Bienvenido a casa, Christian
Relato
1
Aquella mañana de septiembre, después de dejar a su hijo en la guardería, Edward Cornwell condujo hacia el trabajo con una sensación que no supo nombrar. Atlanta estrenaba ese primer fresco del año que huele a césped cortado por última vez, el tráfico llevaba su paso de siempre por Piedmont, y no había en toda la mañana un solo motivo visible para aquella inquietud; de modo que Edward hizo lo que hacemos todos con los malos presentimientos que no tienen percha donde colgarse: le buscó una. Y la encontró en la película de la noche anterior.
La habían visto a medias, Glenda dormitando contra su hombro desde el segundo acto: un vecindario impecable de Illinois, céspedes a cordel, banderitas en los porches, y un vecino de sonrisa servicial que iba haciendo desaparecer, uno a uno, a los niños de las familias hispanas de la calle para esconderlos en el sótano de la casa de sus difuntos padres. El final había sido pasable —los niños rescatados, el monstruo esposado sin despeinarse, las familias mudándose lejos para poner kilómetros entre ellas y el recuerdo—, pero a Edward se le había quedado clavada una espina pequeña y fría que no era el argumento, sino un detalle del argumento: la facilidad con que el horror vestía polo de golf, cortaba su seto los sábados y saludaba desde el buzón. Antes de dormirse se había sorprendido pensando tonterías de las que uno no cuenta en el desayuno. Si tendrían algún lunático en la casa de enfrente. Si el jardinero del chalet vecino, tan simpático, tan puntual, sería otra cosa por dentro.
Si alguien podría querer hacerle daño a un ángel de dos años como Christian.
Eso era todo, se dijo al volante. Sugestión de sofá. Y sin embargo la espina seguía allí, y mientras conducía se descubrió repasando la escena de la entrega del niño como quien repasa un bolsillo en el que falta algo sin saber qué. No había sido la sonrisa de Maggie, la dueña, tan perfecta como siempre, con aquel punto de esmalte que tienen las sonrisas profesionales. Ni siquiera que fuese ella en persona quien saliera a recoger a Christian, cosa que no ocurría nunca , para eso estaba Sally; Sally estaría librando, o enferma, vaya usted a saber. No.
Fue que Maggie no le dirigió la palabra. Que no le sostuvo la mirada ni medio segundo, a él, al padre, al hombre al que llevaba dos años dando los buenos días con nombre y apellido. Y fue, sobre todo, el saludo que le dedicó al niño mientras se lo llevaba hacia dentro, apretándolo apenas un punto más de lo debido, con un tono meloso al que le sobraba almíbar por todas partes:
—Bienvenido a casa, Christian.
¿Cómo que a casa?, murmuró Edward en el garaje, y solo al oír el eco de su propia voz contra el hormigón cayó en la cuenta de dónde estaba. Porque eso fue lo otro, lo que de verdad no tenía explicación: que, sin habérselo propuesto, con las manos decidiendo por su cuenta en cada cruce, no había conducido a la oficina. Había conducido de regreso a su propia casa. Su casa. La de verdad, la de la hipoteca y las fotos en la nevera. Aquello otro era solo una guardería.
¿Qué le pasaba por la cabeza a esa mujer?
2
—Ya es hora, Frederick —dijo Maggie con la voz baja y brillante de los grandes días—. Ya es hora de tener nuestra familia.
—Sí que lo es —contestó él sin levantar la vista del sobre que estaba comprobando por tercera vez—. Nos lo merecemos. Son muchos años dándoles a esos niños el cariño verdadero. Sus padres son robots de la maquinaria, Maggie. Fichan, consumen, delegan. Solo eso.
Frederick y Margaret Müller llevaban más de dos décadas al frente de la guardería Great Father, en el mismo edificio bajo de ladrillo con su valla de colores y su cartel de letras redondas, y el plan que aquella mañana por fin maduraba lo habían ido pergeñando durante años: en la cocina, en la cama, en los silencios largos y amueblados de un matrimonio sin hijos. Incapaces de engendrar uno propio, enfermos de una envidia antigua que el tiempo no había curado sino curtido, ávidos del amor que suponían que un hijo prodiga a sus padres, estaban locos los dos; pero locos de esa manera perfectamente cuerda que permite funcionar bien en todo —pagar impuestos a tiempo, renovar licencias, pasar inspecciones con nota, sonreír a las familias en el festival de fin de curso— menos en el punto exacto de la fijación. Veinte años mirando por la ventana del despacho cómo los padres aparcaban con prisa, entregaban a sus hijos con un beso de trámite y salían disparados hacia sus reuniones habían destilado en ellos una conclusión serena, definitiva, del todo razonable a sus ojos: aquella gente no merecía ser padres. Gente que abandonaba a sus hijos cuarenta horas semanales en manos de terceros a cambio de unos dólares. Eso ya lo demostraba todo.
De modo que había llegado el momento de elegir el hijo propio y desaparecer. Y el elegido, de común acuerdo, tras un escrutinio largo y minucioso del que ningún niño de la Great Father supo nunca que era candidato, era Christian.
Se parecía a ellos. Al hijo que habrían tenido de jóvenes, si la vida hubiera querido: los mismos ojos claros de Maggie, un remolino en la coronilla como el de Frederick en las fotos de la universidad. Cierto que ahora cualquiera que se cruzara con ellos tomaría al pequeño por su nieto; ¿y qué? En Venezuela, donde los esperaban una vida nueva y unas cuentas engordadas céntimo a céntimo durante años, rejuvenecerían. Él se teñiría el pelo. Ella se haría algún retoque. Para eso se habían negado todo —ni vacaciones, ni cine, ni un restaurante en década y media; ni un sillón decente, ni un vestido nuevo, ni encender la calefacción del todo en los inviernos desapacibles de Atlanta, cenando sopa de sobre bajo una manta con el catálogo de una inmobiliaria de Caracas entre los dos—: todo, absolutamente todo, al servicio del plan. Y el día había llegado. Tenían los ahorros repartidos en cuentas que nadie relacionaría. Tenían los billetes. Y tenían, en un sobre de papel manila que Frederick acarició una vez más antes de cerrarlo, tres pasaportes recién envejecidos que los convertían en Vincent, Dorothea y el pequeño Fred Wilson.
