Guerra de sexos


GUERRA DE SEXOS 

Lucas 1:39 al 46 

  1. Introducción 

Siempre que es nuestro aniversario nuestro amigo Juan Antonio de Sevilla nos felicita. La última vez me hizo una pregunta: ¿Por qué el matrimonio se parece a comer en un chino? Porque algunos comienzan comiendo familia feliz y acaban con cerdo agridulce.  

 

Luego me dijo: ¡Ea! Juan Carlos, que no os pase a vosotros lo que les sucede a algunos: que al principio están viviendo el Cantar de los Cantares, pero de allí se pasan al libro de Lamentaciones. 

Las bromas de mi amigo Juan Antonio de Sevilla solo ponen de manifiesto una triste realidad en el interior de muchas familias y es la guerra de sexos. 

  1. Guerra de sexos  

Uno de los grandes males que tenemos sobre la faz de la tierra y que se materializa en todos los ámbitos -en el contexto de la familia, en el ámbito laboral, académico, en el ámbito de las amistades, de la política, etcétera- es la guerra de sexos. Es decir, el enfrentamiento permanente entre el hombre y la mujer.  

Dice Génesis 1:27 y 28. “Varón y hembra los creó. Y los bendijo” 

El Señor podía haber creado un solo tipo ser humano, con un mismo género. Sin embargo, creó a dos muy iguales, pero, al mismo tiempo, algo diferentes entre sí. Eran varón y hembra. Y a ambos los bendijo. También bendijo la unión de ambos: “Multiplicaos, fructificad y llenad la tierra”, dijo Dios. 

Les dio la capacidad de reproducirse en otros seres humanos.  

Con el pecado comenzó la guerra entre unos y otros. Adán vio a Eva con otros ojos. Las diferencias entre ambos se acentuaron mucho más. Sin embargo, el Señor puso el deseo de la mujer hacia su marido y la necesidad del marido de su mujer.  

 

Dice en Génesis 3:16, acerca de la mujer, “con todo su deseo será para su marido”. Y en Jeremías 31:22, nos habla de cómo “la mujer rodeará al varón”. De una forma u otra, aunque haya esa oposición o guerra de sexos, la mujer sigue necesitando al hombre y el hombre busca ser rodeado por la mujer. 

¿Verdad que, aunque somos tan diferentes, con la presencia de Dios, con la bendición del Creador, podemos formar una familia y una sociedad más bella y más rica que si solo existieran hombres sobre la faz de la tierra o solo existieran mujeres? 

 

Desde que nos formamos en el vientre de la madre somos diferentes. Tenemos una genética distinta (XX la mujer; XY el varón). Unas hormonas cuantitativamente diferentes: el hombre tiene más carga de un tipo de hormonas y la mujer de otro tipo de hormonas. Eso hace que los músculos, los riñones o el sistema nervioso del hombre y la mujer sean diferentes. Se han descubierto, también, diferencias notables en los cerebros del hombre y de la mujerY aunque quieren educar en un sentido contrario al de Dios y al de la Palabra de Dios, lo cierto es que nuestra identidad sexual y nuestra orientación sexual es distinta. Desde que somos niños.  

 

SEGÚN LA NEUROBIÓLOGA LOUANN BRIZENDINE, todos comenzamos, en la concepción, con circuitos cerebrales femeninos, y es alrededor de la octava semana de gestación cuando las hormonas intervienen para diferenciar la estructura cerebral de ambos sexos 

Por ejemplo, el área relacionada con el impulso sexual de los varones dobla en tamaño a la de las féminas. Es esta variación en la concentración hormonal la que parece ser la base de las diferencias psicológicas. Los estrógenos hacen que las chicas en la pubertad sean más sociales y maternales y que los chicos, como consecuencia de la influencia de la testosterona, sean algo menos sensibles a las emociones. 

Un estudio realizado por la investigadora Melisa Himer en el año 2002 demostró que, desde la infancia, los niños muestran predilección por jugar con camiones o pelotas, y las niñas prefieren las muñecas y las sartenes. Ellas inventan personajes y asumen diferentes roles, “tú serás la mamá y yo seré la hija”; mientras, ellos corren, exploran y luchan contra posibles enemigos. Esto demostraría que niños y niñas, desde muy temprana edad, se decantan más por los juguetes atribuidos a su sexo. 

