La capacitación del Aposento Alto

La capacitación del Aposento Alto



La Capacitación del Aposento Alto 

 

Vamos a hablar del espíritu del Aposento Alto. Algo que necesitamos urgentemente en este tiempo. 

 

1. Introducción

 

La última noche de Jesús con sus discípulos fue en el aposento alto. Era la Pascua. El Señor preparó un aposento. Él dijo a sus discípulos que había en Jerusalén un lugar preparado para tomar con ellos la Pascua, la cena de la Pascua, en la que los judíos celebraban la liberación de Egipto y Jesús entendía todo perfectamente, toda esa tipología como un anuncio profético: Él era el Cordero que iba a traer la verdadera Pascua, la verdadera liberación y salvación.

 

En aquella última noche de Jesús con sus discípulos, aquel jueves en la noche, en esa cena, lava los pies a sus discípulos y hace esta pregunta: “¿Sabéis lo que os he hecho?”. “Ahora”, le dijo a Pedro, “tú no comprendes lo que yo hago, pero lo entenderás después”. Lo que estaba sucediendo en aquel aposento alto fue muy importante. Era algo más que una velada, una bonita noche, un gesto de cariño de Jesús. El Maestro estaba capacitando a los discípulos, marcando sus vidas. De hecho, era imprescindible que ellos vivieran este acontecimiento. Y fue una experiencia que nos trae a nosotros una enseñanza. Vamos a leer Juan capítulo 13:1-17:

 

El Maestro estaba capacitando a los discípulos, marcando sus vidas

 

“Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para pasar de este mundo al Padre , habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin . Y durante la cena, como ya el diablo había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, el que lo entregara, Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todas las cosas en sus manos , y que de Dios había salido y a Dios volvía, se levantó* de la cena y se quitó* su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego echó* agua en una vasija, y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía ceñida. Entonces llegó* a Simón Pedro. Este le dijo*: Señor, ¿tú lavarme a mí los pies? Jesús respondió, y le dijo: Ahora tú no comprendes lo que yo hago, pero lo entenderás después. Pedro le contestó*: ¡Jamás me lavarás los pies! Jesús le respondió: Si no te lavo, no tienes parte conmigo. Simón Pedro le dijo*: Señor, entonces no solo los pies, sino también las manos y la cabeza. Jesús le dijo*: El que se ha bañado no necesita lavarse, excepto los pies, pues[c] está todo limpio; y vosotros estáis limpios, pero no todos. Porque sabía quién le iba a entregar; por eso dijo: No todos estáis limpios. Entonces, cuando acabó de lavarles los pies, tomó su manto, y sentándose a la mesa otra vez, les dijo: ¿Sabéis lo que os he hecho? 13 Vosotros me llamáis Maestro y Señor; y tenéis razón[e], porque lo soy. 14 Pues si yo, el Señor y el Maestro, os lavé los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. 15 Porque os he dado ejemplo, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis. 16 En verdad, en verdad os digo: un siervo no es mayor que su señor, ni un enviado es mayor que el que lo envió. 17 Si sabéis esto, seréis felices si lo practicáis”.

Juan 13:1-17.

 

Aquel aposento alto, probablemente, era la casa de María, la madre de Juan Marcos, y lo que pasó en ese aposento fue tan importante que Jesús le dice a Pedro: “Si no te lavo no tienes parte en lo que viene. Esto que vas a vivir en esta noche, en esta última noche, la noche en la que voy a ser entregado, esto que vas a vivir, te va a capacitar para el día de mañana, para poder servirme. Y aunque ahora no lo entiendes en toda la dimensión que alberga, sin embargo, lo entenderás después. Todo lo que vas a recibir en este lavamiento, en esta noche del aposento alto, te va a capacitar”. 

 

El mensaje se titula La Capacitación del Aposento Alto. Y vamos a meditar sobre el espíritu que había en ese lugar, en la última cena. 

