SOLILOQUIOS
Por Juan Carlos Parra
Al despedir 2025 recibimos el encargo de poner nombre al año que comenzaba, y lo llamamos año favorable y año agradable. Recorridas ya tres cuartas partes de 2026, conviene hacer recuento y advertir que ambas palabras no corren por carriles separados: el favor que desciende de Dios y el agrado que asciende hacia Él están unidos por una misma escalera. Si le agradamos, veremos su favor.
El 28 de diciembre de 2025, en oración, entendí que el Señor me pedía algo tan antiguo como el Edén: que pusiera nombre al año que nos iba a ser dado. El modelo está en Génesis 2:19–20, donde Dios trae ante Adán a los animales “para que viese cómo los había de llamar”. Nombrar no es un gesto poético ni anecdótico, sino el ejercicio de una autoridad delegada; y, de paso, aquel acto fue también un recuento, una especie de pasar lista en la que Adán descubrió lo que le faltaba: “mas para Adán no se halló ayuda idónea para él” (Génesis 2:20). Dios no necesitaba aquel inventario para proveer, pero quiso que el hombre viera su carencia antes de recibir la provisión, porque el Señor rara vez suple las necesidades que nosotros no vemos.
Por esa razón nombré el año con dos textos paralelos. Isaías anuncia “el año de la buena voluntad de Jehová” (Isaías 61:2), que otras versiones traducen como “el año favorable del Señor”1; y Jesús, en la sinagoga de Nazaret, lee ese mismo pasaje y proclama “el año agradable del Señor” (Lucas 4:19). En aquellas dos palabras encontré una doble dirección: el año favorable es lo que baja, de Dios hacia nosotros; el año agradable es lo que sube, de nosotros hacia Dios. Ahora, en octubre, cuando el año ya ha mostrado buena parte de su rostro, es tiempo de hacer como Adán y pasar lista.
El favor que desciende
La palabra hebrea que Isaías emplea es ratsón, que significa buena voluntad, benevolencia, favor o bendición. Es la gracia “del que habitó en la zarza” que Moisés invoca sobre la cabeza de José para que cumpla su llamamiento, y es también el favor del que Neftalí queda “saciado” para conquistar su tierra (Deuteronomio 33:16, 23). El salmista la describe como una esfera protectora: “Porque tú, oh Jehová, bendecirás al justo; como con un escudo lo rodearás de tu favor” (Salmo 5:12); y como una bendición que sobrevive a la prueba, “porque un momento será su ira, pero su favor dura toda la vida” (Salmo 30:5).
Ahora bien, la manera en que pedimos revela cómo entendemos ese favor. Hay quien pide por caridad, como el mendigo que no conoce a su benefactor; hay quien pide por deber, como el acreedor que reclama lo que se le debe; y hay quien pide por favor, como el amigo que sabe que ha hallado gracia ante alguien poderoso. No somos mendigos, porque somos hijos; tampoco acreedores, porque Dios no es deudor de nadie y todo lo que nos da es por amor. De aquí que la oración del creyente tenga la forma de una súplica confiada: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:16).
No los favores, sino el Rey
La tradición persa conserva una historia atribuida al sah Abbás I, que reinó en Persia entre 1588 y 1629 y que, según se cuenta, recorría su capital disfrazado para conocer la vida de su pueblo. En uno de esos paseos trabó amistad con un humilde fogonero de unos baños públicos, y cuando al fin le reveló su identidad esperaba que el hombre le pidiera riquezas; sin embargo, el fogonero sólo le pidió una cosa: no perder nunca su amistad, porque a otros el rey les había dado regalos, pero a él le había dado su misma persona. Más allá del detalle histórico, la enseñanza es certera, y guarda parentesco con la parábola del rey y la humilde doncella que Søren Kierkegaard2 propuso para explicar la encarnación: un monarca que se despoja de su gloria no para deslumbrar, sino para ser amado como un igual.
Ese es el espíritu que llevó a David a cantar: “Una cosa he demandado a Jehová, ésta buscaré; que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová, y para inquirir en su templo” (Salmo 27:4). Sería ruin buscar a nuestro benefactor sólo para pedirle algo; lo propio de quien ha sido favorecido es querer quedarse junto al trono, conocerle y ser su amigo.
Lo más grande no son los favores de Dios, sino un Dios favorable: todo Él a nuestro favor.
El agrado que asciende
La segunda palabra, la que Jesús pronuncia en Nazaret, es la griega dektós: acepto, aceptable, agradable. Pedro la emplea cuando, en casa de Cornelio, comprende que Dios “en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia” (Hechos 10:35); y Pablo la aplica a la ofrenda que los filipenses le enviaron por medio de Epafrodito, que subió al cielo como “olor fragante, sacrificio acepto, agradable a Dios” (Filipenses 4:18). La carta a los Hebreos añade que “de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios” (Hebreos 13:16), y recuerda que Enoc, antes de ser traspuesto, “tuvo testimonio de haber agradado a Dios” (Hebreos 11:5).
