Hay cuentos que se leen en dos minutos y se quedan en el corazón de uno durante años, por no decir toda la vida. Este es uno de ellos: una escena breve en la que todos miran lo mismo y solo uno ve algo distinto.
Lo conocemos como un cuento de León Tolstói; sin embargo, la historia es bastante más antigua. Ya la contaba en el siglo XII el poeta persa Nizami de Ganja en su Tesoro de los secretos, de manera que esta mirada de Jesús ha viajado durante más de ocho siglos de una cultura a otra hasta llegar a nuestras manos. Que haya sobrevivido tanto tiempo dice algo de su verdad: todos, alguna vez, hemos formado parte de aquel corro en la plaza del mercado.
El perro muerto
Jesús llegó una tarde a las puertas de una ciudad e hizo adelantarse a sus discípulos para preparar la cena. Él, impelido al bien y a la caridad, internóse por las calles hasta la plaza del mercado.
Allí vio en un rincón algunas personas agrupadas que contemplaban un objeto en el suelo, y acercóse para ver qué cosa podía llamarles la atención.
Era un perro muerto, atado al cuello por la cuerda que había servido para arrastrarle por el lodo. Jamás cosa más vil, más repugnante, más impura se había ofrecido a los ojos de los hombres.
Y todos los que estaban en el grupo miraban hacia el suelo con desagrado.
—Esto emponzoña el aire —dijo uno de los presentes.
—Este animal putrefacto estorbará la vía por mucho tiempo —dijo otro.
—Miren su piel —dijo un tercero—; no hay un solo fragmento que pudiera aprovecharse para cortar unas sandalias.
—Y sus orejas —exclamó un cuarto— son asquerosas y están llenas de sangre.
—Habrá sido ahorcado por ladrón —añadió otro.
Jesús los escuchó, y dirigiendo una mirada de compasión al animal inmundo:
—¡Sus dientes son más blancos y hermosos que las perlas! —dijo.
Entonces el pueblo, admirado, volvióse hacia Él, exclamando:
—¿Quién es este? ¿Será Jesús de Nazaret? ¡Solo Él podría encontrar de qué condolerse y hasta algo que alabar en un perro muerto…!
Y todos, avergonzados, siguieron su camino, prosternándose ante el Hijo de Dios.
León Tolstói
Encontrar algo que alabar
Lo que más me conmueve del relato no es tanto la compasión de Jesús hacia el animal como el contraste entre las miradas. Cada uno de los presentes dice algo cierto —el hedor, la piel inservible, las orejas ensangrentadas—, y precisamente por eso su juicio resulta tan demoledor: nadie miente, simplemente todos se detienen en lo peor. Jesús ve exactamente lo mismo que ellos, pero no se conforma hasta encontrar lo único hermoso que quedaba en aquel cuerpo. Ahora bien, el cuento no habla de perros; habla de cómo miramos a las personas que la vida ha arrastrado por el lodo, y de cómo nos mira Dios a nosotros cuando no tenemos nada presentable que ofrecerle.
De aquí que la reacción final del pueblo sea tan elocuente: reconocen a Jesús no por un milagro, sino por su manera de mirar. Esa debería ser también la marca de quienes le seguimos. Nos resulta fácil sumarnos al corro y añadir nuestro comentario, y muy difícil callar hasta dar con aquello que merece alabanza. Sin embargo, es exactamente la disciplina a la que nos llama el apóstol: “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad” (Filipenses 4:8).
Hagamos, por tanto, el ejercicio que propone este cuento. La próxima vez que estemos ante alguien a quien todos han juzgado ya, detengámonos un momento más y preguntémonos qué vería Jesús. Quizá descubramos entonces que también nosotros fuimos, un día, aquel perro tendido en la plaza, y que Él no pasó de largo: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).

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