Soliloquios
El delirio del Gran Padre: cuando el pastor cree suyo lo que es de Dios
Por Juan Carlos Parra
Hay una locura que no grita, no delira por los pasillos ni descuida los balances: funciona. Es la del líder religioso que, sin dejar de predicar buena doctrina, ha llegado a creer que los fieles son sus hijos, que la esposa de Cristo es su esposa y que la casa de Dios es su negocio. La psiquiatría tiene un nombre técnico para las ideas fijas que conviven con una vida aparentemente normal; la Escritura tiene otro, más antiguo, y también tiene el remedio.
Acabo de terminar un relato de suspense. Su protagonista regenta una guardería modélica —veinte años de inspecciones impecables, sonrisas medidas, festivales de fin de curso— y alberga por dentro una sola idea falsa, crecida durante décadas como crece una raíz debajo de una acera intacta: que los niños que cuida son, en justicia, suyos; que los padres que los traen cada mañana no los merecen. El día en que la idea madura, el hombre amable se lleva al niño elegido, y el horror que sigue no necesita fantasmas. Al documentarme para que el cuadro resistiera la mirada de un forense aprendí algo que me desasosegó más que la propia trama: esa clase de enajenación tiene nombre clínico, se llama trastorno delirante, y su rasgo distintivo, según el manual diagnóstico de la psiquiatría contemporánea¹, es precisamente que el funcionamiento del sujeto no está muy deteriorado fuera del radio de su delirio. Se puede estar gravemente enfermo de una sola idea y llevar, en todo lo demás, una vida ejemplar.
Mientras escribía caí en la cuenta de que el rótulo de la guardería de mi villano —el Gran Padre, lo apodan los medios del relato— colisionaba de frente con una advertencia del Señor que solemos leer deprisa: “Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos” (Mateo 23:9). Jesús no estaba legislando sobre vocabulario familiar, sino desactivando una maquinaria: la del maestro religioso que va ocupando en el corazón de sus discípulos el lugar que solo pertenece a Dios. Y comprendí entonces que mi secuestrador de ficción tenía parientes fuera de la ficción; que existe una versión espiritual de su delirio, sin cuadro psiquiátrico y por ello más difícil de diagnosticar, que la Palabra retrató hace muchos siglos con una precisión que sigue doliendo: “¡Ay de los pastores de Israel, que se apacientan a sí mismos! ¿No apacientan los pastores a los rebaños? Coméis la grosura, y os vestís de la lana; la engordada degolláis, mas no apacentáis a las ovejas” (Ezequiel 34:2-3). Salvando todas las distancias entre la enfermedad mental —que merece compasión y tratamiento— y el pecado —que exige arrepentimiento—, la anatomía del error es asombrosamente parecida: una idea de propiedad donde Dios puso una mayordomía.
Una locura perfectamente cuerda
Lo primero que desmonta este delirio pastoral es nuestro estereotipo del descarrío. Esperamos que el pastor caído se vea caer: escándalo, herejía, abandono. Pero el delirio de apropiación no necesita nada de eso; al contrario, prospera mejor cuanto mejor funciona todo lo demás. La iglesia crece, los cultos empiezan puntuales, las cuentas cuadran, la predicación es ortodoxa; y dentro de ese organismo sano avanza, invisible, la idea fija: esto es mío. Por esa razón el entorno tarda años en verlo, y el propio líder no lo ve jamás, porque el delirio —clínico o espiritual— tiene esta propiedad diabólica: es inexpugnable al razonamiento del que lo padece. Lord Acton, el historiador católico inglés, dejó dicho en una carta de 1887 lo que después se convirtió en proverbio: El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente²; convendría añadir que el poder espiritual sin rendición de cuentas corrompe con agravante, porque se corrompe en nombre de Dios.
Se puede estar gravemente enfermo de una sola idea y llevar, en todo lo demás, una vida ejemplar.