En otro estudio con bebés recién nacidos una investigadora mostraba a cada uno de ellos un objeto mecánico. Comprobaron que los niños pasaban más tiempo mirando el objeto y que las niñas mostraban mayor interés por las expresiones faciales de la investigadora. Esto podría ser indicador de que el cerebro masculino tiende a realizar funciones espaciales, y el femenino es más propenso a funciones relacionadas con el lenguaje y la expresión emocional. 

Se han hecho estudios con niños dejándoles, desde pequeños, jugar a las cocinitas, junto a las chicas. Lo que sucedía es que los chicos convertían los garbanzos o los guisantes en proyectiles; y las sartenes en escudos. 

 

Todos nosotros tenemos una parte innata regulada por genes y hormonas y otra parte que se va modificando a lo largo del tiempo como consecuencia del ambiente sociocultural, la educación y las experiencias que vivimos. 

 

  1. La idea progresista, su aspiración 

El hombre de hoy enseña que ser masculino o ser femenina es, simplemente una construcción social, es decir, fruto de la educación y de la presión cultural, sin que tenga tanto peso para su género el factor biológico.  

Lo correcto sería decir -según ellos- hije, en lugar de hijo o hija; o niñeen lugar de niña o niño. Para que más tarde, la persona en cuestión, decida lo que quiere ser, si hombre o mujerhetero, homo, poli, omni... Sin embargo, en Génesis hemos leído que Dios, cuando los creó varón y hembra los creó y los bendijo.  

El ser humano se quiere revelar contra su cuerpo, contra la naturaleza, por no decir contra Dios, su Creador. Quiere autodefinirse. Es como si dijera: “No acepto que me digan que soy una chica o un chico. Ya lo decidiré cuando me apetezca. Y si lo prefiero, cambiaré mi género las veces que haga falta”. Es una locura.  

¿Podrías también cambiar de especie? ¿Dejar de ser un ser humano? Es algo que te viene dado y lo aceptas. ¿Por qué, en cambio, no queremos asumir una identidad sexual congénita? 

 

¿No es mejor abrazar nuestra identidad dada por Dios y disfrutarla? ¿No es maravilloso dejar la guerra contra el orden de Dios y convivir con alguien con quien puedo crear vida? Por el contrario, esas diferencias nos han enfrentado a los dos sexos en la denominada guerra de sexos. Y hemos herido al otro o hemos rechazado lo que no entendemos. ¿Por qué? Porque la bendición de Dios, sobre el hombre y la mujer, solamente puede llegar a ser plena cuando está Él en nuestras vidas.  

Su presencia une la diferencia. La ausencia de su presencia violenta la diferencia. Caín y Abel eran muy diferentes y Caín acabó teniendo celos, envidia, de su hermano. En lugar de amar su diferencia y disfrutar el ser él mismo y mejorar, hasta ser capaz de aprender de su hermano Abel. Lo que hizo fue matar a su hermano. Mató a lo que percibió diferente. El principio sigue vigente hoy: La presencia de Dios une a los que son diferentes. La ausencia de su presencia puede desembocar en que los que son diferentes lleguen a rechazarse, a no entenderse y, en algunos casos, hasta a odiarse.  

La Guerra de sexos, en última instancia, es obra de Satanás. ¿Por qué? Porque él es el padre de la confusión y de la mentira, aunque ésta se vista de ciencia. 

  

  1. Hoy, creo que el Señor quiere bendecir nuestra masculinidad y feminidad. 

Bendecir tu masculinidad: dice Dios a los hombres, en 1ª de Corintios 16:13, “Portaos varonilmente”.  

Y el Señor ama y bendice tu feminidad:  dice Dios a las mujeres, Proverbios 31:10, “Mujer virtuosa ¿quién la hallará? Porque su valor supera al de las joyas”. Y más abajo, “Fuerza y dignidad son su vestidura”.  

