Cuento 3: Los Inconformes

Cuento, Los Inconformes
Tercer cuento de la serie Después del Resplandor, basado en un futuro poco alentador de finales de siglo XXI. La serie comienza con Queridos hermanos suscriptores, sigue con Pregunta a Los Arcanos y en esta tercera entrega conoceremos el movimiento insurgente de Los Inconformes y a nuevos protagonistas de la trama.


CUENTO: LOS INCONFORMES

Los Inconformes tenían sus colmenas muy bien escondidas. Dos a varios cientos de metros bajo tierra, en antiguas minas abandonadas. El gran desierto de la república ibérica hacía tarea ímproba encontrar los accesos a las minas. Y la tercera colmena se hallaba en el vientre de una montaña cántabra, una cueva infinita en la que había que internarse y caminar horas hasta llegar a la comunidad de insurgentes.

Después del Resplandor del 2054 toda la vegetación había desaparecido y la población se acumulaba en grandes urbes en las que la supervivencia era garantizada exclusivamente por el gobierno de Los Arcanos. Los únicos que lograban burlar al régimen y sostener otro estilo de vida eran Los Inconformes; y lo hacían concentrándose en campamentos secretos alrededor del mundo, que llamaban colmenas. Escondían sus ubicaciones en regiones misteriosas e inaccesibles como islas perdidas, campamentos en cumbres más altas que las nubes, colmenas en la Antártida, desiertos o cavernas. Tal era el caso de las comunidades de inconformes ibéricas.

Corrían muchos rumores sobre el origen de Los Inconformes. Unos pensaban que eran soldados que habían sobrevivido a las Grandes Guerras, después del Resplandor. Otros creían que se trataba de científicos e ingenieros que habían trabajado para Los Arcanos y que se habían sublevado al presenciar su deriva totalitaria. Otros, que eran extraterrestres quienes causaron el Resplandor, con su llegada, y que se habían establecido en colmenas para derrotar al gobierno de Los Arcanos poco a poco, sin provocar una nueva guerra que pudiese suponer el fin de la Humanidad.

Las preguntas en torno a Los inconformes no hallaban respuesta: ¿Cómo consiguen sobrevivir en lugares inhóspitos? ¿Cómo logran conectarse entre colmenas, ayudarse unos a otros y desarrollar una estrategia conjunta? ¿Por qué tienen la tecnología más avanzada, de manera que son capaces de ocasionar problemas a Los Arcanos o de mantener clínicas de reproducción, hospitales o industria clandestina?

Aunque Los Arcanos lanzaban una persecución constante hacia toda resistencia, para impedir que en las urbes de la república surgiesen simpatizantes de Los Inconformes o pequeños grupos afines, sin embargo, muchos se identificaban secretamente con los rebeldes. Aquellos que intentaban encontrar las colmenas, con el propósito de unirse a sus campamentos, la mayoría de las veces fracasaban.


En la colmena sur del desierto ibérico, a setecientos metros de profundidad, en una oscura sala, rectangular y austera, de quince metros de largo, diez de ancho y tres de alto, un nutrido grupo de creyentes sesasenios cantaban a coro una vieja alabanza:

Te adoramos Salvador
que compraste nuestras vidas con tu amor.
Ni todos los honores, riquezas o placeres
lograrán alejarnos hoy de Ti.
Pues desde que te conocimos
y tu rostro vimos
para Ti vivimos
y para siempre así será...

Cantaban con poco entusiasmo, dirigidos por sus pastores, un matrimonio que rondaba los cincuenta años y que, a diferencia de sus colegas, ponían todo el empeño en que aquel domingo de julio se rindiese adoración a Jesús. Sus nombres eran Paul y Serena.

Los Inconformes conseguían desenvolverse bien a pesar de aquella oscuridad asfixiante gracias a sus ojos modificados en quirófano, que incorporaban tapetum lucidum robótico, lo que les permitía ver entre las sombras. No había ni un solo inconforme que fuese humano no modificado. Cada nuevo miembro necesitaba la condición de trashumano o ciborg para poder sobrevivir en la colmena. Sin embargo (que Paul y Serena supiesen), los poshumanos estaban prohibidos en la comunidad, pues eran el germen de todo mal, según el parecer de los patriarcas insurgentes.


Las pupilas del centenar de inconformes brillaban en la penumbra como lo hacen los ojos de un gato en plena noche. Todos estaban sentados mirando hacia la mesa, detrás de la que Paul y Serena, en pie, presidían. De pronto, algo se movió en la pared del fondo, cerca de la puerta; algo que Serena pudo distinguir, pues ella y Paul eran los únicos que miraban en esa dirección, y Paul siempre cantaba cerrando los ojos para no distraerse.

Los desplazamientos, rápidos e intermitentes, junto al tamaño del insecto, sacaron a Serena de cualquier duda. Se trataba de una cucaracha.