Fred. Nunca más Christian. Fred, en honor a su nuevo padre.
—Dilo otra vez, cariño —pidió Frederick, sentando al niño en sus rodillas—. Papá. Va-mos: pa-pá.
—Papá —repitió Christian, con la obediencia inocente de los dos años, y aplaudió porque el hombre grande aplaudía.
—Ahora dile mamá a Maggie —canturreó ella desde la impresora, recogiendo papeles con una mano y enjugándose los ojos con la otra; llorar de dicha también es llorar.
Al fondo del pasillo, detrás de una puerta cerrada, lloraba un coro de niños. Eran catorce, los otros catorce matriculados de aquella mañana, sentados en la oscuridad de un aula con las persianas bajadas, y echaban de menos a Sally y a Petra, sus cuidadoras de siempre, despedidas la tarde anterior con un sobre, una mentira sobre recortes y ninguna explicación que se sostuviera. El plan era tenerlos allí solo un par de horas, hasta que el aeropuerto estuviera cerca y la mañana lejos. Los Müller también habían barajado, en las madrugadas más lúcidas de su locura, la posibilidad de dormirlos a todos para siempre y ahorrarles una vida de banalidades en el seno de familias indignas; lo habían hablado con la calma con que se habla de cambiar de proveedor, y lo habían descartado por dos razones prácticas: los tacharían de asesinos sin comprender el motivo, y complicaría la huida. No. Se irían con Christian. Con él tendrían suficiente.
3
—¿Qué haces aquí tan temprano? —preguntó Glenda, extrañada, desde el taburete de la cocina, la taza de café entre las manos y el pelo aún húmedo de la ducha—. ¿Hoy no vas a la oficina?
—Hoy trabajo desde casa —dijo Edward, dejando las llaves en el cuenco de la entrada con más cuidado del necesario. Y como la mentira le supo a poco, añadió—: Otra vez la jaqueca.
Las jaquecas eran viejas conocidas de Edward desde que la petrolera lo ascendió a dirigir la delegación de Atlanta, y venían siempre con el mismo séquito: la persiana bajada, el ibuprofeno, el silencio. Glenda podría haberlo dejado ahí. Pero Glenda era arquitecta, llevaba media vida leyendo estructuras, y en la cara de su marido no había persiana bajada ninguna: había otra cosa. Supo ver la grieta.
—¿Tienes algo que contarme? Si quieres llamo a Tina y le digo que hoy no me espere en el estudio.
—No, no. —Edward se dejó caer a su lado en el sofá, dubitativo, buscando por dónde empezar algo que no sabía si era algo—. Tonterías mías. Estoy sugestionado por la película de anoche.
—¿Y?
—Y un detalle. Hoy salió Maggie a recoger al niño. Sally libraría, o estará enferma.
—¿Y?
—Que ni me miró, Glenda. A mí, ni una palabra, ni los buenos días. Dos años dándome conversación cada mañana y hoy, nada, como si yo fuera el poste de la valla. Y al niño le dijo: «Bienvenido a casa».
—¿Bienvenido a casa?
—Esas palabras.
Glenda se quedó un momento con la taza a medio camino de los labios. Luego sonrió, y su sonrisa fue disolviendo el nudo de su marido como el agua caliente disuelve el azúcar: despacio, sin dejar de remover.
—Es una forma de hablar, Edward. Querría decir que el niño está a gusto allí. Frederick y Maggie son encantadores.
—Encantadores —repitió él, y saboreó la palabra como si la oyera por primera vez—. Eso he pensado siempre.
—Son muchos niños, cariño, y muchas mañanas iguales. No le des más vueltas. A las tres lo recoges, como siempre. ¿Quieres que llame antes de irme y hable con ellos?
—No, no. Tranquila. —Edward la besó en la sien—. Sigue con tu día. Sé que hoy es importante.
—No tanto. Viene el cliente del proyecto nuevo a discutir planos, pero Tina lo tiene controlado; yo solo la apoyo. —Glenda se levantó para ir a cambiarse y él le retuvo la mano un segundo de más—. No te preocupes, ¿vale? Esta noche buscamos otra guardería.
—No creo que haga falta, mujer.
Lo dijo él. Le tocaba a él decirlo, ahora que ella lo había tranquilizado, porque en los matrimonios largos el miedo se turna como se turnan las guardias. Edward se instaló frente al ordenador del despacho, contestó correos atrasados, abrió los informes de cada viernes y hasta silbó algo cuando se hacía el segundo café. Y Glenda, mientras tanto, hizo algo que ni ella misma sabría explicar más tarde, cuando tuvo que explicárselo a un agente con una grabadora, a dos detectives y a sí misma en mitad de muchas noches: en lugar de conducir a su estudio, uno de los más reputados de Atlanta, condujo derecha a la guardería. No iba pensando en ningún peligro; de haberlo pensado, otra habría sido su velocidad y otro su respeto a los semáforos. Iba tranquila, normal, repasando la excusa como se repasa una lista de la compra —los abuelos, diría; han llegado por sorpresa los abuelos y quieren pasar el día con el niño— y sintiendo solamente, con una urgencia física que le apretaba el pecho desde dentro, la necesidad de abrazar a Christian. De olerle la cabeza. De contarle los dedos como cuando era recién nacido. Llamó a Tina por el manos libres, se tomó el día con dos frases, y Tina, que la conocía, no preguntó.
4
—¡Silencio! ¡Callad de una vez!
Frederick, asomado a la puerta del aula a oscuras, solo conseguía que los catorce llorasen más fuerte; los niños distinguen el enfado del peligro mucho antes de saber decirlo. Cerró de un golpe que hizo temblar los dibujos clavados con chinchetas en el corcho del pasillo. Al otro lado, Maggie lo miró con Christian en brazos, y en su cara había algo que no estaba allí por la mañana.
