Soliloquios #33

Soliloquios 30

Bendita creatividad

El ser humano ha recibido dones divinos de valor incalculable, como la facultad de hablar, la capacidad de soñar, el sentir hambre de lo eterno o la conciencia. Pero uno de los regalos más fascinantes y que no dejan de admirarme es la creatividad.

El Creador nos ha hecho creativos. Ha dejado su huella en nosotros, dándonos pasión por crear obras de arte, de ciencia o de ingeniería. El deseo de innovar o el afán por descubrir se combinan con la imaginación y con el gusto por lo bello para producir auténticos portentos, verdaderas obras de arte, avances médicos, desarrollos tecnológicos o creaciones admirables.

Ken Robinson fue un escritor, conferenciante y asesor internacional sobre educación, británico, considerado un experto en asuntos relacionados con la creatividad, la calidad de la enseñanza y la innovación. Él solía decir que “la inteligencia y la creatividad de cada persona son tan singulares como su huella dactilar”. Robinson se preguntaba si el modelo clásico de enseñanza en las escuelas “mata” la creatividad en los niños. Una interesante cuestión que podemos abordar mejor con la ayuda de este pequeño cuento de Susana Martín, de su libro Nada está perdido.

Había una vez un niño pequeño que estaba en clase de dibujo creativo. La profesora les informó que había llegado la hora de pintar y el chaval se puso muy contento. Sacó su estuche de colores y empezó a trazar las primeras líneas de lo que iba a ser un coche con alas de color azul y rosa. Su imaginación parecía no tener límites.
-Un momento -dijo de pronto la profesora. El chico dejó súbitamente los colores en su mesa-. Todavía no he dicho qué vamos a pintar. Hoy vamos a dibujar flores añadió.
“¡Genial!”, pensó el niño, porque a él le encantaba dibujar flores y enseguida empezó a dibujar una flor que no existía, con forma de cohete y de un color similar al del arco iris. Nuevamente, la maestra volvió a interrumpirle diciendo:
-Un momento. Todavía no he dicho qué tipo de flor vamos a pintar.
El chaval dejó los colores sobre su escritorio y observó cómo la profesora empezó a dibujar en la pizarra una flor roja con un tallo verde. Les enseñó exactamente cómo se tenía que hacer y todos los niños comenzaron a imitar su dibujo. Al niño le gustaba más su flor que la de la maestra, pero se limitó a obedecer sus indicaciones. Cogió otra nueva hoja en blanco e hizo una flor como la de la profesora: roja con el tallo verde.
Los años fueron pasando y el niño fue aprendiendo en cada clase a esperar, obedecer e imitar, haciendo las cosas siguiendo el método que su maestra les enseñaba. Estaba haciendo con sus alumnos lo mismo que sus profesores habían hecho en su día con ella.
Finalmente, el niño y su familia se mudaron a otra ciudad y el chaval fue a una escuela nueva. Durante su primer día de clase la maestra le dijo:
-Hoy vamos a hacer un dibujo.
Mientras, el resto de chicos empleaba su creatividad para pintar cualquier cosa que se les ocurriera, el chico nuevo se quedó quieto, esperando a que la profesora le dijera qué tenía que dibujar y cómo tenía que hacerlo. Pero ella no decía nada. Se limitaba a caminar por el aula, observando con curiosidad y admiración las creaciones de sus alumnos. De pronto se dio cuenta de que el nuevo alumno seguía sin tocar su estuche de colores. Se acercó hasta él y le preguntó:
-¿Cómo es que no dibujas nada?
Y el chaval, sorprendido, le contestó:
-Estoy esperando que me digas qué vamos a dibujar hoy.
A lo que la profesora le dijo:
-Pues, puedes dibujar lo que tú quieras.
El niño se quedó boquiabierto. No se esperaba que tal libertad fuera posible en una escuela. Sin embargo, permaneció quieto.
-¿Qué ocurre? ¿Estás bien? -le preguntó la maestra.
-Sí. Solamente que no se me ocurre nada que dibujar.
La profesora, extrañada, trató de motivarlo diciéndole:
-A ver… ¿Qué es lo que más te gusta?
El chaval, incómodo, le dijo:
-No lo sé, la verdad.
Y ella, con mucha delicadeza, se sentó junto a él e insistió.
-Tienes toda la libertad del mundo para dibujar lo que te apetezca. Lo que sea. No te preocupes si está bien o mal. Lo importante es que te haga ilusión y te divierta. ¿Qué me dices? ¿Qué te apetece dibujar?
Y el chaval, incrédulo, le respondió:
-No lo sé… Una flor.
La maestra, llena de entusiasmo, le contestó:
-¡Qué buena idea! Me encantan las flores. A ver, ¿qué tipo de flor te apetece dibujar? Puedes dibujarla con la forma que tú quieras y del color o los colores que más prefieras.
El chaval, con un brillo especial en sus ojos, le preguntó:
-¿De la forma y del color que yo quiera?
Y la maestra, asintiendo, le dijo con ternura:
-¡Claro! Si todos hicieran el mismo dibujo, usando los mismos colores, ¿cómo podría yo saber quién lo ha dibujado?
Seguidamente, el niño tomó un par de colores y comenzó a pintar una flor roja con un tallo verde.


Este entrañable cuento señala un peligro de nuestras sociedades industrializadas: querer formar alumnos, en procesos simultáneos y estandarizados, como la empresa que se dedica a fabricar galletas. No todos tenemos la misma inteligencia. No todos aprendemos al mismo ritmo. No respondemos por igual a los mismos estímulos ni expresamos de forma similar nuestra creatividad.

El profesor de psicología de la Universidad de Harvard, Howard Gardner, elaboró en 1983 la teoría de las inteligencias múltiples. Según sus investigaciones, cada uno de nosotros tiene por lo menos alguna de estas inteligencias: lingüística (habilidad de hablar, leer y escribir); lógico matemática (capacidad de realizar análisis racionales y cálculos matemáticos); musical (tener buen oído para tocar instrumentos musicales y aprender idiomas); espacial (saber dibujar, diseñar y visualizar ideas abstractas); naturalista (sensibilidad para conectar con la naturaleza); corporal kinestésica (facilidad para coordinar y expresarse a través del cuerpo); intrapersonal (facultad para gestionar los pensamientos y las emociones); e interpersonal (que consiste en tener destreza para empatizar y relacionarse con otras personas). Más allá de estas categorías, cabe señalar, que hay tantas maneras de expresar la inteligencia como seres humanos hay en este mundo. Eso sí, todas ellas van de la mano de la creatividad y, al igual que la capacidad de razonar nos viene de serie, el pensamiento creativo es inherente a nuestra condición humana. Tanto es así que podemos ser creativos en cualquier cosa que requiera inteligencia.

Mi soliloquio de hoy es un ruego que -creo- viene animado por el mismísimo Creador: no sacrifiquemos la creatividad en el altar de la monotonía, de la mímesis o del simplismo. Usemos esa facultad divina con gratitud, en aras de un mundo mejor y -por qué no- pidiendo al Santo Espíritu su soplo inspirador en cada creación. Él puede avivar el fuego de nuestra inteligencia e imaginación provocando una revolución artística y cultural, dentro y fuera de nuestras congregaciones; en la familia, en el trabajo, en la educación, en la empresa, en el mundo de las comunicaciones, en la música, en el deporte, en… En todo lo que engloba nuestra compleja vida terrenal. 

Al fin y al cabo, no todo está inventado. Dios sigue creando, y nos necesita en muchos nuevos Génesis. Espero que hoy, conmigo, puedas exclamar: ¡Bendita creatividad!

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