Soliloquios · Por Juan Carlos Parra
Nunca hemos tenido tanta información sobre Dios al alcance de la mano: comentarios, sermones, estudios bíblicos y, desde hace poco, una inteligencia artificial que responde en segundos a casi cualquier pregunta sobre cualquier pasaje. Sin embargo, la abundancia de datos acerca de Dios no garantiza que estemos más cerca de Él, pues la Escritura distingue con nitidez entre saber de Dios y conocer a Dios. La pregunta que ninguna máquina podrá responder por nosotros no es qué sabemos, sino qué hacemos con lo que sabemos.
Hace no tantos años, cuando alguien me preguntaba por el sentido de un pasaje difícil —el “pecado de muerte” de la primera carta de Juan, por ejemplo—, la respuesta exigía tiempo: bajar un comentario de la estantería, cotejar dos o tres traducciones, consultar a algún colega más versado y, con frecuencia, aceptar que había que seguir estudiando. Hoy basta con teclear la pregunta en un recuadro y, en menos de diez segundos, la pantalla devuelve el contexto histórico, el abanico de interpretaciones, las referencias cruzadas y hasta una aplicación práctica redactada con una seguridad que yo, en el púlpito, no siempre tengo.
Confieso que la primera vez que lo vi funcionar sentí algo parecido al vértigo y, enseguida, una pregunta incómoda: ¿y si esta máquina llega a saber de la Biblia más que yo, que llevo décadas leyéndola, predicándola y enseñándola? La pregunta no es retórica, porque en términos de cantidad de datos la respuesta es afirmativa: un modelo de lenguaje ha procesado más comentarios, más gramáticas y más sermones de los que un ser humano podría leer en varias vidas. Ahora bien, de esa primera pregunta brota otra todavía más inquietante, y es la que de verdad ocupa mi soliloquio: si una máquina puede saber más de la Biblia que yo, ¿significa eso que conoce mejor a Dios que yo?
Jesús dijo a sus discípulos, la noche en que les lavó los pies, después de explicarles el sentido de lo que acababa de hacer, que “si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis” (Juan 13:17). Aquí, la bienaventuranza es hacer, no tanto saber; además, nadie en su sano juicio afirmaría que un programa informático conoce a Dios, por mucho que sepa citar a Isaías.
Saber no es conocer
Cuando el Génesis dice que “conoció Adán a su mujer Eva” (Génesis 4:1), el hebreo yada‘ no describe una operación intelectual, sino una intimidad; y ese mismo verbo es el que emplean los profetas cuando Dios se queja de que su pueblo no le conoce. Oseas lo formula con una antítesis demoledora: “Porque misericordia quiero, y no sacrificio, y conocimiento de Dios más que holocaustos” (Oseas 6:6). De aquí que, en el lenguaje bíblico, conocer a Dios no sea la culminación de un proceso de información, sino la expresión de una relación: se conoce a Dios como se conoce a una persona, no como se conoce una fecha. Pablo bien advirtió a los corintios de que “el conocimiento envanece, pero el amor edifica” (1 Corintios 8:1).
El teólogo anglicano J. I. Packer¹ lo expresó con una frase que debería presidir todo esfuerzo de estudio bíblico: “Un poco de conocimiento de Dios vale más que una gran cantidad de conocimiento acerca de Él”. Packer no desprecia la doctrina —su libro es, de hecho, una defensa apasionada de la teología—, pero propone un camino para transformar lo uno en lo otro: que cada verdad aprendida acerca de Dios se convierta en materia de meditación delante de Dios y desemboque en oración y alabanza.
La fe convertida en consumo
Conviene no reducir el problema a la inteligencia artificial, porque la tentación es mucho más antigua que ella; la máquina ha hecho visible el problema con una nueva crudeza. Según la investigación Faith & AI, publicada en 2026 por el Barna Group en colaboración con la plataforma Gloo², en torno a cuatro de cada diez cristianos practicantes de Estados Unidos afirman que la inteligencia artificial les ha ayudado en la oración, el estudio bíblico o el crecimiento espiritual; una proporción similar de pastores (el 41 %) la utiliza para preparar sus estudios bíblicos; y, lo que es más preocupante, casi un tercio de los adultos del país considera que el consejo espiritual de una máquina es tan fiable como el de un pastor. Los datos son norteamericanos, pero sería ingenuo pensar que la tendencia se detiene al cruzar el Atlántico.