El estómago se le encogió, no por el asco, sino por el temor de que Los Arcanos hubiesen logrado, al fin, encontrar su paradero y los estuviesen espiando con un robot camuflado en la asquerosa criatura.

Serena dio un codazo a Paul y con un movimiento de barbilla le indicó que debía mirar al frente, hacia aquella forma minúscula que andaba ya por la pared de la derecha, alternando veloces avances con paradas de diez o quince segundos.

Queda todavía mucho por hacer
mucha tierra que llenar de
la gloria de Aquel que se despojó
para nuestra forma tomar...

Seguían los cánticos, pero la atención de Paul ya no estaba en la letra o en no contagiarse de la apatía de sus hermanos, sino que cantaba de forma autómata, pendiente principalmente del insecto intruso.


Cuando la letra de esa última alabanza terminó Paul dio paso a la predicación, para sorpresa de todos y especialmente de Serena, pues lo normal hubiese sido un par de cánticos más.

-Bueno, queridos hermanos. En este domingo, 21 de julio de 2071, seguimos vivos y sanos, por la gracia del Señor. Tenemos mucho para agradecerle -decía Paul con monotonía-. Pero el Señor también quiere hablarnos y hoy lo hará usando la voz de nuestra hermana Serena.

Serena abrió los ojos tanto como la boca y giró la cara hacia su esposo con ganas de lanzarle un puntapié.

Paul echó el brazo por la espalda de Serena y posó su mano justo en el hombro, acariciando enérgicamente toda la zona del omoplato, para comunicarle ánimo y, al mismo tiempo, su voto de confianza.

Serena comprendió que estaban ante una situación urgente y le pidió sabiduría y palabras acertadas al Espíritu Santo, en el silencio de su corazón, ya que no solía predicar ella sino Paul, y mucho menos hacerlo sin preparar el mensaje.

-Muy bien, hermanos –dijo Serena dubitativa-. Encended vuestros crystales en Apocalipsis. Vamos a ir justo al final de la Biblia, para recordar aquella promesa de nuestro Dios: el darnos cielos nuevos y tierra nueva...

Poco a poco un centenar de crystales no homologados se encendieron. Era evidente que los habían conseguido a través del saqueo de algún tubular de transporte, y que habían instalado la Biblia prohibida (la de sesenta y seis libros) en lugar de la versión Summa, reducida. De no ser así, hubiese sido imposible leer en Apocalipsis, ya que era uno de los libros censurados por el régimen arcano y extirpado de la Biblia Summa.

Mientras Serena echaba mano de todo su desparpajo y veteranía en las cosas del Señor, improvisando aquella predicación, Paul se deslizó sigilosamente hacia el pasillo, y sin hacer ruido salió de la sala de culto para dirigirse a toda velocidad al despacho de uno de los padres de la colmena.


Tras años de trabajo y una inversión multimillonaria (Paul ignoraba de dónde procedían los fondos para realizar aquellas obras), la antigua mina era ahora un poblado en el que convivían unas dos mil personas ubicadas en habitáculos pequeños y compactos, cual camarotes de un barco, para individuos solos, parejas o familias de un hijo, distribuidos en diferentes niveles. La colmena poseía zonas comunes, lugares para trabajar, estancias más grandes para el almacenaje, una sección para la atención sanitaria y otra para el centro de mando, con los despachos de los líderes de la comunidad. Casi todos los miembros podían moverse libremente por la colmena, aunque los niveles más profundos estaban restringidos y solo los patriarcas y los inconformes autorizados podían entrar a ellos. Lo que hubiese dentro de las instalaciones de aquellos niveles era una de las muchas incógnitas que atormentaban a Paul y Serena y que mermaba su tranquilidad para integrarse plenamente en la comunidad de Los Inconformes.

La mina era toda una colmena en la que cualquier visitante se perdería los primeros meses, hasta memorizar sus cientos de pasillos, escaleras, puertas, pasadizos y trampillas, y en la que no se podía sobrevivir sin tener ojos, pulmones y sistema digestivo trashumanizado.

Paul tardó veinte minutos, yendo a la carrera, para llegar a la zona de mando. Tuvo que bajar siete niveles y, una vez en las estancias de los patriarcas, pasar tres controles de guardias, hasta que, por fin, Séneca, el lugarteniente de Pirro, accedió a atenderle.

-¡Paul, buen amigo! ¿qué sucede? No te esperaba un domingo en mi despacho. -Séneca, uno de los patriarcas de más rango en la colmena, se sentaba con maneras poco cuidadas, detrás de una gran mesa metálica, en un sillón de oficina acorde a su tamaño. Medía casi dos metros, era fornido y uno no sabría decir si estaba frente a un cuarentón con el pelo completamente cano o ante un hombre de setenta años que se conservaba de maravilla.

