Volver a decir la verdad de todas las maneras
Un doble regalo para el camino
Por Juan Carlos Parra
Clamor en camino y Cuentos del Reino Perdido (Volumen 3), los dos títulos que se publican ahora bajo la firma de Juan Carlos Valero.
Hay verdades que no entran por la puerta del argumento y necesitan que alguien les abra la ventana del verso o del cuento. Dios lo sabía mucho antes que nosotros: cuando quiso hablarle a su pueblo no le entregó un manual de instrucciones, sino una biblioteca en la que abundan el salmo y la parábola. Estas líneas anuncian dos libros —un poemario y una colección de relatos— y explican, de paso, por qué creo que ambos géneros nos hacen más falta nunca.
Vuelvo a esta columna, después de tantos años de argumentos, para hacer algo que no suelo hacer: hablar de lo mío. Acabo de publicar dos libros que salen casi a la vez y que, siendo muy distintos entre sí, nacen de la misma convicción. El primero es un poemario, Clamor en camino; el segundo, el tercer volumen de Cuentos del Reino Perdido. Ambos van firmados con mi segundo apellido, Juan Carlos Valero, que es el nombre bajo el que publico ficción y poesía, mientras que estos soliloquios siguen saliendo con el primero.
La convicción es esta: el cristianismo de habla hispana ha desarrollado una notable capacidad para explicarse y una desconcertante limitación para imaginarse. Basta recorrer el escaparate de cualquier librería evangélica para comprobarlo: estanterías enteras de manuales —cómo orar, cómo liderar, cómo educar, cómo prosperar— y, al fondo, arrinconados, dos o tres títulos de poesía y algún volumen de relatos que casi siempre se supone destinado a los niños. Sabemos exponer, argumentar, esquematizar y aplicar; pero hemos ido relegando, quizás, aquel otro modo de decir la verdad que no la demuestra, sino que la pone delante de los ojos hasta que el que mira ya no puede fingir que no la ha visto.
El creyente medio sabe responder qué es la providencia y no sabe que quejarse delante de Dios es un género bíblico y no una falta de fe. De hecho, la familia más numerosa del salterio no es la de la alabanza, sino la de la súplica y el lamento, como mostró el teólogo alemán Claus Westermann¹. A esto se añade una segunda evidencia que solemos pasar por alto: buena parte de la Escritura no es tratado, sino relato —más del cuarenta por ciento del Antiguo Testamento son narraciones, recuerdan Gordon Fee y Douglas Stuart²—, y el propio Señor eligió deliberadamente ese cauce: «Todo esto habló Jesús por parábolas a la gente, y sin parábolas no les hablaba» (Mateo 13:34).
Dios no nos entregó un manual de instrucciones, sino una biblioteca donde caben las genealogías, los salmos y las parábolas.
Un clamor que no siempre es un grito
Clamor en camino reúne treinta y siete poemas escritos durante la marcha, no desde la tranquilidad del que ya llegó y contempla el paisaje desde el mirador. Nacieron mientras servía, amaba, trabajaba, esperaba, luchaba y me equivocaba; unos en días de gozo y otros en temporadas de cansancio; unos de la adoración y otros de la indignación. Por eso no hablan todos en el mismo tono: unos oran y otros advierten, unos acarician y otros sacuden, unos acompañan al herido y otros levantan la voz contra aquello que hiere. Y algunos, sencillamente, sonríen, juegan con el lenguaje o se detienen a mirar la belleza pequeña de una mujer, una familia, una huerta, la luna o el mar embravecido. Porque el clamor no siempre es un grito: a veces es una oración dicha en voz baja, una pregunta sin respuesta, una lágrima que no llega a salir o un simple «gracias».
Y quizá convenga decir aquí las cuatro líneas de la introducción que resumen mejor que ninguna explicación mía por qué se llama como se llama:
Un clamor sin nadie que lo escuche termina convertido en eco.
Un clamor presentado delante de Dios se convierte en oración.
Un camino sin destino puede terminar en extravío.