Lo que describen estas investigaciones no es tanto una novedad como la última estación de un camino que llevamos décadas recorriendo. Ese camino puede resumirse en una cadena: la conferencia, el libro, el podcast, el canal de YouTube, la cuenta de Instagram y, ahora, el asistente conversacional. En cada eslabón hemos ganado acceso y hemos perdido algo; en cada eslabón la Palabra se ha vuelto más disponible y, a la vez, más mediada. No se trata de condenar ninguno de esos medios —yo mismo me ocupo en varios de ellos—, sino de reconocer una deriva: podemos pasar la vida entera consumiendo contenido cristiano y confundirlo con crecimiento espiritual o con conocer a Jesús.
Lo que ninguna máquina puede hacer por nosotros
Seamos justos con la herramienta. Una inteligencia artificial puede resumir la carta a los Romanos con solvencia, comparar media docena de traducciones de un versículo, explicar el trasfondo histórico de Corinto, localizar paralelos entre Levítico y Hebreos, y hasta sugerir una estructura para un sermón. Nada de eso es despreciable, y quien lo use con criterio ganará horas de estudio. Ahora bien, hay algo que ninguna máquina puede hacer por nosotros, y ese algo es justamente lo que la Biblia considera la prueba de que hemos conocido a Dios: obedecer. Puede explicarnos con exactitud qué significa amar al enemigo; lo que no puede hacer es amar a nuestro enemigo en nuestro lugar.
Kierkegaard³ vio con una lucidez incómoda que el problema de los cristianos no era, en el fondo, la dificultad de entender la Biblia, sino la dificultad de obedecerla, y que a menudo convertimos lo primero en pretexto para esquivar lo segundo. El asunto, escribió en sus diarios, es muy sencillo: la Biblia es muy fácil de entender, pero fingimos no entenderla porque sabemos perfectamente que, en cuanto la entendamos, estaremos obligados a actuar en consecuencia; y añadía, con amarga ironía, que la erudición cristiana es la prodigiosa invención de la Iglesia para defenderse de la Biblia y seguir siendo buenos cristianos sin que la Biblia se nos acerque demasiado. Léase esa frase pensando en un asistente capaz de generar erudición ilimitada, a petición, y se entenderá hasta qué punto cabe la posibilidad de utilizar dicho saber como amortiguador entre la Palabra y la vida.
Según Jesús mismo: “El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta” (Juan 7:17). Obsérvese el orden: primero el querer hacer, después el conocer. En la escuela de Jesús la obediencia no es la consecuencia del conocimiento, sino su condición; y una máquina, por definición, no puede querer hacer la voluntad de Dios. Por eso puede saberlo todo sobre la Biblia sin conocer nada de Dios.
El verdadero peligro
El riesgo no está en que una máquina llegue a saber demasiado de la Biblia; está en que nosotros nos conformemos con ese saber. Santiago describió esta tentación con una imagen que parece escrita para la era de la pantalla: “Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos” (Santiago 1:22)⁴. Lo inquietante del texto es el verbo que elige Santiago para describir esa situación: engañarse. El consumo de Palabra sin obediencia no nos deja neutrales; nos deja con la sensación de haber crecido cuando sólo hemos acumulado información.
Tomás de Kempis⁵, en la Imitación de Cristo, lo resumió así: “Ciertamente, en el día del juicio no se nos preguntará qué hemos leído, sino qué hemos hecho; ni cuán bien hemos hablado, sino cuán santamente hemos vivido”. El saber que no se traduce en obediencia no sólo no nos acerca a Dios, sino que puede alejarnos, porque nos instala en la ilusión de una madurez que no tenemos.