Paul, jadeando aún, esperaba que el lugarteniente lo invitase a tomar asiento, mas no fue así. En su lugar arqueó las cejas, esperando que, en cuanto Paul recuperase el aliento, le contara sin demora el motivo de la entrevista.

-Perdona, Séneca. He venido tan rápido como he podido. He dejado a mi esposa con la reunión, en la capilla.

-Ya, ya... -dijo Séneca entrelazando los dedos de ambas manos-. Al grano, por favor.

-Perdona... Ha aparecido una cucaracha en la reunión. Llevábamos meses sin ver una y he pensado que...

-Que es un robot de Los Arcanos –lo interrumpió Séneca.

-¡Sí! -dijo Paul como el que espera algún tipo de reacción en su interlocutor.

El patriarca frotó su mano derecha por la cara en señal de cansancio, se incorporó un poco más en el sillón y sonrió.

-Esa cucaracha es nuestra, Paul.

-¿Nuestra? -repitió el pastor extrañado.

-Nuestra, sí, nuestra. Yo mismo mandé a Ulises que las fabricáramos hace algunos meses... -Séneca hizo una pausa adrede para observar la reacción en Paul- Y las estoy probando primero por aquí. ¿Algún problema?


Paul se bloqueó durante unos segundos preguntándose si el hecho de que mandasen un robot espía a la reunión debía ser interpretado como algo rutinario o como una sencilla excentricidad del patriarca. Cabía la posibilidad, también, de que ya no gozaran de la confianza de los dirigentes de la comunidad inconforme. Él y Serena habían sido los únicos creyentes de la colmena y les había costado más de diez años poder reunir a esa pequeña agrupación de cristianos, tibios y poco comprometidos, pero, al fin y al cabo, sus hijos espirituales, su congregación. ¿Serían mal vistos ahora, después de haber probado su lealtad a los patriarcas?

-Ningún problema -respondió Paul, percatándose de que, parado allí ante la mirada altiva de Séneca, un sudor frío cubría su frente-. No tenemos nada que ocultar... Es más, me encantaría que, aunque lo hagas a través de un robot, pudieses escuchar lo que predico en la capilla. -Lo dijo con talante bromista, para quitar tensión al momento. Pero no hubo eco en el patriarca, quien resopló y se levantó del sillón.

-No me malinterpretes, Paul. No soy yo el que pierde su tiempo escuchando a la cucaracha. Lo hacen otros. Ya sabes que no creo en Dios... y que respetamos lo que Serena y tú hacéis, pero no le veo mucho futuro en la colmena.

-Lo entiendo –dijo Paul con resignación. Bien sabía que, si Séneca fuese el líder máximo, en lugar de Pirro, ellos estarían fuera de la comunidad o sencillamente tolerados, mas no en calidad de pastores sino como vulgares inconformes-. Bueno, Séneca, no te tomo más tiempo. Solo era eso... Me he preocupado con el robot espía, y ya me quedo más tranquilo al saber que es de los nuestros.

No era verdad. No se quedaba más tranquilo. Le horrorizaba la idea de tener cucarachas artificiales recorriendo las paredes y rincones de la colmena, espiando a cualquiera. Eso no parecía una iniciativa de Los Inconformes. Por el contrario, llevaba la firma del régimen arcano.

Paul hizo ademán de despedirse con la mano y se giró para salir del despacho.

-Espera, Paul. Se me olvidaba. -El tono de voz del lugarteniente cambió. Transmitía satisfacción-. Quiero que sepas que la idea que le diste a Pirro de interferir en los robots predicadores y desprogramar su software ha dado un resultado muy interesante. Hoy, así como el pasado domingo, todas las iglesias por ondas se han suspendido. Hay mucha gente enfadada, creyendo que es cosa de Los Arcanos; y, sumado a eso, hemos podido demostrar el alcance de nuestros sistemas, capaces de bloquear a sus poshumanos. Tus conocimientos de programación en pastores robots fueron de mucha utilidad.

-Me alegro de que aquellos años trabajando en las ágoras arcanas sirvieran de algo -confesó Paul mientras Séneca lo acompañaba a la puerta-. Todo lo que han hecho, cambiando la Palabra de Dios, persiguiendo la fe sesasenia, engañando a miles de creyentes sinceros... ¡Deben tener su castigo!

-Bueno –dijo Séneca entre risas-, a mí me importa un bledo... Si la gente cree la Biblia sesasenia o la Biblia Summa; si los pastorea un robot o los lidera un humano; si van a una iglesia con diadema o en persona... Todo es lo mismo: fantasías y drogas para el alma. Pero dejar a los ingenieros arcanos confundidos... ¡Eso sí que me emociona!


Paul salió del despacho de Séneca con una oscuridad que iba más allá de la ya habitual penumbra de la colmena. El cara a cara con el lugarteniente había avivado en él temores de tiempos pasados.