—Haz que se callen tú, ya que tanto sabes —dijo él.
Maggie abrió la puerta con suavidad de veinte años de oficio. «Silencio, niños. A dormir». No funcionó, claro; catorce niños asustados no son un interruptor. Y entonces hizo algo peor: encendió la luz. Veintiocho ojos desorbitados, arrasados en lágrimas, los miraron desde los rincones del aula implorando sin palabras que aquel castigo terminara; y Maggie los conocía a todos, sabía quién era alérgico a qué y quién dormía con qué trapo y qué canción calmaba a cuál, y los sostuvo con la mirada un instante. Un instante de más. A Frederick no le gustó lo que vio pasar por la cara de su mujer durante ese instante.
—¿Qué haces, Maggie? ¿Cómo van a dormirse con la luz?
Apagó él mismo el interruptor, y la oscuridad volvió a caer sobre el aula como una manta mojada. En los brazos de ella, contagiado, Christian rompió a llorar también y se revolvió intentando soltarse, buscando el suelo, buscando a los otros, buscando cualquier cosa que no fuera aquello.
—¡Quieto, Fred! —le chilló Maggie, y su propio grito pareció asustarla más que el llanto—. Deja de moverte. —Y luego, a su marido, con una voz distinta, más delgada, una voz que llevaba veinte años sin usar—: ¿De verdad crees que puedo empezar a llamarlo Fred, así, de hoy para mañana? ¿De verdad crees que esto...?
No terminó la frase. Frederick la estaba mirando de una manera nueva, muy fija y muy tranquila, sin enfado ninguno, como se mira una columna que ha empezado a sobrar en el plano.
5
El aparcamiento de la Great Father estaba vacío. Glenda no reparó en ese detalle —solo el monovolumen rotulado de la guardería, con su arcoíris y sus letras redondas; ni un coche de trabajadora, ni uno solo de padre a media mañana— porque su cabeza iba ya tres pasos por delante, enfocada en el abrazo. Lo que sí la extrañó, con esa extrañeza de baja intensidad que no llega a detener a nadie, fue que no hubiera una sola luz tras las cortinas de un edificio lleno de niños. Apretó el paso, bolso en mano, y se dejó el coche abierto y el teléfono en el asiento.
Fue en el umbral, con el dedo a un centímetro del timbre, cuando los oyó. Gemidos. Llanto de niños, muchos niños, en algún lugar de allí dentro; no el llanto suelto de un berrinche, sino un coro sostenido, cansado, de los que llevan rato. Glenda se quedó helada, y por su cabeza cruzó, fugaz y nítida, la palabra policía. En lugar de pulsar el timbre buscó el teléfono en el bolso, y el bolso hizo lo que hacen los bolsos en el peor momento: cremas, pinturas, las llaves de casa, una libreta, un bolígrafo, toallitas, la botella de agua. Lo removió todo dos veces, tres, con dedos cada vez más torpes, oyendo su propia respiración por encima del llanto.
—Lo he dejado en el coche —susurró al fin. Y a continuación, en voz baja, furiosa consigo misma—: Glenda, por favor. ¿Qué estás haciendo? Llama al maldito timbre.
Lo hizo. Unas campanitas de dibujo animado sonaron dentro, tan alegres que daban frío, y el llanto cesó dos segundos exactos —dos segundos de catorce respiraciones contenidas— para redoblarse justo después. Nadie abrió. Pasó un minuto. Glenda volvió a llamar; otra vez las campanitas de parque de atracciones, otra vez el hipo del llanto y su recaída. Nadie calmaba a los niños y nadie abría, y las dos cosas juntas eran una tercera cosa que no tenía nombre bueno. Al quinto minuto, que a ella le pareció el número cien, dio media vuelta hacia el coche, decidida ahora sí a llamar a la policía.
La puerta se abrió a su espalda.
Frederick Müller llenaba el vano de arriba abajo: sesenta años, un metro noventa, el rostro apuesto y sin embargo cadavérico bajo la luz gris de la mañana. Se estaba secando de la frente un hilo de sudor con el dorso de la mano, respiraba apenas un punto más deprisa de lo normal, y se recolocó el peinado, perfecto como siempre, con dos dedos que no temblaban.
He dejado a mi hijo en un negocio regentado por el conde Drácula, pensó Glenda, absurda, y en ese instante, como si le hubiese leído el pensamiento, Frederick sonrió. Ni rastro de colmillos. Solo aquella dentadura cuidada y aquel aplomo.
—Glenda. Perdona la demora. —El tono paternal, zalamero, de toda la vida, sin una sola costura a la vista—. Hoy esto es una locura: nos han fallado las dos chicas, imagínate, las dos el mismo día, y Maggie está ahí dentro al teléfono buscando sustitutas. Por eso el pequeño concierto —señaló con la barbilla hacia el llanto, con media sonrisa de abuelo paciente—. Querrás ver a Christian, imagino.
—Vengo a recogerlo —contestó ella, más seca de lo que pretendía—. Me lo llevo. Tengo en casa a los padres de Edward y...
—Por supuesto. —Ni pidió una explicación más, y esa docilidad, en un hombre al que le gustaba conversar, fue otra pieza que no encajó y que Glenda archivó sin mirar—. Pasa, Glenda, pasa. ¡Bienvenida a casa!
Le cedía el paso con su sonrisa medida y una mirada que quería ser tranquilizadora, y algo empujó a Glenda hacia el interior: la educación, la costumbre, esa obediencia pequeña de los umbrales que tanto trabajo cuesta desobedecer. Ese fue su error, y lo supo mientras lo cometía. Al cruzar, con el dueño cerrando tras ella, tuvo la sensación exacta de entrar en la cueva de un oso hambriento; el vestíbulo olía como siempre, a plastilina y desinfectante de pino, y por debajo de ese olor había otro, metálico, reciente, que no supo identificar y que iba a recordar toda la vida. Bienvenida a casa, iba pensando con paso vacilante. ¿Cómo que a casa?