 

2. Las 8 preguntas al texto

 

En Periodismo me enseñaron a hacer preguntas para entender la noticia, para asimilar un hecho, un suceso; te propongo ocho preguntas para entender el texto. Le vamos a preguntar a este capítulo 13 de Juan ¿qué? ¿cuándo? ¿dónde? ¿quién? ¿a quién? ¿por qué? ¿para qué? y ¿cómo? 

 

Primera pregunta es ¿qué? ¿Qué es lo que sucedió? 

Jesús se levantó de la cena, se quitó su manto y tomando una toalla, se la ciñó. Como hacían los siervos, los esclavos. Entonces echó agua en una vasija, en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a secarse con la toalla que tenía ceñida. 

 

Segunda pregunta: ¿Cuándo? 

“Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para pasar de este mundo al Padre”. Lo que llamamos ‘Jueves Santo’ en estos días de Pascua o de la Semana Santa. No sabemos exactamente la fecha en la que Jesús nació y otros acontecimientos de su vida, pero sí que sabemos el cuándo de este lavamiento: fue un jueves, cuando fue traicionado y entregado. Jesús celebró la Santa Cena o la Pascua con sus discípulos y también tuvo lugar este lavamiento de pies en la noche. Después fue a orar al monte de los Olivos, donde solía hacerlo, y allí fue entregado con un beso por Judas. Pedro le cortó la oreja Pedro a Malco y Jesús hizo el milagro de volver a ponerla en su lugar. “Mete la espada en la vaina”, le dijo. Y así fue como se cumplió lo que estaba escrito, que iba a ser apresado entre malhechores. Jesús estaba cumpliendo todo lo profetizado acerca del Mesías Salvador. Entonces lo apresan y lo llevaron ante el Sanedrín, violando las leyes, violando el código de lo que era la justicia. Algunos hombres justos que había en el Sanedrín, como Nicodemo o como Gamaliel, no quisieron tener nada que ver con lo que allí estaba pasando. Y comienza la tortura: los golpes, insultos, puñetazos. Es necesario que entiendas que aquella noche terrible en el Huerto de los Olivos Jesús se angustió hasta la muerte. Buscó en oración la fortaleza del Padre. Buscó en oración lo necesario para poder cumplir su misión, de ser el Cordero. A tal punto se angustia que sudó sangre. Lo que se conoce como hematidrosis. Llegó a tal extremo de estrés y de angustia que se rompieron sus capilares y por la glándulas sudoríparas brotó sangre. Cuando una persona llegaba a ese extremo físico, psicológico y emocional, todos sus nervios, todas sus terminaciones nerviosas están hipersensibles. Por lo tanto, de ahí en adelante todo lo que Jesús experimentó, que de por sí fue terrible, hay que multiplicarlo por cien. Lo que era una tortura común, no fue común porque se ensañaron con él, porque había poderes diabólicos en los azotes, en los golpes, en los insultos, en no dormir, en esos juicios pasando por el Sanedrín, Herodes, Pilatos; esa vergüenza, el ser entregado a cambio de Barrabás, por el pueblo que él amó, que lo recibió triunfalmente cuando entró en Jerusalén, y ahora estaba gritando que lo crucificaran y no querían saber nada de él. Todo lo que fue una tortura: la corona de espinas, los golpes, latigazos, bofetones, arrancar, etc.  su barba, absolutamente todo lo sufría más por haber llegado a ese momento de hematidrosis. Es difícil comprender cuánto sufrió espiritualmente, emocionalmente, cuán solo estaba, cómo la oscuridad se cernió sobre él y también físicamente, por supuesto, fue horrible.  El viernes fue crucificado. Estuvo seis horas en la cruz hasta las tres de la tarde. Lo llevaron al sepulcro desde la tarde del viernes. Todo el sábado estuvo en la sepultura y el domingo en la mañana resucitó. Por lo tanto, al tercer día, porque contamos parte del viernes en la tumba, todo el sábado y parte del domingo. Por eso al tercer día, en domingo, resucitó. Y lo último que iba a hacer en la tierra era muy importante. Cada palabra, cada acto, cada consejo, su ánimo, su consuelo y exhortación, todo lo que hizo con sus discípulos en esas últimas horas tenía una importancia trascendental. Era como el legado de Jesús. Por lo tanto, este lavamiento de pies tenía una bendición: una capacitación. Hemos respondido, por lo tanto, al cuándo y seguimos el dónde.

