No os canséis hasta desmayar

Devocional para Alianza Solidaria a partir de Gálatas 6:9 y Hebreos 12:3

No os canséis hasta desmayar
Quien siembra se cansa, y quien sirve también. El cansancio no es un fracaso espiritual, sino el precio natural de trabajar en la obra de Dios; el verdadero peligro es otro: cansarse hasta desmayar. En esta enseñanza repasamos siete causas de nuestro agotamiento, aprendemos de dos misioneros que llegaron exhaustos sin rendirse y descubrimos cuatro claves bíblicas para seguir sembrando hasta el tiempo de la siega.

Pocas palabras se escuchan hoy con tanta frecuencia en nuestras iglesias, en nuestros equipos de trabajo y en las entidades que sirven a los más vulnerables como la palabra cansado. Lo están los pastores que sostienen congregaciones con más necesidades que manos, los voluntarios que reparten alimentos semana tras semana, los responsables de proyectos que ven crecer las demandas mucho más deprisa que los recursos y, en general, todos los que han decidido hacer el bien sin esperar nada a cambio. Ahora bien, el cansancio de quienes sirven no es un fenómeno moderno; es tan antiguo como la propia obra de Dios, y la Escritura lo aborda con una franqueza que sorprende.

Pablo lo conocía bien, y por eso escribió a los gálatas una exhortación que ha sostenido a generaciones de creyentes: “No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos. Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe” (Gálatas 6:9-10). Del mismo modo, el autor de la carta a los Hebreos, que se dirigía a creyentes tentados de abandonar la carrera, les propuso mirar a Cristo: “Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar” (Hebreos 12:3).

Ambos textos comparten una palabra decisiva. El verbo griego que la Reina-Valera traduce por desmayar —ekluō, el mismo en Gálatas 6:9 y en Hebreos 12:3— significa literalmente ‘desatar’ o ‘aflojar’: describe aquello que se suelta y pierde la tensión, como la cuerda de un arco que ya no puede impulsar la flecha. De hecho, Hebreos 12:3 distingue con cuidado entre cansarse (kamnō) y desmayar. Lo primero es inevitable para quien trabaja; lo segundo es lo que debemos evitar. Por esa razón, antes de hablar de remedios conviene detenerse en las causas.

El problema no es cansarse,
sino cansarse hasta desmayar.

Las causas del cansancio

Nos cansamos, en primer lugar, porque trabajamos. Hacer el bien desgasta, y sembrar exige esfuerzo, constancia y paciencia, sobre todo cuando la cosecha se hace esperar. Pablo no reprocha a los gálatas su fatiga; la da por supuesta y la sitúa en el horizonte de la siega, que llegará “a su tiempo”. El cansancio de quien siembra no es, por tanto, señal de que algo vaya mal, sino de que se está trabajando.

Nos cansamos, en segundo lugar, porque batallamos. El autor de Hebreos recuerda a sus lectores que la vida cristiana es una lucha: “Porque aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado” (Hebreos 12:4). A esa batalla contra el pecado se suma una tercera causa, la lucha contra nuestra propia carne, en la que el Señor interviene como un padre que corrige: “Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él; porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo” (Hebreos 12:5-6). Resulta significativo que el mismo verbo, desmayar, reaparezca aquí, porque también la corrección de Dios, que es prueba de su amor, puede agotarnos si la recibimos como un rechazo y no como el cuidado de un Padre.

En cuarto lugar, nos cansamos cuando perdemos el enfoque correcto. Marta servía a Jesús en su propia casa y, sin embargo, terminó agotada y resentida: “Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude”. La respuesta del Maestro no condena el servicio, sino la dispersión: “Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada” (Lucas 10:40-42). Es posible, por tanto, agotarse sirviendo a Jesús sin haberse sentado antes a sus pies, cuando es Él mismo quien nos invita a aprender de Él con una promesa precisa: “hallaréis descanso para vuestras almas” (Mateo 11:29).

La quinta causa es la tristeza. En Getsemaní, mientras el Señor oraba en agonía, los discípulos no resistieron: Lucas, el médico, anota que los halló “durmiendo a causa de la tristeza” (Lucas 22:45), y Mateo añade que “los ojos de ellos estaban cargados de sueño” (Mateo 26:43). Poco antes, en sus palabras de despedida, Jesús ya había constatado que la “tristeza ha llenado vuestro corazón” (Juan 16:6). La pena acumulada pesa como el plomo y adormece el espíritu precisamente cuando más necesitaría velar; de ahí la pregunta y la orden del Señor: “¿Por qué dormís? Levantaos, y orad para que no entréis en tentación” (Lucas 22:46).