Se detuvo en seco y se volvió. Frederick ya no sonreía. La puerta terminaba de cerrarse, la barra de luz del día se adelgazó hasta desaparecer, y una oscuridad de sótano fue tragándose el vestíbulo con sus percheros a la altura de un niño y sus dibujos en las paredes.
—Mejor lo espero fuera —dijo Glenda, y le falló la voz en la última sílaba—. Sáquemelo al aparcamiento.
Del fondo llegaban los alaridos de los pequeños, encerrados en algún aula.
—¡Callaos de una maldita vez! —les rugió Frederick sin volverse siquiera, sin careta, porque la careta ya no hacía falta—. ¡Obedeced a papá de una vez por todas!
La vista de Glenda se iba haciendo a la penumbra, y lo que la penumbra le fue entregando lo recordaría después en un orden extraño, como fotografías barajadas por otra mano. Los ojos de aquel hombre, brillando donde no debía brillar nada. Su propio grito preguntando por Christian, dos veces, tres. La respuesta —«Christian está bieeen, Glenda, tranquila»—, con la vocal estirada lo justo para que ella supiera, con una certeza de madre que no necesita pruebas, que el niño no estaba bien. Su carrera hacia la puerta. El cuerpo enorme cerrándole el paso sin prisa, como se le cierra el paso a un gato doméstico. El abrazo de una fuerza que no parecía humana, el bolso cayendo, sus propios talones despegándose del suelo. Y al alzarla, el giro que le puso delante una de las dos sillas del vestíbulo, y en la silla un bulto que su cerebro tardó un segundo entero en aceptar como un cuerpo. Era Maggie. Muy quieta, los brazos colgando a los lados, una pierna estirada y la otra doblada, la cabeza vencida hacia atrás contra la pared y la boca demasiado abierta, igual que los ojos, en un gesto que no era de dormir ni de gritar sino de algo intermedio y definitivo.
Glenda lo supo al instante, con el mismo saber sin pruebas: la había estrangulado. Su propio marido la había matado, quizá minutos antes, mientras las campanitas sonaban y nadie abría. Por eso el sudor. Por eso el peinado recolocado.
Intentó gritar. Le salió un único alarido, corto, y Frederick, con un movimiento repentino y casi desganado, hizo que su cabeza chocara contra el quicio de la puerta interior con una violencia que apagó el mundo de golpe.
Porque en la aritmética trastornada de Frederick Müller la ecuación se había simplificado aquella mañana, entre la luz encendida del aula y la pregunta a medio hacer de su mujer: Glenda sería su esposa y Christian el hijo amado de ambos. Edward, el padre legítimo, y Maggie, la esposa verdadera, la que había empezado a dudar, sencillamente sobraban.
6
El padre de Frederick fue un hombre violento y taciturno que pegaba en silencio, con método, y que murió solo en una residencia estatal sin que ninguno de sus hijos fuera a recoger sus cosas. El abuelo, alcohólico y maltratador también, fue quien de verdad crió a Frederick, si a aquello puede llamársele criar: le robó a la vez la infancia y la salud, y le enseñó, sin proponérselo, la lección que organiza a ciertos hombres por dentro: que el cariño es una propiedad, y las propiedades se toman. Pero el que merece reseña aparte es el bisabuelo, Thomas Anderson Müller, que emigró a América después de la Gran Guerra dejando atrás, bien enterrado bajo el océano, un pasado de crímenes del que en el pueblo alemán de origen todavía se hablaba en voz baja. El asesino durmió en el fondo de aquel inmigrante ejemplar durante más de tres décadas —granjero sobrio, feligrés puntual—, y despertó en el 51 para cometer un triple homicidio en un pueblo del interior de Georgia que acabó llevándolo a la silla eléctrica. Esos eran los sedimentos que corrían por Frederick, capa sobre capa, removidos por las palizas del padre y el ejemplo del abuelo.
A media mañana, Edward llamó a Glenda. Saltó el buzón. Volvió a llamar mientras se decía que estaría conduciendo, que estaría en la reunión de los planos, que estaría en cualquiera de los sitios normales donde está la gente un viernes; buzón. Llamó entonces al estudio y preguntó por Tina, que tardó en ponerse porque estaba desbordada con el cliente nuevo, y que le dijo, extrañada de que él no lo supiera, que Glenda se había tomado el día.
A Edward se le abrió un agujero en el estómago.
Ha ido a la guardería, pensó. Estoy seguro. No supo decir por qué estaba seguro, igual que no había sabido decir por qué condujo a casa por la mañana; hay días en que el cuerpo va por delante de los informes. Cogió el segundo coche y atravesó media Atlanta saltándose todo lo que un hombre puede saltarse sin matar a nadie. El coche de Glenda estaba en el aparcamiento de la Great Father, aparcado de cualquier manera, con la puerta sin cerrar y el teléfono de ella brillando en el asiento como una mala noticia. El edificio, a oscuras. Y desde la fachada, amortiguado por los muros, el llanto de los niños.
Dudó entre llamar a la policía o entrar a patadas. Pero ¿qué les diría a los de la centralita? ¿Que la dueña no lo había mirado esa mañana? ¿Que había llanto en una guardería, donde el llanto es el ruido de fondo del negocio? Lo tomarían por un marido nervioso o por un trastornado. Necesitaba ver algo. Rodeó el edificio agachado, pegado a la pared de ladrillo que aún guardaba el fresco de la noche, pasando bajo las ventanas como le habría gustado no saber pasar, hasta la parte trasera, donde una ventana dejaba escapar una raja de luz entre las cortinas. Se incorporó centímetro a centímetro y miró.
Lo que vio le quitó el aire como un puñetazo: Glenda inconsciente en el suelo, el pelo tapándole la cara; su hijo atado con cinta americana a una trona, la cinta plateada dando dos vueltas sobre el pecho pequeño; y de espaldas a ambos, ante un ordenador, Frederick tecleando con la prisa desencajada de quien ya no vive en este mundo sino en el que se ha inventado.