Los hijos que no engendramos
La primera pieza del daño son las personas. La Escritura reconoce y honra una paternidad espiritual legítima: “Porque aunque tengáis diez mil ayos en Cristo, no tendréis muchos padres; pues en Cristo Jesús yo os engendré por medio del evangelio” (1 Corintios 4:15). Pablo llama “hijitos míos” a los gálatas y no peca al hacerlo. Ahora bien, obsérvese el medio: os engendré por medio del evangelio. La paternidad apostólica es siempre derivada, ministerial, de segunda causa; el Padre es otro. El delirio comienza en el punto exacto en que el genitivo cambia de dueño: cuando “los hijos que Dios me confió” se convierte, sin que nadie firme nada, en “mis hijos”; cuando la vida entera de los fieles —sus decisiones, sus noviazgos, sus mudanzas, sus diezmos, hasta sus silencios— pasa a necesitar el visto bueno del que se cree progenitor. Pedro, que fue pastor y supo de estas tentaciones, dejó la fórmula exacta con sus dos negaciones y su matiz: “Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros […] no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey” (1 Pedro 5:2-3). La grey es de Dios; solo está entre nosotros. El pastor legítimo es un padre de préstamo que trabaja para que los hijos se parezcan cada día más al Padre verdadero, y cada día menos a él.
La esposa de Otro
La segunda pieza es más delicada, porque toca el corazón mismo del misterio de la Iglesia. El Nuevo Testamento la llama esposa, y la pregunta decisiva es de quién. Juan el Bautista, a quien sus discípulos venían a envenenar con celos ministeriales —“todos vienen a él”, le decían—, respondió con la frase que debería estar grabada en el despacho de todo ministro: “El que tiene la esposa, es el esposo; mas el amigo del esposo, que está a su lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo […] Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe” (Juan 3:29-30). El amigo del esposo organiza la boda, cuida a la novia, la acompaña al encuentro; lo que no hace jamás es quedársela. Pablo empleó la misma imagen con una vehemencia que hoy nos sonrojaría: “Porque os celo con celo de Dios; pues os he desposado con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo” (2 Corintios 11:2). Celo de Dios, no celo de propietario: toda la pasión del apóstol está al servicio de una entrega que lo excluye. De aquí que el síntoma más fiable del delirio no sea doctrinal sino afectivo: el líder que necesita ser amado en el lugar de Cristo, que mide su ministerio por la devoción que se le rinde a él, que vive las marchas de los hermanos como infidelidades conyugales, ha empezado a cortejar a una esposa que no es suya. Dietrich Bonhoeffer, el teólogo alemán y pastor, advirtió que quien ama su sueño de comunidad cristiana más que a la comunidad cristiana misma acaba destruyendo toda comunidad³; y el sueño más peligroso de todos es aquel en que la comunidad nos ama a nosotros.
La casa convertida en tienda
El delirio de dos
Al documentar mi relato aprendí otro concepto clínico que me pareció una parábola tristemente útil: la folie à deux, la locura de dos, el delirio que un enfermo contagia a quien convive estrechamente con él, hasta que ambos habitan la misma idea falsa. Los peritos añaden un dato esperanzador y terrible a la vez: el inducido puede despertar cuando la realidad lo golpea o cuando se le separa del inductor, y ese despertar tiene precio. En la vida de las iglesias, el delirio del Gran Padre rara vez es un fenómeno solitario; necesita un círculo que lo coree —liderazgos intermedios, familias beneficiadas, una cultura entera de asentimiento— y castiga con dureza ejemplar a los que despiertan. Quien empieza a hacer preguntas sobre las cuentas, sobre los métodos o sobre el lugar que el líder ocupa en los corazones descubre pronto que ha pasado de hijo predilecto a enemigo del proyecto, y su marcha se relata a los que se quedan como una traición. C. S. Lewis escribió en Mero cristianismo que el orgullo es un cáncer espiritual que devora la posibilidad misma del amor, del contento y aun del sentido común⁵; los cánceres, añado yo desde este lado del púlpito, no avisan por los síntomas si están en las fases en que todavía tienen cura.
Quien despierta de un delirio compartido suele pagar la factura del despertar.