 

Es muy importante que cada uno de nosotros podamos 

tener esta experiencia del aposento alto

 

Tercera pregunta: ¿Dónde? 

Fue en ese aposento de Lucas 22:11-12: “Diréis al dueño de la casa: El Maestro te dice: ¿Dónde está la habitación en la cual pueda comer la Pascua con mis discípulos? Entonces él os mostrará un gran aposento alto dispuesto. Preparad allí la cena. Entonces ellos fueron y encontraron todo tal como él les había dicho, y prepararon la Pascua”. Dice “un gran aposento alto”. Fue un lugar que no era de Jesús, pero era de gente que en esos tres años había conocido a Jesús y amaba Jesús y cedieron aquel espacio. Muchos coinciden en pensar que es muy probable que fue el mismo aposento alto donde también vino Pentecostés, donde también vino la llenura del Espíritu Santo. Es el aposento alto propiedad de María, la madre de Juan Marcos o de Marcos el evangelista. Sigamos con las preguntas ¿Quién? 

 

Cuarta pregunta: ¿Quién lavó los pies?

Jesús. “Sabiendo que el Padre había puesto todas las cosas en sus manos y que de Dios había salido y a Dios volvía…”. Más abajo dice: “Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y tenéis razón, porque lo soy”. Pensemos, ya era algo grande el simple hecho de que el maestro y el que tenía la autoridad del liderazgo hiciese lo que era propio de los sirvientes de la casa del esclavo; que dejase su manto precioso y se ciñese la toalla y tomase el lebrillo; y con tanto amor lavase los pies de sus discípulos. Pero no era solamente el Maestro o el líder. Era el que había venido de Dios, y a Dios volvía. El que tenía todas las cosas en sus manos, es decir, el Padre le había entregado el reino: “Toma hijo, te entrego el Reino. El reino que el primer Adán perdió, tú me lo tienes que recuperar”. Era Dios hecho hombre, el primogénito del Padre, el unigénito del Padre, el que había estado desde la eternidad en el seno del Padre, por quien habían sido hechas todas las cosas y para quien habían sido hechas todas las cosas. Estamos hablando del Todopoderoso, el Creador, el Omnipresente, el Omnipotente quien, sin embargo, quiso venir y ser como nosotros. La Segunda Persona de la Trinidad. Él nos da esta lección de lavar los pies con amor y hacerse el siervo de los hombres. 

 

Quinta pregunta: ¿A quién?

A los discípulos. Y vemos cómo Pedro se resiste. Dice: “Señor, ¿cómo me vas tú a lavar a mí? Yo te tengo que lavar los pies a ti”. Jesús le dice: “Si no lo hago, no tienes parte conmigo. Pedro, es necesario que tú recibas mi amor en este hecho, que tú recibas mi entrega en este acto, que tú recibas mi ejemplo”. 

 

Aplicándolo para hoy, es muy importante que cada uno de nosotros podamos tener esta experiencia del aposento alto, de entender que Jesús nos lava los pies, y comprender que Jesús se entrega, siendo el Señor, se hace siervo de cada uno de nosotros. Los que somos discípulos debemos recibir esta lección y tener una experiencia con el amor, un aprendizaje a través de su humillación y obediencia.

 

Seguimos preguntando. 

Sexta pregunta: ¿Por qué?