Ya tenía su prueba, y sobraba. Reculó hasta un seto del lateral, se dejó caer en cuclillas y llamó a emergencias con la voz rota, tartamudeando la dirección dos veces porque la primera no se entendió ni él. El agente de guardia le pidió, despacio y dos veces, que no hiciera absolutamente nada. Edward juró que así sería, y lo juraba en serio, con toda su alma; pero hay juramentos que no aguantan un segundo vistazo por una ventana. Cuando volvió a asomarse, con el estómago en la boca, la habitación estaba vacía. La trona, vacía. El suelo donde había estado Glenda, vacío.
El pánico lo puso en pie y lo lanzó a la fachada sin agacharse siquiera, sin acordarse de que existía el agacharse. Al doblar la esquina los vio: Frederick cargaba a Christian hacia el monovolumen con una ternura obscena, y en los asientos traseros, atada de pies y manos con cinta americana, otra tira sellándole la boca, estaba Glenda, despierta, revolviéndose, con los ojos desorbitados fijos en su hijo. El secuestrador acomodó al niño junto a su madre, inclinándose sobre él para abrocharle el cinturón, y es que los monstruos meticulosos también abrochan cinturones.
Es ahora, supo Edward con una claridad sin palabras. Si ese coche arranca, no los veo más.
Corrió. A media distancia, Frederick se irguió, se volvió hacia él y se quedó inmóvil un instante, casi curioso, como quien ve venir a un repartidor. Las miradas se cruzaron: la de Edward era puro pavor con el corazón al galope; la de Frederick, una calma que no correspondía a nada de lo que estaba pasando, y esa calma fue lo más aterrador que Edward había visto en su vida. Después el alemán sonrió, se llevó la mano al interior de la chaqueta con la naturalidad de quien busca las gafas, y el sol de mediodía relució en la hoja de un cuchillo de caza.
Edward frenó en seco, resbalando en la gravilla, buscando por el suelo, por puro instinto animal, algo con que defenderse: una piedra, una rama, nada. Y entonces sonaron las sirenas.
Aquel lamento metálico rasgando el aire obró en Frederick un efecto imposible de prever: como quien despierta de un sueño para caer dentro de otro, se olvidó del coche, de Glenda, del niño a medio abrochar, de la fuga entera, y echó a correr hacia su negocio, hacia su madriguera, hacia el único territorio del mundo que era suyo. Solo que entre la puerta y el monovolumen estaba Edward, los puños cerrados, las piernas abiertas, dispuesto a no dejarlo pasar. Los vecinos de los comercios próximos, asomados ya por las sirenas, contarían después a la policía el espectáculo, cada uno con su versión y todas iguales en lo esencial: aquel hombre alto, aquel señor de la guardería tan amable que regalaba caramelos en Halloween, abalanzándose sobre el padre y asestándole dos cuchilladas en el abdomen, limpias, seguidas, casi administrativas, sin odio visible, como quien retira un obstáculo de en medio; y después encerrándose en el edificio con los catorce niños. Edward quedó en el asfalto, doblado sobre sí mismo, sobre un charco que crecía sin prisa.
7
Qué deprisa va todo cuando hay niños por medio. En un abrir y cerrar de ojos hubo patrullas cruzadas en la calle, hubo ambulancias, hubo cinta amarilla y un perímetro que crecía a cada minuto; los agentes sacaron del monovolumen a Glenda y al pequeño mientras los sanitarios se llevaban a Edward con las sirenas puestas, y detrás llegaron, en la ropa de estar por casa y con las caras desencajadas, los padres de los otros catorce, a los que hubo que contener tras la cinta con los brazos y con mentiras piadosas. A la media hora llegaron los medios de Atlanta; a la hora, los nacionales, con sus antenas telescópicas subiendo hacia el cielo como un bosque instantáneo. El titular era simple y era monstruoso: un empresario de guardería mantenía secuestrados a catorce niños y había apuñalado a un padre; según la única testigo que había estado dentro, la esposa del sujeto yacía estrangulada en una silla del vestíbulo.
Periodistas y detectives trabajaron a la par, cada gremio con sus métodos, en la semblanza del hombre del que de pronto todo el mundo quería saberlo todo: varón blanco, sesenta años, ascendencia alemana, infancia rota, negocio modélico con veinte años de inspecciones impecables, matrimonio sin hijos, ni una multa, ni una queja, ni una sombra; y un bisabuelo que a mitad del siglo pasado sembró el terror en un pueblo de Georgia y terminó en la silla eléctrica, dato que las cadenas repitieron en bucle porque la genealogía del mal es irresistible para un plató.
El primer informe de los peritos, en cambio, no salió en televisión, y fue una lástima, ya que puso orden en el vocabulario. No es esquizofrenia, explicó a los mandos la psiquiatra forense enviada por el FBI, con paciencia de maestra de escuela: el sujeto no oía voces, no mostraba lenguaje desorganizado ni deterioro; había dirigido un negocio ejemplar hasta esa misma mañana. Lo suyo tenía otro nombre, más discreto y por eso más inquietante: un trastorno delirante. Una sola idea falsa, fija, inexpugnable al razonamiento —esos niños son míos; sus padres no los merecen—, creciendo durante décadas dentro de un hombre por lo demás intacto, como crece una raíz debajo de una acera que no se agrieta hasta el día que revienta. Alrededor de esa idea, añadió, había además una personalidad de rasgos psicopáticos: el encanto superficial, la frialdad, la ausencia de culpa, la violencia usada como herramienta y no como desahogo. La prensa lo llamaba psicópata a secas; los peritos afinaban más: el delirio le ponía el destino, y la personalidad le ponía los muertos. Quedaba Maggie, la estrangulada del vestíbulo, para la nota más triste del informe: aquello tenía toda la traza de un delirio compartido —folie à deux, locura de dos, lo llamó la forense—, la idea del uno contagiada al otro gota a gota en un matrimonio cerrado sobre sí mismo durante veinte años; y quedaba la sospecha, apuntada casi al margen, de que la esposa había empezado a despertar de ese contagio, porque los inducidos a veces despiertan cuando la realidad les llora delante, y de que despertar fue exactamente lo que la mató.
