico con la comunidad titulado Los recabitas del norte. La única referencia visual fue la Biblia de la abuela Sirkka. El periodista le había preguntado a Onni si es que pretendían volver al pasado.
—No queremos volver al pasado —contestó él sonriente—. Queremos conservar nuestra libertad.
En el reportaje salía la frase en negrita, para ridiculizarlos. Fue todo lo contrario, acabó atrayendo la atención de muchos lectores. Recabita, poco a poco, dejó de ser un insulto y pasó a ser una descripción. “Cerca de Kajaani existe una aldea”, decían, “donde unas pocas familias viven sin Internet ni pantallas ni tecnología... No son amish; más bien, son recabitas”.
Al cabo del tiempo, cuando empezó a llegar gente de lejos preguntando por “los recabitas”, la palabra ya sonaba a otra cosa. Para Aino era la excusa perfecta para abrir la Biblia en el capítulo treinta y cinco de Jeremías, explicar lo que fueron los recabitas y, de paso, explicar unas cuantas cosas más.
Mientras, el mundo seguía a la suya.
En Oulu cerraron dos bibliotecas de barrio. La del edificio color arena y la otra, donde trabajaba Marjatta, que ahora era un gimnasio. Llenaron las paredes de espejos, conservaron el suelo de madera y en la ventana del fondo, la que daba al aparcamiento, colocaron tres bicicletas estáticas de última generación.
Väinö, por su parte, se divorció a los cuarenta y uno. Su hijo Elías pasó aquel verano en Kainuu, porque el padre no sabía qué hacer con él. Llegó con quince años, con los hombros caídos y una palidez de topo. Dormía hasta las tres de la tarde. Los primeros días explotaba en rabia por no poder refugiarse en su teléfono y en sus redes sociales, como acostumbraba. A la siguiente semana se quedó dormido a las once de la mañana en el sofá de la biblioteca, de aburrimiento y pereza. Junto a él yacía un libro de barcos abierto por la mitad. Su tía Aino pasó a su lado, recogió el libro, mas a él no lo despertó.
A Elías no lo cambió nadie. Se marchó en septiembre con su teléfono y con su vida. Hoy trabaja en Tampere y es perfectamente normal. Pero lleva veinte años yendo tres semanas cada verano, y cuando sus hijos protestan por lo aburrido del pueblo, siempre contesta con la misma frase:
—Vosotros tened paciencia... Veréis como allí los días tienen más horas.
X. La casa de invierno
La casa de invierno comenzó en invierno. La llamaron así, porque a nadie se le ocurrió mejor nombre.
La casa de invierno es la antigua escuela convertida en albergue —ahora el pueblo ha crecido y se ha construido una nueva, más grande—. Tiene doce camas, una cocina grande, la estufa, que aún funciona, y ninguna toma de corriente en la planta de arriba.
Viene gente de todo el país a la casa de invierno. Hasta de fuera. Gente que necesita un cambio: padres desesperados con sus hijos; universitarios que no consiguen leer veinte páginas seguidas; un cirujano que no aguanta una cena sin mirar su reloj inteligente; profesores convencidos de que un cambio en la educación es posible; un pastor luterano, exitoso como influencer, al que se lo está comiendo el estrés y la ansiedad; dos matrimonios que llevan años durmiendo cada cual con su pantalla; y gente que simplemente quiere saber si todavía es capaz de pasar una tarde sin redes sociales o montar un rompecabezas de dos mil piezas.
Se quedan diez días. Al entrar se les pide una sola cosa: que entreguen el teléfono. Al salir se les devuelve.
Y, por cierto, lo que más enfurruña a los que llegan con ganas de discutir es que en la casa de invierno no se discute contra nada. No hay charlas sobre el peligro de la tecnología. No hay gráficos ni estadísticas. No se pide a nadie que se mude a Kainuu; y si alguno anhela hacerlo se le sugiere que vuelva a casa, repose la idea un año, y luego decida.