 

Varón y hembra los creó. Y él los bendijo. Dios bendice que seas un hombre que tiene su imagen, que tiene su gloria. Dios bendice que seas una mujer creada por Él, que tiene su imagen, que tiene su gloria.   

 

Pero debemos conocer y entender algunas diferencias entre nosotros. Eso nos ayudará a parar toda guerra de sexos. 

 

Mark Gungor, en su libro Ríanse hacia un matrimonio mejor cuenta la historia de dos cerebros.  

Él explica que los cerebros de los hombres están hechos de pequeñas cajas y que tenemos una caja para todo. Tenemos una caja para el coche; tenemos una caja para el dinero; una caja para el trabajo; tenemos una caja para nuestra esposa; tenemos una caja para los niños; tenemos cajas por todas partes. Y la regla es esta: las cajas no se tocan unas con otras.  

Cuando un hombre discute un tema en particular, vamos a esa caja en particular, sacamos esa caja, abrimos la caja, discutimos solo lo que está en esa caja y luego cerramos la caja y la guardamos, teniendo mucho, mucho cuidado, de no tocar ninguna otra caja.   

Ahora bien, el cerebro de las mujeres es muy diferente del de los hombres: el cerebro de las mujeres está hecho de una gran bola de cables. Y todo está conectado a todo. El dinero conecta con el coche; el coche conecta con el trabajo y los hijos; los hijos conectan con su madre y así... Es como Internet.  

Y todo está impulsado por la energía que llamaremos ‘emoción’. Es esta una de las razones por las que las mujeres tienden a recordar todo. Porque si tomas un evento y lo conectas con una emoción, se queda en tu memoria y puedes recordarlo para siempre. Y, dice el pastor Mark Gungorcomo a las mujeres les suele importar cada cosa, a ellas les encanta recordar.   

 

Esta diferencia en nuestros cerebros explicaría que haya marcadas diferencias entre el hombre y la mujer. En cómo hablamos, en cómo entendemos las cosas, o en cómo manejamos el estrés. 

Por ejemplo, los hombres tenemos una caja en nuestro cerebro que la mayoría de las mujeres no conocen, esta caja en particular no tiene nada en ella. De hecho, la llamamos ‘La caja de la nada’. Y de todas las cajas que un hombre tiene en su cerebro, la caja de la nada es nuestra caja favorita. Si un hombre tiene una oportunidad, irá a su caja de la nada y descansará. Por eso un hombre puede hacer algo aparentemente sin cerebro durante horas y horas, como un zombi, algo así como pescar, y nos encanta. O sentarnos frente al televisor y hacer zapping, aunque realmente no estemos viendo nada. Esto vuelve locas a muchas esposas porque vienen y dicen que paremos de pasar canales: “No puedes estar viendo nada”, protestan ellas. “Sí, lo estoy haciendo”, dicen ellos. La respuesta está en ‘La caja de la nada’.   

Las mujeres no pueden hacerlo, sus mentes nunca se detienen. Y no entienden ‘La caja de la nada’ y las vuelve locas, porque nada hace sentir más irritada a una mujer que presenciar a un hombre haciendo nada.   

Por eso, una de las mayores revelaciones que puede tener una mujer es todo este asunto de la caja de la nada. Todo empieza a tener sentido, dice Mark Gungor. 

¿Cómo manejan el estrés los hombres? Cuando un hombre está estresado, todo lo que quiere hacer es correr a su caja de nada. Así es como nos relajamos. Lo último que queremos hacer cuando estamos estresados es hablar de ello. Simplemente, no queremos hablar de ello. Sólo queremos hacer nada. Una mujer verá a un hombre en ese estado vegetativo, se acercará y dirá: “¿En qué estás pensando?”. “En nada. No pienso en nada”, contesta él. Y no lo pueden entender.   

¿Cómo manejan el estrés las mujeres? Cuando una mujer está estresada, tiene que hablar de ello. Y si ella no habla de ello su cerebro, literalmente, explota. Y conozco, dice el conferenciante, experto en charlas para parejas, a hombres que huyen de sus esposas cuando hacen esto.  

-¿Por qué huyes de ella?  