Dicha palabra nos sitúa ante una pregunta que no siempre nos hacemos. Solemos pedir mucho y preguntar poco; esperamos que el cielo se incline hacia nuestras necesidades, pero rara vez nos preguntamos qué sube desde nuestra vida hacia el cielo. Si hay sacrificio, hay entrega; y si hay entrega, hay algo que muere en nosotros para que la ofrenda sea completa.
Dos direcciones que se tocan
Lo que este año me ha enseñado es que ambas direcciones no son independientes: el favor de Dios está conectado con el agrado de Dios. La Escritura lo afirma sin ambages. “Cuando los caminos del hombre son agradables a Jehová, aun a sus enemigos hace estar en paz con él” (Proverbios 16:7); “el bueno alcanzará favor de Jehová” (Proverbios 12:2); y Juan, ya anciano, escribe que “cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él” (1 Juan 3:22). El propio Jesús, que podía decir “yo hago siempre lo que le agrada” (Juan 8:29), crecía “en gracia para con Dios y los hombres” (Lucas 2:52).
De hecho, el texto que mejor une ambas palabras es Hebreos 11:6: “Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan”. El agrado nace de la fe, y la fe se encuentra con un Dios que galardona. C. S. Lewis3, en uno de sus sermones más célebres, se asombraba de que una criatura pudiera llegar a agradar a Dios: “ser amado por Dios, no simplemente compadecido, sino objeto de su deleite como el artista se deleita en su obra o un padre en su hijo, parece imposible, un peso o carga de gloria que nuestros pensamientos apenas pueden sostener. Pero así es”.
El favor baja del cielo y el agrado sube hacia él; por esa misma escalera transita toda la vida cristiana.
Agradar no es comprar
Sin embargo, conviene evitar un error craso. Agradar a Dios no es pagar por su favor, como quien deposita monedas en una máquina. Antes de que Jesús predicara un solo sermón o hiciera un solo milagro, el Padre declaró desde el cielo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17); y nosotros fuimos hechos “aceptos en el Amado” (Efesios 1:6) por pura gracia. El orden importa: no agradamos a Dios para que nos ame, sino que le agradamos porque nos ama, y en ese camino vemos su favor.
Por ese motivo la carta a los Hebreos coloca la gratitud en el origen del agrado: “Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia” (Hebreos 12:28). Quien ha recibido mucho no intenta saldar una deuda imposible, sino que responde con una vida entregada. Agustín de Hipona4 lo expresó en la frase con que abre sus Confesiones, que en una traducción habitual dice: “nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. Agradar a Dios es, en el fondo, volver a casa.
Guiados por el Espíritu, aun en libertad
¿Cómo se le agrada, entonces? Pablo responde con claridad que “los que viven según la carne no pueden agradar a Dios” (Romanos 8:8), y exhorta a andar “como hijos de luz (porque el fruto del Espíritu es en toda bondad, justicia y verdad), comprobando lo que es agradable al Señor” (Efesios 5:8–10). Sólo la vida en el Espíritu, con su fruto de amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza (Gálatas 5:22–23), sube como olor fragante. Tener el Espíritu y no vivir, andar y pensar guiados por Él es como tener aparcado a la puerta de casa el coche de nuestros sueños y empeñarnos en movernos cada día con una bicicleta destartalada de los años ochenta.
A esto se añade una paradoja que he aprendido en carne propia. Allí donde hay más libertad, más oportunidades y más margen para emprender, más difícil resulta ser guiados por el Espíritu. Desde septiembre de 2024, Vanessa y yo servimos como pastores globales, con una agenda más abierta que nunca; y precisamente por eso el Señor nos pide una obediencia más fina, para hacer las obras que están en su tiempo y en su voluntad, y no sólo las que nos parecen buenas.
Allí donde hay más libertad, más necesaria es la obediencia.
Agradar para ver su favor
En definitiva, el año que nombramos favorable y agradable no es un eslogan, sino una invitación con dos movimientos. Hagamos, por tanto, el recuento que hizo Adán y preguntémonos qué nos falta para nosotros, para nuestra casa y para la iglesia; pidámoslo por favor, como hijos y amigos, en el nombre de Jesús; y vivamos de tal modo que nuestra vida suba hasta Él como sacrificio acepto. Quedan todavía tres meses de 2026, tiempo suficiente para descubrir que el favor y el agrado se abrazan, y que sigue en pie la promesa: “Porque tú, oh Jehová, bendecirás al justo; como con un escudo lo rodearás de tu favor” (Salmo 5:12).
NOTAS
1. Así lo traduce, por ejemplo, La Biblia de las Américas: “para proclamar el año favorable del Señor” (Isaías 61:2, LBLA).
2. Søren Kierkegaard, Migajas filosóficas o un poco de filosofía (1844), cap. II. Se parafrasea la parábola.
3. C. S. Lewis, «The Weight of Glory», sermón predicado en la iglesia universitaria de St Mary the Virgin (Oxford) el 8 de junio de 1941; recogido en The Weight of Glory and Other Addresses. Traducción propia.
4. Agustín de Hipona, Confesiones, I, 1, 1.
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