Con ese cuadro sobre la mesa, nadie subestimó al hombre encerrado. Que se supiera no tenía armas de fuego allí dentro, pero sí un cuchillo de caza, unas manos enormes y la desesperación de un animal acorralado, y sobre todo tenía catorce rehenes que le cabían en el delirio como hijos. Suficiente, recomendaron los psiquiatras, para andarse con muchísimo cuidado.
Empezaron las negociaciones por teléfono. Frederick exigió un autobús en la puerta con cuatro bidones de gasolina, lo bastante para llegar a la frontera de México, y que nadie se le acercara a él ni a sus catorce hijos o iría matándolos de uno en uno, dijo, con la voz de quien anuncia horarios. Disparates sin recorrido, anotó el negociador, que había oído muchos; pero le aseguró que todo se haría como pedía, que el autobús ya estaba en camino, y le rogó que, en prueba de buena fe, soltara al menos a un niño, al más pequeño, a cualquiera. Frederick no solo se negó: dio una hora de plazo, y colgó. Mientras tanto, los francotiradores se repartían los tejados con una estrategia muy simple —abatirlo a la primera línea limpia de tiro, en una ventana, en la puerta, donde fuera—, Edward se debatía entre la vida y la muerte en un quirófano del Grady Memorial, y Glenda y Christian, en el mismo hospital, tres plantas más arriba, recibían curas, calmantes suaves y compañía.
Pasó la hora. Pasaron dos. El autobús esperaba en la puerta con sus bidones de atrezo y Frederick llevaba demasiado tiempo sin contestar el teléfono, que sonaba y sonaba dentro del edificio como suena un teléfono en una casa vacía. Los especialistas acercaron a los muros sus equipos de escucha, esos micrófonos que oyen respirar a una pared, y lo que oyeron los dejó helados: nada. Ni llanto, ni pasos, ni una voz, ni el crujido de una silla. Catorce niños y un hombre de metro noventa, y ni un solo sonido. Temieron lo peor, y lo peor tenía catorce nombres.
8
A esa misma hora, en la tercera planta del Grady, Glenda pidió ver a su esposo. Le recomendaron esperar, confiar, descansar; insistió con esa cortesía inapelable de las madres en pie de guerra. En el fondo necesitaba comprobar con sus propios ojos que el corazón de Edward seguía latiendo, que los monitores decían lo que las enfermeras decían que decían, que no le estaban dosificando una verdad peor. A Christian no lo dejaron entrar a la UCI: se quedó en la planta con Lucy y Rose, dos enfermeras ya encariñadas con él, dormido por fin de puro agotamiento en una cama demasiado grande, con las pestañas pegadas de tanto llorar. La psicóloga había pasado a verlo a mediodía y dejó dicho en el informe que la mejor terapia, de momento, era exactamente esa: dormir, abrazar a su madre al despertar, volver pronto a una casa. El psiquiatra de la planta aún no lo había visto; pasaría por la tarde.
Pasó antes.
Llegó justo cuando a Glenda le dieron permiso para entrar a la UCI, en ese hueco exacto de veinte minutos en que el niño quedó sin madre a la vista: un hombre alto, fornido, con mascarilla —una gripe de las malas, explicó con voz rasposa, y no quería contagiar a nadie, menos aún a un paciente pediátrico— y una placa en la bata que rezaba «Dr. Morris». Empujaba una silla de ruedas. Las primeras horas tras un trauma como el de ese niño, les dijo a las enfermeras sin levantar la voz, con la seguridad aplastante de los jefes, son decisivas para la evaluación; no había tiempo que perder, y menos esperando a una madre que bastante tenía con lo suyo. Lucy y Rose cruzaron una mirada. Pensaron que, al no estar la madre, el doctor esperaría; los doctores de verdad esperan. No esperó. Y ninguna de las dos se atrevió a contradecir a un jefe de psiquiatría que hablaba con aquel aplomo, sospechando cada una en secreto que cualquier duda en voz alta le costaría un rapapolvo delante de la otra. Hay hospitales enteros que funcionan sobre ese silencio. El doctor acomodó al niño dormido en la silla con una destreza extraña, casi paternal, y se alejó pasillo abajo empujándola despacio, saludando con la cabeza a un celador que le devolvió el saludo.
Cuando Glenda regresó de comprobar que Edward seguía grave pero vivo —le habían dejado ponerle una mano en el brazo, un minuto, por encima de la sábana— y no encontró a su hijo en la habitación, preguntó una vez con voz normal, dos con voz aguda, y a la tercera puso el hospital patas arriba. Seguridad revisó planta por planta. Lo único que apareció fue esto: al verdadero doctor Morris, que llevaba toda la tarde en consultas externas, le habían robado del vestuario una bata y la placa; en la tercera planta faltaba una silla de ruedas; y las cámaras del aparcamiento mostraban al hombre de la mascarilla saliendo sin prisa con el niño dormido y desapareciendo en un Chevrolet gris que había estado aparcado allí desde primera hora de la tarde.
Dieron aviso a la detective García y al agente Maslow, el responsable del FBI en el asedio, porque la fisionomía del falso médico —la estatura, la espalda, el modo de moverse— era la de Frederick Müller, y aquello sencillamente no podía ser: Müller estaba cercado en su guardería por medio cuerpo de policía de Atlanta, con francotiradores mirando cada ventana. ¿O no? La orden de asalto tardó tres minutos en firmarse. Las unidades entraron por la puerta y por la trasera a la vez, en ese silencio ensayado que precede al estruendo, y encontraron a los catorce niños dormidos, exhaustos, deshidratados de llorar pero sanos, amontonados unos contra otros en el aula a oscuras como cachorros en invierno; y no encontraron a nadie más. En el sótano, detrás de una estantería de material escolar que giraba sobre bisagras engrasadas, apareció la explicación: un pasadizo estrecho, apuntalado con oficio de años, que comunicaba la guardería con el sótano de una casa vieja y medio abandonada situada a dos manzanas del perímetro, con su cartel descolorido de SE VENDE y su césped muerto. La ruta de escape que aquel matrimonio enfermo llevaba años preparando, palada a palada, para el día de la familia nueva.