-Porque no sé qué decirle.  

-Pero, Dios mío, ¿quién te dijo que le dijeras algo?  

Así que muchos chicos se sienten obligados, cuando la mujer empieza a explicar todo su estrés, se sienten obligados a solucionar el problema. Claro, porque eso es lo que hace un hombre. Un hombre sólo cuenta sus problemas a otro hombre con la esperanza de que ese hombre le ayude a arreglarlo.  

Vale, pero ella no es un hombre. Y si tratas de intentar solucionar su problema solo lo vas a empeorar. Ella no quiere tu consejo, no quiere tu ayuda, quiere que te calles y escuches. Les gusta eso. Ella sólo dice cómo se siente. Y como todavía no sabe lo que le pasa, al hablarlo, así es como ella se da cuenta de lo que siente y conecta este cable con este otro, y el otro con el de más allá y comienza a bajar el estrés.   

Ahora, como se aman, se ofrecen mutuamente su ayuda, pero sin entender que son diferentes:  

Por ejemplo, un hombre siente que su mujer está estresada. Él ama a la chica. Le ofrece su mejor solución (la respuesta a su problema) o simplemente le dice: “mira, deja de hablar de ello y ya verás cómo se te pasa". Y es entonces cuando ella empieza a buscar algo para lanzarle al chico.  

Ahora, una mujer, siente que su marido está estresado. Ella lo ama. Por lo tanto, ella le ofrece su mejor solución:  

-Cariño, ¿quieres hablar de ello?  

-No, no quiero hablar de ello.   

Él no quiere hablar del tema y no va a morir por eso. Déjalo ir a su caja de la nada porque allí se relaja. 

Pero nos es difícil entenderlo porque pensamos de forma muy diferente.  

 

  1. De estas diferencias nace la guerra de sexos. 

Ahora bien, esto no sólo afecta a la forma en que respondemos al estrés. La forma en que nuestros cerebros están conectados también afecta a la forma en que usamos las palabras.  

Los hombres tienden a usar menos palabras que las mujeres, porque las mujeres tienen todos los cables que están tratando de conectar y tienen que explicar todas y cada una de las conexiones. Dicen que, si un hombre necesita hablar 10.000 palabras en un día, una mujer necesita hablar unas 20.000.   

Hicieron un estudio: grabaron conversaciones de niños y niñas pequeños en patios de recreo y luego volvieron a analizar las imágenes. Y descubrieron que a las niñas les encantaba hablar. Eran más elocuentes, les encantaba hablar, con frases útiles y bien elaboradas. Y si no tenían a nadie con quien hablar, se conformaban perfectamente con hablar con una amiga imaginaria y seguir jugando. Luego analizan las conversaciones de los niños pequeños y sólo alrededor del 55 por ciento era inteligible. No solo hablaban menos, sino que usaban gruñidos y expresiones menos elaboradas, aunque entre ellos se entendían. Y los niños que jugaban solos hablaban mucho menos.  

 

  1. Dios sabe cómo tratar con cada uno de nosotros individualmente.  

Dios respeta la diferencia entre hombre y mujer, pues Él mismo nos hizo diferentes.  

EL PRIMER MATRIMONIO FRACASÓ. CUANDO EL SEÑOR TRAE AL SEGUNDO ADAN, CRISTO, HAY DOS MATRIMONIOS QUE, EN LUGAR DE TENER UNA GUERRA DE SEXOS, TUVIERON UN ENCAJE PERFECTO. Encaje perfecto no es de la noche a la mañana. Vamos a ver un proceso en Zacarías y Elisabet y en José y María. 

 

Hablemos de un hombre y una mujer actuando muy diferente en situaciones muy parecidas. 

En Lucas 1:18 Zacarías le contesta al ángel Gabriel, que le había anunciado que sería padre en su vejez y con Elizabeth, la que llamaban estéril, Zacarías le contesta, “¿En qué conoceré esto? Porque yo soy viejo y mi mujer avanzada en días”. Por otra parte, el mismo ángel Gabriel llevó un mensaje, en este caso, a una mujer, María, y le dijo que iba a quedar embarazada, y que el niño que nacería de ella sería el Hijo del Dios Altísimo. María contestó, Lucas 1:34, “¿Cómo será esto? Porque no conozco varón”.  