Un camino recorrido detrás de Cristo se convierte en peregrinación.
Dónde encontrarlos
Clamor en camino. Poemario inspiracional, en Amazon: https://www.amazon.es/dp/B0HCRD859W
Cuentos del Reino Perdido (Volumen 3), en Amazon: https://www.amazon.es/dp/B0HC23KTFS
Dieciséis historias para encontrar el Reino
El segundo libro es el tercer volumen de Cuentos del Reino Perdido, y puede leerse de forma completamente independiente de los dos anteriores. Son dieciséis historias organizadas en dos secciones —Virtudes y Verdades del reino—: una bruja que teje el miedo en una trenza, dos islas que olvidaron ser hermanas, un funcionario desgraciado que acaba pidiendo como único salario los desayunos, una merienda que nunca cambia de mesa y un lago helado que guarda en su abismo la peor de las plagas, que es el olvido del propio nombre. Cada cuento va precedido de sus tópicos y seguido de un breve comentario del autor, y el volumen incorpora un índice comentado con el género, la duración de lectura y la edad recomendada de cada pieza: una herramienta pensada para padres, educadores, maestros de escuela dominical y líderes de jóvenes que quieran leer en voz alta y comentar después.
Alguien preguntará por qué un pastor se toma la molestia de escribir cuentos en vez de dedicar ese tiempo a un libro de enseñanza. La respuesta la dio Chesterton hace más de un siglo, cuando defendió los cuentos de hadas de quienes lo acusaban de asustar a los niños: el niño ya conoce al dragón, escribió, porque el dragón está en el mundo antes de estar en el libro; «lo que el cuento de hadas le ofrece es un San Jorge que mate al dragón»⁴. No inventamos el mal al nombrarlo en una historia; lo que la historia añade es la imagen clara de que ese mal puede ser vencido. C. S. Lewis lo formuló desde el otro lado: contar las verdades cristianas dentro de un mundo imaginario permitía despojarlas de sus asociaciones de vidriera y de escuela dominical, y hacerlas aparecer por primera vez con toda su fuerza; burlar, decía, a esos dragones vigilantes⁵ que montan guardia a la puerta de nuestra reverencia y no dejan pasar nada que suene a sermón.
La doctrina convence a quien ya estaba escuchando; la historia consigue que escuche quien no quería.
Recuperar el clamor y la fábula
No pretendo con esto reivindicar mis libros —que ya se defenderán solos o no se defenderán—, sino un oficio: el de volver a decir la verdad de todas las maneras en que la Escritura la dice. Necesitamos el tratado, desde luego, y la exposición cuidadosa del texto; pero necesitamos también al que se atreve a poner en verso la queja que nadie quiere pronunciar en voz alta, y al que sienta a la familia alrededor de una historia para que el más pequeño descubra, sin darse cuenta, que los dragones se pueden vencer. Recuperemos, por tanto, el clamor y la fábula; y hagámoslo sin miedo, porque quien nos escucha es el mismo que nos invitó a hacerlo: «Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces» (Jeremías 33:3).
Los cuentos son para leer a solas o en voz alta, y están recomendados a partir de los doce años, aunque muchos de ellos, leídos en familia, ganan público desde mucho antes. Sirva de muestra el primer capítulo del cuento que cierra el volumen, El lago del olvido, la crónica de una ciudad amurallada que lo ha olvidado todo, empezando por su propio nombre.
El lago del olvido
Crónica del invierno en que el lago se heló por primera vez
«Lo último que pierde un pueblo no es la tierra: es el nombre».
I. La raya
Hubo una ciudad amurallada, encajada entre montañas de pizarra y un lago de aguas negras, cuyo nombre el tiempo ha tenido la piedad, o la crueldad, de borrar.