Jesús dice: “Porque os he dado ejemplo”. “Si no te lavo, no tienes parte conmigo”. Él no solamente lo hacía por amor, sino que estaba modelando. Estaba dando ejemplo. Estaba impartiendo el espíritu del Reino. Por eso, hermano y hermana, nunca vas a poder ser un buen líder y nunca vas a poder ser un buen siervo, si no aprendes de Jesús como siervo, si no aprendes de Jesús como líder. Es necesario que nos lave los pies. Este contacto, este lavamiento, no es solamente el agua que lava, es su amor. Como si nos dijera: “Es mi amor. Yo voy a derramar mi sangre en la Cruz, voy a dar toda mi vida en la Cruz y por esa sangre seréis lavados”. Tienes que experimentarlo. Tienes que recibirlo para que el día de mañana tú también laves los pies y te entregues y te derrames por amor a los demás. 

 

Séptima pregunta: ¿Para qué?

¿Para qué? “Pues si yo, el Señor y el Maestro, os lavé los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis. En verdad, en verdad os digo un siervo no es mayor que su señor, ni un enviado es mayor que el que lo envió. Si sabéis esto, seréis felices si lo practicáis”. 

 

Fijémonos que Jesús está diciendo que, si no sabemos ceñirnos la toalla y servir, teniendo al otro como más importante, en el fondo, es como que nosotros posicionándonos como más importantes que Jesús. Él lo pudo hacer y si yo no soy capaz de hacerlo, es como que yo me estoy colocando en una posición superior a la de él. Y Jesús dice: “¡No, ningún siervo es mayor que su señor! Si yo soy el Señor y lo he hecho, todos los que son mis discípulos, mis hijos y mis siervos, deben saber ceñirse la toalla y lavarle los pies al prójimo, teniendo al otro como más importante”. Así seremos bendecidos. Bienaventurados si practicamos esto, el Padre nos bendice. El Padre ve en nosotros que somos verdaderos hijos, verdaderos siervos y verdaderos discípulos de Cristo Jesús y el Padre nos bendice, porque el que se humilla, Dios lo levanta y el grande en el reino es el que se ciñe y lava los pies; el que sirve es el grande en el reino.

 

Entonces, ¿para qué lo hizo, el Señor? “Para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis”. Si quieres saber si alguien ha tenido un encuentro real con el amor de Jesús mira su servicio. Porque es imposible que lavemos los pies y que sirvamos como Dios quiere si primero no nos lo ha hecho Jesús a nosotros. Cuando Jesús te lo ha hecho a ti, entonces tú dices, “el Señor me lo ha hecho a mí, ¿cómo no se lo voy a hacer yo a mi hermano? 

 

Algunos quieren el manto de Jesús. ¡Qué bello es el manto de su ministerio! La dignidad, el ministerio, la gloria, la unción, los milagros... Pero Jesús dice: “El manto más bello es la toalla. Cíñete la toalla. No te la quites. Toma el lebrillo y sirve en tu trabajo y sirve en la sociedad y sirve en el vecindario. Sirve, sirve, sirve… No te quites nunca la toalla”. Hay personas que no pueden dar este servicio porque aún no lo han recibido. Entonces no tienen parte en el reino. Y Dios te quiere llevar a ese momento de aposento con Jesús. A ese momento en el que se te revelan sus lágrimas en la agonía del Getsemaní, se te revela su sangre derramada para limpiar tus pecados, se te revela al Hijo del Hombre. Yo recuerdo cuando tuve una revelación personal de Jesús muriendo por mí en la cruz. ¿Por mí en la cruz? ¿Qué haces, tú, muriendo por mí? ¡Yo merezco estar allí! Y un poquito después, unos años después, un día estaba orando y tuve una visión: el Espíritu Dios me transportó al aposento alto, como si fuese uno de los discípulos; y, después de haber adorado al Señor Jesús con toda su grandeza, lo vi lavándome los pies a mí, y me bautizó con su amor. Fue maravilloso. 

 

Esta experiencia de lavamiento, en el aposento alto, 

debemos tenerla cada uno de nosotros

 

Última pregunta: ¿Cómo? ¿Cómo lo hizo?