El Gran Padre, como ya lo apodaban los rótulos de las cadenas, se les había escurrido por debajo de los pies mientras le hablaban por teléfono; y la misma velocidad de las noticias que contaban su fuga en directo le había servido a él para saber, sin preguntárselo a nadie, en qué hospital de Atlanta estaban el niño y su madre. El Chevrolet gris apareció dos horas después, abandonado en un descampado a un kilómetro del Grady. Se peinó el aeropuerto de Atlanta, el más transitado del mundo, y las estaciones de autobús y de tren; se cortaron accesos, se revisaron cámaras de tráfico, de cajeros, de gasolineras, esa aguja en aquel pajar; a los padres de los catorce los mandaron a casa a abrazar a sus hijos y a dormir una semana entera, con ayuda de calmantes si hacía falta. Al demente y al niño se los había tragado la tierra, y aunque el Gran Padre estaba, en palabras de un mando que pidió no ser citado, como una regadera, había demostrado ya dos veces en un solo día ser astuto como el que más.
9
Glenda se sostenía en Tina, su socia. La familia venía de camino, pero venía de lejos, que es la maldición de las familias de este siglo: sus padres, Raymond y Laura, conduciendo desde Austin con los relevos contados; su hermana Molly, volando desde Nueva Jersey; los padres de Edward, Scott y Alice, en un avión desde California; y el hermano mellizo de Edward removiendo cielo y tierra desde Australia, donde era de madrugada y daba igual. «Nunca debimos irnos tan lejos de vosotros», le había dicho Scott por teléfono con la voz espesa, y esa culpa de los abuelos —la certeza de que, viviendo cerca, habrían sido ellos y no una guardería quienes cuidaran al niño, y nada de aquello habría existido— pesaba en las dos familias a partes iguales. Pero a Glenda la suya propia le pesaba toneladas, y se la repetía con esa aritmética cruel que solo sabemos hacernos a nosotros mismos: qué estúpida he sido; perderme cuarenta horas semanales de mi hijo para acabar perdiéndolo del todo.
Fue Tina quien la convenció, con la autoridad de quien lleva quince años viéndola sostener edificios: ir un momento a casa, una ducha caliente, ropa limpia, y de vuelta al hospital antes de que nadie la echara de menos; no puedes cuidar de nadie oliendo a miedo, le dijo. Condujo Tina. La casa del 1435 de Monroe Drive las recibió en silencio, con el correo del día asomando del buzón y el triciclo de Christian volcado en el porche, y las dos fingieron no ver el triciclo.
Bajo el agua caliente, Glenda lloró por fin todo lo que llevaba sin llorar, con ese llanto a borbotones que solo se permite una a solas y con grifo. Al salir, mientras se secaba el pelo frente al espejo empañado, el suelo se le movió un instante; náuseas, un velo negro en los ojos, la mano buscando el borde del lavabo.
—¿Tina? ¿Estás ahí? Ven, por favor.
Nada. Tina había dicho que estaría ahí mismo, a un grito de distancia, preparándole algo caliente. Estará en el baño de abajo, pensó Glenda; se dejó el pelo a medio secar y salió en albornoz al pasillo. El pasillo, a oscuras. La escalera, a oscuras. Se asomó por la barandilla: la planta baja entera, a oscuras, y ni rastro de Tina, ni una voz que contestara a su nombre. Pulsó el interruptor del pasillo: muerto. Pulsó el de la escalera: muerto.
—¿Un corte de luz? —murmuró, y la palabra corte se le quedó atravesada. El corazón se le había desbocado ya del todo, un caballo sin jinete—. El teléfono. Lo dejé en la cocina.
Quería el teléfono para llamar al agente Sanderson, el que le tomó declaración por la tarde, el que le grabó su número en la agenda con sus propios dedos: «Estoy disponible las veinticuatro horas, señora Cornwell; si recuerda algo o me necesita para lo que sea, llame». Con el teléfono en la mano saldría al porche y llamaría desde allí; dentro de la casa, no habría sabido decir por qué, ya no se sentía segura, y esta vez decidió no discutirse el instinto. Bajó los peldaños de memoria, cruzó el salón rozando los muebles de su propia vida como una intrusa, y entró en la cocina. El móvil estaba en la mesa, donde lo había dejado, junto al bolso. Lo cogió. La pantalla la deslumbró un segundo. Buscó el contacto: S, Sanderson.
Y entonces, a su espalda, del lado de la despensa, una voz engolada, unas milésimas más lenta de lo que habla la gente normal, una voz que habría reconocido en el fin del mundo:
—Bienvenida a casa, querida.
Quiso volverse. No llegó. Un brazo de hierro le cruzó los riñones y otro le rodeó el cuello, y Frederick la alzó en peso como se alza un abrigo de una percha. El teléfono cayó y patinó bajo la mesa. El grito se le quedó dentro, aplastado contra la tráquea, convertido en un hilo de aire que no alcanzaba ni para ella.
—Tenemos que marcharnos —le explicó él al oído, razonable, casi dulce, con el aliento tibio de quien ha estado esperando a oscuras mucho rato—. Christian nos espera. Le he pedido prestado el coche a tu amiga. No me ha dicho que no. No me ha dicho nada, de hecho. —Y la fue llevando hacia la escalera, sin esfuerzo, marcando él el paso de los dos—. Te vas a vestir rápido y nos reuniremos con nuestro hijo. Está bien, cariño, está dormidito, pero no me gusta dejarlo solo en el auto, y menos de noche. Así que rápido, ¿a que sí?