Lo que se hace allí es algo sencillo y quizás por eso más difícil: se les enseña a aguantar el aburrimiento los tres primeros días —ese aburrimiento espeso como niebla que hay que saber atravesarlo—; se les da un libro y una hora en la que nadie los va a interrumpir; se les sienta a una mesa a jugar con gente que les habla mirándolos a los ojos; se les hace caminar, comer juntos, dormir mucho y soñar. Finalmente, se les manda de vuelta animándolos a tener su propio cobertizo o, al menos, una repisa en la entrada de la casa donde dejar el teléfono, y el mundo, y todo lo demás que les quiera invadir el hogar.
Han pasado muchas décadas desde aquellos primeros años. Aino Rautavaara tiene ahora setenta y tres años. Las manos y el cuello marcados de rojo. No puede entrar al hospital sin un protocolo, ni viajar en avión, ni abrazar a un nieto que lleve un reloj de última generación. Ha pagado un gran precio y no está amargada. Cuando alguien le pregunta si todo aquello ha merecido la pena, mira al que ha hecho la pregunta unos instantes y responde:
—Sí. Esto lo elegí yo. Nadie lo escogió por mí. Ha sido una vida diferente a la del resto, pero una buena vida.
Si te preguntas dónde está la casa de invierno, porque necesitas unos días allí, te diré que muy cerca de Suomussalmi, junto a un campo con mil figuras hechas de heno y turba. Todavía Aino lleva a sus nietos allí. Ellos ven aquel ejército plantado en pie, mirando todos hacia el mismo lado, con la ropa vieja golpeándoles las costillas si sopla el viento, y le preguntan:
—Abuela, ¿por qué los muñecos no se caen?
Aino suspira y explica.
—Porque tienen un palo dentro. Uno solo. Pero plantado firmemente desde hace mucho tiempo.
FIN
En Pereira, Colombia, un 12 de septiembre de 2026.
Juan Carlos Valero
Breve comentario del autor
Este cuento nació de la noticia del último informe PISA sobre educación, que deja a los alumnos españoles muy mal parados, y de la lectura del capítulo 35 de Jeremías.
Los recabitas, más que un modelo de abstinencia, son un espejo. He querido acercarte ese espejo, con todo respeto, para que cada uno meditemos en nuestra casa; sin duda, una casa encendida, como todas las de este siglo. Pero, quizás, una casa en la que se están perdiendo muchas bendiciones, sustituidas por el consumo continuado y exagerado de contenidos en nuestras pantallas, y casas donde muy probablemente tengamos a hijos tecnoadictos, sin que esa enfermedad haya sido oficialmente diagnosticada. Sin embargo, en el cuento encontramos los síntomas, y por eso hace las veces de espejo.
La enfermedad de Aino es inventada; su síndrome también. Pertenecen al mundo del realismo fantástico, pero nos ayuda a sostener el relato y hace visible algo tristemente actual y tangible.
Mi cuento no dice que la tecnología sea vino envenenado. Dice algo más incómodo: que muchos de nosotros no sabemos beber vino.
Los informes internacionales llevan años poniendo números a esa catástrofe silenciosa. En Finlandia, país que ha sido durante décadas un referente educativo para el mundo, PISA registra una caída sostenida en lectura: de los 536 puntos de 2009 a los 490 de 2022 y, finalmente, a los 474 de 2025.
PISA no puede medir lo que a Aino le preocupaba más en el cuento: ¿cuánto tiempo puedes permanecer a solas con un libro sin sentir que la mano se te va sola a buscar el teléfono?
La solución no es una prohibición. Lumi recibe el tratamiento, estudia Medicina y sigue siendo hija de Aino. La solución duerme en la pregunta de Helmi a los pies de la cama de Aino: “¿podrás decir dentro de diez años que esto lo elegiste tú?”. Porque “Todas las cosas me son lícitas, mas no todas convienen; todas las cosas me son lícitas, mas yo no me dejaré dominar de ninguna” (1 Corintios 6:12).

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