Las respuestas de uno y otro fueron muy diferentes. De igual forma, la reacción del ángel Gabriel. Fue de enfado hacia Zacarías, dejándolo mudo hasta que Juan el Bautista nació y la palabra se cumplió. Mientras que la reacción de Gabriel con María fue de alegría, la bendijo y le explico cómo iba a quedar embarazada.  

María creyó el anuncio del ángel y cuando ella dijo “¿cómo?”, lo que estaba preguntando era “¿qué tengo yo que hacer?”. En cambio, Zacarías ya sabía el cómo; lo que tendría que hacer para que Elisabet concibiera; pero dudó de que fuese verdad lo que el ángel le estaba anunciando. Cuando dijo, en Lucas 1:18, “¿En qué conoceré esto?”, lo que estaba preguntando era, “¿será verdad?”. 

El Señor habló a María y ella creyó y dijo “He aquí la sierva del Señor, hágase conmigo conforme a tu palabra” (Lucas 1:38).  

De esta forma, engendró en su interior la Palabra de Dios, el Verbo, a Cristo. Y, en lugar de quedar muda, pudo hablar la Palabra de Dios. Sus labios se abrieron en una alabanza que conocemos como El Magníficat.  

Zacarías, por su parte, dudó del mensaje del ángel y quedó mudo hasta que la palabra se cumplió. Fue parte del milagro, indudablemente; el hijo no fue obra del Espíritu Santo, sino que él fue el padre de Juan el Bautista. Pero no pudo contar nada al pueblo o a su esposa de lo que el ángel le había mostrado.  

Pues bien, te quiero recordar que el Señor no está preocupado de nuestro sexo o nuestro género para usarnos en sus planes o para abrir nuestra boca y hablar por ella. Simplemente, el corazón que le crea y que diga “heme aquí”, será portador de la vida de Cristo y compartirá, en todo sentido, esa bendición con los demás.  

“Pues todos sois hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús. Porque todos los que fuisteis bautizados en Cristo, de Cristo os habéis revestido. No hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay hombre ni mujer, porque todos sois uno en Cristo” Gálatas 3: 26 al 28.  

 

Ahora bien, el comienzo del fin de la guerra de sexos. Es el sabernos hijos de Dios por la fe. Hombres y mujeres igualmente. 

 

Ahora. Uno de los momentos más emocionantes del Evangelio es cuando María, ya embarazada, visita a Elisabet, su parienta, que estaba de seis o siete meses. 

¿Por qué María fue de prisa a ver a Elisabet? No parece lo más sabio. Zacarías y Elisabet vivían en la montaña. María estaba embarazada por un milagro del Espíritu Santo y debía cuidar a su bebé, que estaba comenzando a crecer en su interior. Pero la gente de la misma fe necesita encontrarse y fortalecerse en esa fe. María se identificó con lo que Elisabet estaba viviendo, porque lo suyo era milagroso y lo de Elisabet también. La fe nos une a unos con otros, no importando el sexo o el género y somos amigos de fe, compañeros de propósito.  

María se quedó con Elisabet tres meses. Hasta que su parienta dio a luz. Después bajó de la montaña y ya se podía notar la barriguita de María. Sería de cuatro o cinco meses.  

Entonces, así como hubo un hombre que suspendió ante lo milagroso de Dios y quedó mudo, este es, Zacarías, hay una prueba de fe que viene a otro hombre, llamado José, el futuro esposo de María. Cuando regresa María de estar unos meses con Elisabet vuelve embarazada, con una barriguita. José, que era un hombre bueno, no quiere repudiarla públicamente, sino en forma secreta. Pero un ángel también visita a José en sueños y le dice lo que ha pasado con María y que no está embarazada por ningún hombre, sino por obra del Espíritu Santo. 