 

“¡Ah, Juan Carlos!”, me dirás. “¡Ya sabemos cómo lo hizo! Se ciñó la toalla, se quitó el manto, tomó el lebrillo y uno por uno fue lavando los pies. En aquel tiempo no había sillas como ahora. Entonces se tuvo que poner muy bajo…”. No se trata de eso, de cómo lo hizo exteriormente, sino interiormente, porque puedes lavar los pies lleno de orgullo, puedes lavar los pies mecánicamente y puedes dar un beso como Judas, con traición. Lo más conmovedor para ellos fue ver cómo lo hacía: ¡Con amor! Lleno de amor. “Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin”. Y también en griego se puede leer: “Los amó hasta lo sumo”. ¿Qué es lo sumo? A más no poder, hasta lo máximo. Imagina conmigo el ambiente que se respiró en ese aposento alto: Amor de Dios. 

 

En ese lugar había una presencia tan grande de amor que el único demonio que había (Judas) no se pudo quedar. Y entonces Jesús les dice las palabras finales: “Os doy un mandamiento nuevo: Que os améis unos a otros como yo os he amado. No hay un amor mayor que este, que uno de su vida por sus amigos”. Amaos como yo amo, que os acabo de lavar los pies. Amaos con esa humillación, amaos con esa entrega. ¿Cómo lo hizo? Con amor. 

 

Hemos respondido a las ocho preguntas. Jesús dijo: “¿Sabéis lo que os he hecho?” Y nosotros estamos intentando entender mejor. 

 

3. En el Aposento Alto hubo un doble lavamiento

 

En el aposento alto hubo un doble lavamiento. Primero, el lavamiento del amor de Jesús. Pero unos días después, 50 días después, el día de Pentecostés, en el aposento alto, hubo otro lavamiento, el del Espíritu Santo, cuando se derramó en ese lugar sobre los 120.

 

Leemos en Tito 3:5-6: “Él nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho , sino conforme a su misericordia , por medio del lavamiento de la regeneración y la renovación por el Espíritu Santo , que Él derramó sobre nosotros abundantemente por medio de Jesucristo nuestro Salvador”. 

 

La salvación no es por obras, sino conforme a su misericordia. La salvación es por Cristo. Por medio del lavamiento de la regeneración (ahí está la sangre de Jesús, el lavamiento de la regeneración, lavamiento de nuestros pecados por la sangre de Jesús) y la renovación por el Espíritu Santo (ahí está el otro lavamiento que es cuando el Espíritu Santo viene a ti y eres hecho una nueva criatura). Y el Espíritu Santo, entonces, te renueva para que vivas en novedad de vida. Esa es la salvación, en el doble lavamiento. Derrama el Espíritu Santo para llenar a los cristianos. 

 

Este doble lavamiento los capacitó para seguir la misión de Jesús. Por eso decimos que es la capacitación del aposento alto, porque los dos lavamientos tienen lugar en el mismo aposento. El ser lavados por el amor y el ser llenados por el Espíritu Santo. Sin ambos lavamientos no podemos ir a la misión. Si no nos llenamos del Espíritu y nos dejamos guiar por Él, no tendremos el amor que necesitamos para actuar como discípulos de Jesús. Jesús les dice a los discípulos: “Mirad, chicos, no podéis ir a mi misión si primero no tenéis una experiencia… ¿Os acordáis la experiencia que tuvisteis cuando lavé los pies? Necesitáis otro lavamiento, un derramamiento del Espíritu Santo. Sin el poder de lo alto no podéis ser mis testigos. No tendréis el amor y el poder necesario para poder ser representantes míos y llevar a cabo mi obra. (Hechos 1:8, 12-14 y Hechos 2:1-3).

 

Sin ambos lavamientos no podemos ir a la misión

 

¿Cuál es el espíritu del aposento alto? El espíritu del aposento alto es el amor, es el Espíritu de Cristo, es el Espíritu Santo llenando a la iglesia, dándonos el poder y gobernándonos. Dios es amor, por lo tanto, es una llenura de amor, es una llenura del Espíritu Santo. Sin esto, no podemos llevar a cabo nuestra misión. ¿Piensas o no que necesitamos más del aposento alto?