Pablo es, en este sentido, el contraejemplo perfecto. Nadie en la iglesia primitiva tenía más formación bíblica que él, educado a los pies de Gamaliel, fariseo hijo de fariseos, irreprensible en cuanto a la justicia de la ley. Además, con un conocimiento de Cristo y de las alturas de la revelación del cielo sin parangón: fue llevado a la presencia de Dios y escuchó palabras inefables; además, el mismo Jesús se le apareció en diferentes ocasiones. Y, sin embargo, el hombre que más sabía seguía queriendo conocer, y situaba ese conocimiento no en una biblioteca de erudición, sino en una participación en el poder de la resurrección y en la comunión de los padecimientos. Al final de su vida escribe desde la cárcel que estima todas las cosas como pérdida “a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos” (Filipenses 3:10).
Volver a la Palabra, la presencia y la obediencia
¿Qué hacer, entonces, con todo lo que sabemos? La respuesta no pasa por renunciar a las herramientas que los avances digitales nos proveen ni por idealizar una ignorancia piadosa —algo que la Biblia nunca elogió—; Dios quiere ser conocido, y la información bíblica es un don que generaciones enteras de creyentes habrían deseado tener. La respuesta pasa por devolver cada cosa a su lugar. Volver a la Palabra, por tanto, con la intención de leerla no sólo para entenderla, sino para que ella nos lea a nosotros; volver a la presencia sería recuperar el silencio en el que Dios nos habla sin intermediarios; y volver a la obediencia significa acabar con la distancia entre lo que sabemos y lo que hacemos, que es la única distancia que de verdad nos separa no de un cristianismo heroico o extraordinario, sino del más elemental: de lo que C. S. Lewis⁶ llamó, sencillamente, “mero cristianismo”.
Recuperemos, por tanto, la pregunta que nos acompaña desde el principio, pero formulada ahora como corresponde. No es “¿y si una máquina sabe más de la Biblia que yo?”, sino “después de todo lo que sé acerca de Dios, ¿qué estoy dispuesto a hacer por Él?”. Esa pregunta ninguna inteligencia artificial puede responderla en nuestro lugar, y en ella se decide si toda la información de que disponemos será camino de vida o excusa fútil. La promesa de Jesús sigue siendo la misma que hace veinte siglos; ojo, no habla de saber, sino de guardar y amar: “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él” (Juan 14:21).
NOTAS
1. J. I. Packer, Knowing God, Downers Grove (Illinois), InterVarsity Press, 1973, p. 26; traducción propia. En la misma obra: “Se puede saber mucho acerca de Dios sin tener mucho conocimiento de Él”. Existe edición española con el título Hacia el conocimiento de Dios.
2. Barna Group y Gloo, Faith & AI, investigación de la iniciativa State of the Church 2026, a partir de encuestas realizadas en noviembre y diciembre de 2025 a 1.514 adultos y 442 pastores de Estados Unidos; resultados presentados en la convención de la National Religious Broadcasters, Nashville, febrero de 2026. Nota de prensa: gloo.com; resumen en barna.com.
3. Søren Kierkegaard, anotaciones de sus diarios recogidas en Provocations: Spiritual Writings of Kierkegaard, ed. Charles E. Moore, Farmington (Pensilvania), Plough Publishing House, 2002, p. 201; paráfrasis.
4. El pasaje completo dice: “Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era. Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace” (Santiago 1:22-25).
5. Tomás de Kempis, De imitatione Christi, I, 3 (“Certe adveniente die iudicii, non quaeretur a nobis quid legimus, sed quid fecimus; nec quam bene diximus, sed quam religiose viximus”) y I, 1 (“Opto magis sentire compunctionem quam scire eius definitionem”); traducción propia del latín.
6. C. S. Lewis, Mere Christianity, Londres, Geoffrey Bles, 1952; edición española: Mero cristianismo, trad. de Verónica Fernández Muro, Madrid, Rialp, 1995 (reed. 2017). El libro recoge las charlas radiofónicas que Lewis pronunció en la BBC durante la Segunda Guerra Mundial. Su título designa el núcleo de fe común a casi todos los cristianos de todas las épocas, una expresión que se remonta al puritano Richard Baxter. Sobre la relación entre saber y hacer, véase el capítulo dedicado a la caridad (libro III, cap. 9): “No perdáis el tiempo preguntándoos si ‘amáis’ a vuestro prójimo; actuad como si lo amarais” (traducción propia).
Salvo indicación contraria, las citas bíblicas proceden de la versión Reina-Valera 1960.

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