José necesita fe como María. Necesitó fe para creer que eso podía ser así. José no preguntó “¿cómo sé que lo que dices es verdad? Sino que creyó al Señor e hizo todo lo que el ángel le dijo (Mateo 1: 18 al 25): Se casó con María, aunque ella estaba embarazada; cuando el niño nació, le puso Jesús, que significa Salvador; y entendió que aquel niño era, ni más ni menos que, el Hijo de Dios. 

Entonces, entre José y María se forma un matrimonio de fe con una preciosa unidad. Porque ambos estaban dispuestos a obedecer y a servir al Señor. Aunque cada uno era muy diferente al otro y cumplían roles diferentes en esa familia que debe cuidar al Hijo de Dios.  

De manera que ser hijos de Dios por medio de la fe. Es el comienzo del fin de la guerra de sexos. La presencia de Dios nos acerca, el temor de Dios nos une, aunque seamos diferentes, y acaba con la distancia y con la violencia entre hombres y mujeres. 

 

  1. El encaje perfecto 

En la profecía de Jeremías sobre el nuevo pacto con Israel, donde se habla del perdón de pecados y la restauración, hay una palabra que es muy enigmática y que, para mí, tiene su cumplimiento aquí: “Porque el Señor creará una cosa nueva sobre la tierra: la mujer rodeará al varón” Jeremías 31:22. 

Volviendo la visita de María. Aquí sucede algo maravilloso. Lucas 1: 39 al 46. Jesús ya está dentro de María (“la mujer rodeará al varón”) y Juan el Bautista dentro de Elisabet. Y con el simple saludo de María a su parienta, porque María porta la vida de Dios en ella, ese saludo se convierte en una bendición: para un hombre, Juan el Bautista, que estaba dentro de una mujer, Elisabet. El niño de seis o siete meses ya tiene vida propia es un ser humano y ya es capaz de ser lleno del Espíritu Santo (una vez más, ¡qué locura es el aborto!). Pero está dentro de una mujer. “La mujer rodeando al varón". Y salta de alegría en el vientre de Elisabet, es lleno del Espíritu Santo -como le profetizó el ángel a Zacarías en Lucas 1:15, que ese niño sería lleno del Espíritu Santo desde el vientre de su madre-, entonces, Elisabet misma es llena del Espíritu Santo, profetiza y bendice a María y bendice a Jesús. Por último, María, también llena del Espíritu, eleva una alabanza poderosa al Señor: su Magníficat 

 

Lo más importante es que entendamos esto: 

 

¿Qué puedo ver aquí, en este pasaje de Lucas 1:39 al 46? Que en lugar de guerra de sexos hay un encaje perfecto.  

Mira, la bendición fue una virtud que fluyó. Como algo que se compartió de Jesús a María; de María a Juan; de Juan a Elisabet; de Elisabet a María; y de María a todos nosotros, hombres y mujeres, en su alabanza. 

¿Qué aprendemos aquí? Que los hombres y las mujeres encajamos a la perfección cuando estamos dentro de los planes de Dios, llenos de fe y dispuestos a obedecerle. Entonces, el Espíritu Santo se derrama por igual sobre siervos y siervas, como profetizó Joel. Sobre pequeños y grandes. Sobre hijos e hijas. Sobre toda carne. Y la bendición de Dios fluye sin estorbo. De unos a otros.  

 

Aquí vemos a dos hombres dentro de dos mujeres. A dos mujeres que albergan a dos hombres. En lugar de guerra de sexos, hay un encaje perfecto.  

Por otra parte, tenemos dos matrimonios que también acaban encajando sus diferencias. Porque hay algo superior que los une, y que es la bendición del Señor sobre el varón y la hembra, para que se amen, para que formen una familia, se multipliquen y le sirvan unidos. 

 

¡Ama lo que eres! Dios te bendice, hombre. Dios te bendice, mujer. Pero, sobre todo, ama la Presencia de Dios en ti. Deja que Jesús viva y fluya a través de ti. 

 Y deja que el Señor te encaje con tu esposa, en tu familia; 

 y en la iglesia, en lugar de guerra de sexos, que haya ese encaje celestial por la bendición del Creador sobre nosotros.  

Recuerda: Su presencia une la diferencia. La ausencia de su presencia violenta la diferencia. 

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