 

4. Conectemos los dos lavamientos en Gálatas 5

 

Ahora vamos a conectar los dos lavamientos. Vamos a conectar el amor de Jesús (que se manifiesta en cómo nos servimos y cómo nos lavamos los pies, en cómo nos amamos y cómo nos entregamos unos a otros) y vamos a conectarlo con el poder del Espíritu Santo. En Gálatas capítulo 5 y 6 veremos cómo el Espíritu Santo nos capacita para ese amor que Jesús les mandó tener: Un mandamiento nuevo os doy, que como yo os he amado vosotros también os améis unos a otros. Es otro nivel de amor, superior al amar a mi prójimo como a mí mismo. Dios me dice que esté dispuesto a dar mi vida por mi hermano.

 

El Señor nos dice: “Tú no puedes. Es mi amor. Dale lugar a mi Espíritu. Llénate de mi Espíritu”. 

 

Solo así podemos cumplir el Sermón del Monte. Amar a los que nos odian. Orar por los enemigos. Amar a los enemigos. Hacer bien al que me hace mal. Eso no es humano ni normal; es sobrenatural; es el amor de Dios. Pero hay que tener un encuentro con Jesús en el aposento alto. ¿Cómo lo voy a dar si no lo recibo? Primero me tiene que llenar el vaso, para luego dar ese agua. 

 

En Gálatas 5:13 vamos a conectar los dos lavamientos, el del amor de Cristo con el del Espíritu. “A libertad fuisteis llamados, solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros”. Ahí está el aposento alto: lavar los pies; servirnos por amor.

 

Vamos a seguir leyendo: 14 “Porque toda la ley en esta palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Pero si os mordéis y os coméis unos a otros, mirad que también no os consumáis unos a otros”. Juan Carlos, ¿pero eso lo está escribiendo a cristianos? Sí. Y está diciendo que nos podemos morder, comer y consumir. En vez de servir por amor, podemos ocasionar un daño, si estamos en la carne. “Mirad que no os consumáis unos a otros”. ¿Qué quiere decir? Que si tú prendes un fuego en la iglesia, tú mismo no vas a escapar de las llamas. La lengua es un pequeño fuego que enciende un gran bosque. Si tú enciendes un fuego de murmuración, de división, de mal ambiente, de queja, etc. ese fuego te acaba dañando, porque somos una sola cosa. Porque tú eres parte de este ecosistema. 

 

¡Qué contraste! Dice, “Servíos por amor los unos a los otros”.  “¡Pero tened cuidado!”  Porque seguimos teniendo una carne peligrosa y dañina. ¿Nos podemos morder? ¡Claro! No se trata de canibalismo dentro de la filas del cristianismo, ni en el primer siglo ni ahora. Pero sí que hay bocados que me han dado y aún tengo cicatrices. Bocados de traición. Bocados de juicio. Bocados de murmuración. Bocados de…  Nos podemos herir en la carne herir.

 

Verso 16. “Digo pues, andad en el Espíritu y no cumpliréis el deseo de la carne”. ¿Qué tenemos que hacer? Andar en el Espíritu. ¿Cómo puedo, yo, servir en amor a mi hermano o hermana? Andando en el Espíritu. ¿A qué me lleva el Espíritu? Al amor, porque Dios es amor y es el Espíritu de Cristo. El Espíritu me dice: “Ponte la toalla y sirve”.

 

“Tú no puedes. Es mi amor. Dale lugar a mi Espíritu. Llénate de mi Espíritu”

 

“Digo pues, andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne”. Aquí está la clave. “Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne y estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis”. Seamos francos, el gran problema que tenemos en la familia es que hay mucha carne. El problema que tenemos en las iglesias es que hay mucha carne. El problema que tenemos a menudo, cuando estamos sirviendo juntos en un ministerio, es que aparece la carne. La carne, el ego, la inmadurez, en lugar Cristo, del Espíritu de Cristo.