El genitivo delator
¿Cómo se diagnostica a tiempo una enfermedad que no da fiebre? Propongo una prueba humilde: vigilar los genitivos. Todos decimos “mi iglesia” como decimos “mi barrio” o “mi país”, y en la mayoría de las bocas no es más que un atajo del habla. Pero hay un uso del posesivo que ya no abrevia, sino que reclama; y el propio interesado puede examinarse con tres preguntas que no admiten testigos: ¿de quién digo, en el secreto de mis adentros, que son estas personas?, ¿a quién pertenece el amor que esta congregación derrama?, ¿qué perdería yo si mañana Dios entregara a otro esta obra? La escritura de propiedad de la Iglesia está firmada, y no con tinta: los ancianos de Éfeso oyeron de Pablo que debían apacentar “la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre” (Hechos 20:28). Frente a título semejante, todo lo nuestro es usufructo. El mismo Señor llevó la cuestión de la propiedad al centro de su parábola pastoral: el asalariado huye ante el lobo precisamente porque es “el asalariado, y que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas” (Juan 10:12); pero nótese el detalle que casi nunca predicamos: tampoco el que es un pastor bueno, como ser humano, tiene la propiedad de las ovejas. Solo hay Uno de quien las ovejas son propias, y se distingue de todos los demás en que, en lugar de quedarse con ellas, dio su vida por ellas. Agustín de Hipona lo resolvió para siempre en una frase que pronunció ante su congregación y que deberíamos leer a menudo los pastores: «Vobis enim sum episcopus, vobiscum sum christianus». Para vosotros soy obispo; con vosotros, cristiano⁶.
Es necesario que él crezca
Mi relato de terror, Bienvenido a casa, Christian, termina con una familia restaurada y una frase que nadie se atreve a pronunciar, porque el secuestrador la había envenenado. La historia real de la Iglesia no tiene por qué terminar con frases envenenadas. El remedio contra el delirio del Gran Padre no es la sospecha perpetua ni el desprecio del ministerio pastoral —que es don de Cristo a su Iglesia y merece doble honor cuando se ejerce bien—, sino la vieja medicina del Bautista tomada a diario: es necesario que él crezca y que yo mengüe. Menguar no es desaparecer; es volver cada mañana al lugar del amigo del esposo, entregar cuentas con alegría, celebrar que las ovejas reconozcan otra Voz por encima de la nuestra, y conjugar bien los genitivos delante de Dios. Recuperemos, por tanto, pastores y congregaciones, la gramática de la mayordomía; y hagámoslo mirando a la promesa que Pedro reservó justamente para los que apacientan sin apropiarse: “Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria” (1 Pedro 5:4).
Hay corona para el pastor; pero fijémonos bien en el título que la frase le reconoce a Cristo. Príncipe de los pastores: también sobre los pastores hay Pastor. Felices en la casa quienes lo recuerden y lo enseñen; que esa casa, gracias a Dios, no es nuestra.
NOTAS
1. Asociación Americana de Psiquiatría, Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-5), Madrid, Editorial Médica Panamericana, 2014. El criterio diagnóstico del trastorno delirante señala que, al margen del impacto de la idea delirante, «el funcionamiento no está muy alterado y el comportamiento no es manifiestamente extravagante o extraño» (parafraseado).
2. John Emerich Edward Dalberg-Acton, carta al obispo Mandell Creighton, 5 de abril de 1887.
3. Dietrich Bonhoeffer, Vida en comunidad, Salamanca, Sígueme (edición original alemana: Gemeinsames Leben, 1939). Se parafrasea su conocida advertencia sobre el que ama más su sueño de comunidad que a la comunidad misma.
4. Eugene H. Peterson, Working the Angles: The Shape of Pastoral Integrity, Grand Rapids, Eerdmans, 1987.
5. C. S. Lewis, Mere Christianity, Londres, Geoffrey Bles, 1952 (trad. esp.: Mero cristianismo). La imagen del orgullo como cáncer espiritual pertenece al capítulo «El gran pecado»; se traduce y parafrasea.
6. Agustín de Hipona, Sermón 340, 1: «Vobis enim sum episcopus, vobiscum sum christianus».

Comentarios
Publicar un comentario