Glenda lloraba y asentía, pues el antebrazo no le dejaba otro idioma que el asentimiento. Imaginó a Christian solo en un coche a oscuras, con su manta ajena. Imaginó a Tina muerta en algún rincón de su propia casa, Tina que había venido a cuidarla. Imaginó el viaje hacia ninguna parte, porque con sujetos así solo hay un destino al final de todas las carreteras, y tiene dos nombres: el dolor y la muerte. No hizo falta que subiera los peldaños por su pie; su poco peso flotaba como un globo mientras Frederick ascendía hacia el dormitorio sin dudar en el pasillo, sin encender nada, sin equivocarse de puerta. Y al llegar comprendió cómo sabía él cuál era: el cuerpo de Tina yacía entre el armario y la cama, en una postura que ningún cuerpo elige, con una blusa limpia de Glenda todavía en la mano. La pobre le estaba preparando ropa cuando el psicópata cayó sobre ella en la oscuridad de un cuarto ajeno.
Gritaré, pensó Glenda, agarrándose al plan como a un clavo; en cuanto me suelte el cuello gritaré tan fuerte que me oiga Monroe Drive entera. Pero cuando Frederick la soltó frente al armario abierto, la garganta estrujada apenas le dio un hilo afónico, un gemido de puerta. Se giró hacia él —no pensaba darle la espalda, eso también lo había decidido— y vio, a la luz amarilla de la farola que entraba sesgada por la ventana, relucir un gran cuchillo de cocina. El suyo. El de su propia cocina, el de cortar el pollo de los domingos.
—Si tardas, tendré que hacerte daño —dijo Frederick, con pedagogía, como quien repasa las normas de la casa—. Si gritas, no lo cuentas. Glenda, mi amor: nuestro hijo no merece crecer sin madre. Vístete. Y calladita.
10
Glenda estaba a punto de desprenderse del albornoz, con los dedos entumecidos en el nudo del cinturón, cuando la puerta del dormitorio, que había quedado entornada, se abrió del todo, despacio, sin un chirrido. Una figura se recortó contra la negrura del pasillo. Llevaba un arma en la mano, baja, pegada al muslo.
Glenda se agachó por puro instinto, chocando de rodillas con el cuerpo rígido de Tina, y Frederick, leyendo el gesto de la mujer antes que el ruido, se volvió. Quedó cara a cara con un hombre más bajo que él, y bastante mayor, en mangas de camisa. Lo puedo reducir, alcanzó a calcular Frederick, que calculaba rápido; entonces vio el arma subir sin prisa, y la culata firme, y los pies bien plantados, y aquella manera de sostenerla que no se aprende en una tarde, y cambió de herramienta: eligió las palabras.
—Hablemos. No se ponga nervioso. Ellos son mi...
Iba a decir «familia». Dos disparos le apagaron la frase, y el fogonazo iluminó dos veces la habitación como dos relámpagos secos. Cuando Glenda consiguió alzar la vista, gritando por fin todo lo que la garganta le debía desde la cocina, reconoció al hombre del arma, quieto en el vano, comprobando aún con la mirada que aquello había terminado. Al agente. Mejor dicho: al agente retirado. Era Scott. Su suegro. El padre de Edward.
El vuelo se les había adelantado media hora por un cambio de puerta, y la orden al taxista del aeropuerto fue clara: primero el 1435 de Monroe Drive, para dejar a Alice —que pensaba pedirle la llave de emergencia a la señora Gunther, la vecina que la guardaba desde hacía dos años para casos que nadie imaginó así; encender la casa, ventilarla, tener un caldo hecho para cuando Glenda volviera—, y después el hospital, donde Scott haría valer sus cuarenta años de placa para enterarse de lo que a los civiles no se les cuenta. La radio del taxi les había ido dando el resto del día a bocados: el túnel, la fuga, el apodo de Gran Padre que a Scott le hacía hervir la sangre, el niño otra vez en manos de aquel hombre. Al llegar encontraron la casa completamente apagada, cosa que no cuadraba con Tina esperando dentro, y un coche desconocido aparcado ante la puerta, con el motor frío y un bulto pequeño en el asiento trasero; y cuando Alice se acercó con las manos en los cristales, envuelto en una manta que no era de su casa, dormido con el sueño hondo de los niños exhaustos, reconoció a su nieto. Scott le dijo a su mujer exactamente dos frases, en el tono que no admite réplica que ella le conocía de los años malos del oficio: quédate con el niño; llama a la policía. Después sacó de la bolsa de mano el arma que cuarenta años de costumbre no le dejaban viajar sin ella, comprobó el cargador con un gesto que las manos recordaban solas, y entró en la casa de su hijo por la puerta entreabierta, a oscuras, pegado a la pared, como le enseñaron a entrar toda la vida en los sitios donde las luces no funcionan.
Ahora abrazaba a Glenda, que temblaba entre sus brazos como si le hubieran metido dentro todo el frío del mundo, y le hablaba bajito por encima de la cabeza, sin soltarla, mientras fuera crecían otra vez las sirenas.
—Ya está, cariño. Ya pasó. Estamos aquí...
Edward salió del hospital por su propio pie en algo menos de un mes, diez kilos más delgado y diez años más viejo, con dos cicatrices que los médicos llamaban limpias y una tercera que no salía en las radiografías. En ese tiempo, Glenda, con ayuda de su hermana Molly, había vendido la casa de Monroe Drive —la compró una pareja joven a la que nadie de la familia quiso contarle nada— y había encontrado otra en un barrio nuevo, con buena luz y sin recuerdos, lejos de aquella calle, lejos de la palabra guardería. El día de la mudanza, cuando Edward cruzó despacio el umbral apoyado en Glenda, entre cajas a medio abrir y el olor a pintura fresca, todos los presentes pensaron la misma frase, “bienvenido a casa”, pero ninguno la dijo; en aquella familia esa frase había quedado maldita para siempre.
Fue Christian quien habló, mirando a sus padres por fin juntos, uno a cada lado, con esa seriedad de los niños cuando hacen la pregunta importante:
—¿Tengo que ir al cole?
—No, cariño —contestó Glenda, en cuclillas, apartándole el pelo de la frente—. Mamá te va a cuidar todo el tiempo, ¿de acuerdo?
—Y papá —añadió Edward—. Por una buena temporada.
FIN
Juan Carlos Valero

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