Caminando hacia la capilla, ajeno completamente a lo que pasaba a su alrededor o a la gente con la que se iba cruzando, pudo notar la mano de Séneca todavía en su espalda, produciéndole escalofríos.

Aquel patriarca enfundado en su mono negro, bien ceñido, imponía; no solo por la musculatura que asomaba con descaro, riéndose de los años y del deterioro propio de la edad, sino que, más aún, imponía por la superioridad marcial desde la que trataba a todos, excepto a Pirro.

Paul arrastraba los pies en su ascenso a los niveles superiores y escuchaba el ruido metálico de sus propios pasos, chocando contra el enrejado suelo, como la música de un reo que regresa a su celda después de haber recibido una visita.

Tardó treinta y cinco minutos en llegar a la puerta de la sala de reunión y cuando la abrió con sigilo, para no hacer ningún ruido, comprobó que ya no había nadie en la estancia, ni siquiera Serena.

Con su visión nocturna reconoció las paredes, el techo y el suelo del salón, en busca del robot espía.

“Puede que haya desaparecido al terminar la reunión, o que esté aguardando un nuevo culto, escondida bajo el asiento de cualquier silla”, pensó el pastor. "¡Maldita cucaracha!”, gritó para sus adentros. "Debo aprender a convivir, de nuevo, con esta sensación de ser observado a cada instante. Precisamente, uno de los motivos por los que decidimos huir del régimen arcano y pasarnos a Los Inconformes".

Sin reparar en el portazo con el que estaba cerrando la capilla dio media vuelta y comenzó el camino hacia su habitáculo, donde Serena lo estaría esperando.

Su apartamento se encontraba justo en la mitad de la mina; en el nivel cuarto. Era igual de sobrio que el resto de las viviendas. Con una sola estancia donde se enfrentaban cama y mesa. La mesa y las sillas eran metálicas. Allí comían y allí trabajaban. Los armarios estaban empotrados en las paredes y desde la habitación se accedía a un baño con retrete, lavabo y ducha, y a una pequeña cocina con fregadero, grifo, cocinilla de dos fuegos y un par de estantes, uno arriba y otro abajo. No necesitaban cocinar ya que su sistema digestivo trashumanizado estaba preparado para sobrevivir a base de líquidos y purés. Ellos decidían si templados o calientes.

Aquella dieta rancia y esa vida abnegada era el precio a pagar por ser parte de Los Inconformes. Mientras que el único aliciente que los mantenía en pie era la esperanza de recuperar algún día la libertad.

Cuando Paul llegó al apartamento encontró a Serena tumbada en la cama con la mirada perdida en el techo. Todas las luces de la vivienda estaban encendidas, por lo que Paul sospechó que su esposa había empleado algunos minutos en registrar el habitáculo, en busca de un nuevo robot espía. La frustración era evidente en el rostro de Serena.

-¿Estás bien, cariño? -preguntó Paul con delicadeza.

Serena se limitó a girar la cabeza y sonreír a su esposo con honda tristeza.

-Volvemos a empezar ¿verdad, Serena?

-¿Era de Los Arcanos o de los patriarcas? –quiso saber Serena.

-De Los Inconformes –dijo Paul, apesadumbrado.

-Otra vez espiados, Paul. ¿Y ahora? ¿A dónde huiremos?

-Hazme sitio, nena. Hoy no tengo nada de apetito.


Paul se acostó al lado de Serena y fijó sus ojos, como ella, en el techo. Aquel color gris que lo impregnaba todo agudizaba su sensación de ahogo, de manera que apagó las luces con un comando de voz e hizo el esfuerzo de encontrar en sus recuerdos un paisaje que devolviera el color y la seguridad de que tiempo atrás estuvieron vivos y en un mundo sumamente bello. Quizás una puesta de Sol o un cielo azul salpicado de nubes o un amanecer ... Eso sí, de antes del Resplandor.

En ese momento la habitación se iluminó con la luz azulada de sus crystales. Un mensaje había llegado y activó los aparatos simultáneamente, sin que ellos los hubiesen tocado.

Paul y Serena se miraron sorprendidos y ambos se incorporaron para leer lo que aparecía en las pantallas de sus dispositivos.

Escuchad y prestad atención, no seáis altaneros,
porque el Señor ha hablado.
Dad gloria al Señor vuestro Dios
antes que haga venir las tinieblas,
y antes que vuestros pies tropiecen
sobre los montes oscuros,
y estéis esperando la luz,
y Él la transforme en profundas tinieblas,
la torne en lobreguez.
La Biblia: Jeremías 13:15-16.


-¿Qué es esto, Paul?

-No tengo ni idea, Serena. Es la primera vez que me ocurre algo así.


CONTINUARÁ.

Juan Carlos P. Valero.

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