Las dos últimas causas tienen que ver con el equipo. A veces nos agotamos porque no sabemos trabajar con otros y pretendemos abarcar más de lo que podemos. Es lo que le ocurrió a Moisés, que juzgaba solo al pueblo desde la mañana hasta la tarde, hasta que su suegro Jetro le habló sin ambages: “No está bien lo que haces. Desfallecerás del todo, tú, y también este pueblo que está contigo; porque el trabajo es demasiado pesado para ti; no podrás hacerlo tú solo” (Éxodo 18:17-18). Otras veces, en cambio, el problema no es que no sepamos, sino que no podemos trabajar en equipo, ya sea por inmadurez, por carnalidad o por una soledad que no hemos elegido. El Predicador lo resumió con una sabiduría que no ha envejecido: “Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo. Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante” (Eclesiastés 4:9-10).

Cansado, pero no desmayado

La historia de las misiones ofrece pocos ejemplos tan elocuentes de esta distinción como el de William Carey, el zapatero inglés que llegó a la India en 1793 y al que suele considerarse el padre de las misiones modernas. Tras casi veinte años de trabajo, la noche del 11 de marzo de 1812 se declaró un incendio en la imprenta de la misión en Serampore. En pocas horas ardieron manuscritos de traducciones bíblicas, gramáticas y el diccionario políglota en el que Carey llevaba años trabajando, mientras el fuego fundía los tipos de imprenta preparados para catorce lenguas orientales.

Carey se encontraba en Calcuta, donde enseñaba, y fue su compañero Joshua Marshman quien viajó a primera hora de la mañana para darle la noticia; según los relatos de la época, quedó tan conmocionado que tardó un rato en poder articular palabra. Sin embargo, no desmayó. Al regresar a Serampore descubrieron que William Ward, el tercer miembro del equipo, había encontrado intactos entre los escombros los punzones y las matrices con los que se fundían los tipos, fruto de años de trabajo. Lo que más había costado crear no se había perdido, y podían volver a empezar. Carey lo expresó con una serenidad admirable: “La pérdida es grande, pero así como recorrer un camino por segunda vez suele hacerse con más facilidad y seguridad que la primera, confío en que la obra no perderá nada de verdadero valor”; y añadía, con palabras que evocan las del apóstol en 2 Corintios 4, que estaban “abatidos, pero no desesperados”. La imprenta volvió a funcionar, Carey rehízo su trabajo y la noticia del incendio, al llegar a Inglaterra, despertó una ola de oración y de ofrendas para la misión.

Conviene reparar en dos detalles. El primero es que Carey no se levantó solo: Marshman le llevó la noticia y Ward rescató los moldes, de modo que el “¡ay del solo!” del Eclesiastés encontró en Serampore su reverso. El segundo es que el fuego se llevó lo que se podía reponer, pero no lo esencial. Así ocurre con el cansancio, que puede consumir nuestras fuerzas, pero no tiene por qué destruir lo que Dios ha formado en nosotros. No es extraño que a Carey se le atribuya una frase que resume toda su vida: “Sé perseverar. Puedo avanzar con constancia en cualquier tarea definida; a eso le debo todo”.

El fuego se llevó lo que se podía reponer,
pero no lo esencial.

Los ojos puestos en Jesús

No es, pues, el cansancio lo que debemos prevenir, sino el desmayo. ¿Cómo hacerlo? La primera clave nos la ofrece el mismo pasaje de Hebreos, que antes de hablar del desmayo nos invita a mirar en la dirección correcta: “Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:1-2). El corredor que se mira las piernas cansadas termina por detenerse; el que fija la vista en la meta, y en Aquel que ya corrió delante de nosotros sufriendo la cruz, encuentra fuerzas para seguir.

Pocas vidas ilustran mejor esa mirada que la de David Livingstone (1813-1873). A lo largo de más de tres décadas en África soportó fiebres, hambre, heridas, soledad y pérdidas; su esposa, Mary, murió allí en 1862. Además, vio muy poco fruto visible, hasta el punto de que suele decirse que su único convertido conocido fue el jefe Sechele. Con todo, el 19 de marzo de 1872, el día de su último cumpleaños y ya muy enfermo, escribió en su diario: “Mi Jesús, mi Rey, mi Vida, mi Todo: de nuevo me consagro por entero a ti. Acéptame, y concede, oh Padre misericordioso, que antes de que termine este año pueda acabar mi tarea”.

Poco más de un año después, el 1 de mayo de 1873, en la aldea del jefe Chitambo, en la actual Zambia, sus ayudantes lo encontraron muerto, arrodillado junto a su cama en actitud de oración. Susi y Chuma, sus compañeros africanos, enterraron allí mismo su corazón, bajo un árbol, y cargaron su cuerpo durante cerca de nueve meses y unos 1.600 kilómetros hasta la costa, desde donde fue trasladado a Gran Bretaña; hoy descansa en la abadía de Westminster. Livingstone se cansó, pero no desmayó. Estaba cansado, pero seguía orando; estaba agotado, pero seguía creyendo; no veía el fruto, pero seguía sembrando; su cuerpo se debilitaba, pero su propósito permanecía. Y tampoco terminó solo, porque quienes habían caminado a su lado lo llevaron a casa.