A doscientos pasos de la muralla corría una raya construida con una hilera de pequeñas piedras encaladas, rodeando la ciudad como una segunda frontera. La encalaban cada primavera, con esmero de relojero, y si alguien preguntaba quién había mandado construir esa raya, los viejos se encogían de hombros: siempre se había hecho así. En aquella ciudad, «siempre se había hecho» era la respuesta para casi todo, y a nadie parecía extrañarle vivir sobre tantas preguntas sin respuesta.
Del otro lado de la raya estaban los sinnombre.
Eran hombres, si aún podía llamárselos así: espaldas dobladas hacia adelante, brazos hechos a apoyarse en la tierra, el pelo en cortinas sobre la cara y una piel curtida de intemperie que ya no distinguía el frío del calor. No encendían fuego. No enterraban a sus muertos. No hablaban: aullaban en dos notas, una grave y una rota, y cuando alguno alzaba la cabeza hacia las almenas se le veían los ojos, y los ojos eran lo peor, porque no tenían el vacío de las bestias, que es un vacío tranquilo, sino otro peor: el de una casa desalojada a toda prisa. Los niños crecían con su aullido de fondo, y las madres lo usaban para atemorizar a sus hijos y que no cruzaran la frontera.
Nadie en la ciudad sabía de dónde habían salido. Las crónicas más viejas —que no lo eran tanto— los mencionaban como se menciona la niebla o el granizo: una condición más del país. Bajaban de los montes en cuadrillas, husmeaban la raya y se volvían a sus barrancas. La raya era lo único que respetaban, sin cruzarla casi nunca, porque cuando uno lo hacía, los centinelas, que jamás faltaban sobre la muralla, lo asaeteaban.
El regidor de la ciudad se llamaba Simón. Era un hombre viudo, de cincuenta y muchos, hombros de cargador de piedra y manos que habían aprendido a serenarse tras años de esfuerzo para lograrlo; llevaba la barba de plata desde antes de que le tocase, exactamente desde el año en que perdió a su hija.
Porque Simón había tenido una hija.
Se llamaba Alba: diecisiete años y el castaño del pelo de su madre difunta. La joven, una madrugada de deshielo, se levantó sin despertar a nadie, dejó la cama hecha y una sola palabra escrita en la mesa —«Volveré»—, y salió de la ciudad antes de que abrieran los portones grandes, por el postigo del norte, que ella sabía mal cerrado. Sus huellas se acabaron en la raya. Más allá, la tierra estaba pisoteada por los sinnombre, y no se pudo leer nada de su dirección.
La ciudad la lloró como se llora a los devorados. Simón no. Simón, simplemente, dejó morir otro lado de su alma, y encaneció en un año lo que otros hombres en veinte.
(De Cuentos del Reino Perdido, volumen 3. Continúa en el libro.)
NOTAS
1. Claus Westermann, Lob und Klage in den Psalmen, Gotinga, Vandenhoeck & Ruprecht, 1977 (quinta edición ampliada de Das Loben Gottes in den Psalmen, 1953). Se parafrasea su conclusión sobre el peso del lamento en la estructura del salterio.
2. Gordon D. Fee y Douglas Stuart, La lectura eficaz de la Biblia (How to Read the Bible for All Its Worth), capítulo «Las narraciones del Antiguo Testamento: su uso correcto», Grand Rapids, Zondervan (primera edición, 1981).
3. Antonio Machado, «Proverbios y cantares», XXIX, en Poesías completas, Madrid, Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, 1917.
4. G. K. Chesterton, «The Red Angel», capítulo XVII de Tremendous Trifles, Londres, Methuen & Co., 1909. Conviene advertir que la versión popular de este pasaje —«los cuentos de hadas dicen a los niños que los dragones pueden ser vencidos»— no es de Chesterton, sino una paráfrasis de Neil Gaiman que él mismo reconoció como propia años después.
5. C. S. Lewis, «Sometimes Fairy Stories May Say Best What's to Be Said» (1956), recogido en Of Other Worlds: Essays and Stories, ed. de Walter Hooper, Londres, Geoffrey Bles, 1966. La expresión sobre los dragones vigilantes se traduce y se resume, no se cita literalmente.

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