18 “Pero si soy guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley… Y manifiestas son las obras de la carne, que son adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías y cosas semejantes a estas, acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no era, no heredarán el reino de Dios”. 

 

¿Pero qué necesidad hay de hablar esto a cristianos que ya se han arrepentido de sus pecados? A lo mejor tú dices: “yo no estoy en borracheras”, “ya no estoy en fornicación”, etc. Pero se sigue manifestando la carne en celos, en envidias, en enemistades, en disensiones… 

 

En lugar de ser guiados por el Espíritu estamos en lo viejo. Necesitamos más aposento alto para llenarnos del amor y para llenarnos del Espíritu Santo, y entonces nos vamos a amar, nos vamos a saludar y nos vamos a sonreír; nos vamos a perdonar y no habrá contienda ni envidia ni falta de perdón en el corazón. En lo que dependa de nosotros vamos a estar en paz con todos.

 

22. “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza”. ¡Es un carácter! Es Cristo. Todas estas virtudes representan el carácter de Cristo. Cuando alguien posee el fruto del Espíritu, ¿qué ves en esa persona? ¡A Cristo! 

 

24 “Pero los que son de Cristo han crucificado la carne. Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu”. ¿Qué está diciendo Pablo? Si el Espíritu Santo te salvó, si el Espíritu Santo ya vive en ti, no desperdicies ese poder tan grande, no desperdicies ese amor tan grande. Si vives por el Espíritu, anda por el Espíritu. Pero para eso hay que ir al aposento alto. Hay que pasar tiempo con Jesús en amores. Que Él te lave los pies y tú se los laves a Él.

 

Hay que pasar tiempo en el aposento alto pidiéndole otra vez: “Derrama tu Espíritu, para que me fortalezca el Espíritu. Hoy quiero ser guiado por el Espíritu”. Dios siempre está y no cambia, pero, a veces, nuestra alma está afectada. Quizás, ese día, ni somos conscientes de que hemos descansado menos y parece que Jesús no está conmigo en el aposento, porque no estoy igual de sensible. Pero él está igual que ese otro día donde parece que su gloria llena mi habitación. Es el corazón, engañoso, no hay que fiarse de las emociones cambiantes. Es por fe. Y madurez es que aprendamos a controlar el alma, a poner el alma bajo el espíritu. Es estar en el aposento sienta o no sienta. 

 

Necesitamos más aposento alto para llenarnos del amor y 

para llenarnos del Espíritu Santo

 

Nos falta aposento alto. En el aposento alto las desavenencias entre los discípulos desaparecieron. Todos fueron uno. Se ciñeron el amor y se llenaron del Espíritu. Debemos regresar al aposento alto, a los lavamientos del amor y de la llenura del Espíritu Santo. Si no subimos al aposento alto, no bajaremos con poder a llevar a cabo la misión. Necesitamos pasar tiempo allí. Hay que subir y saber permanecer. 

 

5. Aplicación final

 

¿Cómo aplico este mensaje? Necesitamos momentos de amor en el aposento alto, donde yo recibo el amor de Jesús, donde él me lava los pies, yo le lavo los pies y ahí recargo mi batería de amor. Necesito el aposento alto. Permanecer allí y saber buscar los tiempos de llenura, de pedirle al Señor su poder para entonces bajar a cumplir su misión. 

 

Al aposento alto hay que subir: eso es estar con el Señor, tener tiempos de adoración, de encuentro, de reunión con los hermanos y buscar al Señor juntos. Hay algo especial cuando buscamos a Dios juntos.

 

Permanecer allí y saber buscar los tiempos de llenura

 

Cuando subes al aposento alto se nota que bajas bien. Se nota que bajas con el fuego, con el amor, con el Espíritu, para poder dar lo de Cristo, y así, seguir con la misión de Cristo. 

 

Este mensaje se titula así: La capacitación del aposento alto. ¿Y cuál es el espíritu del aposento alto? Es el lavamiento del amor y es el lavamiento de la renovación del Espíritu.

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