Cansarse significa que el camino pesa;
desmayar significa dejar de caminar.

Es lo que Pablo describe en un texto que todo siervo cansado debería tener a mano: “Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día. Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas” (2 Corintios 4:16-18). El objetivo, por tanto, no es una vida sin cansancio, sino que el cansancio no se convierta en abandono. En la predicación comparto mi propio testimonio sobre el síndrome de Guillain-Barré y la alabanza; quien desee escucharlo lo encontrará en el vídeo.

El amor que nunca deja de ser

La segunda clave consiste en renovar el amor. La carta a la iglesia de Éfeso encierra una paradoja que debería inquietarnos: “Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia […]; y has sufrido, y has tenido paciencia, y has trabajado arduamente por amor de mi nombre, y no has desmayado. Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor” (Apocalipsis 2:2-4). Los efesios no habían desmayado; seguían en pie, trabajando y soportando. Sin embargo, el Señor que anda en medio de los candeleros advirtió que algo esencial se había enfriado. Es posible perseverar sin amor durante un tiempo, pero no indefinidamente, porque la resistencia que no se alimenta del amor acaba convirtiéndose en mera obstinación, y también la obstinación se agota. El amor, en cambio, “es sufrido, es benigno […]. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser” (1 Corintios 13:4, 7-8).

Una vieja historia lo ilustra con sencillez. Un muchacho subía una cuesta cargando a la espalda a su hermano pequeño, y alguien que lo vio pasar le preguntó: “Muchacho, ¿no te cansas?”. Él respondió sin detenerse: “No, señor, es mi hermano”. El amor no suprime el peso, pero cambia por completo la manera de llevarlo. Eso mismo hicieron Susi y Chuma con Livingstone durante nueve meses, y eso mismo hace el Señor con nosotros cuando nos carga sobre sus hombros.

Conocer el tiempo

La tercera clave consiste en conocer el tiempo en el que vivimos. Pablo escribe a los romanos: “Y esto, conociendo el tiempo, que es ya hora de levantarnos del sueño; porque ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos. La noche está avanzada, y se acerca el día. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz” (Romanos 13:11-12); y concluye: “vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne” (Romanos 13:14). El cansancio que adormece resulta mucho más peligroso cuando se pierde la conciencia de la hora. Por eso, en Getsemaní, el Señor no se limitó a constatar el sueño de sus discípulos, sino que les dio el remedio: “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil” (Mateo 26:41).

La parábola de las diez vírgenes lo muestra con crudeza. Cinco eran prudentes y llevaban aceite en sus vasijas; cinco eran insensatas y no lo llevaban. Sin embargo, todas compartieron el mismo cansancio: “Y tardándose el esposo, cabecearon todas y se durmieron. Y a la medianoche se oyó un clamor: ¡Aquí viene el esposo; salid a recibirle!” (Mateo 25:5-6). La diferencia no estuvo en que unas se cansaran y otras no, sino en que unas estaban preparadas para despertar y otras no. Además, alguien tuvo que dar el clamor de medianoche.

Esa es, a mi juicio, una de las vocaciones de Alianza Solidaria y de todos los que sirven a los más necesitados en el nombre de Cristo: ser ese remanente que da la voz de alerta y emite el clamor de medianoche cuando muchos cabecean. El profeta Joel lo expresó con palabras que siguen resonando: “Tocad trompeta en Sion, y dad alarma en mi santo monte; tiemblen todos los moradores de la tierra, porque viene el día de Jehová, porque está cercano” (Joel 2:1). Nadie puede tocar la trompeta dormido; tampoco desmayado.

Venid a mí

La última clave es, al mismo tiempo, la invitación que Jesús dirige a todos los cansados: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11:28-30). Llama la atención que el descanso que ofrece el Señor no consista en quitarnos todo yugo, sino en cambiar el nuestro por el suyo y en aprender de Él a llevarlo. Ahora bien, podemos estar cerca de Jesús, e incluso trabajando para Jesús, sin disfrutar de ese “Venid a mí”. Es lo que le ocurrió a Marta, que tenía al Señor en su casa y, sin embargo, se agotaba en el servicio mientras su hermana escogía la buena parte.

Volvamos, por tanto, al punto de partida. Nos cansaremos, porque sembrar cansa, porque la batalla cansa y porque la tristeza y la soledad también cansan; pero no tenemos por qué desmayar. Pongamos los ojos en Jesús, renovemos el primer amor, conozcamos el tiempo en que vivimos y acudamos cada día a su “Venid a mí”, no solo para servirle, sino para descansar en Él. Y sigamos sembrando sin soltar la cuerda, porque la promesa sigue en pie: “No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos. Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe” (Gálatas 6:9-10).

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